El Horno o Los alfareros

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Se conoce como El Horno o Los alfareros (en griego antiguo: Κάμινος o Κεραμεῖς) a una vieja canción del Ática. Se trata de un poema de 23 versos hexámetros que en la Antigüedad se atribuyó tanto a Homero como a Hesíodo, pero que los estudiosos modernos no consideran obra de ninguno de los dos poetas.[1] El poema constituye una súplica a Atenea para que conceda el éxito a ciertos alfareros anónimos si pagan por la canción del poeta, seguida de una serie de maldiciones que se cumplirán si no le reembolsan.[2] Ha sido incluido entre los epigramas de Homero, como el epigrama XIV.[3]

«Además de los vasos hay que enumerar ... los cuencos y los platos. De los platos habló Aristófanes en Las naves de carga, y de los cuencos el que compuso Los alfareros, que algunos atribuyen a Hesíodo. Al menos, dice ‘que los vasos y todos los cuencos tomen bien el color negro’».[4]

«Alfareros, si vais a darme este salario por mi canto, ea, ven aquí, Atenea, y mantén tu mano sobre el horno, que los vasos y todos los cuencos tomen bien el color negro, que queden bien cocidos y obtengan el precio merecido cuando muchos sean vendidos en la plaza y muchos en las calles, que muchas ganancias produzcan y que tanto yo como ellos podamos verlas. Pero si, vueltos a la desvergüenza, ofrecéis falsas promesas, invocaré después también a los destructores de hornos, a Rompedor (Σμάραγος), al mismo tiempo que a Crujidor (Ἄσβεστος), Ahumador (Σαβάκης) y Estrellador (Ὄρβελος), y a Domador de lo crudo (Ὀκτύλος) que muchos males proporciona a este arte. Trata de convencer a la que también prende fuego a las casas y que con ella el horno entero se derrumbe entre grandes gemidos de alfareros. Como rumia la mandíbula de un caballo, que rumie el horno toda la cerámica que hay dentro de él, haciéndola trocitos. También tú, hija de Helio, Circe de muchos fármacos, arroja aquí venenos salvajes y malogra sus cuerpos y sus obras. Y que también conduzca hasta aquí Quirón muchos centauros, los que escaparon a las manos de Heracles y los que perecieron. Que malévolos golpes den a estos objetos, que se caiga el horno y que los propios alfareros, entre lamentos, comprendan sus innobles acciones. Y yo gozaré viendo su malhadado arte. Y el que se agache para verlo, que por todo su rostro arda en Ilamas, para que todos aprendan a obrar con sensatez».[5]

Daimones de los alfareros

Bibliografía

Referencias

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