Holocausto nuclear

aniquilación completa o parcial de vida humana por medio del uso de armas nucleares From Wikipedia, the free encyclopedia

Un holocausto nuclear, también conocido como apocalipsis nuclear, aniquilación nuclear, armagedón nuclear u holocausto atómico, es un escenario teórico donde la detonación masiva de armas nucleares causa destrucción generalizada y lluvia radiactiva, con consecuencias globales. Dicho escenario prevé que grandes partes de la Tierra se vuelvan inhabitables debido a los efectos de la guerra nuclear, lo que podría causar el colapso de la civilización, la extinción de la humanidad o la extinción masiva en la Tierra.[1]

Además de la destrucción inmediata de ciudades por explosiones nucleares, las posibles consecuencias de una guerra nuclear podrían incluir tormentas íneas, un invierno nuclear, envenenamiento por radiación generalizada debido a la lluvia radiactiva y/o la pérdida temporal (si no permanente) de gran parte de la tecnología moderna debido a los pulsos electromagnéticos. Algunos científicos, como Alan Robock, han especulado que una guerra termonuclear podría resultar en el fin de la civilización moderna en la Tierra, en parte debido a un prolongado invierno nuclear. En un modelo, la temperatura promedio de la Tierra después de una guerra termonuclear total descendería entre 7 y 8 grados centígrados durante varios años en promedio.[2]

Estudios realizados durante la Guerra Fría sugerían que miles de millones de personas sobrevivirían a los efectos inmediatos de las explosiones nucleares y la radiación tras una guerra termonuclear global.[3][4][5] La Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear considera que la guerra nuclear podría contribuir indirectamente a la extinción humana mediante efectos secundarios, como consecuencias ambientales, colapso social y económico.

La amenaza de un holocausto nuclear desempeña un papel importante en el movimiento antinuclear y en el desarrollo de la percepción popular de las armas nucleares. Figura en el concepto de seguridad de destrucción mutua asegurada (MAD) y es un escenario común en el preparacionismo. El holocausto nuclear es un elemento recurrente en la literatura y el cine, especialmente en géneros especulativos como la ciencia ficción, la distopía y la ficción postapocalíptica.[6]

Etimología y uso

La palabra inglesa holocaust, derivada del término griego "holokaustos" que significa "completamente quemado", se refiere a una gran destrucción y pérdida de vidas, especialmente por fuego.[7][8]

Uno de los primeros usos del término para describir una destrucción nuclear imaginaria aparece en la novela de Reginald Glossop de 1926, The Orphan of Space (El huérfano del espacio): «Moscú… debajo de ellos… ¡un estruendo como una grieta del fin del mundo! Los ecos de este Holocausto retumbaron y resonaron… un inconfundible olor a azufre… destrucción atómica». En la novela, se coloca un arma atómica en la oficina del dictador soviético, quien, con ayuda alemana y mercenarios chinos, prepara la toma del poder en Europa Occidental.

En términos más generales, el uso de armas nucleares, en particular sus ensayos, ha sido calificado de genocidio, ecocidio, racismo ambiental, imperialismo nuclear y colonialismo por activistas antinucleares.[9][10][11]

Probabilidad de guerra nuclear

Gran reserva con alcance global (azul oscuro), reserva más pequeña con alcance global (azul medio), reserva pequeña con alcance regional (azul claro)

En 2021, la humanidad contaba con aproximadamente 13.410 armas nucleares, miles de las cuales se encontraban en estado de alerta máxima.[12][13] Si bien los arsenales nucleares han disminuido tras el fin de la Guerra Fría, todos los países con capacidad nuclear están modernizando sus arsenales.[14][15][16] El Bulletin adelantó su simbólico Reloj del Apocalipsis en 2015, citando, entre otros factores, «una carrera armamentista nuclear resultante de la modernización de enormes arsenales».[17] En enero de 2020, se adelantó a 100 segundos antes de la medianoche.[18] En 2023, se adelantó a 90 segundos antes de la medianoche. En 2025, se adelantó a 89 segundos antes de la medianoche.

John F. Kennedy estimó en su momento, que la probabilidad de que la Crisis de los misiles de Cuba escalara a un conflicto nuclear era de entre el 33% y el 50%.[19][20]

En una encuesta realizada a expertos durante la Global Catastrophic Risk Conference en Oxford (Conferencia mundial sobre riesgos catastróficos) (17-20 de julio de 2008), el Future of Humanity Institute estimó la probabilidad de una extinción humana total por armas nucleares en un 1% en el transcurso del siglo, la probabilidad de mil millones de muertos en un 10% y la probabilidad de un millón de muertos en un 30%. [21] Estos resultados reflejan la opinión mediana de un grupo de expertos, no un modelo probabilístico; los valores reales podrían ser mucho menores o mayores.

Los científicos han argumentado que incluso una guerra nuclear a pequeña escala entre dos países, como India y Pakistán, podría tener consecuencias globales devastadoras, y que tales conflictos locales son más probables que una guerra nuclear a gran escala.[22][23][24]

Importancia moral del riesgo de extinción humana

En su libro Razones y personas, el filósofo Derek Parfit planteó la siguiente pregunta:[25]

Comparar tres resultados:

  1. Paz.
  2. Una guerra nuclear que aniquilaría al 99% de la población mundial existente.
  3. Una guerra nuclear que mataría al 100%.

(2) sería peor que (1), y (3) sería peor que (2). ¿Cuál de estas dos diferencias es la mayor?

Continúa diciendo que «la mayoría cree que la mayor diferencia está entre (1) y (2). Yo creo que la diferencia entre (2) y (3) es mucho mayor». Así pues, argumenta que, si bien sería terrible que muriera un gran número de humanos, la extinción humana sería mucho peor, pues impediría la existencia de todas las generaciones futuras. Y dada la magnitud de la calamidad que supondría la extinción de la raza humana, Nick Bostrom sostiene que existe un imperativo moral abrumador para reducir incluso los pequeños riesgos de extinción humana.[26]

Probabilidad de extinción humana completa

Los arsenales nucleares de Estados Unidos y la Unión Soviética, en número total de bombas/cabezas nucleares existentes durante la Guerra Fría y la era posterior a la Guerra Fría.

Muchos académicos han planteado la hipótesis de que una guerra termonuclear global con los arsenales de la época de la Guerra Fría, o incluso con los actuales arsenales más reducidos, podría conducir a la extinción humana. Esta postura se vio reforzada cuando se conceptualizó y modeló por primera vez el invierno nuclear en 1983. Sin embargo, los modelos de la última década consideran muy improbable la extinción total y sugieren que algunas partes del mundo seguirían siendo habitables.[27] Técnicamente, el riesgo podría no ser nulo, ya que los efectos climáticos de una guerra nuclear son inciertos y, teóricamente, podrían ser mayores, pero también menores, de lo que sugieren los modelos actuales. También podrían existir riesgos indirectos, como un colapso social tras una guerra nuclear que haría a la humanidad mucho más vulnerable a otras amenazas existenciales.[28]

Un área de investigación relacionada es: si una futura carrera armamentista nuclear conduce algún día a arsenales mayores o armas nucleares más peligrosas que las existentes durante el apogeo de la Guerra Fría, ¿en qué punto podría una guerra con tales armas resultar en la extinción de la humanidad?[28] El físico Leo Szilard advirtió en la década de 1950 que se podría construir una Máquina del Juicio Final rodeando potentes bombas de hidrógeno con una cantidad masiva de cobalto. El cobalto tiene una vida media de cinco años, y su lluvia radiactiva global, según algunos físicos, podría aniquilar a toda la humanidad mediante una radiación letal. La principal motivación para construir una bomba de cobalto en este escenario es su menor costo en comparación con los arsenales de las superpotencias; dicho dispositivo no necesita ser lanzado antes de la detonación y, por lo tanto, no requiere costosos sistemas de misiles, y las bombas de hidrógeno no necesitan ser miniaturizadas para su lanzamiento mediante misiles. El sistema de activación podría tener que ser completamente automatizado para que el elemento disuasorio sea efectivo. Una variante moderna podría consistir en impregnar las bombas con aerosoles diseñados para aumentar el invierno nuclear. Una importante salvedad es que se prevé que la transferencia de lluvia radiactiva entre los hemisferios norte y sur sea mínima; a menos que una bomba detone en cada hemisferio, el efecto de una bomba detonada en un hemisferio sobre el otro se reduce considerablemente.[29]

Efectos de la guerra nuclear

Prueba nuclear de Castle Bravo

Históricamente, ha sido difícil estimar el número total de muertes resultantes de un intercambio nuclear global porque los científicos descubren continuamente nuevos efectos de las armas nucleares y también revisan los modelos existentes.

Los primeros informes consideraron los efectos directos de la explosión nuclear y la radiación, así como los efectos indirectos derivados de la desestabilización económica, social y política. En un informe de 1979 para el Senado de los Estados Unidos, la Oficina de Evaluación Tecnológica estimó las bajas en diferentes escenarios. Para un intercambio nuclear a gran escala entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con contrapesos y contraataques, predijeron entre el 35% y el 77% de las muertes en Estados Unidos (entre 70 y 160 millones de muertos en ese momento), y entre el 20% y el 40% de la población soviética.[30]

Aunque este informe se elaboró cuando los arsenales nucleares eran mucho mayores que en la actualidad, también se realizó antes de que se teorizara por primera vez el riesgo de un invierno nuclear a principios de la década de 1980. Además, no tuvo en cuenta otros efectos secundarios, como los pulsos electromagnéticos (PEM), ni las repercusiones que estos tendrían en la tecnología y la industria modernas.

Invierno nuclear

A principios de la década de 1980, los científicos comenzaron a considerar los efectos del humo y el hollín provenientes de la quema de madera, plásticos y combustibles derivados del petróleo en ciudades devastadas por ataques nucleares. Se especuló que el intenso calor transportaría estas partículas a altitudes extremadamente elevadas, donde podrían permanecer suspendidas durante semanas y bloquear casi por completo la luz solar.[31] Un estudio fundamental de 1983 realizado por el equipo TTAPS (Richard P. Turco, Owen Toon, Thomas P. Ackerman, James B. Pollack y Carl Sagan) fue el primero en modelar estos efectos y acuñó el término «invierno nuclear».[32]

Estudios más recientes utilizan modelos modernos de circulación global y una potencia informática mucho mayor que la disponible para los estudios de la década de 1980. Un estudio de 2007 examinó las consecuencias de una guerra nuclear global que involucrara una parte moderada o grande del arsenal mundial actual.[33] El estudio halló un enfriamiento de entre 12 y 20 °C en gran parte de las principales regiones agrícolas de Estados Unidos, Europa, Rusia y China, y de hasta 35 °C en algunas zonas de Rusia durante las dos primeras temporadas de cultivo de verano. Los cambios observados también fueron mucho más duraderos de lo que se creía, debido a que su nuevo modelo representaba mejor la entrada de aerosoles de hollín en la estratosfera superior, donde no se producen precipitaciones, y por lo tanto, la eliminación se estimaba en unos 10 años.[23] Además, descubrieron que el enfriamiento global provocó un debilitamiento del ciclo hidrológico global, reduciendo las precipitaciones globales en alrededor de un 45%.

Los autores no analizaron en profundidad las implicaciones para la agricultura, pero señalaron que un estudio de 1986 que suponía que no habría producción de alimentos durante un año proyectó que "la mayoría de las personas del planeta se quedarían sin alimentos y morirían de hambre para entonces" y comentaron que sus propios resultados muestran que "este período sin producción de alimentos debe extenderse por muchos años, lo que hace que los impactos del invierno nuclear sean aún peores de lo que se pensaba anteriormente".[34]

A diferencia de las investigaciones anteriores sobre conflictos nucleares globales, diversos estudios han demostrado que incluso conflictos nucleares regionales a pequeña escala podrían alterar el clima global durante una década o más. En un escenario de conflicto nuclear regional donde dos naciones subtropicales enfrentadas utilizaran 50 armas nucleares del tamaño de la de Hiroshima (aproximadamente 15 kilotones cada una) contra importantes centros poblados, los investigadores estimaron que se liberarían hasta cinco millones de toneladas de hollín, lo que produciría un enfriamiento de varios grados en amplias zonas de Norteamérica y Eurasia, incluyendo la mayor parte de las regiones productoras de cereales.[22][23] Este enfriamiento se prolongaría durante años y, según la investigación, podría ser catastrófico. Además, el análisis mostró una disminución del 10% en la precipitación global promedio, con las mayores pérdidas en las bajas latitudes debido a la interrupción de los monzones.

Los conflictos nucleares regionales también podrían causar daños significativos a la capa de ozono. Un estudio de 2008 reveló que un intercambio regional de armas nucleares podría crear un Aagujero de la capa de ozono de escala casi global, lo que provocaría problemas de salud humana y afectaría a la agricultura durante al menos una década. Este efecto sobre el ozono se debería a la absorción de calor por el hollín en la estratosfera superior, lo que modificaría las corrientes de viento y atraería óxidos de nitrógeno que destruyen el ozono. Estas altas temperaturas y los óxidos de nitrógeno reducirían el ozono a los mismos niveles peligrosos que se registran cada primavera bajo el agujero de ozono sobre la Antártida.[23]

Hambruna nuclear

Es difícil estimar el número de víctimas que resultarían de un invierno nuclear, pero es probable que el efecto principal sea una hambruna mundial (conocida como hambruna nuclear), en la que se produciría una inanición masiva debido a la interrupción de la producción y distribución agrícola.[35] En informes de 2013 y 2022, la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW) expresó su preocupación por el riesgo de inanición que correrían más de dos mil millones de personas, aproximadamente un tercio de la población mundial, en caso de un intercambio nuclear regional entre India y Pakistán, o incluso por el uso de una pequeña proporción del arsenal nuclear de Estados Unidos y Rusia.[36][37] Varios estudios independientes Las conclusiones corroboradas muestran que la producción agrícola se reduciría significativamente durante años debido a los cambios climáticos provocados por las guerras nucleares. La reducción del suministro de alimentos se vería agravada aún más por el aumento de los precios de los alimentos, lo que afectaría a cientos de millones de personas vulnerables, especialmente en los países más pobres del mundo.

Según un estudio revisado por pares y publicado en la revista Nature Food en agosto de 2022,[24] una guerra nuclear a gran escala entre Estados Unidos y Rusia podría causar la muerte directa de 360 millones de personas, y más de 5000 millones podrían morir de inanición debido al hollín generado por las tormentas de fuego tras un bombardeo nuclear. Se proyectó que más de 2000 millones de personas morirían como consecuencia de una guerra nuclear de menor escala entre India y Pakistán. En caso de una guerra nuclear entre Rusia y Estados Unidos, el 99% de la población de Estados Unidos, Rusia, Europa y China moriría.[38]

Pulso electromagnético

Un pulso electromagnético (PEM) es una ráfaga de radiación electromagnética. Las explosiones nucleares crean un pulso de radiación electromagnética llamado PEM nuclear o PEMNN. Se sabe que dicha interferencia PEM suele ser perjudicial o dañina para los equipos electrónicos.

Al inutilizar los dispositivos electrónicos y su funcionamiento, un pulso electromagnético (PEM) dejaría fuera de servicio hospitales, plantas de tratamiento de agua, instalaciones de almacenamiento de alimentos y todas las formas electrónicas de comunicación, amenazando así aspectos clave de la condición humana moderna. Ciertos ataques EMP podrían provocar una gran pérdida de energía durante meses o años.[39] Actualmente, las fallas en la red eléctrica se gestionan con apoyo externo. En caso de un ataque EMP, dicho apoyo no existiría y todos los componentes, dispositivos y equipos electrónicos dañados tendrían que ser reemplazados por completo.

Ya durante la Guerra Fría , ambos poderes mundiales disponían de modestas medidas de contingencia tales como la Reserva estratégica de locomotoras de vapor. En 2013, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos consideró la "Ley para la protección de la infraestructura de alto voltaje contra daños letales" ("Secure High-voltage Infrastructure for Electricity from Lethal Damage Act"), que proporcionaría protección contra sobretensiones a unos 300 grandes transformadores en todo el país.[40] El problema de la protección de la infraestructura civil contra pulsos electromagnéticos también se ha estudiado intensamente en toda Europa y en particular en el Reino Unido. Si bien se han tomado precauciones, James Woolsey y la Comisión EMP sugirieron que un pulso electromagnético es la amenaza más significativa para Estados Unidos.[41][42]

El riesgo de un pulso electromagnético (PEM), ya sea por actividad solar o atmosférica o por un ataque enemigo, si bien no se descarta, fue considerado exagerado por los medios de comunicación en un comentario publicado en Physics Today.[43] En cambio, las armas de los estados rebeldes aún eran demasiado pequeñas y descoordinadas para causar un PEM masivo, la infraestructura subterránea está suficientemente protegida y habrá suficiente tiempo de alerta gracias a observatorios solares continuos como SOHO para proteger los transformadores de superficie en caso de que se detecte una tormenta solar devastadora.[43]

Lluvia radiactiva

Una parte del holocausto nuclear es la lluvia radiactiva a nivel mundial, consecuencia de las pruebas de armas nucleares realizadas en el pasado, que se cuentan por miles, muchas de ellas atmosféricas. El rápido aumento de la radiación de fondo global, que alcanzó su punto máximo en 1963 (el pulso de la bomba atómica), impulsó, entre otras cosas, a los Estados a firmar prohibiciones de las pruebas de armas nucleares. La lluvia radiactiva global ha causado la muerte de aproximadamente 2,4 millones de personas en todo el mundo, según estimaciones de 2020, por ejemplo, debido al aumento de las tasas de cáncer; estimaciones anteriores cifraban la cifra en cientos de miles.[44]

La lluvia radiactiva es el polvo y cenizas radiactivos residuales que se proyectan a la atmósfera superior tras una explosión nuclear.[45] Generalmente, la lluvia radiactiva se limita al área inmediata y solo puede extenderse cientos de kilómetros desde el lugar de la explosión si esta se produce a suficiente altura en la atmósfera. La lluvia radiactiva puede mezclarse con los productos de una nube pyrocumulus y caer como lluvia negra (lluvia oscurecida por el hollín y otras partículas).[46]

Este polvo radiactivo, compuesto generalmente por productos de la fisión nuclear mezclados con átomos residuales activados por neutrones tras la exposición, es un tipo de contaminación radiactiva altamente peligrosa. El principal riesgo de radiación derivado de la lluvia radiactiva se debe a los radionucleidos de vida corta presentes en el exterior del cuerpo.[47] Si bien la mayoría de las partículas transportadas por la lluvia radiactiva se desintegran rápidamente, algunas partículas radiactivas tienen vidas medias de segundos a unos pocos meses. Algunos isótopos radiactivos, como el estroncio-90 y el cesio-137, son de vida muy larga y crean puntos calientes radiactivos hasta por 5 años después de la explosión inicial.[47] La lluvia radiactiva puede contaminar las vías fluviales, la agricultura y el suelo. El contacto con materiales radiactivos puede provocar envenenamiento por radiación debido a la exposición externa o la ingestión accidental. En dosis agudas durante un corto período de tiempo, la radiación puede causar síndrome prodrómico, necrosis de la médula ósea, necrosis del sistema nervioso central y necrosis gastrointestinal. Tras períodos prolongados de exposición a la radiación, el cáncer se convierte en el principal riesgo para la salud. La exposición prolongada a la radiación también puede provocar efectos en el desarrollo humano durante la gestación y daños genéticos transgeneracionales.[48][49]

Orígenes y análisis de las hipótesis de extinción

Como consecuencia de la extensa lluvia radiactiva de la detonación nuclear de Castle Bravo en 1954, el autor Nevil Shute escribió la popular novela «On the Beach» (En la playa), publicada en 1957. En este libro, la lluvia radiactiva generada en una guerra nuclear es tan abundante que extingue toda la vida humana. Sin embargo, la premisa de que toda la humanidad moriría tras una guerra nuclear y que solo las cucarachas sobrevivirían se aborda críticamente en el libro de 1988 Would the Insects Inherit the Earth and Other Subjects of Concern to Those Who Worry About Nuclear War?(¿Heredarían los insectos la Tierra y otros temas de interés para quienes se preocupan por la guerra nuclear?), del experto en armas nucleares Philip J. Dolan. Basándose en estudios sobre los efectos de las bombas de hidrógeno de gran potencia en los atolones de Bikini y Eniwetok, Dolan refuta la teoría de que algunos pequeños especímenes de plantas y bacterias serían las únicas formas de vida que sobrevivirían a una guerra nuclear total. Todas las pruebas mencionadas demostraron la recuperación completa del ecosistema local.[50]

En 1982, el activista por el desarme nuclear Jonathan Schell publicó The Fate of the Earth (El destino de la Tierra), considerada por muchos como la primera exposición argumentada que concluía que la extinción es una posibilidad significativa a causa de una guerra nuclear. Sin embargo, Brian Martin califica las conclusiones de «bastante dudosas».[51] Según el físico Brian Martin, el motivo que impulsó la obra de Schell fue:

La premisa implícita [...] de que si la gente no toma medidas al respecto, es porque no lo percibe como suficientemente amenazante. Quizás si la idea de que 500 millones de personas mueran en una guerra nuclear no basta para impulsar la acción, entonces la idea de la extinción sí lo hará. De hecho, Schell aboga explícitamente por utilizar el miedo a la extinción como base para inspirar la «reorganización completa de la política mundial» (p. 221) [51]

La creencia en el «overkill» también es común, como lo demuestra la siguiente declaración del activista por el desarme nuclear Philip Noel-Baker en 1971: «Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética poseen ahora arsenales nucleares lo suficientemente grandes como para exterminar a la humanidad tres o cuatro veces -algunos dicen que diez-». Brian Martin sugirió que el origen de esta creencia radicaba en «extrapolaciones lineales simplistas» del bombardeo de Hiroshima. Afirmó que si la bomba lanzada sobre Hiroshima hubiera sido 1000 veces más potente, no habría podido matar a 1000 veces más personas.[52] De manera similar, es frecuente escuchar que la energía explosiva total liberada durante la Segunda Guerra Mundial fue de aproximadamente 3 megatones, mientras que una guerra nuclear con arsenales de ojivas similares a los de la Guerra Fría liberaría una energía explosiva equivalente a la de 6000 Segundas Guerras Mundiales. [53] El físico y activista por el desarme Joseph Rotblat estima que la cantidad necesaria de lluvia radiactiva para que pudiera causar la extinción humana sería entre 10 y 100 veces la capacidad de los arsenales nucleares en 1976; sin embargo, dado que la capacidad mundial ha disminuido desde el fin de la Guerra Fría, esta posibilidad sigue siendo hipotética.[4]

Se suele teorizar que el uso y despliegue masivo de armas nucleares genera un potencial destructivo global suficiente como para volver inhabitables grandes partes de la Tierra.

Según el informe de las Naciones Unidas de 1980, General and Complete Disarmament: Comprehensive Study on Nuclear Weapons: Report of the Secretary-General (Desarme general y completo: Estudio exhaustivo sobre las armas nucleares: Informe del Secretario General), se estimaba que en ese momento existían unas 40.000 ojivas nucleares, con una potencia explosiva combinada potencial de aproximadamente 13.000 megatones.

En comparación, en la cronología del vulcanismo en la Tierra, la erupción del Monte Tambora en 1815 explotó con una fuerza de aproximadamente 30.000 megatones[54] y expulsó 160 km³ de material compuesto principalmente de roca y tefra,[55] que incluyó, como estimación máxima, 120 millones de toneladas de dióxido de azufre, convirtiendo a 1816 en el "año sin verano" debido a los altos niveles de aerosoles de sulfato y ceniza expulsados, que oscurecieron el cielo global.[56] La erupción mayor del Monte Toba, ocurrida hace aproximadamente 74.000 años, produjo produjo unos 2800 km³ de tefra[57] y 6000 millones de toneladas de dióxido de azufre,[58][59] con una posible fuerza explosiva de 20.000.000 megatones (Mt) de TNT, formando el lago Toba y reduciendo la población humana a apenas decenas de miles. El impacto de Chicxulub, relacionado con la extinción de los dinosaurios, corresponde a al menos 70.000.000 Mt de energía, lo que equivale aproximadamente a 7000 veces el arsenal máximo combinado de Estados Unidos y la Unión Soviética.

Las comparaciones con supervolcanes resultan más engañosas que útiles debido a las diferencias en los aerosoles liberados, la probable altura de detonación aérea de las armas nucleares y la dispersión global de estas potenciales detonaciones, todo lo cual contrasta con la naturaleza singular y subterránea de una erupción supervolcánica. Además, suponiendo que todo el arsenal mundial de armas se agrupara, sería difícil, debido al efecto de fuego amigo nuclear, asegurar que todas las armas detonaran simultáneamente. No obstante, muchos creen que una guerra nuclear a gran escala resultaría, a través del efecto de invierno nuclear, en la extinción de la especie humana, aunque no todos los analistas coinciden en los supuestos de estos modelos de invierno nuclear.[60]

Véase también

Referencias

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