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Admoniciones

obra de Francisco de Asís From Wikipedia, the free encyclopedia

Las Admoniciones (en latín, Admonitiones; en italiano, Ammonizioni) son una colección de veintiocho breves exhortaciones espirituales atribuidas a Francisco de Asís y dirigidas a los frailes menores.[1][2] Se las clasifica entre los escritos exhortativos y espirituales del santo.[3] Tratan de la vida del «siervo de Dios» y de su verificación en la relación con los demás hermanos, con temas como la humildad, la obediencia, la pobreza de espíritu, la misericordia y la corrección.[2]

Origen y datación

Los estudiosos aceptan la autenticidad de las Admoniciones: todos los manuscritos se las atribuyen y su contenido concuerda con las obras y el espíritu de Francisco, aunque se desconoce quién las reunió en una colección.[1] Las primeras leyendas franciscanas no indican cuándo fueron escritas.[1] Según otra fuente, habrían surgido a lo largo de los últimos diez años de vida de Francisco y un escriba las habría recogido probablemente hacia el final de su vida.[2]

Se piensa que muchas de ellas fueron pronunciadas ante los frailes reunidos en los capítulos generales de la Porciúncula, donde Francisco dirigía a los hermanos advertencias, reprensiones y preceptos; algunas pudieron decirse también en conversaciones privadas.[4] La misma presentación recuerda que Jordán de Giano confirma que Francisco pronunciaba al comienzo de los capítulos exhortaciones basadas en la Escritura.[2] Una de las fuentes manuscritas más antiguas es el códice 338 de Asís.[2]

Tradición manuscrita

Las Admoniciones aparecen en casi todos los testimonios del siglo XIII de los escritos de Francisco.[4] El códice más antiguo citado por Paschal Robinson, el laurentiano de Florencia, se remonta al siglo XIII, y su lista recoge veinticuatro códices, la mayoría de los siglos XIV y XV.[1] La edición de Quaracchi, en la que se basó su traducción, se apoya sobre todo en los códices laurentiano y asisano.[1]

La edición crítica latina de referencia es la de Kajetan Esser, publicada en Grottaferrata en 1976, que ordena los escritos alfabéticamente por su título latino; en 1989 apareció una edición revisada de Grau.[3] Otra edición crítica, la de Paolazzi, apareció en Grottaferrata en 2009.[4] En la edición italiana de las Fonti Francescane las Admoniciones llevan los números 141 a 178.[5]

Género y estructura

Por su estilo breve y oral y por estar tejidas de citas, alusiones y ecos bíblicos, se las ha comparado con la literatura sapiencial: los libros sapienciales del Antiguo Testamento, las palabras del Señor y los dichos de los Padres del desierto.[4] El conjunto suele dividirse en dos partes: las primeras ofrecen enseñanzas y consejos espirituales y las restantes se abren con una bienaventuranza, por lo que se las ha llamado «sermón de la montaña franciscano» o «cántico de la minoridad».[2] Otro autor sitúa el comienzo de ese bloque de comentarios a las bienaventuranzas en la admonición XIV, mientras que las admoniciones I a IX parten de dichos o episodios bíblicos.[4]

Los temas centrales son la observancia del Evangelio y de la regla, la reverencia a la liturgia y a la eucaristía, el respeto a los sacerdotes, la bondad hacia todos, la moderación en la penitencia y el discernimiento de la propia vida interior a través de la relación con los hermanos.[4]

Contenido

Los títulos siguientes corresponden a la edición castellana de los Escritos completos de San Francisco de Asís y las descripciones siguen la edición italiana de las Fonti Francescane.[6][5]

Más información Adm., Título ...
Adm.TítuloContenido
IDel cuerpo del SeñorPide reconocer con fe, más allá de las apariencias, la presencia real del cuerpo y de la sangre de Cristo en el pan y el vino consagrados.[5]
IIDel mal de la propia voluntadAdán pecó al no obedecer; quien se apropia de su propia voluntad y se enorgullece de los bienes recibidos incurre en la misma falta.[5]
IIIDe la perfecta obedienciaLa verdadera obediencia consiste en someterse al superior aun cuando se crea saber hacer mejor las cosas; si el superior manda algo contra la conciencia, el religioso no debe abandonar a sus hermanos.[5]
IVQue nadie se apropie la prelacíaQuien ejerce autoridad debe vivirla como servicio, con la humildad de quien lava los pies a los demás, sin apegarse al cargo.[5]
VQue nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del SeñorEl hombre fue creado con gran dignidad, pero nada de lo que posee (saber, belleza, poderes) es motivo de vanagloria; solo cabe gloriarse en las propias debilidades y en llevar la cruz cada día.[5]
VIDe la imitación del SeñorLos siervos de Dios deben seguir el ejemplo del buen pastor, soportando sufrimientos y pruebas, en lugar de buscar honra por el mero hecho de contar las obras de los santos.[5]
VIIQue el buen obrar siga a la cienciaEl conocimiento usado por prestigio o provecho conduce a la muerte espiritual; da vida quien devuelve a Dios todo saber, con la palabra y con el ejemplo.[5]
VIIIDel pecado de envidia, que se ha de evitarEnvidiar el bien que Dios obra en el hermano es un pecado grave, pues equivale a envidiar al mismo Dios.[5]
IXDel amorAmar al enemigo significa no guardar rencor por la ofensa recibida, desear su salvación y demostrarle el amor con obras.[5]
XDel castigo del cuerpoEl verdadero enemigo está dentro de uno mismo, en el cuerpo, por medio del cual se peca; quien lo domina queda protegido de cualquier otro peligro.[5]
XIQue nadie se altere por el pecado de otroEl siervo de Dios solo debe dolerse del pecado; irritarse por los pecados ajenos y salir de la caridad es acumular esa culpa como un tesoro propio.[5]
XIIDe cómo conocer el espíritu del SeñorSeñal del espíritu de Dios: ante el bien que se obra por medio de uno, no se enorgullece, sino que se siente aún más pequeño.[5]
XIIIDe la pacienciaLa paciencia y la humildad se descubren de verdad en las dificultades, cuando los demás se oponen, y no cuando todo va bien.[5]
XIVDe la pobreza de espírituNo es pobre de espíritu quien se irrita por una sola palabra ofensiva o por una pérdida, aunque haya practicado mucha penitencia.[5]
XVDe la pazSon verdaderos pacíficos quienes, en las contrariedades de la vida, conservan por amor a Cristo la paz interior y del cuerpo.[5]
XVIDe la limpieza del corazónLos limpios de corazón desprecian lo terreno, buscan lo celestial y no cesan de adorar y buscar a Dios con ánimo sincero.[5]
XVIIDel humilde siervo de DiosEs dichoso el siervo que no se jacta del bien que Dios obra por él más que del que obra por otros; peca quien exige a los demás más de lo que está dispuesto a dar a Dios.[5]
XVIIIDe la compasión del prójimoEs dichoso quien sostiene al hermano en sus flaquezas, como querría ser sostenido él mismo en una situación semejante.[5]
XIXDel humilde siervo de DiosEs fiel el siervo que devuelve a Dios todos sus bienes; quien retiene algo para sí perderá incluso lo que cree poseer.[5]
XXDel religioso bueno y del religioso vanoEl siervo no se tiene por mejor cuando lo alaban ni por peor cuando lo desprecian, pues ante Dios vale solo lo que realmente es; ¡ay de quien se pone en lo alto y no quiere descender![5]
XXIDel religioso frívolo y locuazEl buen religioso halla gozo solo en las palabras y obras de Dios y conduce a otros a amarlo; el religioso vano se divierte con charlas frívolas.[5]
XXIIDe la correcciónEl siervo sabio habla con mesura, no busca recompensa con las palabras y guarda en el corazón los dones recibidos, mostrándolos más bien con las obras.[5]
XXIIIDe la humildadEs dichoso quien acepta con paciencia y humildad la corrección, aun cuando sea injusta, y repara gustoso sus errores.[5]
XXIVDel verdadero amorEs humilde quien trata a sus súbditos como se comportaría ante sus superiores y se mantiene siempre dispuesto a ser corregido y a castigarse con el arrepentimiento y la confesión.[5]
XXVDe nuevo sobre lo mismoInvita a amar al hermano igual en la enfermedad que en la salud, lejos o cerca, sin hablar a sus espaldas de un modo que no se emplearía en su presencia.[5]
XXVIQue los siervos de Dios honren a los clérigosHay que tener fe en los sacerdotes que viven según las normas de la Iglesia y no juzgarlos, pues eso corresponde solo al Señor; quien los desprecia comete una culpa más grave, dada la sacralidad de su ministerio.[5]
XXVIIDe la virtud que ahuyenta al vicioDonde hay amor y sabiduría no hay temor ni ignorancia; la paciencia y la humildad excluyen la ira, la pobreza alegre excluye la avaricia, y así con otras virtudes.[5]
XXVIIIHay que esconder el bien para que no se pierdaEs dichoso quien atesora los dones de Dios en el cielo, sin mostrarlos a los hombres para obtener recompensas, y guarda en el corazón los secretos del Señor.[5]
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Referencias

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