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Cataluña y la esclavitud

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La esclavitud en Cataluña designa la relación histórica entre la sociedad catalana y el fenómeno de la esclavitud. Comprende tanto la presencia del esclavismo como sistema económico y social en territorio catalán, como la participación de comerciantes, navieros e industriales catalanes en el comercio atlántico de esclavos y en la esclavitud colonial en Cuba y las Antillas españolas.[1] Según el historiador Jordi Maluquer de Motes, las naciones hispánicas fueron, en su conjunto, de las primeras en iniciar el comercio de personas y también de las últimas en cesar esta actividad.[2] Durante la Baja Edad Media, Barcelona constituyó el principal mercado esclavista de la Corona de Aragón, abastecido sobre todo por expediciones al Egeo y el Mar Negro. Entre finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, comerciantes e industriales catalanes participaron de manera destacada en el comercio atlántico de esclavos hacia Cuba y las Antillas españolas, y se organizaron en agrupaciones antiabolicionistas como el Círculo Hispano-Ultramarino de Barcelona (1871) y la Liga Nacional, antes de la abolición definitiva en Puerto Rico en 1873 y en Cuba en 1886.

Esclavos descargando hielo en Cuba, ilustración publicada en una revista de Samuel Griswold Goodrich (1832).

Contexto histórico de la esclavitud en Cataluña

El auge del tráfico de esclavos y la proliferación de los mismos comienza en el Mediterráneo apenas finalizada la epidemia de peste negra hacia la segunda mitad de 1300. Antes de la peste negra la provisión de esclavos estaba vinculada a los conflictos bélicos con los reinos de Al-Ándalus. El incremento del número de esclavos recién finalizada la peste negra se puede explicar por un aumento de los salarios debido a la maltrecha demografía tras la epidemia. Este aumento de los salarios por falta de mano de obra «libre» hacía que el esclavo se convirtiera en mucho más rentable. Testimonios de la época afirman que la esclavitud era un fenómeno reciente después de la peste negra.[3]

Durante los siglos X y XI se sabe que había esclavos en Cataluña que trabajaban en los dominios de los condes, de la Iglesia y, en general, de la aristocracia. Estos esclavos eran descendientes de la población que servía a los visigodos y gente que había sido condenada por crímenes graves (adulterio u homicidio). La esclavitud era una institución anacrónica y se consideraba una infamia, existiendo una gran barrera social entre el esclavo y el hombre libre.[4]

El crecimiento del número de esclavos en Cataluña durante la Baja Edad Media se explica por la expansión territorial de los reinos cristianos, la expansión catalana hacia el Mediterráneo y por las expediciones esclavistas portuguesas durante este período.[5] La Barcelona bajomedieval fue uno de los principales mercados esclavistas del Mediterráneo.[6] Algunas cifras muestran cómo las expediciones portuguesas a la costa oeste africana transportaban entre 100 y 200 esclavos por año. Aun así, los catalanes también iniciaron su proceso para convertirse en comerciantes; prueba de la participación catalana en el comercio de esclavos es la creación de la cofradía de Santiago de Barcelona el 20 de marzo de 1455, considerada la primera cofradía de negreros en Occidente.[7] A principios del siglo XV entre el 8,3 % y el 14,3 % de la población en Barcelona era esclava y los catalanes participaban tanto en el comercio como en la posesión de esclavos.[8] Las zonas donde los catalanes realizaban sus expediciones eran el mar Egeo, Constantinopla, Creta y Rodas principalmente.[7] Los establecimientos genoveses del mar Negro abastecían a toda la Europa mediterránea de esclavos tártaros. Debido a los conflictos bélicos y al hambre en la zona había casos de venta de niños a manos de sus padres por la imposibilidad de mantenerlos.[3]

La posesión de esclavos estaba generalizada en todos los estratos de la población: nobles, artesanos, campesinos, y tanto el alto como el bajo clero. Los usos de la mano de obra esclava eran principalmente domésticos y, en menor proporción, agrícolas.[7][8] Pese a ello, existían casos de uso de mano de obra esclava en trabajos auxiliares artesanales cuando los gremios no tenían capacidad de formar a ciudadanos libres.[9] La mayoría de esclavos en la Europa mediterránea medieval eran mujeres, superando en porcentaje el número de hombres. Esto se debe principalmente a que se las consideraba más dóciles y se las podía emplear de manera más diversa: sus tareas iban del uso doméstico al de niñeras, hilanderas, cocineras o limpiadoras, llegando incluso a la explotación sexual por parte de sus propietarios.[3] Se constata el uso de esclavos domésticos a mediados del siglo XV por monjes y monjas del monasterio de Pedralbes, del monasterio de San Miguel de Fay y del Valle de Hebrón, así como por los rectores de San Gervasio, Esparraguera y San Adrián de Besós, entre otros muchos.[3] La tenencia de esclavos constituía un mercado fuertemente regulado: las autoridades del momento, como la Diputación del General en Barcelona, crearon más de 200 disposiciones y leyes entre 1300 y 1521 sobre el comercio y la tenencia de esclavos que regulaban desde la obligación de pasar revisiones médicas cuando los mercaderes llegaban a las playas, hasta el pago de impuestos.[8]

Durante esa época las fugas de esclavos eran muy habituales y generalizadas; tanto fue así que en 1421 la Diputación del General creó la Guardia de esclavos, encargada de garantizar el retorno del esclavo fugado a su propietario. Esta Guardia se financiaba con un seguro obligatorio que debían pagar los propietarios de todos aquellos esclavos varones mayores de once años. El pago equivalía aproximadamente al 1,1 % del valor del esclavo en cuotas anuales.[9] La propia creación de la Guardia llevó a los propietarios a descuidar la vigilancia, lo que hizo aumentar las fugas.[9] Si la Guardia no conseguía devolver al esclavo fugado, debía pagar al propietario el valor del mismo. En 1431 la aseguradora quebró a causa del aumento de las fugas, dejando registro de 1.759 esclavos asegurados en Cataluña.[8] El número de esclavos en Cataluña se concentraba básicamente en Barcelona; en el resto del territorio se contaban por decenas y estaban en manos de unos pocos propietarios privilegiados. Hay estimaciones que afirman que hacia 1431 un 70 % de los esclavos en la Corona de Aragón se encontraban en la ciudad y distrito de Barcelona, mientras que en el resto del territorio había unos 534, repartidos del siguiente modo: 25 % en Gerona y su obispado, y un 5 % en Perpiñán y el obispado de Elna. Puede considerarse que Cataluña no era una sociedad esclavista, sino una sociedad con esclavos. Esto se debe principalmente a que el esclavo era, para los estratos acomodados, un artículo de lujo, y para los estratos trabajadores y artesanos, una inversión costosa: en Cataluña, el precio de un esclavo era equivalente al salario de entre 5 y 8 años de un trabajador.[3] Hacia la segunda mitad del siglo XV el comercio y la tenencia de esclavos entran en decadencia.[8]

Durante la Edad Media y hasta el siglo XVIII, las razias musulmanas sobre el litoral catalanoaragonés condujeron también a la captura de habitantes cristianos —en particular en pequeños asentamientos costeros— que eran trasladados a los mercados de esclavos del norte de África. Como respuesta a este fenómeno, en 1218 el mercader Pere Nolasc, con el apoyo del rey Jaime I de Aragón, el obispo de Barcelona Berenguer de Palou y el dominico Ramon de Penyafort, fundó en la catedral de Barcelona la Orden de la Merced, cuyos religiosos asumían por un cuarto voto el compromiso de redimir a los cautivos cristianos en tierras musulmanas, ofreciéndose ellos mismos como rehenes cuando el rescate resultaba insuficiente.[10]

La esclavitud colonial catalana en Cuba y las Antillas españolas

Patio del ingenio azucarero en Cuba (1853): viviendas de los esclavos a la izquierda, mansión del propietario en el centro y trapiche a vapor a la derecha, con esclavos transportando caña.

La participación catalana en la esclavitud está estrechamente ligada a las Antillas españolas y, en especial, a Cuba. Durante el siglo XVI la riqueza de la isla radicaba en la minería de cobre y algunos yacimientos de oro, dejando en segundo término la agricultura y la ganadería. La actividad económica de la isla, desde el primer momento de la conquista y destrucción de la sociedad indígena, fue llevada a cabo por esclavos negros. A principios del siglo XVIII se experimenta un fuerte crecimiento de la economía de la isla que la lleva a ser una de las exportadoras de azúcar más importantes del mundo. Estas explotaciones azucareras eran trabajadas por esclavos y así fue hasta finales del siglo XIX.[1][2] La presencia catalana en la isla ya empezaba a ser efectiva desde el primer tercio del siglo XVI, cuando se encuentran indicios de los primeros catalanes propietarios de explotaciones azucareras.[1] La supervivencia de la esclavitud hasta finales del siglo XIX se explica por la gran rentabilidad tanto del comercio como del uso de esclavos como fuerza de trabajo. Prueba de ello es el fracaso del experimento de Miguel Estorch al intentar introducir asalariados catalanes en la producción de azúcar.[1]

Juan Güell y Ferrer (1800-1872), industrial catalán enriquecido en La Habana y primer presidente del Círculo Hispano-Ultramarino de Barcelona.

Pese a que la esclavitud se prohibió en el territorio peninsular español en 1837, no fue hasta 1873 cuando se abolió la esclavitud en Puerto Rico ni hasta 1886 en Cuba. Las presiones en contra de la abolición de la esclavitud en las colonias provenían tanto de los territorios de ultramar como de la propia península. Los empresarios catalanes con intereses en las Antillas no fueron una excepción a la resistencia al abolicionismo. En 1841 la Junta de Comercio de Barcelona inició una serie de acciones contra el creciente movimiento abolicionista internacional encabezado por el cónsul inglés en Cuba David Turnbull. Dentro de estas acciones se encuentran la creación de diversas reuniones a favor de la continuidad de la esclavitud, en las que participa el empresario Miquel Biada.[2] Buena parte del empresariado catalán con intereses en Cuba estuvo totalmente en contra de los principios del levantamiento independentista de la isla hacia 1844 y, posteriormente, de la guerra de 1869. La primera fuerza militar que llegó a la isla en la conocida como Guerra de los Diez Años fue un batallón de voluntarios catalanes que iban marcados con el distintivo de la barretina. Inicialmente financiados con aportaciones privadas, el gobierno del general Prim aceptó la demanda de la Diputación de Barcelona de enviar el batallón a la isla.[1]

Entre los catalanes con intereses en la isla —no todos comerciantes de esclavos, pero sí compradores— figuran Bernadí Rencurrell, Jaume Partagàs y Ravell, Ventura Almirall, Joan Jover y Batlle, Salvador Samà y Martí, Josep Baró y Blanxart, Antoni Font, Josep Gener y Guasch, Maria Flaquer, Joan Roig y Jaques, Miquel Estorch, Joan Güell y Ferrer y Miquel Biada.[1][2] En cuanto a familias y dinastías, otros ejemplos son los Xifré y Casas, Biada y Buñol, Güell y Ferrer, Gumá, Vidal-Quadras, Bosch y Alsina, Torrent y Carbonell, Espriu, Canela y Raventós y Milá de la Roca.[1]

La participación catalana en el comercio atlántico de esclavos

La entrada del comercio español de esclavos comienza con fuerza a partir de la ruptura de relaciones entre las coronas de España y Portugal en 1640, cuando los portugueses perdieron el monopolio del comercio en favor de comerciantes españoles.[11] La demanda de esclavos en las colonias españolas entre 1701 y 1750 estaba satisfecha por compañías extranjeras: primero por la Compañía Francesa de Guinea y más adelante por la South Sea Company inglesa. A consecuencia del conflicto bélico entre España e Inglaterra conocido como Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-1748) Inglaterra pierde el monopolio del comercio de esclavos en las colonias y es cuando comienzan a entrar los comerciantes españoles con un sistema de concesiones por parte de las autoridades. Esto generó la creación de la Compañía Gaditana de Negros por parte de Miguel Uriarte.[2] No es hasta 1765 cuando Carlos III concede al Puerto de Barcelona la autorización para comerciar directamente con las Antillas; varios comerciantes catalanes, dentro de la Compañía de Barcelona, llevan algodón a la capital catalana y esclavos a Puerto Rico.[1][2] Pese a todo, es en la conocida como fase «legal» del comercio (1790-1820) cuando los negreros catalanes hacen su entrada en el comercio de esclavos, principalmente en las Antillas españolas.[1][2] El gobierno español decidió liberalizar el comercio de esclavos hacia 1788 por miedo a los crecientes movimientos abolicionistas ingleses.[2] Finalmente, el tratado del 22 de septiembre de 1817 entre España e Inglaterra abolía el tráfico de personas negras, con una prórroga de tres años. Este pacto dio lugar al período de tráfico clandestino de esclavos, que se prolongó hasta aproximadamente 1867.[12] En el tratado se estipulaba que las marinas españolas e inglesas tenían la obligación de detener y enviar a juicio a las embarcaciones sospechosas de tráfico.[1][2]

Sin embargo, mientras que la marina inglesa realizó un total de 243 capturas de embarcaciones negreras españolas —de las cuales 56 se consideran catalanas— entre 1821 y 1842, la marina española no efectuó ninguna captura hasta 1842.[2] Se calcula una media de 23 expediciones esclavistas españolas y catalanas anuales entre 1789 y 1790. Aun así, durante este período los primeros comerciantes siguen siendo los americanos, con 898 embarcaciones,[2] hasta 1810, cuando la demanda de esclavos crece desmesuradamente[1] y los barcos extranjeros quedan apartados por el dominio español.[2] En los últimos años del tráfico legal de esclavos, de 1816 a 1819, el 76,41 % de los esclavos enviados a Cuba provenían de embarcaciones catalanas.[1][2] En la etapa de tráfico clandestino, la cantidad de expediciones catalanas a Cuba crece hasta un total de 220 expediciones entre 1821 y 1845. Entre 1807 y 1836, un total de 56.563 esclavos fueron liberados en Sierra Leona provenientes de Cuba y las Antillas. Con el aumento de la persecución del comercio de esclavos y la aparición de un abolicionismo más fuerte, hacia mediados del siglo XIX las expediciones negreras se reducen. Para sustituir la mano de obra esclava se empezaron a realizar expediciones de irlandeses, gallegos, canarios y chinos en situación de semiesclavitud. Una de las principales compañías de culíes (trabajadores procedentes de India o China) era la catalana «La Alianza» de Colomé, Ferrán y Dupierris. Esta compañía fue multada en 1866 por la muerte de 8.159 culíes —el 15 % del total— durante el viaje hacia Cuba.[1] Según un reportaje de The Guardian que sintetiza la investigación historiográfica reciente, entre 1817 y 1867 los catalanes participaron, directa o indirectamente, en el traslado de unos 700.000 esclavos desde el África occidental hasta el Caribe, y los beneficios de esa actividad contribuyeron a financiar la industrialización de Cataluña y el auge constructivo de Barcelona en el siglo XIX.[12] Estos registros de capturas y otras estadísticas del comercio esclavista atlántico están agregados en la Trans-Atlantic Slave Trade Database, un archivo digital multiinstitucional con datos de unos 36.000 viajes esclavistas (1514-1866) utilizado como herramienta de referencia por la investigación reciente, que incluye también expediciones individuales con Barcelona como puerto de partida.[13]

Decadencia de la esclavitud y resistencia catalana al abolicionismo

Los crecientes movimientos abolicionistas llevaron a determinados sectores económicos catalanes a organizarse en lo que se llamó Círculo Hispano-Ultramarino de Barcelona, en 1871.[14] Formado por residentes en las Antillas, realizaron una serie de reuniones contra el abolicionismo y a favor de la continuidad de las colonias en manos españolas. No obstante, el gobierno español, con el apoyo de Amadeo I, decretó la abolición definitiva en Puerto Rico en 1873. Este hecho provocó el temor de muchos a que Cuba fuese la próxima. Justo después del anuncio de la ley de abolición en Puerto Rico se inició un proceso de reclamación y protesta que culminó con una serie de escritos que demandaban la protección de la esclavitud. Lo firmaban instituciones como el Fomento de la Producción Nacional, el Instituto Agrícola Catalán de San Isidro, el Instituto Industrial de Cataluña y la Sociedad Económica de Amigos del País. Más adelante, este movimiento antiabolicionista quedó canalizado por una coalición contra el gobierno reformista de Amadeo I conocida como Liga Nacional. Este grupo estaba formado por unas 100 personas que iban desde dos obispos de Barcelona, 10 catedráticos de la Universidad, accionistas fundadores del Banco Hispano Colonial, 23 consejeros de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona, entre otras entidades y políticos catalanes. Pese a la abdicación de Amadeo I en 1873, la ley quedó aprobada y la Liga, disuelta. La esclavitud en Cuba resultaba ser la forma más eficaz de mantener la dominación de la isla por parte de España. Sin embargo, había ciertas voces discordantes respecto a la esclavitud: es el caso de republicanos federales como Baldomer Lostau y Prats, que en una reunión de la Liga Nacional en la Lonja de Barcelona se atrevió a referirse a España no como «la madre patria de Cuba, sino su madrastra». En 1886 son liberados los últimos esclavos en Cuba, poniendo fin a la esclavitud en Cataluña.[1] El historiador Martín Rodrigo y Alharilla ha documentado que, lejos de oponerse al Estado colonial español, las élites económicas catalanas del último tercio del siglo XIX defendieron activamente su continuidad: en el conflicto cubano se alinearon con el sector más conservador y proesclavista de la isla —el llamado integrismo cubano— y se opusieron tanto a las reformas coloniales discutidas en Madrid como a la independencia de Cuba.[14] Una expresión concreta de aquel posicionamiento fue el batallón de voluntarios catalanes —reconocibles por la barretina— financiado por el empresariado catalán para combatir en la Guerra de los Diez Años,[1] y su pieza financiera más duradera fue el Banco Hispano Colonial, fundado en 1876 y encargado de gestionar las aduanas cubanas hasta el final de la dominación española sobre la isla en 1898.[14]

Los indianos catalanes y el legado material de la esclavitud

Buena parte de los comerciantes catalanes enriquecidos en Cuba y Puerto Rico regresó a Cataluña a lo largo del siglo XIX e invirtió sus capitales sobre todo en los sectores inmobiliario y financiero de Barcelona y de localidades como Sitges o Villanueva y Geltrú, según el historiador Martín Rodrigo y Alharilla, de la Universidad Pompeu Fabra.[15] En Villanueva y Geltrú —de donde salió el 20 % de la emigración catalana a América entre 1778 y 1820— un estudio encargado por el ayuntamiento a los historiadores Eduard Rama y Mónica Álvarez documentó en 2021 un total de 119 elementos arquitectónicos, monumentales o del nomenclátor con vínculos directos o indirectos con el comercio de esclavos.[15] El proyecto «España Esclavista», dirigido por Rodrigo con financiación de la Agencia Estatal de Investigación, presentó en 2024 un mapa interactivo de lugares vinculados al pasado esclavista español; en esa fecha incluía 137 referencias, 78 de ellas en Cataluña —30 en Barcelona, 22 en Villanueva y Geltrú y 15 en Sitges—.[16]

Memoria pública y debate contemporáneo sobre la esclavitud en Cataluña

A López y López (Venanci Vallmitjana, 1884; reproducción de 1944 por Frederic Marès), monumento al empresario y esclavista Antonio López y López, primer marqués de Comillas, retirado del espacio público de Barcelona el 4 de marzo de 2018.

El 4 de marzo de 2018 el Ayuntamiento de Barcelona retiró del espacio público la estatua del esclavista Antonio López y López, primer marqués de Comillas, inaugurada en 1884 en la plaza barcelonesa que llevaba su nombre.[17] La plaza fue renombrada Plaça d'Idrissa Diallo en 2022, en memoria de un joven migrante guineano fallecido en el Centro de Internamiento de Extranjeros de la Zona Franca en 2012; la antropóloga Camila Opazo-Sepúlveda, de la Universidad de Barcelona, la ha analizado como un caso de patrimonio disonante en el que conviven los discursos institucionales y las contranarrativas de colectivos antirracistas, migrantes y racializados.[18] La emisión en febrero de 2023 del documental Negrers. La Catalunya esclavista en el espacio Sense ficció de TV3 —basado en un reportaje de la revista Sàpiens— reabrió el debate público sobre el alcance de la participación catalana en el comercio atlántico de esclavos; la consejera de Igualdad y Feminismos de la Generalitat de Cataluña Tània Verge sostuvo que Cataluña debía afrontar ese racismo del pasado para combatir el racismo presente, mientras el antropólogo Gustau Nerín, especialista en historia colonial española, interpretó la emisión como un signo de creciente voluntad de discutir el tema.[12]

Véase también

Referencias

Bibliografía

Enlaces externos

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