Admoniciones
obra de Francisco de Asís
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Las Admoniciones (en latín, Admonitiones; en italiano, Ammonizioni) son una colección de veintiocho breves exhortaciones espirituales atribuidas a Francisco de Asís y dirigidas a los frailes menores.[1][2] Se las clasifica entre los escritos exhortativos y espirituales del santo.[3] Tratan de la vida del «siervo de Dios» y de su verificación en la relación con los demás hermanos, con temas como la humildad, la obediencia, la pobreza de espíritu, la misericordia y la corrección.[2]
Origen y datación
Los estudiosos aceptan la autenticidad de las Admoniciones: todos los manuscritos se las atribuyen y su contenido concuerda con las obras y el espíritu de Francisco, aunque se desconoce quién las reunió en una colección.[1] Las primeras leyendas franciscanas no indican cuándo fueron escritas.[1] Según otra fuente, habrían surgido a lo largo de los últimos diez años de vida de Francisco y un escriba las habría recogido probablemente hacia el final de su vida.[2]
Se piensa que muchas de ellas fueron pronunciadas ante los frailes reunidos en los capítulos generales de la Porciúncula, donde Francisco dirigía a los hermanos advertencias, reprensiones y preceptos; algunas pudieron decirse también en conversaciones privadas.[4] La misma presentación recuerda que Jordán de Giano confirma que Francisco pronunciaba al comienzo de los capítulos exhortaciones basadas en la Escritura.[2] Una de las fuentes manuscritas más antiguas es el códice 338 de Asís.[2]
Tradición manuscrita
Las Admoniciones aparecen en casi todos los testimonios del siglo XIII de los escritos de Francisco.[4] El códice más antiguo citado por Paschal Robinson, el laurentiano de Florencia, se remonta al siglo XIII, y su lista recoge veinticuatro códices, la mayoría de los siglos XIV y XV.[1] La edición de Quaracchi, en la que se basó su traducción, se apoya sobre todo en los códices laurentiano y asisano.[1]
La edición crítica latina de referencia es la de Kajetan Esser, publicada en Grottaferrata en 1976, que ordena los escritos alfabéticamente por su título latino; en 1989 apareció una edición revisada de Grau.[3] Otra edición crítica, la de Paolazzi, apareció en Grottaferrata en 2009.[4] En la edición italiana de las Fonti Francescane las Admoniciones llevan los números 141 a 178.[5]
Género y estructura
Por su estilo breve y oral y por estar tejidas de citas, alusiones y ecos bíblicos, se las ha comparado con la literatura sapiencial: los libros sapienciales del Antiguo Testamento, las palabras del Señor y los dichos de los Padres del desierto.[4] El conjunto suele dividirse en dos partes: las primeras ofrecen enseñanzas y consejos espirituales y las restantes se abren con una bienaventuranza, por lo que se las ha llamado «sermón de la montaña franciscano» o «cántico de la minoridad».[2] Otro autor sitúa el comienzo de ese bloque de comentarios a las bienaventuranzas en la admonición XIV, mientras que las admoniciones I a IX parten de dichos o episodios bíblicos.[4]
Los temas centrales son la observancia del Evangelio y de la regla, la reverencia a la liturgia y a la eucaristía, el respeto a los sacerdotes, la bondad hacia todos, la moderación en la penitencia y el discernimiento de la propia vida interior a través de la relación con los hermanos.[4]
Contenido
Los títulos siguientes corresponden a la edición castellana de los Escritos completos de San Francisco de Asís y las descripciones siguen la edición italiana de las Fonti Francescane.[6][5]
| Adm. | Título | Contenido |
|---|---|---|
| I | Del cuerpo del Señor | Pide reconocer con fe, más allá de las apariencias, la presencia real del cuerpo y de la sangre de Cristo en el pan y el vino consagrados.[5] |
| II | Del mal de la propia voluntad | Adán pecó al no obedecer; quien se apropia de su propia voluntad y se enorgullece de los bienes recibidos incurre en la misma falta.[5] |
| III | De la perfecta obediencia | La verdadera obediencia consiste en someterse al superior aun cuando se crea saber hacer mejor las cosas; si el superior manda algo contra la conciencia, el religioso no debe abandonar a sus hermanos.[5] |
| IV | Que nadie se apropie la prelacía | Quien ejerce autoridad debe vivirla como servicio, con la humildad de quien lava los pies a los demás, sin apegarse al cargo.[5] |
| V | Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor | El hombre fue creado con gran dignidad, pero nada de lo que posee (saber, belleza, poderes) es motivo de vanagloria; solo cabe gloriarse en las propias debilidades y en llevar la cruz cada día.[5] |
| VI | De la imitación del Señor | Los siervos de Dios deben seguir el ejemplo del buen pastor, soportando sufrimientos y pruebas, en lugar de buscar honra por el mero hecho de contar las obras de los santos.[5] |
| VII | Que el buen obrar siga a la ciencia | El conocimiento usado por prestigio o provecho conduce a la muerte espiritual; da vida quien devuelve a Dios todo saber, con la palabra y con el ejemplo.[5] |
| VIII | Del pecado de envidia, que se ha de evitar | Envidiar el bien que Dios obra en el hermano es un pecado grave, pues equivale a envidiar al mismo Dios.[5] |
| IX | Del amor | Amar al enemigo significa no guardar rencor por la ofensa recibida, desear su salvación y demostrarle el amor con obras.[5] |
| X | Del castigo del cuerpo | El verdadero enemigo está dentro de uno mismo, en el cuerpo, por medio del cual se peca; quien lo domina queda protegido de cualquier otro peligro.[5] |
| XI | Que nadie se altere por el pecado de otro | El siervo de Dios solo debe dolerse del pecado; irritarse por los pecados ajenos y salir de la caridad es acumular esa culpa como un tesoro propio.[5] |
| XII | De cómo conocer el espíritu del Señor | Señal del espíritu de Dios: ante el bien que se obra por medio de uno, no se enorgullece, sino que se siente aún más pequeño.[5] |
| XIII | De la paciencia | La paciencia y la humildad se descubren de verdad en las dificultades, cuando los demás se oponen, y no cuando todo va bien.[5] |
| XIV | De la pobreza de espíritu | No es pobre de espíritu quien se irrita por una sola palabra ofensiva o por una pérdida, aunque haya practicado mucha penitencia.[5] |
| XV | De la paz | Son verdaderos pacíficos quienes, en las contrariedades de la vida, conservan por amor a Cristo la paz interior y del cuerpo.[5] |
| XVI | De la limpieza del corazón | Los limpios de corazón desprecian lo terreno, buscan lo celestial y no cesan de adorar y buscar a Dios con ánimo sincero.[5] |
| XVII | Del humilde siervo de Dios | Es dichoso el siervo que no se jacta del bien que Dios obra por él más que del que obra por otros; peca quien exige a los demás más de lo que está dispuesto a dar a Dios.[5] |
| XVIII | De la compasión del prójimo | Es dichoso quien sostiene al hermano en sus flaquezas, como querría ser sostenido él mismo en una situación semejante.[5] |
| XIX | Del humilde siervo de Dios | Es fiel el siervo que devuelve a Dios todos sus bienes; quien retiene algo para sí perderá incluso lo que cree poseer.[5] |
| XX | Del religioso bueno y del religioso vano | El siervo no se tiene por mejor cuando lo alaban ni por peor cuando lo desprecian, pues ante Dios vale solo lo que realmente es; ¡ay de quien se pone en lo alto y no quiere descender![5] |
| XXI | Del religioso frívolo y locuaz | El buen religioso halla gozo solo en las palabras y obras de Dios y conduce a otros a amarlo; el religioso vano se divierte con charlas frívolas.[5] |
| XXII | De la corrección | El siervo sabio habla con mesura, no busca recompensa con las palabras y guarda en el corazón los dones recibidos, mostrándolos más bien con las obras.[5] |
| XXIII | De la humildad | Es dichoso quien acepta con paciencia y humildad la corrección, aun cuando sea injusta, y repara gustoso sus errores.[5] |
| XXIV | Del verdadero amor | Es humilde quien trata a sus súbditos como se comportaría ante sus superiores y se mantiene siempre dispuesto a ser corregido y a castigarse con el arrepentimiento y la confesión.[5] |
| XXV | De nuevo sobre lo mismo | Invita a amar al hermano igual en la enfermedad que en la salud, lejos o cerca, sin hablar a sus espaldas de un modo que no se emplearía en su presencia.[5] |
| XXVI | Que los siervos de Dios honren a los clérigos | Hay que tener fe en los sacerdotes que viven según las normas de la Iglesia y no juzgarlos, pues eso corresponde solo al Señor; quien los desprecia comete una culpa más grave, dada la sacralidad de su ministerio.[5] |
| XXVII | De la virtud que ahuyenta al vicio | Donde hay amor y sabiduría no hay temor ni ignorancia; la paciencia y la humildad excluyen la ira, la pobreza alegre excluye la avaricia, y así con otras virtudes.[5] |
| XXVIII | Hay que esconder el bien para que no se pierda | Es dichoso quien atesora los dones de Dios en el cielo, sin mostrarlos a los hombres para obtener recompensas, y guarda en el corazón los secretos del Señor.[5] |