La obra es una sagrada conversación, con la Madonna con el Niño sobre un trono rodeados de dos ángeles, los santos Juan Bautista, señalando al Niño, y Jerónimo penitente y, en cada extremo, dos pequeños que portan para ofrecer a la Virgen respectivamente un jarrón con flores el niño y una guirnalda la niña.
El llamativo fondo está compuesto por una suntuosa tela con arabescos dorados, sostenida por dos ángeles que vuelan casi cabeza abajo. La riqueza de este tipo de ornamentación ciertamente se remonta al ambiente veneciano, en la época todavía influido por la tradición bizantina.
El rostro de la Virgen recuerda las obras de Fra Angélico, sobre todo el retablo de San Marcos (1438-1439), con la cual tiene algunos elementos en común, como la rica alfombra bajo el trono.
En el gran medallón sobre la Virgen debía encontrarse originalmente una tabla o un bajorrelieve, quizás un escudo heráldico, o una ventana.