Irdisches Vergnügen in Gott

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Ilustración contemporánea de Brockes Irdisches Vergnügen in Gott

Irdisches Vergnügen in Gott, bestehend in Physicalisch- und Moralischen Gedichten (Placer terrenal en Dios, consistente en poemas físicos y morales) es una colección de poemas de Barthold Heinrich Brockes (1680–1747). Apareció entre 1721 y 1748 en nueve volúmenes con un total de más de 5500 páginas.

Además de los poemas que Barthold Heinrich Brockes escribió él mismo, también incluyó traducciones en Irdisches Vergnügen in Gott. Así, en el primer volumen se encuentran once fábulas de Antoine Houdar de la Motte (1672–1731), en el segundo piezas prosaicas moralizantes del inglés y el francés, en el tercero la Traducción de los Principios de la Filosofía del señor abad Genest, en el séptimo traducciones de los Night Thoughts de Edward Young y en el octavo una breve robinsonada. El noveno volumen contiene en el apéndice algunos aforismos.

Introducción y valoración

En casi todos los textos se encuentra de manera constante el motivo de la contemplación de la creación, que en su comprensión analítica por parte del ser humano recibe su valoración. No es la visión de conjunto lo que prevalece, sino la observación particular, que encuentra la belleza en la utilidad y en la utilidad para el ser humano ve confirmada la correcta ordenación de la creación como creación de Dios.

Quien, pues, en todo momento con ánimo alegre
Ve en todas las cosas a Dios como presente,
Se abstendrá, cuando alma y cuerpo se gozan por los sentidos,
De oponerse al gran Dador.

La relación recíproca entre el don del ser humano de captar sensiblemente la creación y el buen orden de las cosas culmina en aquella confirmación del Creador, llamada prueba teleológica de Dios, en la que, como rara vez después, parecen unirse la ingenua devoción y el gesto ilustrado. Para esta demostración se toman sobre todo los seres y paisajes más pequeños, cotidianos, insignificantes o considerados evidentes, cosas y sucesos, como se encuentra, por ejemplo, en Hierba, Agua o La pequeña mosca.

La contemplación se convierte a menudo en una meditación vestida en versos, que no concede importancia a un clímax, efecto o coherencia temática, especialmente allí donde, siguiendo esta línea, se tendría que renunciar a la más mínima parte de la experiencia sensorial o de la reflexión racional. En particular, las consideraciones teleológicas se convierten así con frecuencia en reflexiones que van de lo pequeño a lo aún más pequeño, que a los posteriores parecían tan incomprensibles como la casi microscópica observación particular de los poemas de Brockes. Tampoco aquí, sin embargo, la visión se emprende por sí misma —lo cual sería inútil y no respondería al principio de delectare et prodesse— sino más bien para mostrar la revelatio naturalis.

Parecía como si hubiera caído nieve;
Cada rama, incluso la más pequeña,
Llevaba a modo de carga adecuada
Pequeñas bolas redondas y blancas.
No hay cisne tan blanco, pues cada hoja,
Al dejar pasar la suave luz de la luna
Incluso a través de los finos follajes,
Tiene sombras blancas sin negrura alguna.
Imposible, pensé, que en la Tierra
Se encuentre algo más blanco.

La ›nueva visión‹ se convierte en última instancia en oración: «A la sensación subjetivo-sensorial y a la descripción objetiva-empírica del objeto sigue la reflexión sobre la utilidad de este objeto para los hombres, y de ahí se deriva, de manera consecuente, la alabanza a Dios con la que concluye cada poema» (Grimm 1995, 491). Para hacer accesible esta experiencia, algunos poemas son casi un manual de instrucciones:

El brezal
Incluso el árido brezal muestra,
Para nuestra no pequeña alegría,
Cuando se contempla con atención,
El gran poder milagroso del Creador.
Si lo miramos superficialmente,
Parece triste, negro, seco y pobre;
Pero si se observa con detenimiento;
También es igualmente hermoso,
Y se descubre maravillosamente en él
El esplendor de los colores, el adorno de la forma,
Casi inseparablemente unidos.
Esto lo he comprobado como cierto.
Pues cuando hace poco, para distraerme,
Salí al campo, descubrí de inmediato,
Que en la delicada forma del brezal,
No menos que en otros, se debe adorar al Creador.
Me senté, y arranqué algunos ramilletes,
Para contemplarlos mejor.
¡Dios mío! cuántos, cuán diversos
Cambios, adornos y bellezas
Encontré en esta planta que, de lejos,
No parecía sino teñida de marrón.
Me di cuenta al instante de lo hermoso, lo maravilloso,
Lo variado de su forma.
Los árboles más grandes se encuentran aquí
En tal pequeñez bella y delicada,
Que los troncos, ramas y el gracioso adorno de sus hojas
No se pueden ver ni admirar lo suficiente.
Descubrí que, aunque muy pequeños,
Los troncos son verdadera madera, como los grandes.
Tienen firmeza, arden, una corteza
Los rodea, y hallé
Que estaban, como las viejas encinas,
Cubiertos y adornados de musgo. Las florecillas, tan bellas,
En cada ramita, como flor de manzano,
Ofrecen dulce alimento al enjambre de abejas.
Contempla, pues, en adelante, amado hombre, el brezal
No sin alabar a Dios, no sin alegría.

Una ›instrucción de uso‹ que responde tanto al dictado empírico de la repetibilidad como a la pretensión ilustrada de la formación humana. Ya al inicio del poema se señala que debe observarse «con atención» (v. 3), aunque el propio autor parece tener ciertas dudas sobre su empresa. Así lo expresa desde el comienzo: «[...] incluso el árido brezal» (v. 1), lo que se retoma mediante negaciones atenuantes cuando se habla del «no pequeña alegría» (v. 2) de reconocer el brezal como «no menos hermoso» (v. 8), en el que «no menos que en otros» (v. 16) debe adorarse al Creador.

Para ello, el observador se adentra in medias res, no quiere ver «superficialmente» (v. 5), lo que parecería «triste, negro, seco y pobre» (v. 6), sino que se adentra «en el campo» (v. 14) para ver «el esplendor de los colores, el adorno de la forma» (v. 10), y realiza así, en rigor, un doble cambio de perspectiva: lo desde arriba es reemplazado por lo a nivel de los ojos y la visión de conjunto por la observación particular.

El análisis empírico puede entonces dirigirse a esto o aquello que el brezal ofrece y que una visión general pasaría por alto. Y es aquí donde entra en juego la empiria: se prueba la combustibilidad del material de la madera (cf. v. 31), se arranca un ramillete para una mejor observación (cf. v. 17) y —esto anticipado— se constata: «Esto lo he comprobado como cierto» (v. 11). Pero aquí no se revela la hybris ilustrada. Más bien, en la utilidad se confirma el «poder milagroso» (v. 4; cf. v. 23) de Dios. Un Dios que, aunque no parece corresponder plenamente al deísmo ni a la fisioteología esperables en la época, muestra su poder y adorno como «casi inseparablemente unidos» (v. 11), de modo que el milagro no da testimonio de una destreza pasada de relojero, sino de un poder presente. Un Dios que, sin embargo, parece brindar un placer terrenal.

Musicalización

Bibliografía

Enlaces externos

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