Teoría del vitalismo (química)

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Placa Wöhler
Placa conmemorativa en la antigua casa natal de Friedrich Wöhler en Frankfurt

La teoría química del vitalismo es una teoría obsoleta que sostenía que era imposible obtener compuestos orgánicos a partir de otros inorgánicos debido a que los primeros, dado su origen biológico, estaban dotados de una “fuerza vital” de la que carecían las sustancias inorgánicas. Bajo esta premisa, se daba por hecho que los materiales orgánicos de ningún modo podían sintetizarse a partir de componentes inorgánicos y, como mucho, solamente podían ser transformados en otras sustancias químicas, no naturales. Esta idea hizo que compuestos como la urea, los azúcares, las grasas y las proteínas, al obtenerse de organismos vivos, se clasificaban como sustancias orgánicas y se consideraran fundamentalmente diferentes de los compuestos inorgánicos presentes en el entorno inerte.[1] La teoría química del vitalismo quedó en entredicho en 1828, cuando Friedrich Wöhler accidentalmente obtuvo urea (sustancia de origen natural) a partir de cianato amónico, una sustancia inorgánica, demostrando que la química podía crear moléculas orgánicas en el laboratorio, a partir moléculas inorgánicas.

Desde muy antigua ha existido una clara diferenciación entre las sustancias de origen mineral y las que procedían de la materia viva o eran producidas por los seres vivos. Los alquimistas y los primeros químicos solían trabajar con materiales como sangre, saliva, orina, clara de huevo, etc. Uno de los primeros compuestos de origen natural obtenido en estado relativamente puro fue el alcohol (etanol). Alquimistas europeos y árabes en la Edad Media o, siglos antes, en el antiguo imperio chino, lo obtenían por destilación del vino o de otras otras bebidas alcohólicas naturales procedentes de procesos fermentación. También se conocían desde antiguo, algunos ácidos, como el fórmico, acético, benzoico y succínico así como algunos otros compuestos de origen natural. El catálogo de este tipo de sustancias de origen natural se amplió enormemente en el siglo XVIII, ya con la química más estructurada y sistematizada y como consecuencia de la mejora de los métodos de separación y purificación. En este siglo se encontraron, entre muchas otras sustancias, la urea, el glicerol, diversos ácidos como el oxálico, presente en algunas plantas; el tartárico, el cítrico y el láctico, aislados por Scheele que al estudiarlos obtuvo, también, varios de sus ésteres.[2] En los siguientes años, tras la muerte de Sheele se aislaron otras muchas sustancias de origen natural, como la glucosa, la fructosa y la sacarosa, azúcares aislados por Proust que también obtuvo el aminoácido leucina del queso.

Todas esta sustancias y otras muchas más, tenían en común que solo podían ser aisladas a partir de productos de origen animal o vegetal, pero no se conocía forma de obtenerlos mediante reacciones químicas en el laboratorio, algo que no ocurría con las sustancias obtenidas a partir de los minerales, que podían ser alteradas, modificadas mediante reacciones químicas y, en muchos casos, vueltas a sintetizar a partir de otras sustancias. Uno de los químicos que expresó claramente estas diferencias fue Bergman, en el siglo XVIII, siendo Berzelius el primero en clasificarlos, a comienzos del siglo XIX en inorgánicos y orgánicos.[3] No dejaba de impresionar el hecho de que estas sustancias podían transformarse mediante tratamientos químicos poco agresivos, caso de la formación de sales del ácido acético u otros ácidos orgánicos, mientras que por otro lado, se descomponían fácilmente cuando se sometían a proceso de calcinación a altas temperaturas. En estos casos, se obtenían productos inorgánicos, no siendo posible revertir el proceso; es decir, era relativamente fácil pasar de orgánico a inorgánico, pero no al revés.[4]

Auge y caída de la teoría

Véase también

Referencias

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