Antiespaña
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Antiespaña (o anti-España) es un concepto nacionalista excluyente que identifica como antiespañol (contrario a lo español y enemigo de España), a toda persona, idea o institución, sea española o extranjera, que sea considerada contraria a una particular idea de España: la que la identifica con el catolicismo en su versión más intransigente (que habría caracterizado presuntamente la historia del cristianismo en España, simbolizada en la Contrarreforma y el Concilio de Trento —«luz de Trento, martillo de herejes»—),[1] con una idea alternativa del Imperio español (en cuanto a exposición de las virtudes de la presunta raza española, especialmente durante la conquista de América y en una reconstrucción de la idea imperial de Carlos V) y un concepto de unidad en lo nacional, territorial y cultural.[2]
Historia
El término fue acuñado inicialmente a finales del siglo XIX, en el contexto de la denominada cuestión universitaria que enfrentaba a los krausistas (el grupo de intelectuales en torno a la Institución Libre de Enseñanza) frente a los casticistas, reaccionarios o neocatólicos, representados por Marcelino Menéndez y Pelayo (La ciencia española, 1887; Historia de los heterodoxos españoles, 1882).[3]
El concepto de antiespaña y el uso como descalificativo del término antiespañol, fueron aplicados extensamente por la corriente reaccionaria del nacionalismo español a lo largo del siglo XX, que completa un proceso de identificación precisa de un enemigo interior, el anticlericalismo, los nacionalismos separatistas y el movimiento obrero;[4] especialmente durante la guerra civil española (identificando al autodenominado bando nacional con los salvadores de España y al bando republicano con los enemigos de España -se decía Entra España cuando el ejército sublevado tomaba una localidad y se denominaba Alzamiento Nacional a la sublevación, Cruzada de Salvación Nacional a la propia guerra y Movimiento Nacional al mecanismo totalitario de encuadramiento político y social en torno al general Franco)[5] y el régimen franquista (identificando particularmente a la antiespaña con la denominada conspiración judeomasónica y, de hecho, con cualquier forma de oposición al franquismo -lo que produjo denominaciones peyorativas del tipo contubernio de Múnich, y encontró un modo recurrente de expresarse a través de los lemas del franquismo).[6]
Conceptos relacionados
No conviene confundir el concepto de antiespaña con otros conceptos relacionados (unos similares, otros opuestos, todos pertenecientes al mismo campo semántico y a veces en coincidencia en la misma persona, institución, hecho o proceso histórico): el de leyenda negra antiespañola (original de Julián Juderías, 1913); con el antiespañolismo propio de algunos nacionalismos periféricos (especialmente el nacionalismo vasco de Sabino Arana, desde 1893); con la hispanofobia, sentimiento de aversión hacia lo español (coincidente en forma con la anglofobia, la germanofobia o la francofobia); con un sentimiento opuesto, la hispanofilia (ídem con la anglofilia, germanofilia o francofilia); con un campo de conocimiento, el hispanismo; o con el concepto de Hispanidad (original de Zacarías de Vizcarra, 1926).
Galería
- Anuncio de la exposición de carteles de "La España revolucionaria" en el Museo del Ermitage en Leningrado, 1936.[nota 1]
Notas
- La estrategia de imagen del bando sublevado en la Guerra civil española se basó en la identificación del bando republicano con la antiespaña, centrando los mensajes en su identificación con una España sin Dios (la quema de conventos desde los inicios de la República, la legislación anticlerical -el España ha dejado de ser católica de Manuel Azaña- y sobre todo la extrema violencia de la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española), una España rota por los separatismos, una España roja por el movimiento obrero y una España traicionada o extranjerizada, entregada a la Unión Soviética (el oro de Moscú) y a la conspiración judeomasónica de un modo similar a como durante la Guerra de la Independencia Española se demonizó a los afrancesados. Frente a ello, se planteaba como resumen de la idea de España del autodenominado bando nacional lemas del tipo una, grande y libre o por el Imperio hacia Dios.[7]
- El primero sigue siendo para la ultraderecha española la personalización más evidente de la antiespaña por su trayectoria política desde 1936: su papel en la represión en la retaguardia republicana (era el responsable de la seguridad en Madrid cuando ocurrieron los fusilamientos de Paracuellos); en la organización de la oposición al franquismo desde la Unión Soviética de Stalin, la Rumanía de Ceaucescu y el exilio republicano en Francia, y en la clandestinidad del interior (el PCE se convirtió en la fuerza dominante de la oposición, en el sindicalismo -Comisiones Obreras- y en los medios de comunicación clandestinos -Radio España Independiente-); y en la transición (la fundación del eurocomunismo con el francés Georges Marchais y el italiano Enrico Berlinguer y su relación con Adolfo Suárez en España).[8] El segundo, también comunista, fue uno de los más importantes poetas de la generación del 27, rota por el exilio; la relación que mantuvo en la distancia durante todo el franquismo con su coetáneo José María Pemán (el juglar de la Cruzada), poeta y gaditano como él, fue altamente significativa.[9]
- En los últimos años del franquismo, la liberalización de las costumbres, a la que contribuyó la alianza con los Estados Unidos, el desarrollo económico y la relativa apertura, relegó las posturas más extremistas del régimen a un espacio cada vez más marginal en una sociedad que cada vez se alejaba paulatinamente de el ideal nacionalcatólico de la España eterna para aproximarse a ciertos rasgos de la imagen odiada de la antiespaña. Además de los políticos (politicastros) y los intelectuales, otro tipo de personajes empezaron a atraerse también el odio excluyente de la ultraderecha en los años setenta: los curas rojos, como el Padre Llanos, y sus apoyos en los nuevos dirigentes de la jerarquía eclesiástica, como Vicente Enrique y Tarancón (Tarancón al paredón, se usaba como lema), quien personificaba el alejamiento de buena parte de la Iglesia católica española del franquismo a partir del Concilio Vaticano II, vivido como una traición por el denominado bunker, al que pertenecía otra parte de la jerarquía eclesiástica y los elementos más extremistas del régimen (Hermandad de Excombatientes, periódico El Alcázar, incluso grupos terroristas como los Guerrilleros de Cristo Rey). Uno de los momentos más delicados del final del franquismo fue el enfrentamiento del régimen con Monseñor Añoveros, obispo de Bilbao, de explícita simpatía nacionalista vasca, y que estuvo a punto de ser expulsado de España, a lo que se renunció ante la postura firme del papa en apoyo del obispo.[10]