Educación basada en evidencias
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La Educación basada en evidencias (EBE) ( en inglés Evidence-based education) es un enfoque que promueve la toma de decisiones educativas fundamentadas en investigaciones e información de evaluaciones. Se trata de utilizar datos y evidencias empíricas para guiar la planificación, implementación y evaluación de programas educativos, así como para mejorar los procesos de enseñanza y aprendizajes.[1]
Christian Hederich Martínez, Jorge Martínez Bernal y Lida Rincón Camacho proponen en Hacia una educación basada en la evidencia trasladar al ámbito educativo el enfoque de la medicina basada en la evidencia, con el propósito de sustentar las decisiones pedagógicas en resultados empíricos y revisiones sistemáticas de investigación. Los autores subrayan la importancia de fortalecer la relación entre la práctica docente y la investigación científica para mejorar la calidad educativa.[2]
Este enfoque ayuda a identificar y promover prácticas educativas que hayan demostrado su efectividad.[3] Los resultados se han convertido en una herramienta que permite a educadores, responsables de políticas educativas y administradores tomar decisiones informadas que mejoran la calidad de los espacios educativos.[4] Los aportes provienen de disciplinas como la psicología educativa, la investigación pedagógica y la evaluación de programas y aquellos movimientos de práctica basada en evidencia. La pregunta continua a responder e informar es ¿qué funciona?, y ¿por qué funciona?.[5]
La educación basada en la evidencia tiene sus raíces en la Medicina basada en la evidencia (MBE), impulsada por la epidemiología clínica desde la década de 1970 y consolidada en los años noventa. Un texto clásico la definió como la “aplicación de los mejores resultados de investigación al proceso de toma de decisiones en salud, integrando la experiencia clínica y las preferencias de pacientes y familias”.[6]
El término “evidence-based medicine” fue popularizado a inicios de la década de 1990 en el *ACP Journal Club*, destacando un método que incluye formular preguntas claras, buscar sistemáticamente estudios pertinentes y valorar críticamente la evidencia.[7]
Este enfoque metodológico inspiró la traslación de la lógica empírica al campo educativo, donde se busca fundamentar las prácticas docentes en resultados verificables —como las revisiones sistemáticas— y no solo en la experiencia profesional.[8]