Escuela granadina de escultura
From Wikipedia, the free encyclopedia


La Escuela Granadina de Escultura va definiéndose a través del siglo XVI, hasta concretarse plenamente en el siglo XVII. La extraordinaria actividad artística desarrollada en la Granada renacentista, con la presencia de grandes artistas nacionales y extranjeros, fue la que preparó la base para que surgiera esta escuela de escultura.
Los nombres que marcan los tres momentos de iniciación, desarrollo y culminación de esos rasgos granadinos son, respectivamente, Diego de Siloé, Pablo de Rojas y Alonso Cano. Los rasgos fijados por el estilo del último son los que propiamente atribuimos a la escuela granadina.
Las imágenes góticas traídas a Granada en la época de los Reyes Católicos, aunque centraran la devoción, no pudieron actuar en el desarrollo de una escultura local. Fue la actividad aludida de los años del Emperador la que, teniendo como núcleo inicial las obras reunidas o realizadas en la Capilla Real, actuó en el desarrollo de la vida artística de Granada. La tumba de los Reyes Católicos, obra de Fancelli; la de Don Felipe y Doña Juana, debida a Bartolomé Ordóñez; el gran retablo -renovador de traza y de concepción escultórica- hecho por Felipe Bigarny y los trabajos como la «Encarnación» y el «Entierro de Cristo» -hoy en el Museo- debidos a Jacobo Florentino, constituían realizaciones maestras de nueva y variada orientación. A ello hay que unir la inmensa obra que realiza Siloé, especialmente en el monasterio de S. Jerónimo y en la Catedral; y como foco, más aislado, la labor de decoración del Palacio de Carlos V, en la que interviene Nicolao de Carte, el flamenco Antonio de Leval y el discípulo del primero, Juan de Orea, en el que se une un vigoroso realismo con un sentido de la composición y del movimiento de estilo italiano.
De todos los artistas citados es Siloé el que, no solo por su afincamiento en la ciudad, sino por la potencia y variedad de su arte, logró atraer y crear un grupo de seguidores con quienes se inicia una escuela local. El más fiel continuador fue Diego de Aranda; pero los que dan la nota más personal son Baltasar de Arce y Diego de Pesquera. El primero con su «Cristo a la columna» de la iglesia de los Hospitalicos, que nos ofrece una figura de violento movimiento concentrado, típicamente manierista, pero de intensidad expresiva prebarroca. Con más brío y grandiosidad se muestra en la figura central del fragmentado retablo mayor de la iglesia de S. Cristóbal.
Pesquera, formado en Roma según Gómez Moreno, vino a trabajar con Siloé, logrando dentro del estilo de éste acentuados efectos de finura de modelado con rasgos expresivos de tierna y desmayada sensibilidad. Trabajó en la Catedral, y destaca entre su obra la portada de la Sala capitular, con figuras de Virtudes en las que se extreman dichos rasgos. El artista pasó después a Sevilla y se pierde su huella en 1580.
Los contactos con dicha ciudad, en un intercambio de artistas e influencias, constituyen un rasgo distintivo de los decenios finales del siglo XVI. Así, como ejemplo importantísimo para el desarrollo de ambas escuelas, tenemos que destacar el monumental retablo del monasterio de San Jerónimo realizado hacia 1585. Se ha atribuido a Vázquez el Mozo, pero muy bien pudiera ser obra del granadino Melchor de Turín -o Torines- que se inició en Sevilla en el taller de Vázquez el Viejo, con quien colaboró después en alguna obra importante. Responde su estilo a un templado manierismo, seducido por la composición clara y la noble belleza de tipos y actitudes.
Siglo XVII
A ese momento corresponde Rodrigo Moreno, del que sabemos hizo un «Crucificado» para Felipe II y que se dice fue maestro de Pablo de Rojas, figura esta que marca el paso a una nueva época y el surgir de la gran imaginería andaluza. Centró la actividad escultórica de Granada y fue maestro de Juan Martínez Montañés, quien conserva rasgos de esta formación.
A Rojas corresponde en 1605 la ampliación del citado retablo, donde trabajan también sus colaboradores. De ellos destaca Martín de Aranda, que recoge su arte, aunque sin su vigor y nobleza, y, sobre todo, Bernabé de Gaviria, con quien evoluciona su estilo con una libertad, brío y dinamismo de aliento barroco. Conocemos por Gómez Moreno algunas fechas de su actividad entre 1603 y 1622 en que murió. De sus obras destaca de lo conservado el colosal «Apostolado» en madera dorada -terminado en 1614- en la Capilla mayor de la Catedral. Las diez figuras que realizó sorprenden por la grandiosidad de sus tipos y la valentía y dinamismo de sus gestos y actitudes, que si en algunos casos suponen una complicación violenta manierista, otras tienen una impetuosidad de movimientos de pleno barroco. También se conoce por contrato celebrado en Granada el 25 de mayo de 1615, conservado en el Archivo del Colegio Notarial de Granada, el encargo de la imagen de Nuestra Señora de las Nieves patrona de Gabia, por el entonces alcalde ordinario del lugar de Gaviar la Grande, don Luis Sánchez de Castro. En dicho contrato se estableció la cantidad de 36 ducados para la ejecución de la obra y que se utilizara como modelo: la ymaxen de Nuestra Señora de la Antigua que esta en el convento del señor San Agustín, de esta ciudad, en la capilla de don Francisco de Castilla, veinticuatro de esta ciudad
Como contemporáneos de Rojas hemos de destacar también a los hermanos Miguel y Jerónimo Francisco García que, desligados de la vida de los talleres, trabajaban juntos y que ya en 1600 eran famosos, sobre todo por sus esculturas de barro. Sobresale entre todo lo que se les atribuye un importante grupo de Ecce-Homos, de gran variedad de tipos y todos ellos de cuidada técnica y honda emotividad. Unos son de muy pequeño tamaño, finísimos de modelado y policromía; pero en contraste se nos ofrece el de la Cartuja, mayor que el natural, donde se hermanan formas nobles y musculosas con detalles de observación realista, acordes con una intención devocional popular. La estrecha relación con esta obra obliga a atribuirles el grandioso «Crucificado» de la Sacristía de la Catedral que constituye el antecedente inmediato del «Cristo de la Clemencia» de Montañés.
Con ecos de estos artistas, pero con directo y fuerte entronque con el arte de Rojas, se ofrece el escultor Alonso de Mena, que marca con su estilo un proceso de observación naturalista, si bien de un realismo estático de lo externo con gestos impasibles. Vivió hasta 1646 y en su taller, centro de la actividad artística granadina, se formaron su hijo Pedro, Bernardo de Mora y Pedro Roldán. Los primeros encargados del taller a la muerte de Alonso, y asimismo otros múltiples discípulos mediocres, cambiaron su estilo con la vuelta de Alonso Cano a Granada en 1652. El estilo de este gran maestro se impuso de manera decisiva y tiránica en todas las artes. Así, el joven Mena evolucionó de acuerdo con este influjo, aunque dando una vigorosa nota personal de intenso realismo. Tras de él como último gran discípulo destaca José de Mora, hijo de Bernardo, que estiliza los tipos y sutiliza la expresión hasta la ensoñación mística. Con su hermano Diego el arte canesco se hace superficial y decorativo; pero de él brota con brío el arte de José Risueño, que vuelve a Cano y estudia directamente el natural, dando una nota de sobrio realismo, pero con sensibilidad abierta también a la gracia y belleza delicada.