Cultura de la antigua Roma

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La cultura de la antigua Roma, también llamada cultura latina,[1][2][3] incluye un conjunto de creencias, tradiciones, costumbres, usos, creaciones literarias y lúdicas, desarrolladas a partir del siglo VII a. C. por el pueblo latino hasta entrado el siglo V. El desarrollo de esta cultura estuvo influido por la cultura griega, culturas locales y las culturas desarrolladas en Oriente Próximo (Mesopotamia y Egipto), que contribuyeron a formar la cultura y el arte de los romanos.[4]

Vista actual del Arco de Constantino.

La sociedad romana era eminentemente agraria, y el sector primario era el que ocupaba a la mayor parte de las personas; la población urbana si bien era responsable principal de ciertas manifestaciones, en realidad era minoritaria dentro de la sociedad romana.[5]

Uno de los factores que más contribuyó a la universalización de la cultura latina, que de pronto fue la de todo el imperio romano, fue el uso de las lenguas clásicas (el latín y el griego helenístico) como lenguas intergrupales entre todos los pueblos sometidos a Roma.[6]

Una de las principales prioridades que proporcionaba el senado romano era el reconocimiento y valoración de los ciudadanos que se alistaban al ejército, de forma que se centraron en llevar a cabo una homogeneización del servicio militar.[7] De este modo, generó un ejército del cual se valió para conquistar y mantener un imperio que abarcaba toda la cuenca del mar Mediterráneo, y con él mantuvo al imperio unido durante varios siglos.[8] Los senadores romanos competían intensamente por el prestigio, los cargos públicos y la gloria personal.[9] La vida política se concebía como una lucha constante por superar tanto a los contemporáneos como a las generaciones anteriores.[9] Incluso fuera de los periodos electorales, buscaban exhibir sus méritos, ampliar sus redes de clientela y reforzar su reputación pública.[9] Algunos cultivaban una imagen de refinamiento helenístico, mientras otros, como Catón y Mario, promovían una supuesta austeridad tradicional "italiana".[9] La conmemoración de logros mediante monumentos, templos y ceremonias públicas —incluidos eventos familiares como bodas y funerales— formaba parte central de esta estrategia de proyección social y política.[9]

El Imperio romano contaba con una población estimada de entre 59 y 72 millones de habitantes hacia el año 165 d. C. y se extendía desde la actual Portugal y la costa atlántica por el oeste hasta Armenia por el este, desde la frontera con Escocia por el norte hasta el sur de Egipto.[10] Abarcaba aproximadamente 4 millones de kilómetros cuadrados e incluía territorios con gran diversidad geográfica, cultural y de desarrollo.[10]

Ninguna otra cultura de la antigüedad alcanzó un dominio territorial tan amplio y duradero como la romana.[11] A finales del siglo I d. C., el latín era la lengua oficial desde Anatolia hasta las islas británicas y desde Germania hasta el norte de África, con Roma como centro político y cultural.[11] Los propios romanos eran conscientes de su poder, y desde la época de Augusto la ideología oficial promovió la expansión y el dominio territorial como objetivos fundamentales.[11]

Arte

Las primeras manifestaciones del arte romano nacieron bajo el influjo del arte etrusco, enseguida contagiado del arte griego, que Roma conoció en las colonias de la Magna Grecia del sur de Italia, las cuales conquistó en el proceso de unificación territorial de la península durante los siglos IV y III a. C.. La influencia griega se acrecentó cuando, en el siglo II a. C., Roma ocupó Macedonia y Grecia.

Lengua y cultura letrada

Lenguas del imperio

El latín de la ciudad de Roma se impuso a otras variedades de otros lugares del Lacio, de las que apenas quedaron algunos en el latín literario. Esto hizo del latín una lengua con muy pocas diferencias dialectales, al contrario de lo que pasó en el idioma griego . En la mitad oriental aunque el griego siguió manteniendo variantes regionales, en gran medida, estas fueron desplazadas por el griego helenístico.

En Hispania, la sustitución de las lenguas prerromanas por el latín no fue un proceso coercitivo, sino gradual y motivado por circunstancias sociales y culturales.[12] Los habitantes adoptaron rápidamente el latín, ya que les permitía acceder de manera más eficaz a las nuevas leyes y estructuras impuestas por la metrópoli.[12] Además, el latín era percibido como una lengua más rica y prestigiosa que las lenguas vernáculas, lo que transformó el bilingüismo inicial en una diglosia que acabó desplazando a las lenguas autóctonas.[12] La transición lingüística fue, por tanto, principalmente resultado de la elección de los propios hablantes.[12]

La mitad oriental del imperio tenía una economía más desarrollada (ver economía del imperio romano) y una densidad de población más alta. Como el griego en general no fue desplazado por el latín, durante toda la época imperial el griego helenístico tuvo más hablantes que el latín, que era la lingua franca sólo en la mitad occidental del imperio, cumpliendo esta función en la mitad oriental el griego. Considerando la población del imperio el número de hablantes de latín debió estar entre 15 y 20 millones y era algo mayor para el griego.

Educación y escritura

Roma introdujo el alfabeto latino en el siglo VII A.C.,[13] a través de los etruscos, los cuales lo habían importado de los griegos de Sicilia y perfeccionado después.[14] Se escribía con una tachuela en bronce (scríbere) o se pintaba (línere o píngere) sobre una hoja (folium) vegetal, sobre cortezas (líber, de donde viene la palabra española "libro") o maderas (tábula o tabla, álbum o madera 'blanca') y más tarde sobre cobre (aes) y sobre lienzos. La palabra "escritura" procede de scriptura, que era la marca que se hacía al ganado que se enviaba a pastar. Una de las características de la escritura romana es que el sonido de la vocal u se conseguía con la letra v. Por ejemplo "Avgvstvs" se pronunciaba Augústus.

Se estima que el uso del alfabeto respondía a las mismas necesidades administrativas y políticas que las ciudades griegas, tratándose de un instrumento vinculado al poder, principalmente al religioso.[15]

No se conoce con precisión la tasa de alfabetización, aunque las estimaciones coinciden en que era una minoría el número de personas que sabían leer y escribir. William V. Harris estima que la tasa de alfabetización estaría alrededor del 10 % y casi con seguridad estaría por debajo del 20 %.[16]

Las bibliotecas públicas en Roma surgieron a comienzos del Imperio como una evolución de las bibliotecas privadas republicanas, pero introdujeron cambios significativos en su concepción, organización y función cultural.[17] Su diseño, uso y distribución de fondos reflejaron un nuevo modelo institucional, con un papel reforzado en la canonización literaria.[17] Impulsadas por los emperadores, se consolidaron como herramientas clave para promover la literatura latina en igualdad con la Literatura griega, influyendo en la configuración del sistema literario romano y, de forma indirecta, en el griego.[17]

La influencia de la enseñanza romana fue uno de los factores que mayoritariamente contribuyeron a la estabilización y conservación del espíritu tradicional romano.[18] Al estar principalmente dirigida a los hijos de las clases «ilustradas», se encargaba de formar a los futuros gobernadores de las provincias, así como a los grandes administradores, a los jefes militares, a los jueces, y a todos los ciudadanos que algún día llegarían a formar parte del senado para representar a la elite del Imperio.[18]

Literatura

Tras las invasiones bárbaras, la cultura latina alcanzó en Europa su mayor consolidación durante la Edad Media.[19] Lejos de imponerse por la fuerza, la latinidad fue ampliamente aceptada como signo de superioridad cultural y espiritual, convirtiéndose en el eje de la civilización medieval.[19] La Iglesia, fiel al latín, desempeñó un papel central al integrar el mensaje cristiano con la herencia clásica grecolatina (Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón, Virgilio), preservando y transmitiendo ese legado.[19] El latín, por su carácter universal, claro y expresivo, fue adoptado por la Iglesia como lengua de unificación, comunicación y liturgia, lo que permitió conservar y difundir tanto la cultura clásica como la tradición intelectual cristiana durante siglos.[19]

Teatro, poesía y prosa

En muchos aspectos, los escritores de la República romana y del Imperio romano eligieron evitar la innovación en favor de la imitación de los grandes autores griegos. La Eneida de Virgilio emulaba la épica de Homero, Plauto seguía las huellas de Aristófanes, Tácito emulaba a Tucídides, Ovidio exploraba los mitos griegos. Por supuesto, los romanos imprimieron su propio carácter a la civilización que heredaron de los griegos. Solo la sátira es el único género literario que ya los romanos identificaron como específicamente suyo. La prosa se utilizaba para la oratoria política, la filosofía o la historia, pero hubo algunos ejemplos de prosa literaria de ficción, como El asno de oro de Apuleyo.

Historiografía

Polibio

Por historiografía romana se entiende aquella realizada desde la República romana hasta la decadencia final del Imperio romano. La historiografía romana recibió mucha influencia de la griega, especialmente por Polibio, historiador griego que vivió en Roma y escribió sobre su historia. En general, fue menos rigurosa y más moralizante que la historiografía griega. Se utilizaron fuentes orales y escritas, pero a diferencia de la griega, estas últimas tuvieron mayor importancia por la gran cantidad de documentos antiguos, como archivos sacerdotales, documentos oficiales como leyes y listas de magistrados, archivos familiares y laudationes fúnebres. Algunos autores fueron Tito Livio, Suetonio o Tácito.

Filosofía

Filosofía romana o latina es la filosofía desarrollada en la Antigua Roma, en textos de lengua latina y de lengua griega.

El pensamiento romano o latino se caracterizó por evitar la especulación pura y la búsqueda del pragmatismo y el eclecticismo, priorizando la filosofía práctica (ética y filosofía política) frente a la filosofía teórica (metafísica, lógica y epistemología).[20] Su identificación con una extensión de la filosofía griega (filosofía greco-romana, como el resto de los rasgos de la civilización greco-romana) es un tópico cultural, iniciado en su propia época.

Los principales filósofos romanos de época clásica fueron Lucrecio, Cicerón, Séneca y Marco Aurelio.[21] Mucho prestigio también tuvieron los filósofos griegos de época romana. En el periodo tardorromano lo fue Agustín de Hipona. El latín siguió empleándose como la lengua de la filosofía occidental hasta el siglo XVIII.

Derecho

La verdadera innovación de los romanos fue la sistematización y la enseñanza del derecho, que no existía entre los griegos.

El derecho romano, es uno de los grandes aportes de Roma como civilización, supuso la primera recopilación científica de las normas por las que debían regirse las relaciones de los ciudadanos en todos los aspectos fundamentales: privados y públicos, familiares, laborales, etc, además del sistema jurídico más completo que ha producido la humanidad.[22] A partir de Augusto la ciencia del derecho tuvo una gran importancia y hubo notables jurisconsultos, como Gayo, Ulpiano y Papiniano. Los jurisconsultos romanos se distinguían entre los siguientes:

  • Ius publicum (derecho público) que regulaba las relaciones entre los ciudadanos y el Estado;
  • Ius privatum (derecho privado) que regulaba las relaciones de los ciudadanos entre sí;
  • Ius getium (derecho internacional) que regulaba las relaciones entre los distintos pueblos.

Al principio, se trataba de un sistema jurídico pragmático, que se enfocaba en solventar problemas particulares, estrechamente relacionado con la vida cotidiana y cercano al individuo.[23]

La plebe romana fue el conjunto de ciudadanos libres que no pertenecían a la aristocracia patricia y carecían de privilegios, aunque gozaban de derechos civiles.[24] Su surgimiento histórico se documenta desde el siglo V a.C., diferenciándose claramente de la clientela y de las gentes nobles de Roma.[24]

En Roma, se consideraba ciudadano a quien formaba parte de la civitas o comunidad política, distinguiéndose por el nomen romanum incluso fuera de la ciudad.[25] Originalmente, los habitantes libres se llamaban quirites.[25] Roma estableció alianzas con la confederación latina, reconociendo a los antiguos latinos derechos como el ius commercii, el conubium y la posibilidad de ser herederos de ciudadanos romanos.[25] Los latini coloniarii eran los habitantes de colonias latinas tras la desaparición de la liga latina (338 a. C.),[25] mientras que los latini iuniani, libertos manumitidos sin solemnidad según la lex Iunia Norbana (19 d. C.), eran libres pero carecían de ciudadanía.[25] Los extranjeros, denominados peregrinos, se dividían entre los que pertenecían a ciudades preexistentes y los dediticios, de pueblos rendidos o sin organización urbana.[25] La ciudadanía podía concederse individual o colectivamente; Augusto la otorgaba como privilegio, y finalmente Caracalla la extendió a todos los súbditos libres del Imperio, culminando un proceso de igualdad legal.[25]

Economía

La República de Roma dominaba una vasta extensión de tierra con enormes recursos naturales y humanos, se estima que hacia el siglo II d. C. la población del imperio rondaría los 50 millones, distribuidos en cerca de 5 millones de kilómentros cuadrados.[26][27] Como tal, la economía en la antigua Roma se mantuvo concentrada en la agricultura y el comercio. El comercio agrícola libre cambió el panorama italiano y, por el siglo I a. C., las enormes haciendas dedicadas al cultivo de la vid, de los cereales y del olivo, propiedad de grandes terratenientes, habían estrangulado a los pequeños agricultores, que no pudieron igualar el precio del grano importado. La anexión de Egipto, Sicilia y Cartago (actual Túnez) proporcionó un suministro continuo de cereales. A su vez, el aceite de oliva y el vino fueron las principales exportaciones de Italia. Ya por entonces se practicaba la rotación de dos hojas, pero la productividad agrícola en general fue baja: alrededor de 1 tonelada por hectárea.

Roma, que era la capital imperial, transformó la economía rural de Italia mediante la creación de distintos lugares urbanos que iban desde sitios centrales regionales hasta centros locales de comercio o administración.[28] Más allá del impacto que esto tenía en la economía italiana la demanda para alimentar a una ciudad de un millón de habitantes facilitó una red imperial de grandes centros regionales.[28]

Ciencia y tecnología

Pont du Gard, puente que sirve a la vez de viaducto y acueducto. Las técnicas romanas de construcción de obras públicas eran notabilísimas y eficaces. En concreto, la necesidad de salvar grandes distancias para el suministro de agua a las ciudades se resolvió con una ingeniería hidráulica muy ingeniosa.

La ciencia en la Antigua Roma no conoció un desarrollo importante en Roma en el campo de la teoría o de la investigación pura, limitándose los autores romanos a recopilar conocimientos anteriores.

El De divinatione de Cicerón (44 a. C.), que rechaza la astrología y otras técnicas supuestamente adivinatorias, es una rica fuente histórica para conocer la concepción de la cientificidad en la antigüedad romana clásica.[29]

Plinio el Viejo (23–79) recopiló en su Naturalis Historia la ciencia en la Antigua Grecia. A pesar de que la ciencia en la Antigua Roma no tuvo el mismo desarrollo que en la cultura helénica, fue una civilización con enormes avances en cuanto a la sistematización y organización del conocimiento clásico.

Los romanos destacaron en tecnología aplicada, sobre todo en agricultura, obras públicas y tecnología militar: molinos hidráulicos, sistema de calefacción central y aislamiento contra la humedad de las viviendas; catapultas, ballestas, torres de asalto instaladas sobre ruedas; faros en los puertos y, sobre todo, un sistema de construcción de calzadas, con firme de piedra amalgamada con mortero, bordillos y zanjas de desagüe, que han permitido que aún se conserve gran parte del trazado viario romano. El desarrollo de la ingeniería en instrumentos de alta construcción, como poleas, grúas, molinos, así como el desarrollo del arco arquitectónico establecen precedentes en la forma de concebir la tecnología y la ciencia aplicada. La organización de las ciudades y el establecimiento de nuevos mecanismos de transporte y comunicación son también parte de sus desarrollos ingenieriles. Destaca el trabajo de Plinio, el viejo como un heredero de la filosofía natural helénica, quien recopila en más de 37 volúmenes y textos diversas observaciones de la filosofía natural en latín. Claudio Ptolomeo en Almagest describe un modelo de movimiento planetario, así como también su obra populariza la idea geocéntrica del universo. El establecimiento del calendario romano basado en los ciclos del sol, así como en su propia mitología son también parte de la herencia científica de Roma.

En medicina retoman las diversas influencias de las escuelas helénicas de Hipócrates y Asclepiades. El temor de la helenización por parte de Cator y otros intelectuales romanos mantuvo la práctica médica desregulada durante gran parte de la república y el imperio. La educación médica era privada y su desempeño basado en prácticas no sistemáticas. El principal autor del periodo fue Galeno, quien sistematizó y reprodujo durante su vida la obra de la medicina helénica al latín, así como incluyó detalladas descripciones de disecciones animales y humanas. Estos trabajos fueron de enorme influencia durante la Edad Media. También hay registro de que Celso practicó técnicas de cirugía plástica durante su vida.

Costumbres

En Roma tenía lugar una animada vida social y comercial. Su prosperidad económica y el hecho de ser la capital política se conjugaron para que su planta urbana se llenara de bellas estatuas, imponentes edificios, arcos y columnas conmemorativas de los triunfos militares.

Viviendas

Durante la romanización, las ciudades se concebían como centros de organización política, económica y social.[30] Roma transformaba asentamientos previos y fundaba nuevas colonias, estructurándolas con murallas, foros, templos, curias y basílicas, así como espacios para espectáculos públicos como teatros, anfiteatros y circos.[30] Las vías, puentes, acueductos y sistemas de regadío conectaban las ciudades con sus territorios y facilitaban el acceso de las legiones.[30] La villa funcionaba como unidad agropecuaria y residencia extraurbana, combinando producción agrícola con lujos artísticos.[30] Esta planificación integral aseguraba la administración, el desarrollo económico y la cohesión social dentro del Imperio.[30]

Las residencias de los ciudadanos romanos dependían, como hoy, del grado de riqueza. Los Patricios y los ricos hombres de negocios (Caballeros) habitaban en villae, que tenían grandes jardines con fuentes, hermosas vistas y muy lujosas viviendas.

Los principales modelos eran dos: insulae y domus.

Comidas

Los textos antiguos hablan de tres comidas en un día romano.[31]

En primer lugar, estaba el ientaculum que era el almuerzo[31] o lo que el niño llevaba para comer en la escuela. En todo caso, era una comida ligera.

La segunda era el prandium[31] que coincidiría con un tentempié actual. Se tomaba a la hora VII (mediodía solar) y ni se precisaba sentarse ni lavarse las manos.

La tercera comida era la cena, pero que más bien correspondía a la comida en el sentido actual,[31] no solo por la hora (VIII en el invierno, las 12.44 hora solar; IX en el verano, las 14.31 hora solar), sino por su abundancia. En la cena se distinguían tres partes:

En algunos casos, después venía la comissatio (sobremesa en la que se bebía copiosamente) en la que los autores leían, contaban cuentos, etc. Se podía alargar mucho.

La cena, por tanto, duraba horas ya que, no siendo en los balnearios (thermae) o en el barbero, no tenían otro lugar para juntarse y matar el tiempo.

Tenían una postura para comer extraña hoy en día: tumbados sobre el lado izquierdo. El comedor se llamaba triclinium, porque eran tres lechos con el cabezal frente a una mesita cuadrada. El lecho que no tenía a otro enfrente (lectus medius) era el principal; le seguía en importancia el que estaba a su izquierda (lectus summus). Pero con el tiempo la mesita se hizo redonda y los tres lechos se hicieron un único lecho en forma de media luna. Esa mesita se llamaba repositorium. Las mujeres romanas comían con sus maridos, no como en Grecia. Y los esclavos solo se sentaban en la mesa con los amos en algunos días de fiesta, por ejemplo, durante las saturnalias.

En el repositorium se posaba la comida que ya venía cortada de la cocina. Inicialmente se tomaba con los dedos. La buena educación de cada uno se veía al tomar la comida con las puntas de los dedos, sin mancharse la mano ni la cara. Los restos se tiraban al suelo. Al terminar la comida, los comensales se podían llevar parte de la comida sobrante para su casa.

Los esclavos suplían las incomodidades de no tener aún un cubierto para pinchar con un constante servicio de agua y toallas para lavarse las manos reiteradamente. Cuando uno iba invitado a casa de otro, llevaba su propio esclavo para estos servicios.

Lo que si tenían los comensales era cuchillo (culter), palillos y cucharas de varios tipos, desde el cucharón (trulla), la cuchara de un centilitro de capacidad (lígula) y la cucharita afilada (cochlear) con la que abrían huevos y mariscos de concha. No obstante lo anterior es aplicable a las personas de alta clase. Los más pobres y humildes sí que comían sentados y con utensilios más sencillos.

Vestimenta

En Roma la vestimenta distinguía y diferenciaba a las clases sociales. Por ejemplo, solo los senadores romanos usaban el calceus, zapato propio de esta casta. A pesar de las similitudes entre griegos y romanos, estos últimos poseían una característica específica: la ropa tenía un profundo significado político. Los jóvenes, al cumplir 21 años, usaban toga —amplio manto de lana o hilo, símbolo del hombre libre— sobre la túnica. En la toga se colgaban los distintivos del grado político que el ciudadano adquiría a lo largo de su trayectoria. Las mujeres romanas, como las griegas del periodo clásico, usaban una túnica y un amplio manto rectangular conocido como palla. La túnica o estola fue el reflejo de las influencias etruscas (sencillez en las líneas y en los colores). Más tarde el contacto de esta civilización con culturas orientales y el crecimiento del concepto de la elegancia fueron modificando el atuendo. Las túnicas se confeccionaron con telas más suaves y ligeras, de colores más variados e intensos. Este hito sucedió también con la ropa masculina después de la caída del Imperio Romano de Occidente, donde las influencias bizantinas entraron marcando la elegancia en las togas y túnicas. Bordados de oro y piedras preciosas adornaron las elegantes y refinadas telas que caían en profundos pliegues. Sin embargo, el vestuario romano popular casi no varió. Ellos siguieron vistiendo la túnica tosca y la capa con gorro de lana en invierno, y de algodón durante el verano.

Fases vitales

Miembros de la familia imperial de distintas edades representados en el Ara Pacis.

Para Marco Terencio Varrón (siglo I a. C.), las fases vitales en Roma comenzaban con la categoría de puer ("niño", 0-15 años), seguía la adulescentia (adolescencia, 15-30) y la iuvena ("juventud", 30-40). En cambio, para Isidoro de Sevilla (siglo VII) comienzan con una primera infancia (0-7) que precede a la pueritia (7-14), la adolescencia dura hasta los 28 años y la juventud se prolongaba hasta los cincuenta. La madurez y la senectud no se contemplan en estas clasificaciones.[32]

El nacimiento y la muerte tienen en Roma, como en todas las culturas, particulares significados antropológicos.

Muerte

Gladiadores peleando (1872), obra pictórica de Jean-Léon Gérôme.
La muerte de Séneca, por Rubens.

En la muerte los habitantes de Roma recibían un trato desigual como en vida. A los esclavos los enterraban en una fosa común o, cuando los crucificaban, los dejaban para alimento de los buitres. Era un entierro frecuente en Roma por el alto porcentaje que había de esclavos. Para el resto de la gente había dos tipos de trato: la incineración (quema del cadáver y colocación de las cenizas en una urna) y la inhumación (de humus, tierra, que era el enterramiento). Una ley de las XII Tablas prohibía realizar uno de estos ritos dentro de la ciudad.

Numa tuvo su sepulcro sobre el monte Janículo, que entonces no estaba en el recinto de la ciudad. Los reyes que le sucedieron tuvieron el suyo en el campo de Marte, entre el Tíber y la ciudad. Las vestales gozaban de la prerrogativa de ser enterradas dentro de la ciudad pero las que quebrantaban el voto de castidad eran enterradas en un campo que tomando el nombre de este pecado, fue llamado campo del delito. Los generales participaron luego de este honor que se extendió finalmente a los principales de la nación hasta que la ley de las XII tablas lo prohibió.[33]

Naturalmente, los pobres tenían una ceremonia y un sepulcro más elemental que los ricos. Los incinerados se colocaban en los columbaria (auténticos palomares en los que cada cuadrícula recibía una urna cineraria). Los inhumados iban a las catacumbas, que eran corredores subterráneos que en las paredes tenían excavados los nichos; en Roma hay unos 40 km de corredor de este tipo excavados en piedra volcánica. Alguna vez estas catacumbas fueron refugio de cristianos perseguidos, pero no era esta su función normal, sino la de cementerio.

El pueblo romano tuvo también hogueras públicas que se llamaban ustrinae y sepulcros comunes. Estos se llamaban putticuli y eran unos hoyos profundos a modo de pozos donde eran echados los cadáveres de la gente del pueblo. Según palabras de Horacio.

Hoc miserae plebi stabat commune sepúlcrum[33]

Los ciudadanos ricos, nobles y los políticos ilustres tenían funerales solemnes con elogios fúnebres (laudationes fúnebres), que después la familia conservaba escritos donde el busto del difunto como prueba de aristocracia. Si el difunto tenía el ius imaginum (derecho de guardar en casa las estatuas de los antepasados ilustres) en el cortejo iban unos figurantes caracterizados con las máscaras de cera de sus antepasados y con ropas de aquellos, de modo que parecía que los muertos resucitaban provisionalmente para ir a recibir al recién llegado. El cortejo iba precedido por los libitinarii (pompas fúnebres), y llevaba músicos tocando cuernos y trompetas, gente llevando antorchas encendidas, lloronas que hacían el planto, y se cantaban naenias (cantos tradicionales de elogio al muerto). Llegado a fuera de la ciudad, quemaban el cadáver entre perfumes y flores. Cuando se consumía todo el cuerpo, recogían la ceniza, la metían en una urna y la colocaban en un monumento en el que ponían una lápida conmemorativa.

Las familias más ilustres como los Metelos, los Claudios, los Escipiones, los Servilios, los Valerios, etc. fueron enterrados a lo largo de los caminos. De aquí tomaron origen los nombres de Vía Aurelia, Vía Flaminia, Vía Lucilia, Vía Apia, Vía Laviniana, Vía Julia, etc.[33] En la vía Apia había gran cantidad de monumentos funerarios, entre los que destaca el de Cecilia Metela que llegó en la Edad Media a ser convertido en castillo. Algunos como Cestio lo hicieron en forma de pirámide. El emperador Adriano preparó en vida un gigantesco mausoleo que llegó a ser residencia papal y que es el famoso Castillo de Sant'Angelo. También se desarrolló mucho la industria del sarcófago tallado, en ocasiones con un lujo extraordinario.

Nacimiento

Cuando en Roma nacía un niño, lo ponían a los pies del padre y, si este lo cogía en el colo y lo alzaba bien alto en los brazos (tollere fillium), el niño quedaba legitimado y el padre se comprometía con este reconocimiento a criarlo, educarlo y ayudarle a buscarse la vida.

En los primeros ocho días (primordia) había diversas ceremonias para que las divinidades, principalmente Juno y Hércules, protegiesen la nueva vida.

En el dies Iustricus (8º si era niña y 9º si era niño) se purificaba la criatura con agua en presencia de los padres, familiares y amigos convidados. Se ofrecía un sacrificio a los dioses, le ponían el praenomen, le regalaban los primeros juguetes y le ponían en el cuello la bulla (cápsula de metal o cuero dentro de la cual metían cosas que se consideraban protectoras del niño). Esta bulla la llevaban siempre colgada hasta los diecisiete años. También durante este periodo el niño, si pertenecía a la nobleza, se vestía con una túnica bordada (toga praetexta), similar a la toga de los magistrados, concedida a los niños de la nobleza por una hazaña militar infantil en los tiempos del rey Tarquinio. Las mujeres llevaban esta toga hasta que se casaban. A los 17, en una ceremonia de entrada en el mundo de los adultos, el adolescente ofrecía a los dioses la bulla y la toga praetexta; a partir de entonces, se vestía con la toga virilis.

Antroponimia y toponimia romanas

Nombres propios

El nombre en Roma tenía ciertas particularidades. Las mujeres llevaban un único nombre, que normalmente era el de la gens en femenino: Terentia (de la familia Terentia). Los hombres, en cambio, sobre todo si eran patricios, llevaban tres nombres, costumbre de origen etrusco: Marcus (praenomen), Tullius (nomen), Cicero (cognomen).

  • El praenomen designa al individuo (el nombre de hoy en día). Los praenomia normalmente aparecen en abreviatura. Los más frecuentes eran: A.: Aulus; Ap.:Appius; C.:Caius (Gaius); Cn.:Cnaeus (Gnaeus); D.:Decimus; K.:Caeso; L.:Lucius; M.:Marcus; Mi.:Manius; Mam.:Mamercus; N.:Numerius; P.:Publius; Q.:Quintus; Ser.:Servius; Sex.:Sextus; Sp.:Spurius; T.:Titus; Ti.:Tiberius.
  • El nomen es el distintivo de la gens o estirpe, comprendiendo en la práctica varias familias. Sería como el apellido de hoy en día.
  • El cognomen, distintivo de la familia dentro de la gens, era inicialmente una especie de apodo, rasgo físico o moral o cosa parecida.

Algunos indican la procedencia primitiva (Coriolanus, "de Corioli"), o una cualidad física (Crassus, "grueso, corpulento"; Longus, "alto y delgado"; Cincinnatus, "de pelo rizado"), o productos o trabajos campesinos (Cicero, "garbanzo").

Nombres por edades y condición social

Tocador de una matrona romana. Obra del siglo XIX de Juan Giménez Martín, Congreso de los Diputados de Madrid.
  • Infans: el que no habla (hasta los 7 años); Puer: de 7 a 17 años; Adulescens: de 17 a 30 años; Iuvenis: de 30 a 46 años; Senior: de 46 a 60 años; Senex: de 60 a 80 años; Aetate provectus: más de 80 años.
  • Puella: niña
  • Virgo: mujer no casada
  • Uxor: esposa
  • Matrona: madre de familia
  • Anus: la mujer que ya no puede tener hijos
  • Mulier: mujer, desde que se casaba.
  • Vir: hombre

Símbolos

El símbolo por excelencia de los romanos, que usaban como emblema de la república, de los emperadores y que enarbolaban las legiones, se trataba del aquilifer, un águila que inicialmente era de plata, y posteriormente llegó a ser de oro.[34]

Otro de los símbolos romanos que ha perdurado hasta nuestros días es el Fasces, que consiste en un haz de pequeños troncos atados con una cinta roja formando un cilindro alrededor de un hacha, simbolizando la autoridad del imperio.

Religión, mitología y festividades

Los romanos eran politeístas. La religión romana refleja los mismos elementos procedentes de otras civilizaciones que el resto de sus manifestaciones culturales. La religión griega, sobre todo, desempeñó un papel fundamental en la creación del panteón romano.

Durante la Monarquía y en los primeros tiempos de la República, los dioses estaban directamente relacionados con las actividades agrícolas y la vida doméstica.

Los romanos veneraban a los númenes o espíritus de la naturaleza, a los manes o espíritus de los antepasados, a los lares o espíritus del hogar y a los penates o espíritus de la vida y de las provisiones.

La religión romana tuvo un carácter práctico que se tradujo en la creación de un tipo especial de sacerdotes, los augures, encargados de interpretar determinados signos (el vuelo de las aves, las entrañas de los animales sacrificados, los fenómenos naturales como el trueno) para tomar decisiones relacionadas con la vida pública.

La mitología romana está formada por las leyendas y mitos de la religión politeísta practicada en la Roma antigua. La mayoría de las divinidades del panteón romano provienen de Grecia con dioses que suplantaron a las divinidades locales con algunas raras excepciones.

Desarrollo de las fiestas romanas

La principal fiesta romana (ludi máximi o ludi magni, es decir los Grandes Juegos) empezaba con una procesión tras la cual iban las imágenes de los dioses y detrás los guerreros; seguían las comparsas de bailarines (lúdii) con túnicas rojas; los hombres adultos con cascos y armaduras, los adolescentes con pieles de ovejas; después venían los músicos: el colegio de flautistas o collegium tibicínium era tan antiguo como el de los saliares, en latín salii (sacerdotes del dios Marte o 'saltadores danzantes'), pero tenía una consideración inferior.

Esta fiesta se celebraba en otoño, al regreso de las tropas en campaña, y era una fiesta para celebrar la victoria.

En el carnaval popular (fériae o saturae) se usaban máscaras. La música se hacía con flautas (tibias). En las fiestas se celebraban combates y carreras de carros. Los vencedores recibían una palma como corona lo cual era considerado un gran honor. Un romano se enterraba siempre con las palmas o coronas ganadas.

También destacaba entre las diversas fiestas la de los manes, dedicada a los muertos. Todas las fiestas tenían un desarrollo similar, cada una con sus particularidades. Otra importante fiesta también era las Saturnales (en honor a Saturno) en la cual los amos servían a sus esclavos por un día completo, como si los papeles se hubiesen invertido.

Referencias

Enlaces externos

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