El clima terrestre ha tenido, en el pasado, períodos de clima muy frío (glaciaciones) seguidos de otros períodos interglaciales que se caracterizan por una temperatura más elevada, en los que los glaciares, al menos aparentemente, van disminuyendo su extensión y volumen por el aumento de la temperatura a nivel global. La opinión más difundida en los medios de comunicación de todo el mundo nos indica que estamos claramente en un período interglacial, lo que nos permite observar y estudiar las glaciaciones pasadas y sus huellas en la superficie terrestre. Sin embargo, las variaciones climáticas se presentan a largo plazo y por su misma definición, el concepto de oleada glaciar no es enteramente aplicable al de las variaciones climáticas. Por otra parte, la denominación de período interglacial presupone que tendremos una nueva glaciación en el futuro, lo cual dista mucho de tener una base científica.
Pero el clima no solo tiene variaciones a largo plazo sino que puede dar origen a ciclos con una duración variable, pero mucho más cortos, los cuales sí pueden tener efectos a más corto plazo: unos 30 años o más, como se define en el concepto de clima. Estos ciclos sí tienen repercusión sobre la evolución de la mayoría de los procesos glaciares, como son el de la alimentación y de la fusión de la masa glaciar, lo que se ha denominado balance glaciar. En los glaciares continentales (Groenlandia y la Antártida) se han podido detectar esos ciclos de avance y retroceso de los glaciares. En el caso de la Antártida, por ejemplo, se ha intentado relacionar el fraccionamiento de la plataforma Larsen (ubicada al oeste de la Península Antártica) como una causa posible para que comience a derretirse al llegar a alcanzar zonas de menor latitud. En otras palabras: se considera que la barrera de hielo flotante de Larsen constituye un dique que represa al hielo del propio casquete glaciar de Groenlandia y limita la pérdida del hielo polar al impedir que el mismo viaje a latitudes más bajas. Pero últimamente se ha observado que el hielo flotante del glaciar Larsen (), está atravesando una época de rápida fusión, lo que indica un proceso de disminución del hielo que cubre casi toda la Antártida. En la imagen señalada pueden verse dos líneas o grietas de separación del hielo continental de la Antártida que tienen cientos de km de longitud, cuando llegan a las aguas oceánicas para irse fundiendo sobre las mismas, tanto por la mayor temperatura de esas aguas (superior a los 0º) como por la insolación recibida durante el verano hemisférico.
A pesar de este planteamiento apocalíptico, lo cierto es que la mayoría de los estudios científicos que tratan este tema hacen énfasis en el volumen en km 3 de hielo que se funden cada año en el océano antártico pero, aunque parezca increíble, no hay estudios que señalen la reposición de ese hielo procedente de la evaporación del agua del mar. Se trata, como hemos señalado arriba, del balance glaciar, es decir, no solo de la pérdida anual del hielo de la Antártida y de Groenlandia sino de su reposición a través de la acumulación de nieve y de escarcha.