Egohistoria
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La egohistoria define un enfoque historiográfico en el cual los historiadores analizan sus propias trayectorias y métodos de manera reflexiva y objetiva.
Para el historiador francés Pierre Nora, quien acuñó este término en 1987, la egohistoria implica «iluminar la propia historia como se iluminaría la de otro, aplicando a sí mismo, con su propio estilo y métodos, esa mirada fría, omnicomprensiva y explicativa que frecuentemente se dirige hacia los demás.»[1]

En la década de 1980, Pierre Nora observó el nacimiento de lo que él llamó "una nueva era de conciencia histórica"[1]en las obras de sus contemporáneos, que comenzaron a publicarse a finales de la década de 1970.
En la introducción de su obra Essais d'ego-histoire, publicada en 1987, Pierre Nora rememora cómo l'Historien du Dimanche (1980), de Philippe Ariès y Michel Winock, sirvió como el «prototipo» de un género que él deseaba ver nacer. Dicho género surgió de una entrevista en la que Winock indagó en la vida de Ariès, un historiador de trayectoria no académica que, no obstante, alcanzó responsabilidades científicas y una posición académica por caminos alternativos al currículo convencional. Nora también relata cómo Winock, al participar en el ejercicio de autonarración, compartió detalles personales significativos en su obra La République se meurt (1978). Además, Pierre Nora subraya que no eran los únicos explorando los límites de la disciplina histórica; menciona a Emmanuel Le Roy Ladurie y su obra París-Montpellier: PC-PSU, 1945-1963 (1982),[2] así como a Pierre Goubert, quien en el prefacio de La France d'Ancien Régime (1984) presentó Naissance d'un historien: hasards et racine (Nacimiento de un historiador: azar y raíz). Sin embargo, destaca especialmente a Mona Ozouf, cuyo capítulo «L'image dans le tapis» (La imagen en la alfombra) en su libro L'École de la France (1984) se acercó más a la conceptualización de la entrevista que Nora proponía.
Pierre Nora expone también el contexto historiográfico que le llevó al concepto de autohistoria.[3] Según Nora:[1]
Nació en la encrucijada de dos grandes movimientos: por un lado, la quiebra de los referentes clásicos de la objetividad histórica y, por otro, la mirada del historiador sobre el presente.
El texto explica que hasta entonces, la escuela metódica y la escuela de los Annales habían abogado por el distanciamiento del historiador de su objeto de estudio, enfatizando "el borrado de sí mismo de su obra"[1]y "una sólida desconfianza hacia la historia contemporánea".[1]Este enfoque se complementaba con la tradición francesa en las humanidades, y en particular en las ciencias históricas, de redactar trabajos sin emplear nunca el "yo".
En este contexto, Pierre Nora presentaba los ensayos de su libro como un innovador experimento destinado a "contribuir al desarrollo de un nuevo género: la egohistoria", donde la autohistoria evolucionaba hacia la egohistoria.[3] Él describía este ejercicio como "explicar, como historiador, el vínculo entre la historia que has hecho y la historia que te ha hecho". Para añadir profundidad y diversidad al estudio, Nora invitó a participar a distinguidas figuras de la historiografía, ya reconocidas por sus contribuciones significativas, asegurando así una amplia representación de la disciplina. Entre ellos se encontraban Maurice Agulhon, Pierre Chaunu, Georges Duby,[4]Raoul Girardet, Jacques Le Goff, Michelle Perrot y René Rémond. La obra se publicó en la editorial Gallimard en 1987, dentro de la colección Bibliothèque des histoires, que estaba dirigida por el mismo Pierre Nora. Además, es de destacar que Georges Duby también redactó otra versión de su egohistoria, que fue recuperada de su archivo personal en el IMEC y publicada póstumamente en 2015.[4]
Recepción y reacciones
La redacción de las egohistorias rápidamente se convirtió en un desafío para la mayoría de los investigadores de la época, dada su naturaleza poco convencional. Varios historiadores a quienes Pierre Nora se acercó encontraron dificultades para comprometerse completamente con este ejercicio o para concluirlo, y muchos terminaron retirándose y abandonando el proyecto.[1]El caso más ilustrativo es, sin duda, el de Georges Duby.[4]Reconocido por la calidad excepcional de sus escritos y considerado un modelo a seguir por historiadores más jóvenes,[5] enfrentó grandes dificultades para completar la egohistoria que presentó a Pierre Nora bajo el título Le plaisir de l'histoire (El placer de la historia).
En el prólogo a su relato personal, Duby incluía la advertencia: "Ante todo, un punto crucial: no estoy relatando mi vida. Está convenido que en esta egohistoria sólo expondré una parte de mí mismo. El ego-laborator, si se quiere, o el ego-faber. Porque no hablo de pintura, por ejemplo, ni de teatro, ni de música, porque no digo nada de las personas a las que quiero, está muy claro que lo esencial aquí no se dice".[6] A pesar de su inicial reticencia, volvió a comprometerse con la tarea y en 1988 publicó otra obra titulada L'Histoire continue.[7]
En su introducción a Essais d'ego-histoire, Pierre Nora reivindica la iniciativa y anticipa la reacción que suscitará su publicación. La defiende científicamente como "una tentativa de laboratorio"[1]y como "un movimiento de curiosidad totalmente personal y desinteresado".[1]
En un artículo titulado L'histoire inquiète,[8]publicado en la revista Le Débat en marzo de 1988, la historiadora Arlette Farge adopta una postura crítica hacia la egohistoria. Aunque reconoce que es bastante novedoso que los historiadores narren sus propias experiencias, dado que los métodos historiográficos tienden a distanciarlos de su objeto de estudio, ella no percibe este giro autobiográfico como fundamentalmente distinto de la oleada de autobiografías que se publicaban entonces en Francia. Según Farge, la egohistoria permite a los historiadores justificar su participación en la empresa científica, una necesidad fomentada por el estructuralismo desde los años sesenta,[9]entre otros factores. De manera similar, François Dosse también ofrece un análisis crítico de la egohistoria en un artículo del mismo número, titulado ¿Une égoïstoire?[10]