Revolución fascista
término propagandístico usado en el Ventennio del fascismo en Italia
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El término de revolución fascista, es utilizado por los intelectuales y exponentes políticos del fascismo en Italia para definir tanto la toma del poder como el período del Ventennio (1922-1943), así como los cambios progresivos de un régimen liberal a uno totalitario. Después en la década de los años 1970, la historiografía italiana adopta el término, pero no con un fin propagandístico del régimen, sino como una definición de las características que irrumpieron del fascismo en la sociedad italiana.[1]

Orígenes
Sansepulcrismo
Ya en diciembre de 1914, con la fundación en Milán del movimiento Fasci d'Azione Rivoluzionaria patrocinado por Benito Mussolini (el mes anterior ya fundador de Il Popolo d'Italia) y Alceste de Ambris, vinculado al mundo del intervencionismo, del sindicalismo revolucionario y quién sería posteriormente el autor de la Carta de Carnaro (que inspiraría a la fascista Carta del Lavoro) durante la empresa de Fiume con Gabriele D'Annunzio (1919-1920), se sentaron las bases de un movimiento revolucionario intervencionista al que se unieron personalidades como Filippo Corridoni un nacionalsindicalista y revolucionario.
Después de la Primera Guerra Mundial, el proceso se reanudó activamente y, en el terreno intervencionista, un nuevo movimiento se coaguló alrededor de la figura de Mussolini, fundado en Milán el 23 de marzo de 1919 durante el mitin en la Plaza de San Sepulcro por la confluencia de sindicalistas nacionales, futuristas que se proclamaban revolucionarios como Marinetti, veteranos de la guerra como los arditi y los nacionalistas conformaron los Fasces Italianos de Combate.

El manifiesto de los Fasces Italianos de Combate se publicó oficialmente en Il Popolo d'Italia el 6 de junio de 1919.
Definido como «revolucionario», el íncipit dice: «Aquí está el programa nacional de un movimiento italiano sano. Revolucionario, por ser antidogmático y antidemagógico; fuertemente innovador por ser antiprejuiciado. Ponemos la valorización de la guerra revolucionaria por encima de todo y de todos».[2] Proponía una «revolución nacional» que llevaría al gobierno de la nación una nueva clase dirigente formada principalmente por los «combatientes» de la Gran Guerra, decepcionados por la «victoria mutilada», presentes de manera transversal en todos los partidos.[3]
Los destinatarios del mensaje fascista se buscaban principalmente entre la izquierda maximalista, que, lejos de intentar subvertir el Estado, promovía sus propias reivindicaciones y lo «socializaba» desde dentro. Los Fasces Italianos de Combate servirían para unir a algunos de estos mundos dispares, como los intervencionistas de izquierda, los futuristas, los antiguos arditi, los republicanos y los sindicalistas revolucionarios.
La Marcha sobre Roma

Durante el verano de 1921, las perspectivas de Mussolini de una solución negociada al problema del socialismo revolucionario original, chocaron con las opiniones radicales del escuadrismo más ferviente, que en cambio exigió sin rodeos un golpe de Estado. Así, en noviembre de 1921, los Fasci italiani di combattimento se transformaron en el Partido Nacional Fascista (PNF), debatiéndose dentro del partido entre las presiones revolucionarias y las demandas de desarrollo constitucional. Los escuadristas que participaron en la Marcha sobre Roma fueron apodados por la prensa del régimen como los «Camisas Negras de la Revolución», y la marcha fue celebrada en los años siguientes por los órganos del régimen como la culminación de la llamada «revolución fascista».
Mussolini hizo referencias revolucionarias (pero también reaccionarias) en muchos de sus discursos después de 1919:
«Como revolución fascista, tenemos ante nosotros todo un siglo.»Discurso pronunciado en 1923.[4]
Soy reaccionario y revolucionario, según las circunstancias. Mejor diría —si me permiten este término químico— que soy un reactivo. Si el carro se cae, creo que hago lo correcto si intento detenerlo; si el pueblo se precipita hacia el abismo, no soy reaccionario si lo detengo, ni siquiera con violencia.Benito Mussolini, discurso en la convención regional de los fascios lombardos, Cremona, 5 de septiembre de 1920.[5]
No me dan miedo las palabras. Si mañana fuera necesario, me proclamaría el príncipe de los reaccionarios. Para mí, toda esta terminología —derecha, izquierda, conservadora, aristocrática o democrática— es pura escolástica. Sirve para distinguirnos a veces, o para confundirnos a menudo.Benito Mussolini, del discurso pronunciado en el Senado el 27 de noviembre de 1922.[6]
Debate sobre el término
Debate histórico
El término de revolución fascista generaba mucha controversia, principalmente por los intelectuales antifascistas que atribuían el fascismo a una naturaleza «reaccionaria y regresiva», el término quedó en desuso tiempo después durante las primeras décadas de la posguerra.[7] Hasta que después en la década de 1970, el término fue retomado por la historiografía italiana de carácter revisionista, principalmente por intelectuales no fascistas como George Mosse y Renzo de Felice, en el debate sobre la interpretación de los elementos de ruptura institucional y discontinuidad social y cultural causados por los «fascismos» y en la comparación entre fascismo y nacionalsocialismo.[8]
Además de Mosse y De Felice, varios académicos como Zeev Sternhell y Emilio Gentile utilizan esta expresión. En particular, De Felice sostenía que se trataba de una «revolución conservadora»; Gentile, su discípulo, sostiene que el fascismo fue una «revolución antropológica» radical, destinada a formar un nuevo tipo de humanidad, el ideal del hombre nuevo.[9]
Interpretaciones del término de revolución
Los oposiciones del fascismo estigmatizaban de principio a fin las pretensiones de los squadristas para definir su movimiento, y por consiguiente la toma del poder, como una «revolución». En particular, el movimiento antifascista del área socialista definió la victoria del fascismo como una forma de «éxito, aunque temporal, de la reacción económica capitalista sobre el ascenso de las clases populares».[10]
Para Antonio Gramsci, uno de los principales exponentes del comunismo en Italia, hizo una declaración pública en el parlamento italiano sobre el término de «revolución».
El fascismo lucha contra la única fuerza eficientemente organizada que tenía la burguesía capitalista en Italia, para suplantarla en los puestos que el Estado asigna a sus funcionarios. La «revolución» fascista no es más que la sustitución de un personal administrativo por otro.Gramsci, discurso ante la Cámara del 16 de mayo de 1925
Pietro Gobetti expresó una opinión similar, desde un punto de vista liberal:
«La revolución fascista no es una revolución, sino un golpe de Estado llevado a cabo por una oligarquía mediante la humillación de toda conciencia política seria, con alegría estudiantil.»Gobetti, Dizionario delle idee
Sin embargo, en enero de 1936, Palmiro Togliatti, junto a otros 60 militantes del Partido Comunista Italiano, hizo un llamamiento a sus hermanos de camisa negra y se dirigió al «fascismo de la primera hora», en oposición al fascismo reaccionario en el poder.[11]
«¡Pueblo italiano! ¡Fascistas de la vieja guardia! ¡Jóvenes fascistas! Los comunistas abrazamos el programa fascista de 1919, que es un programa de paz, libertad y defensa de los intereses de los trabajadores, y les decimos: Luchemos juntos por la realización de este programa.»Togliatti, Stato Operaio
El debate interno del fascismo
Una parte del fascismo siempre se consideró como un movimiento revolucionario, transgresor y rebelde —emblemático en este sentido es el lema de Gabriele d'Annunzio; «Me ne frego» (No me importa), retomado y utilizado por la propaganda fascista— en radical contraste con el liberalismo de la Italia prefascista.
Por otro lado, el uso del término de «revolución» por parte de los fascistas, no dejó de suscitar perplejidad y preocupación entre el nacionalismo conservador y monárquico, que posteriormente se fusionarían con el propio fascismo. En sus memorias, Raffaele Paolucci recuerda haber conocido a Italo Balbo, líder de los squadristi de Ferrara, durante los disturbios de Módena de 1921, y haber argumentado en esa ocasión contra el uso que Balbo hacía del término «revolución», al que atribuía el significado de desorden y subversión violenta. En los años siguientes, ambos solían recordar su enfrentamiento previo cada vez que se encontraban: Balbo afirmaba haber tenido razón sobre la revolución y, en respuesta, Paolucci negó que la marcha sobre Roma hubiera sido una revolución en el sentido peyorativo que él le había dado a ese término.[12] Como una reacción a la profesión de «tendencia republicana» de Mussolini, Paolucci fundó Sempre Pronti per la Patria e per il Re (Siempre listos para la Patria y por el Rey), una organización paramilitar nacionalista leal a los Saboya, con el fin de «actuar como contrapeso» al escuadrismo fascista, «cuya tendencia se revelaba cada día más claramente revolucionaria».[13]
Según Sergio Panunzio, amigo personal de Mussolini que tenía una significativa influencia, el fascismo si propone el intento de modificar a la sociedad italiana creando un «stato-società» (Estado-Sociedad) fundado en base al corporativismo, en una especie de corrección ideológica de la Revolución Francesa sobre el «stato-popolo» (Estado-Pueblo), profundamente distinto también al «stato-classe» (Estado-Clase) llevado a cabo tras la Revolución Rusa.[14]
El ministro Giuseppe Bottai, en la revista Crítica fascista, proclamó en 1926 que el fascismo debía seguir siendo una «revolución permanente».[15] Bottai quería construir esa revolución que la marcha sobre Roma, aunque fue «el comienzo de una nueva vida», no se produjo.[16]
En la década delos años 1930, con los jóvenes intelectuales reunidos en la revista Primato, teorizó un fascismo que debía redescubrir la carga revolucionaria de sus orígenes:
Una vez conquistado el poder, el problema de los orígenes resurge con toda su intensidad. Se trata de un problema de revolución intelectual. Así, respondemos a nuestros oponentes, que intentan inculcarnos la idea errónea de una revolución agotada por un esfuerzo puramente físico y nos niegan el derecho a crear la nueva política de la nueva Italia. También respondemos, permítanme decirlo sin vacilación, a aquellos fascistas que se basan en la idea errónea antifascista de la oposición, cuando, lamentablemente, intentan elevar aspectos obsoletos o transitorios de nuestra acción política al nivel de teoría.[17]

Bottai fue uno de los revolucionarios más intransigentes contra la corriente reaccionaria y moderada —frente a Giovanni Gentile, Julius Evola, un contrarrevolucionario y tradicionalista, y a los fascistas clericales—, aunque votó junto con Dino Grandi y Galeazzo Ciano contra Mussolini el 25 de julio de 1943 en la agenda de Grandi durante el Gran Consejo, y sería condenado a muerte en ausencia por la República de Saló en 1944, algo que evitará huyendo de Italia y alistándose en la Legión Extranjera Francesa.
Para él y para otros intentaron equiparar históricamente a los fascistas con los jacobinos de la Revolución Francesa.[18]
El anhelo del fascismo en dejar su huella en la historia como una revolución igual que las de Francia y Rusia, también se manifestó con la institución de la llamada era fascista, es decir, una numeración particular de años que hacía referencia al día de la Marcha sobre Roma. El primer año de la era fascista (indicado junto a la fecha tradicional como I, E.F.) comenzó, por lo tanto, el 28 de octubre de 1922 y terminó el 27 de octubre de 1923.[19] La referencia directa era al nuevo calendario establecido por los revolucionarios franceses en 1793,[20] que indicaba retroactivamente el año I a partir del 22 de septiembre de 1792, el día de la supresión del último vestigio de la monarquía;[21] Según los intelectuales «revolucionarios» del régimen, el movimiento fascista constituía una evolución moderna de la «Gran Revuelta Francesa»,[18] citando al propio Mussolini que había definido el fascismo como una especie de populismo que superaría los errores de la democracia liberal:
«El fascismo es un método, no un fin; si se quiere, es 'una autocracia en camino hacia la democracia'.»Benito Mussolini, de la entrevista concedida al corresponsal especial Shaw Desmond del Sunday Pictorial de Londres el 12 de diciembre de 1926 y publicada como Mussolini rivela il suo segreto in Il Popolo d'Italia, n. 297, 14 de diciembre de 1926, XIII.[22]
Influencia del término fuera de Italia

A fuera de Italia, la ideología de la «revolución fascista» fue vista con interés, así como fue visto también el nacionalsocialismo temprano, —específicamente del ala strasserista como una alternativa a los hitlerianos— por ejemplo, algunos intelectuales de la Révolution nationale del régimen de Vichy como Pierre Drieu La Rochelle y Robert Brasillach quienes acuñaron la expresión de «fascismo inmenso y rojo».[26] Las tesis del «fascismo nacional-revolucionario», en el período de posguerra, fueron la base de la «nueva tercera vía o tercera posición» adoptada por el peronismo argentino a partir de 1945 con la llamada «revolución de los descamisados»;[27] también estuvo presente en algunos experimentos económicos llevados a cabo en la España franquista y en el Portugal salazarista,[28] así como en los diversos fermentos de la juventud neofascista, hasta llegar en tiempos recientes a la Nouvelle Droite y al nacionalanarquismo.[29][30]
Véase también
- Fascismo
- Fascismo de izquierda
- Manifiesto Fascista
- Pacto de Pacificación
- Socialización de la economía
- Período del Ventennio
- República Social Italiana
- Marcha sobre Roma
- Definiciones de fascismo
- Fasci Italiani di Combattimento
- Exposición de la Revolución Fascista
- Violencia política fascista y antifascista en Italia