Compra de votos
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La compra de votos ocurre cuando un partido político o candidato distribuye dinero o recursos a un votante o varios antes de unas elecciones con la intención de conseguir su voto.[3] La compra de votos puede hacerse con dinero, objetos o servicios.[4] Si bien esta práctica es ilegal en muchos países como Estados Unidos, Argentina, México, Kenia, Brasil y Nigeria, su prevalencia sigue siendo mundial. Es un concepto relacionado con el clientelismo (clientelism) y con la política clientelista (patronage politics). Existen muchos otros métodos de fraude electoral (consultar abajo el enlace Categoría:Fraudes electorales).
En algunas partes de los Estados Unidos, a mediados y finales del siglo XIX, los miembros de partidos rivales competían, a veces abiertamente y otras en secreto, para comprar y vender votos. Los votantes recibían una compensación en efectivo o la devolución de impuestos. Para mantener en secreto la compra de votos, los partidos abrían puestos de compra de votos con personal completo.[5] Los partidos también contrataban a intermediarios, que salían a buscar votantes indecisos y negociaban con ellos para que votaran por su bando.[5]
En Inglaterra, la documentación y las historias sobre compra y venta de votos también son conocidas. Los episodios más famosos de compra de votos ocurrieron en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando 2 o más aristócratas ricos gastaron todo el dinero necesario para ganar. Las "elecciones derrochadoras" tuvieron lugar en Northamptonshire en 1768, cuando tres condes gastaron más de 100 000 libras (en el siglo XVIII eso era muchísimo dinero, millones de libras esterlinas actuales) cada uno en sus candidatos favoritos.[6]
Los votantes pueden recibir dinero u otras recompensas por votar de una manera específica o por no hacerlo. En algunas jurisdicciones anglófonas la oferta o entrega de recompensas por votar de determinada forma se conoce como electoral treating.[7] La traducción literal, trato electoral o tratamiento electoral, no se emplea en español con ese significado. Se hablaría primero, directamente de compra de votos,[8] y después, si no se desea repetir, de pucherazo, aunque estrictamente esa es otra práctica. La compra de votos sigue siendo legal en algunas jurisdicciones, como en la Nación Indígena Seneca.[9]
Una de las principales preocupaciones con la compra de votos radica en qué grupo de votantes es más propenso a aceptar una compensación a cambio de su voto. Académicos como Stokes argumentan que los votantes que solo se oponen débilmente al partido comprador son los más adecuados para la compra de votos.[10] Dirigirse a estos votantes aumenta el recuento de votos del comprador, pero también priva a la oposición de votos que de otro modo habría recibido. Dado que los votantes neutrales podrían votar en ambos sentidos, comprar sus votos resulta menos eficaz.
Otros académicos argumentan que las personas de bajos ingresos son el grupo cuyo voto mejor puede comprarse, ya que son las más receptivas a la compensación monetaria o de otro tipo.[10] Dado que los pobres pueden no tener suficiente dinero para comprar artículos básicos, generalmente bastaría con un pago reducido para comprar sus votos. Los ricos, que cuentan con los recursos suficientes para afrontar problemas importantes en sus vidas, estarían menos dispuestos a vender un voto a menos que se les ofreciera un precio más alto. La evidencia de Argentina y Nigeria respalda esta opinión.
Monitoreo de votos
El problema de la compra del voto es la comprobación por parte del comprador de que el vendedor cumple su compromiso. Como en principio el voto es secreto, el comprador no tiene modo de realizar esta comprobación. En el voto por correo esto es diferente. Cuando el votante lo solicita, se le envían las papeletas de voto por correo a su casa. Si el procedimiento de votación exige que el votante escoja una papeleta de varias, toma la del partido comprador y la introduce en el sobre de votación. El partido comprador recoge luego los sobres de los votantes vendidos, comprueba que votan por él y los deposita en la oficina postal. Esto puede evitarse con la doble identificación: primero se exige al votante su documento de identidad cuando pide las papeletas en la oficina postal, y después, cuando deposita su voto.
La comprobación es más difícil cuando las papeletas se emiten en secreto en un centro de votación.[10] Se han dado casos de papeletas de voto supervisadas.[11] Los votantes que habían vendido su voto utilizaban papeletas de voto especialmente proporcionadas, o doblaban su papeleta de una forma específica para indicar que habían votado por el candidato por el que se les había pagado.
Otra estrategia ha sido invocar normas sociales personalizadas para que los votantes cumplan con sus compromisos en las urnas.[4] Dichas normas sociales podrían incluir obligaciones personales como deudas morales (obligación moral), obligaciones sociales del votante con el comprador, o la amenaza por parte del comprador de retener o dejar de producir algo que el votante necesita o disfruta. Esto resulta más eficaz cuando las recompensas son entregadas personalmente por el candidato o alguien cercano a él, para generar un sentimiento de gratitud en los votantes hacia el candidato.[4] Pero tiene el problema de que, si la compra de votos es ilegal en ese país, el candidato podría ser encausado judicialmente con muchas pruebas en su contra.
Votación en cadena
Si un comprador consigue una papeleta en blanco (por robo, falsificación o una papeleta legítima de voto en ausencia), puede marcar en ella a sus candidatos y pagar a un votante para que la lleve a un colegio electoral, donde recibirá una papeleta en blanco. Depositará en la urna la papeleta marcada y llevará al comprador la que le dieron en blanco. El comprador podrá rellenarla y dársela a otro votante comprado, quien a su vez le traerá otra en blanco, y así el número de veces que dé tiempo en la jornada electoral. Esto se conoce en inglés como chain voting, que se podría traducir como votación en cadena,[12] pero esa expresión no se usa en español, ya que en los países hispanohablantes generalmente no se emplean sistemas de votación que permitan esta trampa. Se puede controlar en los colegios electorales emitiendo un número único para cada papeleta en blanco, que se verifica y se arranca al depositarla en la urna.
