El libro blanco (Frágil)

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Editor(es) Orsini M. Bertani
Género Poesía
Cubierta Alphenore Goby
País Uruguay
El libro blanco
de Delmira Agustini
Editor(es) Orsini M. Bertani
Género Poesía
Edición original en español
Cubierta Alphenore Goby
País Uruguay
Fecha de publicación 1907 Ver y modificar los datos en Wikidata

El libro blanco (Frágil) es un poemario de Delmira Agustini (1886-1914) publicado en 1907 en Montevideo, ciudad natal de la escritora. Es un poemario escrito en su etapa de formación, por lo que muchas de las composiciones seguían el estilo de sus maestros (Rubén Darío o Julio Herrera y Reissig, entre otros). Ahora bien, su escritura fue mucho más allá de la imitación. Acogió en el seno de sus poemas elementos propios del modernismo como los lugares exóticos y lejanos, personajes mitológicos (hadas, musas, estatuas…), pero dio un nuevo significado a todos ellos y enriqueció así la recepción de sus textos.

Delmira Agustini se inició en la escritura muy temprano. A partir de 1902, a los dieciséis años, comenzó a publicar en periódicos y revistas de diversa índole, destacándose su labor en la revista La Alborada. Tuvo bastante éxito, por lo que preparó su primer libro de poemas, El libro blanco (Frágil), en 1907.[1][2]

La poeta contó con una ayuda en su actividad creadora poco frecuente: la de sus padres. Tanto fue así, que sería su padre quien se ocuparía de ordenar y de pasar a limpio los poemas para, más tarde, continuar su hermano dicha tarea, tal y como apunta García Pinto (2012).[3] Lo que parece claro, entonces, es que Agustini contó con una ayuda económica para dedicarse a lo que disfrutaba desde la calidez de su hogar y rodeada de personas que le transmitían su admiración y apoyo, hecho sorprendente dada la época.

El libro blanco consta de 52 composiciones en verso. Fue editado por Orsini M. Bertani y prologado por Manuel Medina Betancort, escritor y director de la revista La alborada, que, tal y como apunta Jill Kuhnheim (2001), «caracteriza a la autora continuamente como una "virgencita", aumentando los indicios de cómo debemos leer su obra; su poesía no es una amenaza sino un espectáculo».[4] La portada es obra de Alphenore Goby. La recepción, pese a la falta de unidad de los poemas, recibió un gran número de críticas positivas (a partir del siguiente libro, Los cantos de la mañana, incluiría los comentarios laudatorios que fue recibiendo). A partir de entonces y pese a haber sido capaz de hacerse un hueco entre los intelectuales de la época, retomó la escritura en periódicos y suplementos literarios.

Temas

A lo largo del libro, la autora trata temas vinculados a la escritura y a la expresión del deseo femenino, hecho especialmente significativo teniendo en cuenta la época en la que se dio a conocer. Los críticos coinciden en que el tratamiento del amor en El libro blanco (Frágil) es reseñable por las diferencias que ofrece frente a otros poemarios. En el libro que nos ocupa se aprecia un tono optimista y desenfadado que dista mucho de lo oscuro y fatídico de sus siguientes publicaciones. Irán apareciendo imágenes propias del decadentismo francés y del onirismo simbolista que, posteriormente, dejaría huella en las vanguardias. De este modo, «Agustini manifiesta una preferencia por lo ambiguo, lo polivalente, los significados múltiples, la gama vastísima de grises que reproduce el espacio de incertidumbre en que se mueve el ser humano» (Bruña Bragado, 2005),[5] demás, se aprecia la búsqueda de una poética personal, por lo que se va distanciando progresivamente de la estética previa (especialmente de cuestiones formales, abogando por el verso libre). El mimetismo de tópicos e imágenes corresponde a un juego, a un ejercicio poético que no resta importancia al resto de su producción. Procura rebelarse contra un esteticismo vacío a partir de un anhelo de libertad (extensible a otros aspectos de su vida). Bruña Bragado (2005) ha querido ver en esta voluntad de cambio una forma distinta de entender la literatura y la vida:

La coyuntura que niega a Agustini esa lucha directa por lo nuevo, por lo original, le posibilita sus relecturas de muchas de las fuentes del modernismo (Baudelaire, Poe...). De ahí que me parezcan de singular importancia los diálogos que establece con la tradición y que están signados por esta diferencia[6]

Cabe señalar, asimismo, el uso del registro religioso no solo como tópico de la poesía mística, sino como recurso para expresar su deseo (no de Dios, pero sí de la creación). Se transita de una retórica espiritual a una abiertamente erótica al final del poemario que se aleja de la razón y salva al sujeto: «El descubrimiento insospechado del amor, del sentimiento —del lenguaje erótico— salva al sujeto de la melancolía y la soledad y, en su sacudimiento, lo transporta al gozo, la alegría y el placer, exaltados como los valores supremos de la vida» (Bruña Bragado, 2005).[7]

En definitiva, Delmira Agustini fue desarrollando un estilo íntimo y personal en su segundo poemario que se basó, fundamentalmente, en distanciarse de los modelos previos para dar con una voz propia capaz de transmitir lo que hasta entonces había permanecido silenciado: la mujer como agente del deseo, el gusto por lo fragmentario y la voluntad de expresar la pulsión erótica femenina.

Perspectivas

Bibliografía

Referencias

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