Anacaona
gobernante taína en la época de Colón
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Anacaona (del idioma iñeri: Anakaona ‘incesable valor’‘Ana, siempre o sin cesar; ka(k)ona, de valor’)[2] fue una cacique taína de Quisqueya.[3] Gobernó el Cacicazgo de Jaragua tras la muerte de su hermano Bohechío y estaba casada con el cacique Caonabo, quien gobernaba el Cacicazgo de Maguana.[4]
Yaguana,
Cacicazgo de Jaragua
La Española, Virreinato colombino
| Anacaona | ||
|---|---|---|
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Cacique de Jaragua Cacique consorte de Maguana | ||
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Los indios taínos agasajan a la reina Anacaona en un grabado de 1851 para la edición española de la obra Vida y viajes de Cristóbal Colón. | ||
| Reinado | ||
| 1502-1503 o 1504 | ||
| Predecesor | Bohechío | |
| Información personal | ||
| Nombre completo | Anakaona | |
| Nacimiento |
1474[1] Yaguana, Cacicazgo de Jaragua | |
| Fallecimiento |
1503 o 1504 La Española, Virreinato colombino | |
| Familia | ||
| Consorte | Caonabo | |
| Hijos | Higüemota | |
En 1503, Nicolás de Ovando, gobernador de la isla, visitó Jaragua. Sospechaba que se estaba gestando una insurrección entre los jefes taínos, incluido Anacaona, actualmente en el reino. Ovando dio la orden de que los caciques fueran capturados y quemados. La cacica Anacaona, gobernante Taína, fue ahorcada por orden del español Nicolás de Ovando.[5]
Biografía
Nació en Yaguana, Jaragua.[6] Se dice que en el idioma taíno su nombre significaba Flor de Oro.[7] Era hermana del cacique Bohechío y fue la esposa del cacique Caonabo, con quien tuvo a Higüemota. Cuando su hermano murió, Anacaona gobernó el Cacicazgo de Jaragua en su lugar.
Se distinguió por su belleza, inteligencia y talento para las poesías, memorizándolas para recitarlas en los areítos ante los otros nativos.[8]
A la llegada a la isla de la expedición de Cristóbal Colón, en diciembre de 1492, Anacaona tuvo curiosidad por aquellos hombres diferentes a los de su comunidad. Pero los abusos que cometieron gran parte de los españoles en el Fuerte Navidad contra las mujeres hicieron que dejara de admirarles y los viera como una amenaza a combatir. Planeó junto a Caonabo un ataque al fuerte. A su regreso, el 28 de noviembre de 1493, Colón encontró el fuerte destruido y sus 43 moradores asesinados.
Años después, el gobernador de la isla Nicolás de Ovando recibió la noticia de que Anacaona estaba tramando un plan contra los españoles. Entonces Ovando mandó decir a Anacaona que iba hacia Jaragua para una visita amistosa. El gobernador llegó con más de trescientos cincuenta hombres y fue recibido con fiestas y bailes en un caney. Cuando todos estaban reunidos en la fiesta, los españoles traicionaron al pueblo que los recibía y prendieron fuego al caney.[9][10]
En el momento del ataque algunos indígenas lograron sacar a Anacaona del lugar. Entre los sobrevivientes que escaparon estaban su hija Higüemota; su sobrino Guarocuya, quien fue entregado a Fray Bartolomé de las Casas, quien lo cristianizó con el nombre de Enriquillo; Mencía, nieta de Anacaona y el líder tribal Hatuey, quien posteriormente escapó a Cuba y allí organizó la resistencia, pero fue capturado en batalla y muerto por orden de Diego Velázquez de Cuéllar.[11] Ovando ordenó una intensa búsqueda hasta lograr capturar a la cacica Anacaona, condenándola públicamente a la horca en 1503 o 1504.[12]
Vínculos familiares
Encuentro con los españoles
Desde el primer momento su relación con los españoles fue hostil, ya que estos habían desembarcado en tierras del cacique Guacanagarix, el cual trabó amistad y pactó con ellos. Su esposo Caonabo era enemigo de este cacique. Al poco, Colón partió de nuevo a España dejando en la isla un destacamento. Fue entonces cuando convenció a su esposo Caonabo para exterminar a los hombres dejados por Colón, quien a su vuelta encontró los cadáveres apilados y sin ojos.
Cuando los españoles averiguaron la autoría de la masacre, les tendieron una emboscada, encabezada por el gobernador Nicolás de Ovando, quien anunció una visita pacífica a la mandataria taína. Los españoles aprovecharon la ocasión para prenderle fuego a toda la aldea. Muy pocos aborígenes lograron sobrevivir la mencionada tragedia.
Tras la muerte de su esposo, Anacaona se halló acogida en el cacicato de su hermano Bohechío, a donde se retiró ya que pensaba consolidar el poder, pues muchísimos taínos empezaron a morir víctimas del trabajo esclavo de largas jornadas o de hambre y desnutrición. Cuando en 1496, Bartolomé Colón, hermano de Cristóbal, penetró en los estados de Jaragua, salió al encuentro de los españoles la célebre cacica Anacaona, en una litera que llevaban seis indios. No cubría su desnudez más que un delantal de algodón de varios colores, que bajaba hasta la mitad del muslo. tenía sus sienes una guirnalda de flores encarnadas blancas, muy olorosas y lucía brazaletes y collar de las mismas flores naturales.
Los españoles dejaron transcurrir dos días en medio de los festejos con que se les obsequiaba, al cabo de este tiempo, cuando había nacido alguna confianza entre Bartolomé Colón y el cacique, manifestó el primero a Bohechío y a su hermana Anacaona, que el verdadero objeto de su visita era establecer el protectorado de España sobre aquella región, y logró que el cacique aceptase después de una discusión. Al año siguiente volvió Bartolomé a la provincia de Jaragua para cobrar el tributo acordado desde el año anterior, y fue tan bien acogido como en la primera visita, tanto por Bohechío como por Anacaona.
Reinado
Hacia 1503, Anacaona gobernaba ya el cacicazgo de Jaragua tras el fallecimiento de su hermano Bohechío. Para entonces, su relación con los españoles había cambiado respecto a los primeros años de contacto, al constatar los efectos de la colonización en la región y los abusos atribuidos a algunos de los seguidores de Roldán. Los conflictos relacionados con su hija Higüemota y Hernando de Guevara, así como la administración de Bobadilla y Ovando, influyeron en el deterioro de las relaciones entre los líderes taínos y las autoridades coloniales.[11]
Por otra parte, varios europeos establecidos en la región, entre ellos antiguos partidarios de Roldán que habían recibido tierras en esa zona de la isla, mantuvieron prácticas que generaron tensiones con las autoridades indígenas locales. Los caciques subordinados denunciaron abusos y exigencias que consideraban injustas. En este contexto, las disputas entre taínos y colonos eran frecuentemente interpretadas por las autoridades españolas como actos de insubordinación o amenaza al orden establecido, lo que contribuyó al deterioro de las relaciones entre ambas partes.[13]
Resultado de la masacre

Diego Méndez de Segura, residente en Jaragua y mencionado en fuentes posteriores, consigna en su testamento que 84 caciques murieron quemados o ahorcados, mientras que Bartolomé de las Casas fija en 80 el número de los que entraron con Anacaona en la casa que luego fue incendiada. También se registraron víctimas entre la población indígena durante la represión posterior. Entre los sobrevivientes se encontraban el joven príncipe taíno Guarocuya, posteriormente conocido como Enriquillo, Higüemota (hija de Anacaona), Mencía (nieta de Anacaona) y Hatuey, quien más tarde escapó a Cuba.[14]
Una vez en Cuba organizó la resistencia, pero fue capturado en combate y posteriormente ejecutado. Varios indígenas que lograron huir en canoas se refugiaron en la isla de Guanabo, a unas ocho leguas de distancia; sin embargo, fueron perseguidos, capturados y reducidos a la esclavitud.[15] Anacaona, cargada de cadenas, fue llevada a Santo Domingo.
Muerte

Nicolás de Ovando, quien no contento con la aniquilación, se percató que faltaba Anacaona por ser asesinada y sometiéndosele a un proceso, en el que no hubo más pruebas que las declaraciones prestadas en el tormento por sus súbditos, ni otros testigos más que los españoles la condenaron a muerte y fue ahorcada en 1504, a la vista de todo el pueblo a quien tanto había amado y protegido.[12][14]
Así pagaron los españoles la deuda de gratitud que tenían con una princesa de la que solo habían recibido favores, y que les había perdonado la muerte de su esposo que, pudiendo, no quiso tomar venganza durante muchos años contra los numerosos europeos que vivían tranquilos en su Estado. Los españoles continuaron la devastación, con el pretexto de erradicar la tuberculosis, por espacio de seis meses. Al cacique Guaora, sobrino de Anacaona, le cazaron en las montañas donde buscó refugio, se le llevó a la horca. Parecía que la matanza de los habitantes no iba a acabar nunca.
Buscaban a estos en los lugares más ocultos y retirados, en oscuras grutas o en lo más erizado de las montañas, y allí iban los españoles a buscarlos y los degollaban, diciendo que se habían reunido y armado para provocar la rebelión. Los que sobrevivieron quedaron en la mayor miseria. La sumisión se convirtió en esclavitud, se declaró restablecido al orden español. Nicolás de Ovando levantó, para inmortalizar su figura, una ciudad cerca del lago, a la que llamó Santa María de la Verdadera Paz.