Esclavitud sexual

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La esclava blanca, obra de Abastenia St. Leger Eberle, en denuncia de la prostitución infantil

La esclavitud sexual y la explotación sexual consisten en la apropiación de cualquier derecho de propiedad sobre una o más personas con la intención de coaccionarlas y restringir su libertad obligándolas a participar en actividades sexuales. Los dos fenómenos son a menudo discutidos en conjunto, aunque existen diferencias entre ellos.

La esclavitud sexual, como un tipo de esclavitud, implica tratar a una persona como si fuera una propiedad y obligarla a participar en actos sexuales. La esclavitud sexual puede incluir la esclavitud sexual individual, la esclavitud ritual—a veces asociada con prácticas religiosas tradicionales— o esclavitud que en principio no es con fines sexuales, pero donde el sexo puede ser común o permisible. En cualquier caso, se caracteriza por la restricción de la libertad de movimiento, así como el uso de la coerción, amenazas, violencia o confinamiento constantes. El abuso suele ser sistemático y prolongado. La esclavitud sexual está reconocido como un delito en el derecho internacional, incluso por las Naciones Unidas, y la Corte Penal Internacional lo procesa como crimen de lesa humanidad y crimen de guerra. En general, la naturaleza de la esclavitud significa que el esclavo está de iure disponible para su uso sexual y las costumbres sociales y la protección legal que limitarían las acciones de un propietario de esclavos dejan de tener efecto en este contexto. Por ejemplo, el sexo extraconyugal entre un hombre casado y una esclava no era considerado adulterio en la mayoría de las sociedades que aceptaban la esclavitud.[1] Las esclavas corrían el riesgo máximo de abuso y esclavitud sexual.

Por su parte, la explotación sexual es un término más amplio que se refiere a aprovechar o tratar de aprovechar una situación de la vulnerabilidad o una diferencia de poder sobre una persona para fines sexuales, lo que, entre otras cosas, incluye obtener ganancias monetarias, sociales o políticas por explotar sexualmente a otras personas, así como ofrecer dinero, oportunidades laborales, bienes o servicios a cambio de sexo. Incluye, pues, cualquier situación en la que se obstaculice o se amenace con obstaculizar el acceso a bienes y servicios para exigir, coaccionar o extorsionar a una persona para que tenga sexo. Esto incluye el trabajo forzoso que resulta en actividad sexual (es decir, la prostitución forzada), el matrimonio forzado, y la trata de personas con fines sexuales, tales como la trata sexual de menores.

En la India, según las leyes de Manu, escritas circa dos milenios atrás, y en vigencia por muchos siglos, hijas y esposas podían ser vendidas a la prostitución por padres y maridos.[2]

La esclavitud sexual de las inglesas

En la Inglaterra bajo dominio anglo-sajón, previamente a la invasión francesa de Guillermo el Conquistador, es posible que haya habido más esclavas que esclavos, y que muchas hayan sido forzadas al concubinato con sus patrones. Según cronistas de la época, los comerciantes de esclavos de Bristol fornicaban a las esclavas antes de venderlas, y relatan como alguna esclavista —la mujer del conde Godwin, en la primera mitad del s. XI— exportaba esclavas a Dinamarca, donde la juventud y hermosura de las inglesas incrementaba su precio.[3]

Véase también

Referencias

Bibliografía

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