Desde su descubrimiento célebres autores, como Schöndube, argüían que el origen de El Grillo era resultado de la "mesoamericanización" del Valle de Atemajac y el centro de Jalisco, como una clara influencia teotihuacana y tolteca. Estas afirmaciones, incluso lamentables, han sido contestadas por Christopher Beekman, señalando que la Fase el Grillo es la consecuencia de estar en el epiclásico y que si Teotihucán tuvo influencia, fue que su caída facilitó el desarrollo de sistemas políticos locales y la expansión de las culturas de El Bajío; y no una influencia arquitectónica y cerámica diirecta como se había señalado.[2]
Beekman demuestra que Teotihuacán había decaído tiempo atrás de construcciones talud-tablero en la actual Área Metropolitana de Guadalajara (El Ixtépete, El Grillo, Coyula...) y que se puede pensar más en una influencia de El Bajío, especialmente de Guanajuato. No deja de destacar la similitud entre la arquitectura de El Grillo y las obras prehispánicas de ese estado, denominándola "complejo pirámide-patio hundido-altar", rastreando las construcciones más antiguas en el noroeste de Guanajuato en el período clásico temprano al clásico medio de la Fase Morales; algunas obras también se encuentran en el estado de Querétaro.[2] Estos sitios tenían los mismos usos que los de Jalisco y tuvieron su punto de mayor ocupación en el epiclásico, junto con un cambio a terrenos altos, después esta arquitectura desaparece[2] En estos sitios se halla cerámica de origen chupícuara.
La cerámica de El Grillo es semejante a la de la cultura chupícuara; sin embargo, no se ha distinguido una secuencia cerámica que llegue hasta el epiclásico a esta región, como sí se ha hecho en Acámbaro en Guanajuato, el Valle de Querétaro o en Electra, San Luis Potosí. En los últimos sitios mencionados, se puede distinguir la cerámica antigua, de origen chupícuara y con esporádicas conexiones a Teotihuacán, de la cerámica tardía relacionada con la expansión de la población con cuencos rojos, decorados al negativo, atmósfera reductora y símbolos con notable parentesco a la cerámica de la Fase El Grillo. Esta cerámica tardía de estas regiones con sus respectivas fases, data del año 600 d. C.; con excepción de Querétaro que pudo tener esta fase antes. En San Luis Potosí surgen los conjuntos pirámide-patio hundido-altar y a lo largo de El Bajío hay un cambio en el patró funeral: comienzan a flexionar a los muertos.[2]
Ya bien entrado el clásico tardío, vemos que las costumbres de El Bajío continúan expandiéndose: En Michoacán de Ocampo, en el sitio de Zacapu durante la Fase Jarácuaro (500-600 d. C) comienzan los entierros en cajas de piedra y los cuerpos flexionados. En la Fase Lupe del año 600 d. C. hay criptas más grandes y con vasijas decoradas de forma muy similar a las de El Grillo; estas cerámicas y sistemas funerarios se contrastan con la Fase Loma Alta. La arquitectura en forma ceremonial tipo "U" da luces en el año 700 d. C. y el complejo pirámide-patio hundido-altar es hecho el sitio de Tinganio; es importante mencionar que puede que en Loma Alta 3 haya un patio hundido, presentanto otra continuidad arquitectónica.[2]
En la cuenca de Chapala, durante la Fase Pitallo, la más antigua, muestra una evidente cultura de tumbas de tiro, pero en las siguientes fases, Chapala y Puerta Nueva, de los extremos sur y norte, hay vasijas con atmósfera reductora, rojo sobre bayo, molcajetes, ollas y copas; aunque hay ligeras diferencias regionales de norte y sur. En estas fases y en la subsecuente, Cojumatlán, aparecen cuerpos flexionados, una obra en forma de "U" y plataformas semejantes a El Ixtépete.[2]
En la cuenca de Sayula, dentro del estado de Jalisco, hubo un cambio de la tradición de tumbas de tiro de la Fase Verdía a los entierros flexionados en cajas de la Fase Sayula y un notable cambio cerámico, con molcajetes, copas y vasijas que tenían los diseños pueden verser en El Grillo. También construyeron patios hundidos con altares.[2]
En los sitios de Colima y Armería, abandonan las tumbas de tiro y las reemplazan por pequeñas cámaras, además de que aparecen plataformas rectangulares en torno a la plazas. Los molcajetes son trípodes y acanalados o anulares; los cuencos grabados son semejantes a los del sur de Jalisco. Las pruebas de radiocarbono señalan que estos materiales datan del 550 al 600 d. C.[2]
En los complejos de la costa, como Guayacán, Los Cocos, Amapa o Llanitos, tienen contacto con la cultura de tierra adentro, pero no hay un rompimiento brusco hasta la llegada de la cultura de Aztatlán, cuando aparece la arquitectura rectangular de gran tamaño y nuevos diseños decorativos parte del patrón del epiclásico, aunque más complejos.[2][4] Este es el límete de la transformación epiclásica en occidente.
En la septentrional región de Huejuquilla el Alto, se han hallado patios hundidos con altar y balauestrada (o columnata) y cerámica similar a la de la Fase el Grillo datada en el siglo VII d. C.[2] Se distingue, a su vez, un cambio en el rito funerario: en la Fase Cabrero se usaba la tumba de tiro y son reemplazas por tumbas de cámaro en los cerros, semejantes a las tumbas de caja del Valle de Atemajac. Aunado a esto, la arquitectura presenta un cambio radical, abandonando la arquitectura circular (influencia de la Tradición de Teuchitlán) por una rectangular, obras con forma de "U" en San Martín de Bolaños y un patio hundido con altar en la zona de Totoate[2] Se cree que los decorados al negativo pudieron ser más tempranos aquí, juntos con el pantio hundido de Totoate, entre los siglos V y VI d. C.
En La Quemada, Zacatecas, se ha determinado que su habitación principal fue entre los años 600 a 900 d. C, mostrando un conjunto cerámico similar a El Grillo con grabado rojo, bateas, etcétera. Edificaciones con columnas, patios hundidos con altar y en presencia o ausencia de pirámides, están presentes en el Valle de Malpaso.[5][2] Los entierros son flexionados o semiflexionados.
La zona de Chalchihuites,[6] en la Fase Alta Vista, tiene cierta relación con El Grillo, con el grabado de rojo, al negativo; aunque algunas decoraciones son más simples. Una pirámide de Alta Vista, muy parecida a la presene en el centro de Guanajuato, fue cambiada por una columnata. Esta fase ha sido datada desde los años 300-500 a los 750-800 d. C; ciertamente la antigüedad debe estar en un punto medio.[2]
La cultura Coyotlatelco del Valle de México ha sido relacionada, por medio de la cerámica, con las culturas de El Bajío (Fase Prado y Corral de Tula), pese a su cercanía con Tula, Teotihuacán y Toluca. Se han detallado lozas rojas sobre bayo, cocidos en atmósfera reductora, cuencos de base anular o trípodes. Tenían construcciones con columnatas en el patio hundido de Pueblo Perdido; además hicieron entierros flexionados en la Fase Corral y posteriores de Tula. Los primeros análisis de radiocarbono daban inicio a esta fase en el 750 d. C., pero unos más recientes lo recorren entre el 550-600 d. C.[2]
Otra costumbre en común que parte en el epiclásico es la explotación minera. En Chalchihuite aún no se sabe para qué era la enorme red de túneles; pero se determuinó que la mayoría de la actividad minera se desarrolló entre el 600 al 900 d. C. En Michoacán explotaron la mina de obsidiana de Ucareo y sus productos se han encontrado hasta Yucatán; minas de cinabrio en Querétaro y de cinabrio y mercurio de San José Ixtapa, Estado de México. Más regionalmente, la extracción de sal de la laguna de Sayula.[2] Se puede sumar la presencia de tzompantlis en el norte de Mesoamérica, desmembramiento post mortem, quema y exhibición de restos humanos, y posiblemente canibalismo ritual[2]