Rebelión de Yanga
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| Rebelión de Yanga | ||||
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| Fecha | c. 1570 – 1618 | |||
| Lugar | Tierras altas de la región central de Veracruz, Nueva España (entre el Pico de Orizaba, la Sierra de Zongolica y Córdoba) | |||
| Resultado | Acuerdo negociado; fundación de San Lorenzo de los Negros, considerado el primer pueblo libre de origen africano en América | |||
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La rebelión de Yanga fue un prolongado movimiento de resistencia protagonizado por esclavos africanos fugitivos (cimarrones) en las serranías del centro del actual estado de Veracruz, Nueva España. Se desarrolló a lo largo de casi medio siglo, aproximadamente entre 1570 y 1618, y estuvo encabezada por Gaspar Yanga, un hombre africano de posible ascendencia bantú que había sido esclavizado en las plantaciones azucareras veracruzanas. La rebelión terminó con un acuerdo negociado con las autoridades virreinales que dio origen a San Lorenzo de los Negros (hoy Yanga), considerado el primer pueblo libre de origen africano en las Américas.[1][2]
Se trata de uno de los episodios de resistencia antiesclavista más tempranos del continente americano que desembocó en un acuerdo con garantías de libertad y autogobierno. El proceso se inscribe en el panorama más amplio de las rebeliones de esclavos y de las luchas frente al dominio colonial en la Nueva España.[3][4]
La esclavitud africana en la Nueva España
La llegada de personas africanas esclavizadas a la Nueva España comenzó poco después de la conquista española y se canalizó fundamentalmente a través del puerto de Veracruz. Hacia 1640, el virreinato había recibido cerca de 150 000 personas esclavizadas, cifra que lo situaba como el segundo destino del comercio esclavista en las Américas, solo por detrás de Brasil.[1] La mano de obra forzada se destinaba sobre todo a las plantaciones de caña de azúcar, a la minería y al servicio doméstico.[5]
La dureza de esas condiciones empujó a muchos esclavos a la fuga y a la rebelión a lo largo de todo el período colonial.[6] Quienes lograban escapar recibían el nombre de «cimarrones» —voz que en su origen designaba a los animales domésticos que se volvían montaraces— y buscaban refugio en las zonas montañosas, donde levantaban asentamientos conocidos como «palenques» (equivalentes a los «quilombos» del Brasil).[7]
Ya en 1537 se registraron conspiraciones de esclavos en la capital del virreinato, y en 1546 el virrey Antonio de Mendoza ordenó el ahorcamiento público de dos cimarrones, Juan Román y Juan Venegas, en la Plaza Mayor de México.[8] No obstante, la fuga de esclavos y la formación de palenques continuaron intensificándose durante la segunda mitad del siglo xvi, en particular en la región de Veracruz, puerta de entrada del comercio transatlántico y zona de alta concentración de plantaciones azucareras.[9]
Gaspar Yanga y la formación del palenque
Gaspar Yanga (también conocido como Nyanga o Ñanga) fue llevado a la Nueva España como esclavo, probablemente a finales de la década de 1570. Su origen exacto es objeto de debate historiográfico: diversas fuentes lo vinculan con la región de «Brang» o «Brong» en el África occidental, posiblemente ligada al actual Ghana, mientras que otras lo sitúan en Gabón o Angola y le atribuyen ascendencia de linaje real, extremo que no ha podido confirmarse documentalmente.[10] El arqueólogo Alfredo Delgado Calderón, investigador del INAH, señaló que la dificultad de identificar el grupo étnico de Yanga se debe, en gran medida, a la despersonalización sistemática que sufrían las personas esclavizadas durante el período colonial, cuyo origen no quedaba registrado de forma fiable.[11]
Hacia 1570, Yanga escapó de una hacienda azucarera cercana a Córdoba y se internó en las serranías del centro de Veracruz, en las cercanías del Pico de Orizaba, la Sierra de Zongolica y el Cofre de Perote. Allí estableció un palenque que creció a lo largo de tres décadas, incorporando a otros cimarrones y también a indígenas y prófugos de diversa procedencia. Para 1609, la comunidad contaba con más de quinientos habitantes.[12]
Los habitantes del palenque subsistían mediante la agricultura —cultivaban camote, caña de azúcar, tabaco, frijol, chile, calabaza y maíz— y la cría de ganado a pequeña escala. También asaltaban las caravanas y haciendas de la zona agrícola y azucarera de Córdoba y Orizaba, así como los cargamentos que transitaban por el Camino Real entre Veracruz y la Ciudad de México, ruta comercial vital que conectaba el puerto de Veracruz con la Ciudad de México.[13] Estos ataques provocaron pérdidas económicas considerables y generaron un clima de temor entre los hacendados y las poblaciones cercanas.[14]
Alrededor del año 1600 se unió al palenque el grupo de cimarrones dirigido por Francisco de la Matosa (o Matiza), un hombre de origen angoleño que había sido capturado de niño por tratantes portugueses y transportado a la Nueva España, donde adoptó el apellido de su antiguo amo. De la Matosa asumió el mando militar de la comunidad, mientras que Yanga —ya de edad avanzada— conservó el liderazgo político y estratégico.[1] La población del palenque era étnicamente diversa: convivían africanos de distintas procedencias (bran, angoleños, mozambiqueños), indígenas de la región e incluso algunos prófugos españoles. Según la tradición local, Yanga se unió a una mujer indígena con quien tuvo un hijo, también llamado Gaspar, hacia 1585.[15]
Desarrollo del conflicto

Intentos de negociación (1607-1608)
Los constantes asaltos al Camino Real, el creciente número de esclavos que se sumaban a los cimarrones y el pánico entre los hacendados de la región obligaron al virrey Luis de Velasco a tomar medidas. Sin embargo, Velasco optó inicialmente por la vía diplomática, como ya había hecho en su primer mandato (1590-1595) con otros grupos de cimarrones e indígenas rebeldes.[10]
En 1607, el virrey envió al fraile franciscano Alonso de Benavides y al comerciante de esclavos Manuel Carrillo, vecino de Veracruz, para negociar con Yanga. Benavides llegó a residir dentro del propio palenque, donde ofició misas, celebró bautismos y bendijo matrimonios entre los cimarrones. En el transcurso de un año se elaboraron unas capitulaciones que incluían el compromiso de los cimarrones de devolver a los esclavos fugados que llegaran al palenque.[10][16] No obstante, la muerte de Carrillo a comienzos de 1609 y la expulsión de Benavides —a quien los cimarrones acusaron de espiar para el virrey— hicieron fracasar la tregua, y Velasco optó por la vía militar.
La expedición militar de enero de 1609
A comienzos de enero de 1609 se extendió en la Ciudad de México el rumor de que los cimarrones planeaban un levantamiento masivo en el que asesinarían a los españoles y proclamarían a Yanga como soberano. Aunque la conspiración capitalina fue contenida —el virrey ordenó azotar públicamente a varios esclavos presos como medida disuasoria—, la alarma precipitó la decisión de organizar una expedición punitiva contra el palenque.[14]
El virrey Velasco encomendó la campaña al capitán Pedro González de Herrera, quien partió de Puebla al frente de una fuerza de aproximadamente 550 hombres: unos 100 soldados regulares españoles y el resto voluntarios, reclutas sin experiencia y auxiliares indígenas.[12][17]
Las fuerzas cimarronas constaban de alrededor de 500 combatientes: unos 100 disponían de algún tipo de arma de fuego, mientras que los demás portaban machetes, arcos, flechas y piedras. El mando militar recayó en Francisco de la Matosa, mientras que Yanga se reservó la dirección estratégica, aprovechando el profundo conocimiento que sus hombres tenían del terreno.[1]
Propuesta de paz de Yanga
Al aproximarse las tropas españolas, Yanga envió por medio de un soldado español capturado una propuesta de paz. Sus condiciones incluían:[12][17]
- El reconocimiento de la libertad de todos los habitantes del palenque anteriores a 1608.
- El establecimiento de un pueblo autogobernado bajo la autoridad de Yanga y sus descendientes.
- La prohibición de la presencia de españoles en dicho territorio.
- A cambio, los cimarrones ofrecían pagar tributo a la Corona española, colaborar en su defensa si fuesen requeridos, y devolver a los esclavos fugados que en adelante buscasen refugio en su comunidad.
Los españoles rechazaron la propuesta y procedieron al ataque.
La batalla
El choque armado tuvo lugar en las inmediaciones del palenque, un terreno montañoso y cubierto de vegetación espesa que los cimarrones conocían palmo a palmo. Las tropas españolas consiguieron abrirse paso hasta el asentamiento e incendiarlo, reduciendo a cenizas unas 60 viviendas y arrasando las plantaciones. Pero los cimarrones, lejos de rendirse, se dispersaron por las quebradas y cañadas de la sierra, donde el ejército virreinal no pudo darles alcance. Ninguno de los dos bandos obtuvo una victoria decisiva, y las bajas resultaron cuantiosas para ambas partes.[18]
Estancamiento y negociaciones finales (1609-1618)
Con su asentamiento destruido, los cimarrones se replegaron hacia parajes aún más inaccesibles de la sierra. Los españoles, que acumulaban pérdidas sin lograr someterlos, terminaron por aceptar que la fuerza de las armas no bastaba. Se abrió entonces un largo proceso de negociación que se prolongó durante varios años.[1]
Las condiciones originalmente propuestas por Yanga fueron finalmente aceptadas, con algunas adiciones:
- Los cimarrones obtendrían la libertad y el derecho de autogobierno en un territorio propio.
- Yanga y sus descendientes ejercerían la autoridad sobre el pueblo.
- Los cimarrones se comprometían a cesar los asaltos, a devolver a los esclavos fugados y a defender al virreinato si fuesen convocados.
- Solamente sacerdotes franciscanos podrían ejercer la labor pastoral en la comunidad.[1][12]
El tratado fue firmado en 1618. Los exesclavos se establecieron inicialmente en un lomerío llamado Las Palmillas; al crecer la comunidad, solicitaron y obtuvieron un terreno más extenso. Para 1630, el pueblo fue establecido oficialmente con el nombre de San Lorenzo de los Negros de Cerralvo, en referencia al título nobiliario del virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo. El nombre de «San Lorenzo» evocaba también al padre Juan Laurencio, jesuita que había acompañado la expedición de 1609 y cuya crónica constituye una de las fuentes primarias del episodio.[10]
La cláusula que obligaba a los cimarrones a devolver esclavos fugados no siempre se cumplió. En 1641, un hombre llamado Gaspar Ñanga, líder de los negros de San Lorenzo y probablemente descendiente de Yanga, fue procesado por haber dado refugio a esclavos prófugos de las haciendas vecinas, quebrando así el pacto original.[16] Después de ese episodio, la información sobre la familia Yanga se pierde en los archivos.[19]
Legado
Significado histórico
La rebelión de Yanga ocupa un lugar singular entre las insurrecciones de esclavos africanos en el continente americano, porque a diferencia de otros levantamientos que fueron aplastados por las armas —como la rebelión de Bayano en Panamá (1552) o la conspiración de 1612 en la Ciudad de México—, los cimarrones de Yanga arrancaron a las autoridades un acuerdo que les aseguró libertad, tierras y la capacidad de gobernarse por sí mismos.[1] El episodio guarda paralelos con la historia del Quilombo de los Palmares en el Brasil colonial, liderado por Ganga Zumba y luego por Zumbi dos Palmares.[11]
No obstante, algunos historiadores han matizado la narrativa tradicional. El investigador Juan Manuel de la Serna señaló que los cimarrones de Yanga no buscaron alterar el sistema virreinal en su conjunto, sino insertarse dentro de él para mejorar su posición social en el marco de la cultura dominante.[20] Según Delgado Calderón, el relato sobre Yanga contiene más elementos legendarios que estrictamente documentados, y muchas de las afirmaciones sobre su vida se basan en la obra del historiador Vicente Riva Palacio, escrita más de dos siglos después de los hechos.[10]
Reconocimientos
En 1871, cinco décadas después de la Independencia de México, Gaspar Yanga fue designado héroe nacional de México y recibió el título de «El Primer Libertador de las Américas», gracias en gran medida a la labor del historiador Vicente Riva Palacio, quien rescató documentos sobre Yanga de los archivos de la Santa Inquisición y los publicó en una antología en 1870 y como folleto en 1873.[1]
En 1932, el pueblo de San Lorenzo de los Negros fue rebautizado oficialmente como «Yanga» y en 1956 la localidad fue elevada a la categoría de villa.[13] En la cabecera municipal se erigió una estatua de bronce de Yanga —obra del escultor Vásquez Lendechy— que lo representa empuñando un machete con la mano derecha y sosteniendo una caña con la izquierda.[13]
Cada 10 de agosto se celebra en Yanga el «Carnaval de la Negritud», fiesta instaurada en 1976 que conmemora la fundación del primer pueblo libre de América con carros alegóricos y comparsas alusivos al origen africano del municipio.[21]
En 2017, la UNESCO designó al municipio de Yanga como Sitio de Memoria de la Esclavitud y de las Poblaciones Africanas y Afrodescendientes.[10] En 2019, la Constitución de México fue reformada para reconocer oficialmente a los afromexicanos como parte de la composición pluricultural de la nación.[22] Ese mismo año, la compositora mexicana Gabriela Ortiz estrenó la obra musical «Yanga», con texto de Santiago Martín Bermúdez, que evoca la historia de la rebelión y las raíces culturales africanas en México.[1]
Historiografía
El conocimiento moderno de la rebelión de Yanga se debe fundamentalmente a la obra de Vicente Riva Palacio (1832-1896), historiador, novelista, general militar y alcalde de la Ciudad de México. A finales de la década de 1860, Riva Palacio encontró en los archivos de la Inquisición documentos relativos a Yanga y la expedición de 1609, así como los acuerdos posteriores. Publicó su relato en una antología en 1870 y como folleto separado en 1873, y la historia fue incorporada a su obra «México a través de los siglos». La mayor parte de los escritos posteriores sobre Yanga están influidos por la narrativa de Riva Palacio, quien presentó a los cimarrones de San Lorenzo como hombres que no aceptaron la derrota.[20]
Otra fuente colonial es la crónica del padre Francisco Javier Alegre, jesuita del siglo xviii, que ofrece un relato del enfrentamiento de 1609. La crónica del padre Juan Laurencio, jesuita que acompañó la expedición española, constituye una fuente primaria fundamental, aunque su interpretación está sujeta a las dificultades de la transcripción paleográfica.[10][11]
En la historiografía contemporánea destacan los trabajos de Adriana Naveda Chávez-Hita sobre la esclavitud en las haciendas azucareras de Córdoba, los de Frank «Trey» Proctor III sobre las rebeliones de esclavos en el México colonial, y la investigación de Alfredo Delgado Calderón del INAH, quien ha cuestionado varios elementos legendarios del relato tradicional.[2][1][10] La rebelión de Yanga se enmarca, además, dentro de los estudios más amplios sobre la resistencia frente al colonialismo en América, abordados por autores como Matthew Restall, Silvia Soriano Hernández y Martha Menchaca.[23][3][5]