Ducha vaginal

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Una ducha vaginal es un dispositivo que se utiliza para introducir un chorro de agua u otras mezclas de líquidos en la vagina por razones médicas o higiénicas, o por el propio chorro.[1] Si bien generalmente, el término «ducha» se refiere a la irrigación vaginal, o al enjuague de la vagina, también puede referirse generalmente al enjuague de cualquier otra cavidad corporal (en un sentido diferente al uso general de la palabra ducha). Las mujeres usan duchas vaginales por razones que incluyen la higiene general, prevenir o tratar el olor vaginal, la higiene relacionada con el sexo o para prevenir o tratar infecciones, o como método anticonceptivo.[2]

Una pera de goma vaginal

Estos productos se venden en casi todas las farmacias en la mayoría de países y se pueden comprar muy fácilmente, lo que los hace disponibles para mujeres que necesitan productos de higiene femenina.[3] Las duchas vaginales suelen incluir una bolsa que contiene el líquido utilizado (agua, agua con jabón u otros o múltiples agentes, p. ej., antisépticos[2]). Para evitar la transferencia de bacterias intestinales a la vagina, no se debe usar la misma bolsa para un enema y una ducha vaginal.

Hacerse una ducha vaginal después de tener relaciones sexuales como método anticonceptivo no es eficaz. Las duchas vaginales se asocian con una serie de problemas de salud, entre ellos cáncer de cuello uterino, enfermedad pélvica inflamatoria, endometritis y un riesgo más alto de infecciones de transmisión sexual.[4] A pesar de que los médicos recomiendan constantemente no realizar duchas vaginales,[5] entre el 29 % y el 92 % de las mujeres en todo el mundo informan que se las realizan.[2]

Etimología

La palabra ducha llegó al castellano a través del francés douche, a su vez del italiano docciaducha» de docciare «rociar» o «verter a gotas»), probablemente del latín ductionem (de ducere «conducir, guiar», referido a transportar agua». [6] En español como en francés y otros idiomas, la palabra se usa para referirse a una ducha, como un lugar en el que una persona se baña bajo un chorro de agua. En el sentido que se usa en este artículo, y que hace referencia a la limpieza vaginal, el término tuvo su origen en el idioma en inglés en 1833.[6]

Descripción general

Aparato de ducha vaginal con tanque de cinco cuartos de galón de un texto de enfermería de 1905

Las duchas vaginales como productos de higiene femenina se refieren a baños vaginales que pueden incluir agua, agua mezclada con vinagre o jabón o incluso productos químicos antisépticos. Las duchas vaginales han sido promocionadas por tener supuestamente varios beneficios, que no han sido comprobados. Además de prometer limpiar la vagina de olores indeseados, también pueden usarlas mujeres cuyas parejas desean evitar el contacto con la sangre menstrual durante las relaciones sexuales. Anteriormente, las duchas vaginales se utilizaban también después de sostener relaciones sexuales como un método anticonceptivo, aunque no son efectivas en lo absoluto. Su uso también es común entre trabajadoras sexuales.[2]

En la actualidad, muchos profesionales de la salud afirman que las duchas vaginales son de hecho peligrosas, ya que interfieren tanto con la autolimpieza normal de la vagina como con el cultivo bacteriano natural de la vagina, y pueden introducir o propagar infecciones. Las duchas vaginales han sido asociadas con una amplia variedad de peligros, que incluyen resultados adversos durante el embarazo (incluyendo embarazos ectópicos, bajo peso al nacer, trabajo de parto prematuro, parto prematuro y corioamnionitis), así como resultados ginecológicos de gravedad (p. ej., un mayor riesgo de cáncer de cuello uterino, enfermedad pélvica inflamatoria, endometritis y un mayor riesgo de infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH). Las duchas vaginales también predisponen a las mujeres a desarrollar vaginosis bacteriana (VB),[7] que se asocia además con resultados adversos del embarazo y un mayor riesgo de infecciones de transmisión sexual.[4] Debido a esto, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los EE. UU. desaconseja enérgicamente las duchas vaginales, citando los riesgos de irritación, vaginosis bacteriana y enfermedad pélvica inflamatoria (EPI). Las duchas vaginales frecuentes con agua pueden provocar un desequilibrio del pH de la vagina y, por lo tanto, pueden poner a las mujeres en riesgo de sufrir posibles infecciones vaginales, especialmente infecciones por hongos.[8]

La «pera de fuente se utiliza para duchas vaginales, reemplazando la boquilla de enema por la boquilla vaginal (mostrada abajo a la izquierda). La boquilla vaginal es más larga y gruesa, y tiene orificios laterales.

Se ha planteado la hipótesis de que las duchas vaginales alteran el cultivo microbiano dentro de la vagina, causando inflamación y brindando una oportunidad para que bacterias patógenas invadan y colonicen el área.[9] Por ejemplo, los antisépticos utilizados durante las duchas vaginales alteran el equilibrio natural de bacterias en la vagina y pueden causar infecciones.[10] Un equipo de ducha vaginal sucio puede introducir cuerpos extraños en la vagina. Las duchas vaginales también pueden introducir bacterias en el útero y las trompas de Falopio, causando problemas de fertilidad.[8] Por estas razones, actualmente se desaconseja enérgicamente la práctica de las duchas vaginales, excepto por prescripción médica.[10]

Se estima que el uso de duchas vaginales tras sostener relaciones sexuales reduce las probabilidades de concepción en apenas un 30 %.[8] En comparación, un uso adecuado del preservativo masculino reduce la probabilidad de concepción hasta en un 98 %.[11] En algunos casos, las duchas vaginales pueden empujar el semen hacia el interior de la vagina, lo que aumenta la probabilidad de embarazo. Una revisión de estudios realizada por investigadores del Centro Médico de la Universidad de Rochester (Nueva York) mostró que las mujeres que tomaban duchas vaginales regularmente y posteriormente se embarazaban tenían tasas más altas de embarazos ectópicos, infecciones y bajo peso al nacer de sus bebés comparadas con mujeres que solo tomaban duchas vaginales ocasionalmente o que nunca lo hacían.[10]

Una encuesta de 1995 citada en el estudio de la Universidad de Rochester encontró que el 27% de las mujeres estadounidenses de 15 a 44 años tomaban duchas vaginales regularmente, pero que las duchas vaginales eran más comunes entre mujeres afroestadounidenses (> 50%) que entre mujeres blancas (21%), [10] y las duchas vaginales frecuentes contribuían a una mayor frecuencida de vaginosis bacteriana entre mujeres afroestadounidenses que el promedio. [7]

La doctora Harriet Hall señala que las duchas vaginales no solo pueden alterar el pH vaginal y provocar infecciones, sino que «no es necesario limpiar la vagina. Se limpia sola». [12]

Por otra parte, en mayo de 2003, se realizó un estudio multicéntrico, aleatorizado y controlado con 1 827 mujeres de entre 18 y 44 años que usaban regularmente duchas vaginales y que habían recibido tratamiento reciente por una infección bacteriana de transmisión sexual o por vaginosis bacteriana. Se asignó aleatoriamente a las mujeres a usar una ducha vaginal de nuevo diseño y comercialización o una toallita húmeda. Hubo poca o ninguna indicación de un mayor riesgo de enfermedad pélvica inflamatoria entre las mujeres asignadas a usar la ducha vaginal (en comparación con la toallita húmeda).[13]

Un revisión sistemática de la literatura hecho en 2021[2] concluyó que existe escasa concordancia empírica entre el uso de duchas vaginales y la mayoría de resultados de salud vaginal. En concreto, el estudio halló que algunas asociaciones se encontraban en un solo estudio o eran mixtas (p. ej., algunos estudios encontraron una asociación entre el uso de duchas vaginales y resultados negativos para la salud, mientras que otros no).[2] Los autores sugieren que estas discrepancias se deben probablemente a tres factores con alta probabilidad de introducir sesgo: (1) la falta de atención constante a posibles factores de confusión, como el contenido de las soluciones para duchas vaginales y su frecuencia; (2) condiciones de muestreo poco ideales (p. ej., reclutar participantes de poblaciones que ya reportan resultados negativos en términos de salud vaginal o que tienen un mayor riesgo de presentarlos); y (3) la dependencia en diseños transversales (a expensas de diseños de ensayos controlados aleatorizados) o la dependencia en datos provenientes solamente de autorreportes.[2] Los autores concluyeron que la relación entre el uso de duchas vaginales y la salud vaginal puede ser más compleja de lo que se ha considerado hasta ahora, en tanto la investigación existente, en su mayoría, no ha considerado importantes factores de confusión potenciales de esta relación, tales como la frecuencia de las duchas vaginales o el contenido de los líquidos utilizados.[2]

Véase también

Referencias

Enlaces externos

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