Fusionismo

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El término fusionismo surgió en Estados Unidos en la década de 1950, impulsada por Frank Mayer, asociado a la revista National Review. Meyer intentó reconciliar el conservadurismo social con el liberalismo económico.[1][2]

Frank Straus Mayer, filósofo y activista estadounidense impulsor del fusionismo

La filosofía del "fusionismo" se desarrolló en la revista National Review durante la década de 1950 bajo la dirección de William F. Buckley Jr. y se identifica principalmente con su editor asociado Frank Meyer.[2][3] Según Buckley, su fundación fue como intermediario entre una extraordinaria mezcla de libertarios, conservadores clásicos y anticomunistas, quienes producían ideas y escritos que conformaron el conservadurismo moderno estadounidense.[4] Identificó la síntesis de Meyer como la mejor solución para definir el conservadurismo.[5]

En su libro más influyente, In Defense of Freedom, Meyer definió la libertad en términos que Isaiah Berlin calificaría como “negativos”, como la minimización del uso de la coerción por parte del Estado en su función esencial de impedir que la libertad de una persona invada la de otra. El Estado debe proteger la libertad, pero por lo demás dejar la virtud a los individuos. El Estado tiene solo tres funciones legítimas —policía, fuerzas armadas y la operación de un sistema legal—, todas necesarias para controlar la coerción, que es inmoral si no está restringida. La virtud es fundamental para la sociedad, y la libertad debe equilibrarse con la responsabilidad, pero ambas son inherentemente individuales en su forma. Los valores impuestos no pueden ser virtuosos. La libertad por sí sola no tiene un objetivo ni un fin intrínseco. La libertad no es abstracta ni utópica, como ocurre con los utilitaristas, que también hacen de la libertad un fin en lugar de un medio. En una sociedad real, el orden tradicional y la libertad solo pueden existir juntos. La solución es una síntesis filosófica de libertad y tradición; la solución al dilema es “tomarlo por ambos cuernos” y aceptar la tensión entre ambas.[6]

El fusionismo encontró un firme defensor en Ronald Reagan,[7] un admirador temprano de National Review y colaborador. Al asumir la presidencia en 1981, se reunió en Washington con líderes conservadores de todo el país y les recordó sus raíces intelectuales. Tras enumerar a “líderes intelectuales como Russell Kirk, Friedrich Hayek, Henry Hazlitt, Milton Friedman, James Burnham [y] Ludwig von Mises” como aquellos que “dieron forma a gran parte de nuestros pensamientos”, analizó en detalle solo una de estas influencias:

Es especialmente difícil de creer que solo haya sido hace una década, en un frío día de abril en una pequeña colina del norte del estado de Nueva York, cuando fue enterrado otro de estos grandes pensadores, Frank Meyer. Había realizado el penoso viaje que tantos otros hicieron: se arrancó de las garras del [comunista] Dios que fracasó y luego, en sus escritos, forjó una vigorosa nueva síntesis del pensamiento tradicional y libertario, una síntesis que hoy muchos reconocen como el conservadurismo moderno.

Al recordarlo, el nuevo presidente expuso las ideas que Meyer había sintetizado como los principios de este nuevo movimiento conservador.

Fue Frank Meyer quien nos recordó que el vigoroso individualismo de la experiencia estadounidense formaba parte de la corriente más profunda del saber y la cultura occidentales. Señaló que el respeto por la ley, la valoración de la tradición y la consideración del consenso social que da estabilidad a nuestras instituciones públicas y privadas, estas ideas civilizadas, deben seguir motivándonos incluso mientras buscamos una nueva prosperidad económica basada en reducir la interferencia del gobierno en el mercado. Nuestros objetivos se complementan entre sí. No estamos recortando el presupuesto simplemente por el bien de una gestión financiera más sólida. Esto es solo un primer paso para devolver poder a los estados y a las comunidades, solo un primer paso para reordenar la relación entre el ciudadano y el gobierno. Podemos hacer que el gobierno vuelva a ser receptivo a la gente reduciendo su tamaño y su alcance y asegurando así que sus funciones legítimas se desempeñen de manera eficiente y justa. Porque la nuestra es una filosofía de gobierno coherente, podemos ser muy claros: no tenemos una agenda social separada, una agenda económica separada y una agenda exterior separada. Tenemos una sola agenda. Así como buscamos poner en orden nuestras finanzas y reconstruir las defensas de nuestra nación, del mismo modo buscamos proteger a los no nacidos, poner fin a la manipulación de los escolares por planificadores utópicos y permitir el reconocimiento de un Ser Supremo en nuestras aulas, tal como permitimos dichos reconocimientos en otras instituciones públicas.[8]

Historia política

Críticas

Referencias

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