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Consecuencialismo

doctrina ética que relaciona corrección de un acto con el valor de sus resultados From Wikipedia, the free encyclopedia

En ética, el consecuencialismo, también conocido como ética teleológica (del griego τέλος telos, 'fin', en el sentido de finalidad) se refiere a todas aquellas teorías de la ética normativa que sostienen que la corrección o incorrección de nuestras acciones está determinada por el valor o desvalor que ocurre debido a ellas. Para las teorías consecuencialistas, una acción se juzga correcta si genera el mayor bien posible o un excedente de la cantidad de bien sobre el mal. Así, en la visión consecuencialista el buen proceder es el que optimiza algunos valores dados axiológicamente por una metaética, siempre que los valores hagan referencia a un efecto en el mundo.[1]

Jeremy Bentham, padre del utilitarismo, una de las principales teorías consecuencialistas.

Un aspecto destacado es la existencia del consecuencialismo negativo, el cual otorga prioridad absoluta a la reducción de desvalores como el sufrimiento. Según esta perspectiva, no existe valor positivo en sí mismo que pueda compensar el daño inherente de los desvalores. Este enfoque puede clasificarse en dos variantes principales: el consecuencialismo negativo pleno, que sostiene que solo se puede reducir el desvalor sin fomentar directamente valores positivos, y el consecuencialismo negativo moderado, que permite la promoción de valores positivos siempre que no interfiera con la reducción prioritaria de desvalores (Broome, 1991; Slote, 1984).

Otra división clave es entre el consecuencialismo directo y el indirecto. El primero aboga por evaluar cada acción de forma individual en función de las consecuencias inmediatas, mientras que el segundo plantea que seguir estrategias o reglas que produzcan mejores resultados a largo plazo es más efectivo, incluso si estas no maximizan el valor positivo en situaciones específicas. Hay distintos tipos de consecuencialismo indirecto: Uno es el consecuencialismo de las virtudes, que defiende que debemos actuar con un carácter moral virtuoso que haga que nuestros actos tengan el mejor resultado posible. Pero el tipo más popular es el consecuencialismo de las reglas, sugiere que debemos actuar conforme a un conjunto de reglas cuya implementación continua garantice mejores resultados globales (Hooker, 2000).

El consecuencialismo satisfaccionista añade otra capa de matiz, al proponer que no es necesario maximizar siempre el impacto positivo, sino actuar hasta alcanzar un nivel suficiente de impacto positivo. En contraste, el consecuencialismo maximizador sostiene que las acciones correctas son aquellas que logran el mejor resultado posible en todas las circunstancias (Slote, 1984). Estas diferencias no solo reflejan debates sobre la intensidad del compromiso ético que demanda el consecuencialismo, sino también cómo deben equilibrarse los intereses individuales y colectivos en la práctica moral.

Por último, las críticas al consecuencialismo señalan su potencial para justificar actos que en otros contextos serían inaceptables, como sacrificar a unos pocos para beneficiar a muchos. No obstante, los defensores argumentan que este enfoque permite evitar resultados catastróficos y maximizar el bienestar colectivo, adaptándose a la incertidumbre inherente de las decisiones humanas al basarse en expectativas razonables en lugar de resultados garantizados (Railton, 1984).

Formulaciones

Existen tantas éticas consecuencialistas como concepciones del valor. Así, hay posiciones consecuencialistas prioritaristas, igualitaristas, perfeccionistas y de muchos otros tipos. Entre ellas se pueden encontrar también muchas formas de utilitarismo (las mejores consecuencias para el mayor número), el egoísmo moral (las mejores consecuencias para mí mismo) y la ética del altruismo (las mejores consecuencias para el otro) de Auguste Comte.

Las éticas consecuencialistas son un grupo de teorías éticas que emana deberes u obligaciones morales que buscan lograr un fin último, que presume bueno o deseable. También se le conoce como ética consecutiva, ya que se basa el juicio de los actos en sus consecuencias, y se opone a la éticas deontológicas (del griego δέον, deber), que sostienen que la moralidad de una acción es independiente del bien o mal generado a partir de ella.[2]

El consecuencialismo sostiene que la moralidad de una acción depende solo de sus consecuencias (el fin justifica los medios);[3][4] cabe recalcar que las acciones también son importantes por sí mismas, ya que pueden ser consecuencias. El consecuencialismo no se aplica solo a las acciones, pero estas son el ejemplo más prominente.[3] Creer que la moralidad se trata solo de generar la mayor cantidad de felicidad posible, o de aumentar la libertad lo más posible, o de promover la supervivencia de nuestra especie, es sostener una postura consecuencialista; porque aunque todas estas creencias difieren en cuanto a los valores que importan, están de acuerdo en que lo deseable toma forma de alguna consecuencia.[4] Por ejemplo, la teoría consecuencialista hedonista identifica el bien con placer y el mal con el dolor; y la eudemonista tiene como objetivo la realización plena de la felicidad.

Una manera de clasificar a los distintos tipos de consecuencialismos es a partir de los agentes que se deben tener en cuenta cuando se consideran las consecuencias de las acciones. Esto da lugar a tres categorías de consecuencialismo:[5][6]

  • Egoísmo moral: una acción es moralmente correcta si produce consecuencias positivas para el agente.[7]
  • Altruismo: una buena acción es aquella que produce el bien de los demás, a expensas del agente.
  • Utilitarismo: una acción es moralmente correcta si predominan los resultados favorables sobre los indeseables, independientemente de quiénes sean los beneficiarios. Por tanto, la mejor acción posible es aquella que produce el mayor bien; tal y como sería medido por un observador imparcial.[8]

En contra de las éticas consecuencialistas se ha argumentado que es imposible estimar completamente las consecuencias de una acción, por lo que es difícil alcanzar juicios seguros sobre estas.

La respuesta que daría el consecuencialismo a tal objeción sería que el valor de una acción no estaría determinado por las consecuencias reales de tal acción sino por los presupuestos sobre la probabilidad de sus resultados. La probabilidad es la que crea nuestras creencias y por lo tanto, la que nos conduce a actuar, por eso es lo que se debe tener en cuenta. El riesgo de caer en un pragmatismo excesivo es otra posible objeción contra las éticas consecuencialistas, pues la explotación o subordinación de unos grupos pudiera parecer justificada en función de algunas consecuencias benéficas para individuos u otros grupos. Aunque es importante mencionar que el consecuencialismo solo está de acuerdo en causar daño a un grupo si el grupo beneficiado es mayor y si el disfrute obtenido es superior al sufrimiento causado al grupo perjudicado.

Por ello el consecuencialismo suele definirse, de forma más precisa, no como la posición según la cual debemos actuar para que ocurra lo mejor, sino como aquella según la cual debemos actuar del modo que sea esperable que ocurra lo mejor o lo menos malo.[9] Frente a esto, algunos han sostenido que la acción correcta es la que efectivamente consigue mejores resultados, posición conocida como consecuencialismo objetivo.

Consecuencialismo objetivo
hemos de actuar del modo que realmente hará que lo que ocurra sea positivo y no negativo.[10] A diferencia de las demás distinciones, suele considerarse que esta es puramente conceptual, pues en la práctica no altera cómo debemos actuar: al no poder tener certeza sobre los resultados, actuamos según lo que cabe esperar razonablemente. [11]

Comparación con otras éticas normativas

El consecuencialismo ha sido tradicionalmente identificado como una de las tres grandes aglomeraciones de teorías de ética normativa; siendo las otras dos la deontología y la ética de la virtud. Se distingue de la deontología en que esta última enfatiza la inquebrantabilidad de los deberes independientemente de los resultados. También difiere de la ética de la virtud, la cual se centra en la importancia de las motivaciones del agente moral.

Escenarios como el de la mentira piadosa, el dilema del tranvía o la legitimidad de la redistribución de la riqueza capturan la distinción entre consecuencialismo y deontología. Mientras que para el consecuencialismo los medios empleados solo importan en la medida que desencadenan consecuencias indeseables, restando a la bondad neta del acto completo, para la deontología existen algunos medios que bajo ninguna circunstancia se verían justificados.

Por otro lado, se ha dicho que el consecuencialismo es capaz de explicar la importancia del carácter de la persona (propio de la ética de la virtud) en términos de la instrumentalización del consecuencialismo. Según algunos consecuencialistas los motivos son acciones en potencia: revelan información acerca de las posibles acciones venideras de un agente y por lo tanto también tienen relevancia moral, si bien no son buenos o malos per se. No obstante, el partidario de la ética de la virtud dura podría defender la realidad de la bondad o maldad de un pensamiento aislado, y la existencia de pecados y crímenes de pensamiento. Mientras que para el consecuencialismo la mentira a veces podría ser el menor de los males, para la deontología nunca es admisible, y para la ética de la virtud incluso tomar la decisión de mentir y nunca concretarla ya es literalmente malvado.

Origen del término

El término consecuencialismo fue acuñado por G.E.M. Anscombe en su ensayo "filosofía moral moderna" en 1958. Desde entonces es común en la teoría moral de lengua inglesa. Sus raíces históricas se hallan en el utilitarismo, aunque teorías éticas anteriores consideraban a menudo las consecuencias de las acciones relevantes para la deliberación ética. Debido a este lazo histórico con el utilitarismo, estos dos términos se superponen, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta que el utilitarismo presenta la importante característica formal que asumen las teorías consecuencialistas: se trata de la importancia de las consecuencias de las acciones. Por otro lado, en 1979 Amartya Sen propone la idea de separar el consecuencialismo como un elemento del utilitarismo, en donde este mismo tiene tres elementos: primero, el "bienestarismo" (welfarism), o el interés en el bienestar personal para definir la utilidad; segundo, la "ordenación mediante la suma" (sum ranking), o la evaluación al sumar la utilidad individual; y por último, el "consecuencialismo" o la tesis de evaluar las opciones y acciones exclusivamente a través de los estados de cosas que éstas generen, o al contrario, que los estados de cosas alternativos se evalúen estrictamente en términos de sus componentes, excluyendo las intenciones y la identidad de sus responsables.[12]

Definición

El consecuencialismo, como sugiere su nombre, sostiene que los resultados de una acción compensan cualquier otra consideración en la deliberación moral. En el consecuencialismo, lo correcto es definido como "la maximización de lo bueno", y esta maximización es definida "independientemente de lo correcto", ya sea como utilidad, felicidad, placer o de alguna otra manera.[12] La mayoría de las teorías consecuencialistas se centran en la maximización de las situaciones óptimas -después de todo, si algo es bueno, más de lo mismo será mejor. Sin embargo, no todas las teorías del consecuencialismo adoptan esta postura.

Aparte de este perfil básico, hay poco más que se pueda decir de forma inequívoca sobre el consecuencialismo. Algunos problemas, sin embargo, reaparecen en un número considerable de teorías del consecuencialismo. Por ejemplo:

  • ¿Qué determina el valor de consecuencias? es decir ¿qué elementos componen una buena situación? Pero es la axiología la disciplina que se ocupa de estudiar el valor, no el consecuencialismo.
  • ¿Quién o cuál es el beneficiario primario de la acción moral? Pero es una cosmovisión particular (antropocentrismo, sensocentrismo, biocentrismo, etc.) la que determina qué seres son los pacientes morales de una acción.
  • ¿Quién juzga cuáles son las consecuencias de una acción y cómo? Pero podemos conocer cuáles son las consecuencias de una acción mediante la causalidad, pues une una acción y lo que sucede a continuación (las consecuencias de dicha acción).

Tipos de consecuencialismo

Aunque suele suponerse que el consecuencialismo prescribe realizar en cada caso los actos que hacen que ocurra lo mejor, existen distintas variantes que difieren en qué es aquello cuyo valor determina lo correcto. Conviene advertir que la diferencia entre el consecuencialismo y el deontologismo no reside en que el primero se ocupe de las consecuencias y el segundo de los actos: dado que la realización de una acción forma parte de las consecuencias de llevarla a cabo, una posición consecuencialista puede tomar como valiosos o desvaliosos los actos mismos (por ejemplo, considerar que mentir es malo en sí y prescribir que se minimice el número de mentiras). Lo distintivo del deontologismo no es centrarse en los actos, sino no prescribir que se haga aquello que resulta mejor.[13]

Consecuencialismo de los actos, de las reglas y de las virtudes

El consecuencialismo de los actos sostiene que hemos de actuar en cada caso para que lo que ocurra sea positivo y no negativo. Se le han planteado varias objeciones: que los efectos indirectos de nuestros actos pueden ser más importantes que los directos; que su seguimiento podría generar en los demás expectativas negativas que empeorasen la situación; y que puede conducir a conclusiones contraintuitivas, como no admitir prohibiciones categóricas.[14]

Ante estas objeciones surgen otros tipos de consecuencialismo. El consecuencialismo de las virtudes entiende las virtudes como rasgos de carácter cuya interiorización y ejercicio ocasiona los mejores resultados posibles; según él, debemos desarrollar un carácter moral virtuoso y actuar como este nos moviera a hacerlo. Se distingue así de las posiciones que consideran que el ejercicio de la virtud es valioso en sí mismo.[15]

El consecuencialismo de las reglas sostiene que debemos seguir ciertas reglas porque algo relativo a ellas (su seguimiento continuado, su interiorización colectiva o su enseñanza general) es lo que mejor promueve que lo que ocurra sea positivo. En su versión más discutida, las reglas que deberíamos seguir no son las que de hecho harían mejor la situación, sino las que tendrían los mejores resultados si fuesen interiorizadas colectivamente por la mayoría de los agentes morales; otras versiones se centran en las reglas cuya enseñanza general tendría el mejor impacto.[16]

Se ha objetado que el consecuencialismo de las reglas, o bien prescribe actuar de manera inadecuada, o bien acaba «colapsando» en un consecuencialismo de los actos: como toda regla puede tener efectos malos en ciertos casos, para obtener una regla óptima habría que ir matizándola sucesivamente hasta que el conjunto de reglas quedara ajustado a lo mejor en cada acto. Sus defensores responden que ha de haber un punto a partir del cual dejar de matizar las reglas tiene mejores consecuencias que seguir haciéndolo.[17]

Estas variantes suelen relacionarse con la distinción entre consecuencialismo directo e indirecto: según el primero, lo que debemos hacer viene determinado por si las consecuencias directas de ello son buenas; según el segundo, por las consecuencias de alguna otra cosa asociada (como que una regla sea de un tipo cuya interiorización o enseñanza general tendría buenos efectos).[18]

Consecuencialismo maximizador y satisfaccionista

Las teorías consecuencialistas paradigmáticas son maximizadoras: dado que lo correcto consiste en hacer que ocurra lo mejor, prescriben maximizar nuestro impacto positivo en todo momento.

Consecuencialismo maximizador
lo que hemos de hacer es aquello que, de entre todas las opciones disponibles, consigue la mejor situación posible, o lo conseguiría si se diesen ciertas condiciones.

Frente a ellas, hay posiciones según las cuales maximizar el impacto positivo es digno de elogio pero no obligatorio. Estas aceptan la distinción entre lo correcto y lo supererogatorio (lo que no es moralmente requerido, pero es digno de aprobación) y admiten prerrogativas relativas a agentes: exenciones que permiten dejar de actuar para que lo que ocurra sea positivo una vez ya se ha actuado así hasta cierto punto.[19]

Hasta hace unas décadas se consideraba que estas posiciones no eran consecuencialistas, porque se definía el consecuencialismo como la posición que prescribe actuar siempre de modo que el mundo sea lo mejor posible.[20] En la actualidad se lo define, en cambio, como la posición según la cual lo que debemos hacer depende de lo que es valioso; así, las teorías que hacen depender lo correcto de lo valioso solo hasta cierto punto y que aceptan prerrogativas relativas a agentes también son consecuencialistas, siempre que no admitan razones para actuar independientes del valor. Estas suelen denominarse satisfaccionistas.[21]

Consecuencialismo satisfaccionista
lo que debemos hacer depende de que lo que ocurra (o lo que podría ocurrir si se diesen ciertas condiciones) sea positivo, o no sea negativo, como mínimo hasta un cierto punto distinto del óptimo.[22]

Consecuencialismo negativo

Las posiciones consecuencialistas pueden ser simétricas o asimétricas respecto del valor positivo y negativo. Según las simétricas, es correcto causar cierto desvalor si con ello se promueve una cantidad suficiente de valor positivo; según las asimétricas, esto no tiene por qué ser así. Dentro de las asimétricas, algunas se limitan a dar más importancia a lo negativo que a lo positivo, mientras que otras sostienen que lo único que debemos hacer es reducir lo negativo; estas últimas se conocen como consecuencialismo negativo.[23]

Consecuencialismo negativo
lo que debemos hacer depende de que no sea negativo lo que ocurra de hecho, o lo que podría ocurrir si se diesen ciertas condiciones.

Puede defenderse por entender que no existen cosas positivas en sí mismas, sino solo negativas; o que solo es posible evitar valores negativos; o que las cosas positivas solo pueden promoverse reduciendo las negativas. Se diferencia de otras éticas centradas en el sufrimiento en que estas, aunque prioricen reducir lo negativo, pueden aceptar además otras restricciones sobre lo que debemos hacer.

Grados de corrección: modelo escalar y binario

Una cuestión relacionada es si la corrección y la incorrección admiten grados. Según el modelo escalar, cómo actuamos puede evaluarse en una escala de corrección e incorrección, de modo que es posible actuar de manera más o menos correcta: entre la forma de actuar más correcta y la más incorrecta hay un espectro de posibilidades intermedias. Según el modelo binario, en cambio, podemos actuar de manera correcta o incorrecta, sin que la corrección y la incorrección admitan grados.[24] También son posibles modelos mixtos —por ejemplo, que por encima de cierto nivel todas las acciones sean igualmente correctas mientras que por debajo puedan ser cada vez más incorrectas— y modelos con escalas discontinuas. [11]

Paradigmas no consecuencialistas

Las teorías no consecuencialistas son aquellas que sostienen que hay ciertas acciones a que son correctas pese a que no causen que ocurra algo mejor, o que hay acciones que hacen que ocurra algo mejor pero son incorrectas. Hay 3 grandes clasificaciones de estos paradigmas:

Deontologismo

Defiende que hay acciones que debemos, o no, hacer simplemente porque son correctas o incorrectas, sin tener en cuenta sus consecuencias. Hay ciertas posiciones deontológicas que establecen una diferencia entre los distintos modos de hacer que algo ocurra o que no lo haga, aún que tenga los mismos resultados. Teniendo en cuenta la causa de esta diferencia, podemos clasificarlas por:

  • Restricción relativa a agentes: No se debe realizar un acto que esté prohibido, aunque esto haga que sea otro agente el que incumpla una prohibición.
  • Restricción relativa al tiempo: No debemos realizar un acto prohibido aún si esto ocasiona que vayamos a realizar otro en un futuro.
  • Distinción entre actos y omisiones: Puede estar justificado el no actuar para evitar un daño aún estando injustificado causarlo.
  • Principio del efecto doble: La distinción entre efectos deseados y efectos previstos pero no deseados es relevante y aceptable en nuestras decisiones morales. Estas posturas consideran que algo puede ser evaluado como correcto o incorrecto en función de la intención buscada con ello.

Deontologismo negativo

Defiende que debemos priorizar el evitar cosas negativas sobre ocasionar cosas positivas.

Éticas del carácter

Debemos actuar conforme nos moverían a hacerlo ciertos rasgos de carácter. Podemos diferenciar distintas éticas del carácter en función de los rasgos de carácter que debamos practicar:

  • Ética de la virtud: Hay que actuar conforme nos llevarían a hacerlo ciertos rasgos de carácter excelentes.
  • Ética del cuidado: Hay que actuar conforme a una disposición a atender las necesidades de quienes nos rodean.

Particularismo

Debemos actuar en cada caso de forma independiente al resto de casos.

Antiteoría

Debemos actuar como dicta la moral, sin hacer ética normativa, pues no es posible construir una teoría ética. Está teoría se sostiene en que si la moral es solo resultado de un juego de lenguaje debido a una forma de vida concreta en la que estamos, no tenemos por que buscar una justificación que nos lleve a abandonar nuestras intuiciones.

Véase también

Referencias

Bibliografía

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