Abatida
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En el ámbito militar, se llama abatida a un atrincheramiento hecho con árboles enteros que se cortan por el pie y se amontonan unos sobre otros con las ramas hacia fuera.
Si hubiese bastante número y tiempo para derribar los necesarios se pueden poner algunos, atravesados para mejor entrelazar las ramas de los unos con los otros, haciendo la separación más difícil y un abrigo más seguro y más elevado con los troncos transversales; cuyo peso sirve también para asegurar los que están debajo.
Si las circunstancias no permiten dar a este atrincheramiento toda la solidez que puede llegar a alcanzar, no se hace más que amontonar los árboles; pero cuando hay lugar se ponen primero grandes troncos o vigas tendidos a lo largo, se hacen en ellos mortajas a muescas muy inmediatas y se colocan allí los árboles atándolos uno a otro con ramas flexibles o cuerdas sujetas a estacas, bien metidas y firmes en la tierra; o si la abatida no es de mucha extensión, con ramas retorcidas o cadenas de hierro. Se ordenan y entrelazan sus ramas y se las corta en pinta sin deshojarlas, quitando solamente las más chicas que impidan de ver al enemigo; se hace detrás una trinchera o pequeño foso cuya tierra puede echarse entre los troncos y encima, para mejor asegurarlos pues arrojada al otro lado no tendría ninguna utilidad. Este foso destinado solamente a poner el soldado un poco más a cubierto, no debe ser ni muy hondo ni muy ancho: pues en general pie y medio de profundidad y dos de longitud son suficientes; bien que la primera debe arreglarse por elevación de las ramas. Es conveniente que el soldado esté un poco bajo, porque de ordinario los tiros van altos y como el asaltante: no ve a cierta distancia a los que defienden por lo común horizontalmente. Los árboles pueden entrelazarse con espinos como dice César que hacían los nervienses, y como hizo él mismo para cubrir sus flancos contra los Morins cuando los persiguió por sus bosques.
Vamos a explicar cómo se construye esta especie de atrincheramiento, según uno de los métodos de César y del que hizo uso en el sitio de Alexia, pues parece superior cuando el tiempo y las circunstancias permitan emplearlo. Cavó debajo de la línea de circunvalación cinco fosos paralelos profundos de cinco pies romanos o cuatro pies, seis pulgadas y siete líneas. No nos dice cual era el ancho, pero debía sin duda ser tal que las ramas de los árboles que hizo poner allí, presentasen sus puntas bajo el ángulo más favorable; tendrían cinco o seis pies. Folar refuta con razón a Justo Lipsio y a Vigenero que creyeron que estos árboles estaban plantados verticalmente, pues no hubieran hecho ni con mucho tan buena defensa; y se puede creer, sin temor de error que el general romano les hizo dar la situación más ventajosa. En la vertical las ramas cortadas en punta no hubieran punzado como, dice sucedió a los que entraban en esta abatida: qui tetraverant se ipti artissmis ramis induebant. Hizo, pues, poner los árboles o ramas gruesas en estos fosos, de suerte que los troncos metidos en la tierra y unidos por abajo el uno al otro, con algunas de las mismas ramas, presentaban por afuera todas aquellas que tenían cortadas las extremidades formando punta. Los fosos estaban bastante cerca uno de otro para que las ramas de las cinco filas de árboles se entrelazasen. César no dice si la tierra sacada de los fosos se echó sobre los troncos, pero es casi creíble, porque el relleno debía añadir solidez a la obra.
Esta formidable abatida aún no le satisfizo: hizo cavar delante, a dos pies, ocho pulgadas y nueve líneas una de otra, ocho filas de hoyos profundos de dos pies, ocho pulgadas y nueve líneas, dispuestos alternativamente y un poco más estrechos por abajo que por arriba; puso en ellos estacas gruesas como el muslo, quemadas y puntiagudas por el extremo superior, el cual salía, cuatro dedos de la superficie de la tierra, e hizo apisonar esta desde la base de los hoyos para afirmarlas, cubriéndolas después con algunas ramas y zarzas. Estas precauciones le habrían bastado a otro general; pero los grandes Capitanes conocen las ventajas de multiplicar las defensas: así César hizo clavar en tierra delante de estas estacas palos puntiagudos de diez pulgadas y once líneas de largo, guarnecidos de ganchos de hierro, dispersos hacia todas partes y colocados a poca distancia el uno del otro.
Una abatida tan sólida, precedida de tantos obstáculos y colocada delante de un buen parapeto, rodeada de un foso ancho y profundo era impenetrable. Los antiguos hacían mucho uso de las abatidas. Los voleos, luego de que supieran que el gran Camilo mandaba el ejército romano, se cubrieron con un atrincheramiento y fortificaron la inmediación con una abatida. Por el mismo medio el general sagnita Cayo Poncio cerró la salida de las horcas Claudianas al ejército romano, mandado por Tito Veturio Calvino y Expurio Posthumio. Germánico, habiendo pasado la floresta Casia en Germania, cubrió el frente y la retaguardia de su campo con un atrincheramiento y sus flancos con abatidas. Los bretones solían usarlas en sus tierras llenas de bosques; pero los griegos las empleaban rara vez. No fue, pues, una abatida sino una especie de empalizada con la que Arquidamo rodeó a Platea. Esta es la significación de la palabra griega - XifiítrUifara , que Ablancourt ha explicado bien con el nombre de palizada. Se encuentra una mención a la abatida en la historia Griega de Xenofonte (Paris fol. 1626, lib.6, pag. 108 C). Dice este autor:
Luego de que los Tebanos camparan, cortaban todos los árboles que podían y los colocaban delante de su frente y se resguardaban de este modo.
Filipo, rey de Macedonia, empleó abatidas contra el cónsul Sulpicio, para impedirle penetrar en la Eorda.
La abatida entre los modernos
Los modernos no han despreciado su uso. Pero aquellas con que Mercy se cubrió en Friburgo y cerca de Ensheiím, costaron la vida a un gran número de franceses. Esta especie de atrincheramiento daba una gran ventaja al que se defendía cuando solo se empleaban armas de mano; pero la invención de la artillería le hizo perder una gran parte de su resistencia: y si Polard hace tanto elogio de las abatidas es porque se obstinó en mirar al cañón como a una arma de poca importancia. Los modernos, dice, no conocen como los antiguos, la fuerza y el mérito de las abatidas. Pero en verdad que no es por ignorancia de los modernos el que hagan menos uso de las abatidas; sino porque son unas defensas menos fuertes para ellos que para los antiguos. Los proyectiles de estos eran de mucha magnitud, fáciles de separar de su dirección y hallaban en las ramas de los árboles una infinidad de obstáculos que no podían apenas penetrar. Nuestras balas son menores y encuentran de consiguiente más fácil paso. Arrojadas por el cañón con violencia y en gran cantidad destruyen una abatida en poco tiempo pues lucen prontamente grandes agujeros y le quitan su mayor ventaja que consiste en la unión de los árboles y en el enlace impenetrable de sus ramas, mientras que los troncos están unidos. Así el aumento de la artillería ha disminuido también la fuerza de las abatidas y para conservársela cuanto sea posible, es necesario poner los troncos de los árboles unos sobre otros, paralelamente al frente de las tropas; pero esta disposición que defendería mejor del fuego de los que atacan solo es practicable cuando hay un pequeño espacio que cerrar y muchos árboles, y aun en este caso la bala los trastornará pronto. Los pedazos de las ramas que se rompen y con que la bala, por decirlo así, se arma y hiere a la tropa contra quien se dirige, producen un efecto muy dañino. Para guardarse de él se cortan las ramas y amontonan los troncos unos sobre otros, paralelamente a su frente, como lo hicieron los franceses en la defensa del fuerte de San Jorge en Canadá contra los ingleses.
El fuego de la artillería, superior a todo atrincheramiento, lo es más a la abatida. Y aun aquel no conserva sus ventajas sino en los lugares casi inaccesibles al cañón, tales como los escarpados, las gargantas elevadas de altas montañas, o algunas partes entrantes protegidas por una numerosa artillería. Se colocarán ventajosamente las abatidas sobre la pendiente de una colina un poco escarpada que no esté dominada por otras tan inmediatas que el cañón enemigo las pueda hacer daño; pues aun en el caso de que la pendiente fuese accesible a la artillería, el erecto de esta sería menor que en una llanura y especialmente, si se construye el atrincheramiento con un buen foso detrás de la abatida. Pero si se hiciesen en el llano dos o más atrincheramientos los unos detrás de los otros y que el uno haya de ser abatida, es necesario que esta sea el último y el más distante del enemigo y de su artillería a fin de que no le sirva de defensa si llega a apoderarse de él y de que las balas no hagan saltar los astillazos en los atrincheramientos posteriores. Pues colocando la abatida detrás, se logra esta ventaja y el enemigo después de hecho dueño de los primeros atrincheramientos, se ve obligado a abrir paso por ellos para su artillería, si es que la resistencia la hace necesaria. Estos obstáculos multiplicados, dan tiempo y medios para hacer más larga defensa.
Cuando se construyen dos o más abatidas una detrás de otra, es necesario que disten entre sí tres toesas, a fin de que si el enemigo pone fuego a la primera, no se comunique a las siguientes. Folard dice que los sauces son los árboles más apropiados para hacer abatidas porque sus ramas flexibles, cediendo al golpe, se hacen más difíciles de cortar; y como tienen muchas y muy unidas, es imposible pasar por entre ellas o separarlas.