En Venezuela, el cultivo del durazno tipo Amarillo (Prunus persica), especialmente en la Colonia Tovar (estado Aragua), representa una actividad agrícola significativa tanto por su importancia económica como por su valor nutricional y sensorial. Este fruto es altamente apreciado por productores y consumidores debido a su sabor ácido-dulce, rendimiento en pulpa y valor comercial, atribuible a su calidad y vida útil.
Con el objetivo de optimizar su manejo poscosecha, un estudio caracterizó la calidad físico-química del durazno producido en esta región, estableció categorías comerciales basadas en el peso del fruto (entre 59,7 y 132 g) y evaluó la efectividad de distintos métodos de acondicionamiento y almacenamiento. Los tratamientos incluyeron aplicaciones combinadas de vapor de vinagre, inmersión en solución de cloruro de calcio y empaque en bolsas plásticas perforadas. Posteriormente, los frutos fueron almacenados en condiciones ambientales (28 ± 2 °C y 70 ± 1 % HR) y bajo refrigeración comercial (13 ± 1 °C y 90 ± 2 % HR).
Los resultados indicaron que los duraznos acondicionados y refrigerados conservaron su calidad hasta por 9 días, en contraste con los 6 días de vida útil observados bajo condiciones ambientales. Entre las variables de calidad más destacadas se encontraron los sólidos solubles totales (18,2 °Brix), la acidez titulable (0,44 % como ácido cítrico) y la firmeza (13,7 kgf·mm⁻¹). Estos hallazgos respaldan la implementación de técnicas de refrigeración como estrategia para mejorar la rentabilidad y disponibilidad del fruto en el mercado local.[3]
En paralelo, y dada la creciente necesidad de aprovechamiento integral de subproductos agroindustriales, se ha comenzado a estudiar el potencial de los residuos generados durante el procesamiento del durazno, particularmente la piel externa aterciopelada del fruto. Una investigación realizada entre mayo y agosto de 2013 en la Colonia Tovar recolectó muestras de pieles retiradas mecánicamente y las analizó en el Laboratorio de Tecnología de Alimentos del CITEC, aplicando metodologías oficiales de COVENIN, CITEC y la AOAC.
El análisis reveló que esta fracción del fruto posee un contenido proteico del 4,5 %, 0,9 % de grasa y 1,4 % de cenizas, clasificándose en las Divisiones B y A1 debido a su insolubilidad en agua y solubilidad en disolventes orgánicos. Estas propiedades abren nuevas posibilidades para su utilización en la producción de compuestos de valor agregado, contribuyendo así a la sostenibilidad y diversificación de la industria agroalimentaria regional.[4]