Morochuco

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Los morochucos son los vaqueros de las llanuras de los Andes peruanos, que viven principalmente en el Departamento de Ayacucho. Para su sustento se dedican a la cría de ganado y a la doma de caballos. Los Morochucos son personajes íntimamente ligados al folclore ayacuchano, conocidos por su valentía, fuerza y habilidad como jinetes, habiendo tenido una protagónica participación en la guerra de independencia y la Campaña de la Breña en la guerra del salitre. Su máximo representante es el prócer Basilio Auqui.

Morochuco, vaqueros de las llanuras de los Andes peruanos, participó en la historia y las guerras del Perú
Morochuco Morochuco en la fiesta del jalatoro durante la Semana Santa en Ayacucho.

Orígenes e historia

Según una tradición popular, generalmente aceptada, los morochucos descienden de los almagristas derrotados en la Batalla de Chupas en 1542,[1] quienes bajo el mando del joven hijo de Diego de Almagro, llamado por los cronistas Almagro el Mozo se habían rebelado contra la autoridad de la corona española sosteniendo con las tropas reales una sangrienta batalla en la llanura de Chupas, cerca de Huamanga donde pese a contar con una espléndida caballería y artillería fueron derrotados por las numéricamente superiores tropas de Cristóbal Vaca de Castro.

Producida la derrota y temerosos de ser juzgados y condenados como traidores al rey fugaron hacia el sur de Chupas, a las frías pampas de Pampacangallo donde se mezclaron con los pueblos indígenas de la zona dando origen a un pintoresco pueblo denominado Pampacangallo, de jinetes mestizos quechuahablantes todos y algunos de rasgos muy marcadamente europeos (tez blanca y ojos azules), desde la llegada de los almagristas derrotados fueron un pueblo aficionado a los caballos, dedicándose a la ganadería e incluso al cuatrerismo y el rapto de mujeres.

Tanto así, que en 1876 llegaría a Perú el aventurero Charles Wiener en un viaje arqueológico, llegando a la zona de Ayacucho y siendo advertido de la presencia maliciosa de los Morochucos: [2]

Tales críticas no alcanzan en absoluto al habitante de Ayacucho, que es cortés pero poco conversador. El prefecto, don Belardo Alvarez, caballero cabal, se puso muy Gentilmente a nuestra disposición. Le pedí informes sobre Vilcas Huamán, cuyas antiguas ruinas tenía el propósito de estudiar. Don Belardo me dijo que era imposible ir a esa localidad; la habitaba la tribu de los Morochuchos, que, tal como los Talaverinos, eran hordas de bandidos que el gobierno peruano, como tampoco antes el español, había podido reducir a obediencia. Los comparó a los Sioux, con la diferencia de que éstos eran, en suma, guerreros, en tanto que los Morochuchos eran simplemente asesinos. Me contó que desde que desempeñaba el cargo de prefecto había tratado de dialogar con ellos. Les había enviado un primer Parlamentario, apellidado Bedoya, hombre de mucho coraje, escoltado solamente por cuatro soldados a fin de no dar a la expedición un carácter militar más o menos disfrazado. Los Morochuchos hicieron pedacitos al señor Bedoya en presencia de los soldados, a los que desparcharon, después de la ejecución, de vuelta a Ayacucho, para que relataran el fin de Bedoya como única respuesta a la iniciativa del prefecto. Charles Wiener "Perou et Bolivie (1880)" Pág. 262[2]

(...)

Hice cargar los animales a las dos de la madrugada, y, a eso de las tres, bajo un hermoso claro de luna, nos pusimos en camino hacia el pueblo de Concepción. A unos diez pasos de la plaza resonó un disparo, y al instante la mula de uno de los soldados, herida en el cuello, se encabritó con violencia. Antes de que yo pudiera cambiar una palabra con mis hombres, nos vimos envueltos por una nube de piedras, con las que se mezclaban algunas balas que silbaban en nuestras orejas. Mi mula, alcanzada mortalmente en el pecho, cayó como fulminada, y mientras que yo me esforzaba en retirar mi pierna derecha aprisionada por el animal, que se debatía en la última convulsión de la agonía, me sentí tocado encima de un tobillo por un proyectil que golpeó en el estribo de bronce, dónde sonó como en una campana. Me fue imposible levantarme; permanecí, pues, de rodillas, saqué mi revólver del cinturón y disparé contra mis enemigos, los que al verme caído se habían descubierto y estaban apenas a unos quince pasos de donde me hallaba. Mis primeras balas fueron respondidas por gritos roncos, aullido de rabia de la fiera herida. El mulero se había puesto en cucillas detrás de una roca, y en vano lo llamé; mis compañeros de armas, paralizados por el súbito ataque, despertaron con los gritos del adversario herido. Estaban armados con buenos winchesters de catorce tiros, y, al escuchar mis imperiosas órdenes, unieron sus balas a las mías.

Los indios, diez veces más fuertes que nosotros, no tenían más que hondas y tres o cuatro fusiles viejos. No pudieron sostener combate contra la lluvia de balas que les lanzamos sin interrupción; por ello las piedras que nos arrojaban se fueron haciendo más ralas, hasta cesar por completo; el enemigo se retiró llevando consigo sus heridos, quizá sus muertos. Charles Wiener "Perou et Bolivie (1880)" Pág. 270[2]

Fruto de la aclimatación natural de la especie, los caballos andaluces de los conquistadores dieron origen a una peculiar raza de abundante de pelaje y resistencia.[3]

Morochuco.

Indumentaria y costumbres

Su ropa se adapta al frío de los Andes. Llevan sombreros de ala ancha plana similares a las de los gauchos argentinos (concepción moderna), por debajo del cual llevan un chullo (en quechua se denomina chucu o chuco) de colores (en quechua muru o moro), de ahí la palabra compuesta "morochuco", con los faldones ligada a la cara y una bufanda blanca de alpaca. En la mano llevan un látigo fabricado con cuero de res, llamado cocobolo, la parte de donde se sostiene está hecha de pequeñas tiras de cuero de res y en la parte superior lleva un pedazo de plomo cubierto con cuero de vaca. En el torso, llevan un chaleco negro o gris debajo de un poncho. Se ajustan a una tira o faja alrededor de la cintura y la rodilla negro botas altas con espuelas estrelladas.

Noticiario cinematográfico de la década de 1940 sobre las actividades realizadas en Ayacucho por Semana Santa, se graba a detalle el comercio de los morochucos.[4]

Ellos usan sus caballos para mover y rodear el ganado, o domar caballos salvajes. Disfrutan de las carreras de caballos y rodeos en sus fiestas, así como corridas de toros. También participan en las festividades en Ayacucho, especialmente durante el Sábado Santo, durante la Semana Santa, en una celebración llamada jalatoro, en la que los toros son liberados en las calles de Huamanga. Mientras que la gente juega y provoca a los toros, los Morochucos tiran de las cuerdas que les sostienen antes de que la gente pueda resultar herida.

En un noticiario cinematográfico de la década de 1940 sobre las actividades realizadas en Ayacucho por Semana Santa, son documentados los llamados "morochucos", en cuya indumentaria de la época se descubre que no poseen sombreros de ala ancha, sino pequeños; además, algunos llevan barba en el rostro. [4]

Referencias

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