Si por parte de nuestras tropas se hacían preparativos, por la del enemigo no cesaron en toda la noche los trabajos para hacer más eficaz la defensa: se abrían nuevos fosos y cañoneras, se practicaban aspilleras en los muros, se colocaban retenes en las torres y en las azoteas, y se obstruían las calles con obstáculos de todas clases.
Al sentir el enemigo que una fuerza, la de Elizondo, ocupaba la plazuela de San Juan, Márquez enrió á Zires á que reforzara la plaza de toros, gran anfiteatro de mamposteria que por si solo es inexpugnable, pero que en aquella vez fué poderosamente fortificado: Márquez dirigía personalmente los trabajos. Todas estas operaciones se hacían en medio de un nutrido fuego, en la noche del 17 al 18 de Diciembre de 1863.
Comenzaba á amanecer. De lo alto de la colina de Santa María se dejó oir un cañonazo que repitieron los ecos de las montañas. Entonces la poderosa artillería del Ejército republicano rompió sus fuegos al Norte y Poniente de Morelia.
Momentos después, se oía al rededor de la ciudad un trueno sordo é incesante. El humo comenzaba á cobijar el caserío.
Era que las columnas de ataque penetraban en las calles. Aumentaba el fragor de la guerra; el clarín no cesaba de tocar paso veloz, ¡fuego! los cadáveres tapizaban el suelo; el ambiente estaba saturado de ayes de los moribundos, de maldiciones de los combatientes; la sangre comenzaba á correr; las masas compactas de soldados se abalanzaban sobre los parapetos: en el aire silbaban siniestramente las balas perdidas. Como si el estrépito de la batalla hubiera despertado los ruidos de cien generaciones, un rumor imponente y lúgubre cernía su onda sonora sobre el campo del combate.
La columna á cuyo frente marchaba Caamaño, acometía con tal valor y decisión, que los defensores del Prendimiento pidieron auxilio de una manera desesperada. Los asaltantes ocupaban y§ la contra-escarpa del foso y estaban á punto de tomar la trinchera, cuando llegó personalmente Márquez en socorro del parapeto, acompañado de Ramírez Arellano, con un obús de á 24 y dos piezas de montaña, y del coronel Montenegro con el 4 batallón de linea. Entonces Caamaño y
Márquez se disputaron la posesión de la trinchera, haciéndose de una y otra parte prodigios de valor, y empeñándose, no ya un combate, sino una encarnizada matanza. Pero mientras el enemigo se engrosaba con tropas de su reserva, los nuestros disminuían sin poder ser reemplazados. Los cañones dirigidos por Ramírez Arellano, vomitaban torrentes de metralla. Del lado del imperio caía herido el coronel Montenegro. Márquez dirigía en persona la defensa. En aquel instante se oyó un grito en las filas de los liberales. ¡El coronel Padres ha muerto! Sus soldados recogen el cadáver; se introduce la confusión; Márquez recobra la trinchera y los nuestros retroceden.
Entretanto Cáceres se ha arrojado sobre las fortificaciones del ISmo Perdido y de la Soterraña. Toma la primera trinchera y su banda deja oir los alegres sones de la diana; sigue y ocupa la altura de la fábrica de tabacos; ya desprende una columna sobre la Merced, cuando llegan de refresco á auxiliar á los defensores de aquel punto un batallón de infantería y un cañón de á 8, mandados por el coronel Casarrubias, que cae herido al mismo tiempo que los republicanos se apoderan de la pieza de artillería. De nuevo se escuchan las dianas y los vivas á la República. Pero esta marcha triunfal ha empleado más de dos horas. Márquez sabe lo que pasa por el rumbo de la Merced; deja reforzado el Prendimiento y acude con sus reservas á batir á Cáceres. Este jefe pide auxilio á Echeagaray, que con su división parece que se ha declarado neutral y no se mueve de sus posiciones. Sólo el general Espindola se presta á dar auxilio con su pequeña brigada. Como un león se arroja Márquez con la numerosa reserva sobre los mil hombres de Cáceres: el empuje es irresistible, Espíndola es herido, perdemos la pieza de artillería quitada al enemigo,
y éste recobra sus parapetos. Entonces Berriozábal mandó llamar á Regules.
Por su parte este general había amagado las trincheras colocadas en las calles contiguas á Capuchinas; pero lo hizo con tal arrojo, que sus soldados se apoderaron de ellas. Entonces simuló su ataque sobre el templo y el convento de aquel nombre; pero este ataque falso se convirtió en verdadero y terrible.
Si por estos puntos nuestros soldados daban muestras de intrepidez, la brigada Etizondo no permanecía ociosa. Emprendió el asalto y se apoderó de la iglesia de San Juan y en seguida del panteóp contiguo. Dos veces destacó sobre la
plaza de toros al valiente batallón de Zitácuaro; las dos veces quedó regado de cadáveres el campo exterior. Nopudo más, y permaneció en los puntos ocupados en espera de órdenes.
A la izquierda del lugar en que pasaban estos últimos sucesos, una columna del general Tapia simulaba un ataque falso por el rumbo de San José. El general Zires, que defendía toda esa zona, se vio en la necesidad de pedir auxilio, y le fué enviado el segundo batallón de linea, á las órdenes del coronel Ramón Méndez, que ocupó las alturas de aquel templo. Ahí se empeñó un combate que, por nuestra parte, sólo
en apariencia era formal.
Pero el general Tapia lograba asi su objeto. Mientras tanto, él personalmente conducía dos columnas de ataque sobre el colegio de las Rosas. Conocedor del terreno, y sabiendo aprovechar sus accidentes, cuando los que sostenían las trincheras sintieron aquel movimiento, fué cuando ya los republicanos se arrojaban sobre los parapetos, y no obstante la bizarría con que se hizo la defensa. Tapia se apoderó de las fortificaciones, y rápido atacó el edificio de las Rosas que cayó en su poder. No perdió un instante, ocupó el convento de Teresas, dejando allí una de sus columnas, y avanzó sereno, imperturbable, en medio de un diluvio de balas, hasta penetrar á la plaza de armas, ocupando los portales de Hidalgo y Matamoros.
¡Oh! Si Uraga hubiera tenido una fuerza de reserva y personalmente hubiera estado en el campo de batalla, multiplicándose en todas partes, como lo hizo Márquez, ¡en aquel momento Morelia habría caído en su poder!
Sonaban las dianas de los republicanos en el centro de la ciudad; se repicaba en los campanarios de las Rosas y de las Teresas; el pánico se difundía entre los imperialistas.
¡Entonces pasó lo inconcebible!
Los ayudantes de Uraga llegaban á todo escape á Morelia.
Cuando Tapia recibió la orden. absurda de retirarse, no quiso creerla, y respondió al ayudante: ¡Eso no puede ser! Si ya la plaza está tomada.
— Que cualquiera que sea la situación que vd. guarde, se
retire en el acto, replicó el oficial.
Tapia palideció: puso la punta de su espada en uno de los
pilares del portal y ¡se fué á fondo! ¡El acero quedó hecho pedazos!
Eran como las diez de la mañana. El general Tapia dio la orden de retirada, y en aquellos momentos llegaba Márquez Con toda la reserva. Sabedor de que la plaza de armas estaba ocupada, retiró de San José el 2? batallón de linea y llamó á Ramírez Arellano con la artillería. Con un verdadero ejército se echó sobre Tapia, quien, paso á paso^ tomaba de regreso la dirección de las Ro^as. Asaltantes y asaltados se batían como los mejores soldados. De nuestra parte cayeron heridos los tenientes coroneles Órnelas y Rioseco, y de la del enemigo dos ayudantes de Márquez, que perdió su caballo acribillado á balazos. En aquel acto le daban parte de que los republicanos que atacaban por los demás puntos se pronunciaban ya en retirada. Enardecido con esta noticia, reforzó aún más su tropa con fuerzas del coronel de artillería Ignacio de la Peza, del teniente coronel Juan B. Rodríguez, del comandante de escuadrón Bartolomé Ballesteros, del coronel del 29 de caballería Francisco Lemus y de otros varios oficiales que mandaban piquetes. A un tiempo llegaron las expresadas tropas imperialistas á la plazuela de las Rosas. El general Tapia había ya reconcentrado las suyas, y en buen orden se retiró á la vista del enemigo.
¿Qué había determinado á Uraga á lanzar su orden de retirada? Sólo puede explicarse por los sucesos que se verificaban en las demás líneas de ataque.
Berriozábal había llamado á Regules, según vimos, con el objeto de destinar parte de sus fuerzas á renovar el ataque sobre la Soterraña, y á cubrir con el resto la retirada en caso necesario; pero Regules, después de simular un ataque sobre Capuchinas, avanzó por la calle que conduce á San Francisco, por lo que atrajo sobre sí la atención de Márquez, quien envió al general Gutiérrez con algún auxilio á aquel punto.
Entonces se trabó un reñido combate entre Gutiérrez y Regules, en los momentos en que éste recibía la orden de Berriozábal. Para obsequiarla, se retiró lentamente, sin dejar de batirse, teniendo que hacer alto repetidas veces á fin de obligar al enemigo á que lo respetase. Inmensas pérdidas sufrió esta valiente brigada; pero la más sensible fué la del teniente coronel Antonio Chávez, herido en aquel acto, y que falleció tres días después en Tacámbaro. Chávez era un acrisolado patriota; oriundo de Indaparapeo, desde joven se alistó entre los soldados del pueblo, adquiriendo sus ascensos por su valor y amor á la disciplina militar.
Entretanto, en el Prendimiento, muerto ya Padres, como la columna de ataque que mandaba Caamaño cejó un momento, Márquez, según vimos, reforzando aquel punto, pudo ocurrir por el lado de la Merced.
Caamaño tomó entonces personalmente el mando de la columna, y se lanzó de nuevo sobre la trinchera. La ventaja numérica estaba ya por parte de los que defendían el parapeto. Un torrente de balas inundó la calle, y Caamaño, al pie de la trinchera, cayó gravemente herido; pero lejos de retirarse, ordenó á Salazar que continuara el ataque, aconsejándole que echara pie a tierra, pues aquel jefe estaba a caballo al frente de su batallón. Salazar, con aquel carácter impetuoso que le conocimos, no hizo caso del consejo, y ginete en su corcel, avanzó, lleno de ardor, dando a sus soldados la orden y el ejemplo del asalto. Salazar cayó traspasado del pecho, con
una herida que lo puso en peligro de muerte. Se introdujo en las filas de los asaltantes el desorden natural al ver caer al último de sus jefes. Notarlo los traidores y brincar sobre las trincheras, fue todo uno. El combate se empeñó entonces al arma blanca, encarnizado, terrible, sin que se diera cuartel ni de uno ni de otro lado. Berriozábal acude á quel sitio, nó pudiendo avanzar porque los dispersos se lo impiden; sin embargo, viendo rodeado de enemigos á su ayudante Manuel David Arteaga, se abre paso, le ordena que monte en ancas de su caballo, y ya al retirarse, el corcel dorado de aquel jefe recibe un bayonetazo que dificulta su marcha.
Es éste uno de aquellos momentos en que cada hombre sólo piensa en sí mismo para atacar o defenderse, en que el espíritu de corporación se. funde en un supremo egoísmo. Empero Berriozábal se sobrepone á este sentimiento, y no
abandona á los suyos, presto á acudir personalmente á donde sea necesario.
Entre los asaltantes acaba de ser herido el abanderado del 1 ligero de Toluca. La majestuosa insignia de la patria ya á caer en poder de los traidores. En aquel momento un joven capitán atraviesa rápido entre los soldados, y de entre un grupo de enemigos arrebata el lábaro y lo defiende y se retira con él, seguido de la destrozada columna del ataque. Aquel joven era el capitán José Vicente Villada, a quien Berriozábal asciende al empleo de comandante de batallón en el mismo campo de batalla.
Sólo quedaban en el panteón de San Juan la fuerza de Elizondo y los valientes hijos de Zitácuaro. Para desalojarla, unieron sus esfuerzos Zires, Oronoz, Gutiérrez y Ramírez Arellano, que emprendieron un ataque vivísimo sobre aquella tropa republicana, la cual, viéndose sin apoyo, emprendió la retirada, siendo perseguida por una columna de infantería al mando del teniente coronel Francisco Kedonet.
Los restos dé la División de Michoacán se reorganizaron en el llano de Santa Catarina, al abrigo de los disparos de los cañones situados en Santa María, que hasta aquella hora volvieron a funcionar. Al ver Uraga dispersos los soldados de la más numerosa de sus columnas, se creyó derrotado en todas las líneas de ataque, y ordenó la retirada.
Eran las diez de la mañana. Había concluido la jornada.
En Morelia repicaban las campanas de todos los templos y las músicas repetían las orgullosas dianas que solemnizaban el triunfo de la guarnición; mas el pueblo de la ciudad permanecía ajeno al regocijo.
Márquez no creía en su dicha. Para cerciorarse por sus propios ojos de que los republicanos se retiraban, subió a la azotea de la casa que le servia de alojamiento.^ Desde allí, con su anteojo, divisaba al enemigo que iba alejándose de la ciudad. De repente una bala surca su rostro, y Márquez, chorreando sangre, cae al suelo sin sentido. La hemorragia no fue de gravedad, y recobrando a poco el conocimiento, pudo desde su cama seguir dictando órdenes.
En las calles habían quedado más de mil cadáveres, la mayor parte, de los asaltantes. En los cuarteles de las tropas imperialistas había como setecientos prisioneros.
En la noche fueron fusilados en el mesón de las Animas y en el del Socorro algunos de los ofícÍ9,les liberales que quedaron en poder del enemigo. Se les dio sepultura en las caballerizas.
¡Qué fatal destino el de Márquez de empañar siempre con
sangre el brillo de sus victorias!
En la tarde se volvió a oír el cañón en Santa María. Un
cortejo fúnebre acompañaba el cadáver del general Padres,
muerto por salvar a la patria! Hoy yace en el olvido aquella
tumba solitaria, pero el héroe vive en los fastos gloriosos del
Ejército.