Carmenta

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En la mitología romana Carmenta,[1][2][3] o también Carmentis,[4][5] era una diosa profetisa, inventora del alfabeto e invocada durante los partos.[1] Aparece en una leyenda alternativa sobre la fundación de Roma; en esta versión la urbe tiene un origen arcadio a través de Evandro, hijo de Carmenta.[6][2][3] Pausanias dice que Evandro era hijo de Hermes y de una ninfa hija del Ladón.[7]

La inscripción Duenos, datada en el siglo VI a. C., muestra las más antiguas formas conocidas del alfabeto del latín antiguo.
Porta Carmentalis # 12.

Carmenta era en un principio una ninfa[5][2] de Arcadia cuyo nombre antiguo, griego, variaba entre Nicóstrata[8][3][5][3] o Temis[2][3] (también Telpusa o Timandra).[9] En Roma le dieron el nombre de Carmenta debido a que poseía el don profético (de carmen, «recitación, canto mágico», que originó encanto).[2][3]

Plutarco nos resume las tres variantes sobre Carmenta que se han solapado en el mismo personaje: una Moira con potestad sobre el nacimiento, la esposa del arcadio Evandro y una mujer poseída por el delirio de la inspiración divina.[10]

Culto en Roma

En Roma había un altar erigido a Carmenta bajo el llamado Capitolio, junto a la puerta Carmental.[2] El líder de su culto era el flamen Carmentalis, uno de los flamines menores.[11] La ley no permite llevar pieles a su santuario para que esas pieles muertas no corrompan el fuego puro. Su festival, llamado las Carmentales, era celebrado en enero.[12]

Algunos historiadores romanos consideran que Carmenta era invocada en plural, como las Carmentes (cf. Camenas),[13] y con los nombres de tres hermanas: Carmenta, Pórrima y Postuersa.[12] O bien durante el parto se rezaba para invocar a las Carmentes y que estas presidieran el alumbramiento, según las dos posiciones posibles del niño que ha de nacer.[14] En otra versión a Carmentis se la refiere como la sibila cimeria.[15] Y otros, siguiendo esta línea, dicen que Carmenta es una de las Parcas.[3]

Mitología

Higino

Se dice que Mercurio fue el primero que llevó ciertas letras griegas (Ω, Ε, Ζ, Φ, Π y Ψ) a Egipto. De Egipto Cadmo las trasladó a Grecia, y Evandro —prófugo de Arcadia— las pasó a Italia. Su madre Carmenta las modificó en quince letras latinas. Apolo añadió las demás con su cítara.[1]

Dionisio de Halicarnaso

No mucho tiempo después, otra expedición griega desembarcó en otra expedición de Italia, aproximadamente sesenta años antes de la guerra de Troya, como dicen los mismos romanos, y emigraron de Palancio, una ciudad de Arcadia. Dirigía la colonia Evandro, que se decía era hijo de Hermes y de una ninfa local de la Arcadia, a la que los griegos llaman Temis y dicen que estaba inspirada por la divinidad; pero los escritores de la historia antigua de Roma le dan, en lengua nativa, el nombre de Carmenta. En griego, el nombre de la ninfa sería Thespiodós («cantora profética»); pues los romanos llaman carmina a los cantos y reconocen que esta mujer, poseída por un aliento divino, a través del canto predecía a la gente lo que iba a ocurrir.[2]

Ovidio

De Arcadia era Evandro, que era más renombrado por la sangre de su sagrada madre. Carmentis había pronosticado que eran inminentes perturbaciones para sí y para su hijo, y otros muchos acontecimientos más, que con el tiempo se hicieron realidad. Evandro, con el ánimo fortalecido por las palabras de su madre, surca en nave las olas y arriba a Hesperia. Y ya había metido el navío en según el consejo de la sabia Carmentis. Ella miraba el costado del río que bordeaba Tarento. Evandro, junto con otros seguidores, fundaron la ciudad de Pallantium (Palanteo), que más tarde fue uno de los lugares que dieron origen a Roma.[4]

Plutarco

Se supone que las madres levantaron originariamente el templo de Carmenta y ahora le rinden culto de manera muy especial. Una leyenda cuenta que el senado prohibió a las mujeres usar carruajes tirados por un par de animales uncidos. En consecuencia, acordaron entre ellas no concebir, ni parir y apartarse de sus maridos hasta que estos cambiaran de opinión y condescendieran ante ellas. Cuando tuvieron hijos, como madres de una noble y numerosa prole, fundaron el templo de Carmenta. Otros piensan que Carmenta era una Parca y por esto las madres le ofrecían sacrificios. El significado de su nombre es «carente de mente» (carens mente) a causa de sus arrebatos divinos. De aquí que no dieran los carmina nombre a Carmenta, sino más bien que se los denominara así por esta, ya que cuando estaba poseída por la divinidad cantaba los oráculos en verso y metro.[3]

Estrabón

Existe una versión diferente, más antigua y de carácter mítico, que dice que Roma fue una colonia arcadia fundada por Evandro. Heracles fue acogido como huésped suyo cuando se llevó las vacas de Gerión. Cuando Evandro supo de su madre Nicóstrata (pues ésta era experta en el arte de la adivinación) que Heracles estaba destinado a convertirse en dios una vez hubiera dado cumplimiento a sus trabajos, le hizo saber a Heracles esta predicción. Los romanos, incluso, adoran a la madre de Evandro.[5]

Boccaccio

Nicóstrata, según afirman Teodoncio y Leoncio Pilato, fue hija de Yonio, rey de los arcadios, a su vez hijo de Arcas. De acuerdo con estos autores, se casó con Palante, un noble arcadio —aunque otros sostienen que fue su nuera— y después concibió de Mercurio a Evandro, futuro rey de Arcadia. Era sumamente docta en las letras griegas y poseía un ingenio tan versátil que, gracias a su constante estudio, llegó hasta el arte de la adivinación, alcanzando gran fama como profetisa. Como en ocasiones revelaba el porvenir en verso a quienes la consultaban, abandonado su nombre de Nicóstrata, fue llamada Carmenta.[16]

Cuando Evandro dio muerte —según unos, accidentalmente— a su padre putativo (o verdadero, como prefieren otros), o bien, según distinta versión, fue expulsado del reino por una sedición, Nicóstrata, prometiendo a su hijo fugitivo un gran destino por medio de sus vaticinios, partió con él hacia Italia. Entrando por la desembocadura del Tíber, se establecieron en el monte Palatino.[16]

Al hallar allí habitantes rústicos y agrestes, Nicóstrata inventó nuevos caracteres para la escritura y les enseñó sus combinaciones y sonidos. Aunque al principio fueron solo dieciséis letras, posteriormente se añadieron otras, y de ellas usamos aún hoy. Admirados por tal hazaña, aquellos pueblos simples no la tuvieron por mujer, sino más bien por diosa. Incluso en vida la honraron con culto divino y, tras su muerte, le erigieron un pequeño santuario al pie del monte Capitolino, en el lugar donde había vivido. Para perpetuar su memoria, llamaron Carmentalia a los lugares cercanos por su nombre. Ni siquiera Roma, ya engrandecida, permitió que tal recuerdo desapareciera; antes bien, durante muchos siglos dio el nombre de Carmental a una puerta de la ciudad que allí se había construido por necesidad.[16]

Referencias

Bibliografía

Enlaces externos

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