El uso de ciertos ornamentos estuvo reglamentado en los pueblos prehispánicos de México con el fin de diferenciar cargo de poder, estamentos sociales y profesiones. Se tienen registrados bezotes en los rostros de las personas representadas en códices, figuras y esculturas de la clase alta como gobernantes, militares y sacerdotes.[3]
Aunque no fueron un objeto de uso común, se han encontrado bezotes de piedra verde en contextos funerarios de Piedras Negras y Yaxchilán.[5]
En el caso de los mexicas, el bezote se colocaba mediante una incisión con un cuchillo de obsidiana y se colocaba en una ceremonia pública llamada netenxapotlaliztli. A los enemigos presos se les retiraba de manera violenta dejándose la perforación para que la saliva se les saliera por el mismo como una forma de humillación.[2] El bezote se utilizó como una forma de insignia militar, dándose algunos específicos dependiendo de las acciones de guerra efectuadas. En el caso de las deidades Tezcatlipoca tenía entre sus elementos distintivos un bezote. A los comerciantes (pochtecas) que lograban escapar de una emboscada de ladrones se les daba el privilegio de usar un bezote de ámbar para señalar su valentía. En el Códice Mendoza se tienen registrados pueblos que daban tributo en forma de estas piezas. El pueblo mexica conservó ejemplos de bezotes producidos en Teotihuacán.[6]
Para la civilización mixteca el uso se tiene registrado a partir del Posclásico. Se han encontrado los del tipo pieza única, botón y con colgantes.[4] Esta civilización daba un sentido especial a las personas que usaban los bezotes con alguna representación de las deidades, asignándoles una suerte de deificación a sus portadores.[4]
En el caso de la civilización purépecha, el bezote era parte del atavío de su máximo gobernante, el cazonci y ayudaba a diferenciarlo de la población restante. Cuando este dignatario era enterrado, era incinerado con sus joyas incluyendo el bezote.[1]