El tema de la Piedad llevaba varios años presente en el arte gótico (destacan las Piedades místicas de la primera mitad del siglo xiv), si bien la concepción del estilo bello empezó a adquirir nuevos rasgos característicos de otro tema principal en la escultura alrededor de 1400: las bellas Madonas. Con frecuencia se pueden constatar similitudes entre ambos géneros artísticos en lo que respecta a la representación de María, quien es mostrada joven, dotada de una gran belleza y con unos rasgos faciales delicados. Su cabeza generalmente está cubierta con un velo con drapeados fluidos y dinámicos, figurando un patrón similar de pliegues en el resto de la vestimenta de la Virgen así como en el paño de pureza que cubre las caderas de Jesús. Las bellas Piedades se caracterizan en términos generales por la sublimación, la idealización, el lirismo y la elegancia, donde se reducen los síntomas del sufrimiento apasionado de Jesús al igual que el dolor de la Virgen, con los gestos enfatizando la expresión del profundo amor maternal además de acentuar la reflexión y la contemplación. El cuerpo de Cristo suele lucir demacrado, aunque se distingue por un énfasis mínimo en el dolor y el sufrimiento, a menudo destacando las costillas alrededor del esternón así como las venas de manos y piernas. Por su parte, la herida provocada en el costado por la lanza suele aparecer ostentosamente pronunciada.
El material más utilizado para este tipo de esculturas, al igual que en las bellas Madonas, era la piedra, principalmente la piedra caliza. Por lo general, este tipo de obras son esculturas independientes que desempeñaban el papel de figuras devocionales, colocadas con frecuencia en espacios separados dentro de las iglesias (sobre todo en capillas o sobre pilares); este es un rasgo distintivo del exclusivo grupo de las bellas Piedades, aunque dentro de este estilo se crearon también numerosas obras a partir de otros materiales así como con formas más simples o artísticamente inferiores.