Robert Smid afirma que Hick es comúnmente citado como “uno de los más —si no el más— importante filósofo de la religión en el siglo veinte”. Keith Ward lo describió una vez como “el más grande filósofo vivo de la religión global”. Es conocido por su defensa del pluralismo religioso, que difiere radicalmente de las enseñanzas cristianas tradicionales que mantuvo en su juventud. Quizá debido a su gran involucramiento con los grupos intercredos y su interacción con personas de religiones no cristianas a través de estos grupos, Hick comenzó a moverse hacia una perspectiva pluralista. En sus libros More Than One Way? y God and the Universe of Faiths señala que, según iba conociendo a esas personas, veía en ellas los mismos valores y acciones morales que reconocía en los cristianos. Esta observación lo empujó a cuestionarse cómo un Dios enteramente amoroso podría condenar a no cristianos que muestran los mismos valores que son reverenciados por el cristianismo a una eternidad en el infierno. Intentó, pues, descubrir los medios por los que todos los seguidores de una religión teísta podrían recibir la salvación.
Hick fue notablemente criticado por el entonces prefecto del Santo Oficio Joseph Ratzinger. Ratzinger había examinado los trabajos de varios teólogos acusados de relativismo, tales como Jacques Dupuis y Roger Haight, y encontró que muchos de ellos, si no todos, fueron inspirados por Hick. Por consiguiente, la declaración Dominus Iesus fue vista por muchos como una condena de las ideas y teorías de Hick.
Habiendo comenzado su carrera como evangélico, se movió hacia el pluralismo como una manera de reconciliar el amor de Dios con la diversidad cultural y religiosa. En primera instancia, fue influido a este respecto por Immanuel Kant, quien planteó que las mentes humanas oscurecen la realidad auténtica en favor de la comprensión (véase la teoría kantiana de la percepción). De acuerdo a Richard Peters, para Hick “[la] interpretación de la relación de la mente humana con Dios… es muy parecida a la relación que Kant supuso que existía entre la mente humana y el mundo”.
Empero, no sería adecuado designar a Hick como un kantiano estricto. Peters apunta que “la división entre las esferas ‘noumenal’ y ‘fenomenal’ (en lo que concierne a la naturaleza) no es tan rigurosa para Hick como para Kant”. Hick declara también que el Ser Divino es lo que llama “transcategorial”. Podemos experimentar a Dios a través de categorías, pero Dios en Sí Mismo se oscurece por su naturaleza misma.
A la luz de sus influencias kantianas, Hick plantea que el conocimiento de lo Real (su término genérico para Realidad Trascendente) sólo puede ser conocido en cuanto que es percibido. Por tal razón, las verdades absolutas adjudicadas a Dios (para usar el lenguaje cristiano) son en realidad verdades adjudicadas a las percepciones de Dios; es decir, al Dios fenomenal y no al Dios noumenal. Aún más, puesto que todo conocimiento se funda en la experiencia —que es, por tanto, percibida e interpretada con categorías humanas—, los contextos culturales e históricos que inevitablemente influencian la percepción humana son necesariamente componentes del conocimiento de lo Real. Esto significa que el conocimiento de Dios y las verdades religiosas que se le adjudican son influenciados cultural e históricamente, y por esa razón no pueden ser considerados absolutos. Este es un aspecto relevante del argumento de Hick contra el exclusivismo cristiano, que sostiene que aunque otras religiones pueden contener bondad y verdades parciales, la salvación sólo es alcanzada en Jesucristo, y la verdad completa sobre Dios está contenida sólo en el cristianismo.
Quizá la manera más simple de comprender la teoría de Hick sobre el pluralismo religioso es compartir la comparación que hace entre su propia comprensión de la religión y el punto de vista copernicano de nuestro sistema solar. Antes de que Copérnico diseminara su visión del universo heliocéntrico, imperaba el sistema ptolemaico, en el que las estrellas estaban pintadas en el cielo y el sol salía y se ponía alrededor de la tierra. En otras palabras, el resto del universo existía por, y estaba centrado en, la tierra. Por otro lado, Copérnico afirmaba que la tierra, al igual que los demás planetas, circundaba el sol, que, de hecho, no se mueve, sino que sólo parece moverse debido a la revolución de nuestro planeta. Copérnico introdujo nuestro mundo a la comprensión de que otros planetas tomaban caminos similares alrededor del sol; aunque cada camino era diferente, todos servían al mismo propósito y generaban el mismo resultado: cada planeta completa un recorrido en torno a nuestra estrella central. La rotación de un planeta sobre su eje crea el día y la noche para cada planeta, tal y como ocurren el día y la noche en la tierra. Aunque el tiempo para un viaje completo alrededor del sol y para un ciclo completo de día y noche difieren de planeta en planeta, el concepto permanece constante en todo nuestro sistema solar.
Del mismo modo, Hick diseña la metáfora de que el punto de vista ptolemaico de la religión sería que el cristianismo es el único camino a la salvación verdadera y el conocimiento del único Dios verdadero. El cristianismo ptolemaico afirmaría que todo lo que existe y toda la historia se han desarrollado en patrones específicos para la gloria del Dios cristiano, y que no hay ningún otro camino posible hacia la salvación. Hick aparece aquí como copernicano, ofreciendo la creencia de que quizá todas las religiones teístas están centradas en el único Dios verdadero y simplemente toman distintos caminos para alcanzar el mismo objetivo.
Keith E. Johnson compara la teología pluralista de Hick con un cuento de tres ciegos intentando describir un elefante, uno tocando la pierna, el segundo tocando la trompa y el tercero sintiendo el costado del elefante. Cada hombre describe el elefante de manera muy diferente, y, aunque todos tienen razón, cada uno de ellos está convencido de su propia corrección y del error de los otros dos.
La postura de Hick “no es un inclusivismo exclusivamente cristiano [como el de Karl Rahner y su Anonymous Christian], sino una pluralidad de inclusivismos mutuamente inclusivos”. Hick sostiene que las diversas expresiones religiosas son el resultado de diferentes respuestas histórica y culturalmente influenciadas a las distintas percepciones de lo Real. Afirma que “las diferentes tradiciones religiosas, con sus complejas diferenciaciones internas, se han desarrollado para satisfacer las necesidades de la gama de mentalidades expresadas en las distintas culturas humanas”.
En su God and the Universe of Faiths (1973), Hick intenta determinar con precisión la esencia del cristianismo. Cita primero el Sermón de la Montaña como la enseñanza cristiana básica, ya que ofrece un camino de vida práctico fuera de la fe cristiana. Nuestro autor afirma que “la esencia cristiana no se encuentra en las creencias acerca de Dios… sino en vivir como os discípulos que en su nombre sintieron hambre, sanaron las heridas y crearon justicia en el mundo”. No obstante, todas las enseñanzas, incluyendo el Sermón, que forman lo que Hick llama la esencia del cristianismo, fluyen directamente del ministerio de Jesús. A su vez, esto significa que el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesús forman la base permanente de la tradición cristiana. Hick continúa en esta obra examinando la manera en que la deificación de Jesús tuvo lugar en el cristianismo después de su crucifixión y se pregunta si realmente Jesús pensaba en sí mismo como el Mesías y el Hijo literal de Dios.
En varios lugares (v. gr., sus contribuciones a The Metaphor of God Incarnate y su libro The Myth of God Incarnate) Hick propone una reinterpretación de la cristología tradicional —particularmente la doctrina de la Encarnación—. Sostiene “que el Jesús de Nazaret histórico no enseñó ni aparentemente creyó ser Dios, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de una Santa Trinidad o el hijo de Dios en un sentido único”. Es por esta razón, y quizá por el bien del pluralismo religioso y la paz, que Hick propone un enfoque metafórico a la Encarnación. Es decir, Jesús (por ejemplo) no era literalmente Dios en la carne (encarnado), sino que era, metafóricamente hablando, la presencia de Dios. “Jesús estaba tan abierto a la inspiración divina, tan sensible al espíritu divino, tan obediente a la voluntad de Dios, que Dios fue capaz de actuar en la tierra en, y a través de, él. Esta, creo yo (Hick), es la verdadera doctrina cristiana de la encarnación”. Hick piensa que una perspectiva metafórica de la encarnación evita la necesidad de paradojas cristianas defectuosas como la dualidad de Cristo (absolutamente Dios y absolutamente humano) e incluso la Trinidad (Dios es simultáneamente uno y tres).