Es conocido por su teoría del Acto de leer, dentro de la Teoría de la literatura. Esta teoría comenzó a evolucionar en 1967, mientras trabajaba en la Universidad de Constanza. Junto con Hans Robert Jauss es considerado el fundador de la Escuela de Costanza de recepción estética. Esta teoría es similar a la pragmática, ambas pretenden describir la relación del lector con el texto y el autor. Iser describe el proceso de la primera lectura, cómo el texto se desarrolla en su totalidad y cómo el diálogo entre el lector y el texto tiene lugar.
En rutas de la interpretación, Iser se propone un análisis de la hermenéutica. Parte de Schleiermacher y continúa con Paul Ricoeur para hablar, de una forma rigurosa pero densa, sobre los caminos posibles del acto de interpretar, que son siempre una forma de traducción.
Wolfgang Iser es considerado uno de los principales representantes de la teoría de la recepción junto con Hans Robert Jauss. Sus teorías principales se sustentan de manera considerable en la fenomenología de Roman Ingarden y en la hermenéutica de Hans-Georg Gadamer. La teoría de Iser propone tomar en cuenta la importancia del lector, de la misma manera en que la crítica dé la respuesta de lector. Sin embargo, Iser difería en algunos aspectos de dicha crítica, ya que creía que el texto tiene una estructura objetiva, a pesar de que dicha estructura deba ser completada por el lector.
Para Iser, el significado no es algo que se encuentra dentro de un texto, sino un acontecimiento que ocurre en algún punto entre el texto y el lector. En concreto, el lector se enfrenta al texto, que es un mundo fijo, pero el significado se realiza a través del acto de lectura y de cómo el lector conecta las estructuras del texto con su propia experiencia. Para ilustrarlo, Iser utiliza el ejemplo de las constelaciones: “Las impresiones que surgen como resultado de este proceso variarán de un individuo a otro, pero sólo dentro de los límites impuestos por el texto escrito, en contraste con el texto no escrito. De la misma manera, dos personas que observan el cielo nocturno pueden estar mirando el mismo conjunto de estrellas, pero una verá la imagen de un arado y la otra la de un cucharón. Las ‘estrellas’ en un texto literario están fijas; las líneas que las unen son variables”. Una obra literaria, que para Iser se crea cuando un lector y un texto “convergen”, consta de dos “polos”: el artístico (el objeto, el texto creado por el autor) y el estético (la realización llevada a cabo por el lector). Ambos polos contribuyen a los dos conceptos centrales de la teoría de Iser: el “lector implícito” y los “vacíos” narrativos.
Cuando un autor compone un texto, tiene en mente un lector particular, que aparece representado parcialmente en el propio texto. Este lector no es idéntico a un lector real, de carne y hueso, sino “una estructura textual que anticipa la presencia de un destinatario sin necesariamente definirlo… el concepto de lector implícito designa una red de estructuras que invitan a la respuesta y que impulsan al lector a captar el texto”. Iser divide el concepto de lector implícito en dos “aspectos interrelacionados: el papel del lector como estructura textual y el papel del lector como acto estructurado”.
La estructura textual se refiere al punto de vista del lector tal como aparece dentro del texto. Este punto de vista es múltiple, porque el narrador, los personajes, la trama y el lector ficticio ofrecen distintas facetas de él. Además, el papel del lector como estructura textual se define mediante el “punto de vista desde el cual él une estas perspectivas y el lugar donde convergen”. Todos estos elementos, como partes componentes, operan en conjunto para modelar el papel del lector tal como se encuentra en el texto.
El papel del lector como acto estructurado se refiere a cómo el lector cumple las estructuras textuales haciendo que converjan en su imaginación. En otras palabras, las estructuras del texto se conectan y cobran vida cuando el lector participa en el proceso de lectura. Esto no significa que el lector “real” simplemente acepte este papel, sino que existe una tensión entre su propia realidad y experiencia históricas y la aceptación de su papel como lector. “El concepto de lector implícito, como expresión del papel ofrecido por el texto, no es en modo alguno una abstracción derivada de un lector real, sino la fuerza condicionante detrás de un tipo particular de tensión producida por el lector real cuando acepta el papel”. Las diferencias entre el lector real y el papel del lector ficticio producen una tensión que permite diversas conexiones e interpretaciones.
Para Iser, una obra literaria está compuesta tanto por partes escritas como por partes no escritas del texto. A medida que el lector comienza el proceso de lectura, las frases que componen la obra no sólo lo informan del desarrollo literario, sino que generan ciertas expectativas en su mente. Sin embargo, estas expectativas rara vez se cumplen, ya que un texto está “lleno de giros inesperados y frustraciones de expectativas… Así, cada vez que se interrumpe el flujo y se nos conduce por direcciones imprevistas, se nos brinda la oportunidad de poner en juego nuestra propia facultad de establecer conexiones —de llenar los vacíos que el propio texto deja abiertos”. Estos vacíos son la porción no escrita del texto que requiere la participación del lector. Lectores distintos llenarán los vacíos de maneras diferentes, lo que permite realizaciones inagotables del texto dentro de sus límites interpretativos. Cuando el lector reflexiona sobre lo leído anteriormente o relee el texto, nuevos significados surgen en los acontecimientos narrativos, ya que “ciertos aspectos del texto adquieren una importancia que no les atribuimos en una primera lectura, mientras que otros pasan a segundo plano”.
Así, la estructura del texto genera expectativas, que se ven interrumpidas por sorpresas o incumplimientos, produciendo vacíos que el lector debe llenar para crear un flujo coherente. Estos vacíos, a su vez, llevan al lector a reinterpretar lo ya leído a la luz de esas decisiones de llenado. Sin embargo, no pueden llenarse arbitrariamente, sino dentro de los límites interpretativos que ofrece el texto. Iser considera que esta experiencia rompe la división sujeto–objeto, ya que “el texto y el lector dejan de enfrentarse como objeto y sujeto; en cambio, la ‘división’ tiene lugar dentro del propio lector”. En el acto de leer, el texto se convierte en un sujeto vivo dentro del lector.