Sermón del llano
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En el cristianismo, el Sermón del llano, también llamado Sermón de la llanura se refiere a un conjunto de enseñanzas de Jesús en el Evangelio de Lucas, en 6:20-49.[1] Este sermón puede compararse con el Sermón de la montaña más largo del Evangelio de Mateo.[2]

Lucas 6:12-20a detalla los acontecimientos que condujeron al sermón. En él, Jesús pasó la noche en una montaña rezando a Dios. Dos días después, reunió a sus discípulos y seleccionó a 12 de ellos, a los que llamó Apóstoles. Al bajar de la montaña, se detuvo en "un lugar llano" (ἐπὶ τόπου πεδινοῦ, epi topou pedinou) donde se había reunido una multitud. Después de curar a los que tenían "espíritus inmundos", Jesús comenzó lo que ahora se llama el Sermón de la Llanura.
Texto bíblico
Entre los mensajes más destacados del Sermón se incluyen:
- Las bienaventuranzas y los ayes (6:20-26)
- Amor a los enemigos y dar la otra mejilla (6:27-36)
- Trata a los demás como quieres que te traten (6:31)
- No juzgues y no serás juzgado, no condenes y no serás condenado, Perdona y serás perdonado, da y recibirás (6:37-38)
- ¿Puede el ciego guiar al ciego? Los discípulos no están por encima de su maestro (6:39-40a)
- Quita la viga de tu propio ojo antes de atender la paja en el de tu amigo (40b-42)
- Un árbol bueno no produce frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos, a cada árbol se le conoce por sus frutos (43-45)
- ¿Por qué me llamáis "Señor, Señor" y no hacéis lo que os mando? (46)
- El que siga estas palabras mías construye sobre roca y sobrevivirá, el que no, construye sobre arena y será destruido (47-49)
En Lucas 7:1 después de que Jesús había dicho todo lo que tenía que decir a la multitud, se dirigió a Cafarnaun, que en la cronología lucana no había visitado desde Lucas 4:31.[1]
Comentario
Este pasaje inaugura un discurso paralelo al de la montaña en Mateo, aunque de dimensión mucho más reducida: Lucas presenta apenas una treintena de versículos frente a la extensa exposición mateana. Ambos coinciden en mencionar a una multitud como audiencia, pero difieren en el escenario. Mateo sitúa a Jesús en lo alto de una montaña, evocando la entrega de la Ley en el Sinaí, mientras que Lucas lo muestra descendiendo a un lugar llano, donde la predicación resulta accesible a todos y subraya la cercanía universal de su mensaje.
Las variaciones entre los relatos no disminuyen su valor histórico. La tradición cristiana reconoce que los evangelistas no pretendieron elaborar crónicas exhaustivas, sino transmitir de manera fiel la memoria de Jesús a partir de la tradición recibida, seleccionando y organizando el material de acuerdo con las necesidades de las primeras comunidades. La comparación con el discurso mateano permite suponer la existencia de una fuente común —probablemente escrita— que conservó el recuerdo de una gran intervención de Jesús en la región del mar de Galilea. En la versión de Lucas se distinguen tres bloques temáticos que articulan el conjunto: las bienaventuranzas acompañadas de anuncios de desdicha, la llamada al amor hacia los enemigos y las enseñanzas que apuntan a la integridad interior como fundamento de la vida cristiana.[3]
Las Bienaventuranzas y los ayes
Lucas resume las nueve Bienaventuranzas en cuatro y las acompaña de las correspondientes cuatro antítesis o ayes.
...en ambos casos, la bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor. [4]
En Mateo, las Bienaventuranzas aparecen en tercera persona, mientras que Lucas las formula en segunda persona para subrayar que Jesús interpela directamente a sus oyentes. Más que simples orientaciones sobre cómo situarse ante la pobreza, la abundancia o las pruebas, estas proclamaciones apuntan a las acciones que dejan ver una actitud verdaderamente evangélica y muestran, en la práctica, quién vive como discípulo.
Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden parecer a primera vista contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas—, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas. (…) Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.[5]
En las palabras del Señor se encierra una profunda verdad: el cristiano tiene que seguir el camino de Cristo y ese camino no transcurre entre riquezas o abundancia, ni entre consuelos mundanos o alabanzas.
Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre» (1 P 4,15-16). Así lo entendieron también los primeros cristianos ante las tribulaciones: «Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. (…) Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.[6]