El padre de Brillante murió justo después del momento en el que él fue concebido. Desde aquella noche, Carolina Grau, su madre, empezó a llevar en su vientre una mancha dorada y brillante, que se fue extendiendo hasta que dio a luz a su hijo. Tras el parto, Carolina perdió la mancha, pero a cambio parió un hijo con piel brillante y de color del oro. La madre, preocupada por las burlas que pudiera recibir su hijo, lo recluyó, aislándolo del mundo exterior.
Conforme crecía, la relación con su madre fue cambiando: Brillante quería salir fuera de la burbuja en la que había vivido hasta ese momento. Un día, Brillante habló a su madre con la misma voz de su difunto padre, un hecho que la dejó paralizada. A partir de ahí, los sucesos extraños fueron sucediéndose, Brillante hablaba con la voz exacta de su padre cada vez más a menudo y la imagen del difunto iba borrándose de las fotos que adornaban la casa de la familia. Carolina Grau, aunque alarmada, trató de seguir viviendo con su hijo como si nada pasara.
Sin embargo, una noche, Brillante, ya con un comportamiento más propio de su padre que de él mismo, se acostó desnudo en la cama en la que dormía junto a su madre desde hacía 8 años. Fue entonces cuando empezó a ser acariciado por Carolina Grau, quien después lo besó y, en mitad de la noche de sexo, devoró al que había sido su propio hijo engulléndolo.