José Sánchez de Neira, en 1896, define: “Voz que usan los toreros para significar el arreglo o buena disposición de la cabeza de los toros al ejecutar con ellos la suerte de matar. Se supone que se trata de una cabeza descompuesta, levantada o humillada, que con el buen manejo de la muleta ha sido ahormada, es decir, que se ha hecho olvidar al toro el vicio de moverla en dirección diferente a la de la costumbre recta y natural. También se dice que el picador ahorma la cabeza de las reses con puyazos bien señalados, cuando vienen abantas y levantadas”.[2]
Cossío, en el “Vocabulario” con el que inicia su Tratado,[3] define ahormar como “acción de ajustar, arreglar o colocar el diestro la cabeza de los toros, en la mejor disposición para ejecutar las suertes del toreo”, y a continuación aplica un uso del término del escritor crítico Juan Guillén Sotelo en un libro de 1914: “Joselito el Gallo, muy voluntario, ahormó como mejor pudo al segundo, que fue el más difícil…”
Patier[4] repite exactamente la definición de la RAE.
Nieto Manjón[5] aporta la entrada del verbo y la del adjetivo. En cuanto a ahormar, sigue prácticamente la definición de Cossío, pero con doble sujeto actuante: “el diestro o el picador”, lo que le obliga a intercalar también la apostilla de que lo hacen “por medio de la muleta o de otro modo”. También recurre a un ejemplo de uso, del crítico César Jalón (Clarito) en sus Memorias: “… y ahormasen, quedándose aptos para la faena de muleta”. En cuanto al uso adjetival, ahormado, Nieto Manjón expresa una buena cualidad: “Dícese del toro cuando lleva fija la cabeza y embiste con rectitud”. Y asimismo resalta que “el tercio de varas” es propicio para que el toro quede ahormado.
José Carlos de Torres define también verbo y adjetivo. Ahormar es “conseguir, gracias a la muleta y otras suertes, que el toro se coloque de un modo adecuado para estoquearle”. Reproduce indirectamente la definición de Sánchez de Neira respecto a la labor de los picadores. En cuanto a Ahormado (toro): "Cuando el torero, con la muleta sobre todo, logra colocarlo en disposición apropiada para ejecutar la suerte suprema".[6]
Del análisis de todo lo anterior solo se echa en falta una alusión concreta a la suerte de capa, cuando, evidentemente, los lances de recibo, con juego de piernas, tienen como objetivo primordial ahormar el ímpetu imprevisible del animal para, a continuación, componiendo la figura, buscar la estética más quieta de los lances de verónica, u otros. Después vendría la importante labor del picador, la labor justa y oportuna del peón con el capote de brega, y de nuevo, si es necesario, la del propio torero en los pases iniciales de muleta, intentando dejar el toro ahormado para el resto de la faena.