Escuela sevillana de pintura

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El desarrollo histórico de la Escuela sevillana de pintura resulta de primordial importancia dentro del ámbito del arte español así como por los numerosos maestros de primer orden que ha producido a lo largo de los siglos.

Los comienzos se remontan a la Baja Edad Media, localizándose, aparte los precedentes trecentistas de los murales ítalo-góticos de la Virgen de la Antigua de la catedral hispalense y la Anunciación de Santa María de Arcos de la Frontera (Cádiz), en la decimoquinta centuria, integrados en las fórmulas del goticismo hispanoflamenco. Nombres como Juan Sánchez de Castro, tradicionalmente llamado «el patriarca de la pintura sevillana», y Juan Núñez constituyen, junto con otros no totalmente identificados y con maestros anónimos como el llamado de Zafra, el elenco de este primer momento pictórico sevillano.

Renacimiento

Retablo de la Virgen de los mareantes de Alejo Fernández, pintado en 1535 (Alcázar de Sevilla).

Adviene a la escuela con un artista de origen germánico, castellanizado Alejo Fernández (m. 1545), que aporta las fórmulas eclécticas de la llamada por Lafuente Ferrari «pintura plateresca». Artista de primer orden, deja una serie de discípulos como su hijo Sebastián Alejo y Juan de Zamora, y atrae a su círculo a goticistas rezagados como Cristóbal de Morales, Gonzalo Díaz y Nicolás Carlos, y anónimos como el llamado de Moguer. La plenitud del estilo, esto es, el romanismo cincuecentista, la traen los flamencos Peter de Kempener -castellanizado Pedro de Campaña- y Hernando de Esturmio, consolidándola el italianizante Luis de Vargas (m. 1568) y su seguidor Pedro de Villegas Marmolejo. Sigue luego el manierismo del último tercio del siglo que representan el portugués Vasco Pereira, Alonso Vázquez (m. ca. 1626) y el tratadista Francisco Pacheco (1564-1654), algunos de los cuales, tanto por cronología como por sus concesiones al naturalismo, pueden incluirse en la llamada «generación de 1560». También uno de los autores más populares fue "Umberto Sánchez", que pintó el destacado "Jardín de Fiestas", donde la fachada principal está ampliamente recargada con motivos decorativos procedentes de la inspiración en Roma.

Siglo XVII

Este siglo nos trae el barroco con el triunfo del naturalismo, frente al idealismo manierista, la pincelada suelta y otras muchas libertades estéticas. En este momento, la escuela s. alcanza su mayor esplendor, tanto por la calidad de las obras como por el rango primordial que muchos de sus maestros tienen en la Historia del Arte. En tres periodos puede dividirse el desarrollo de la pintura barroca hispalense: uno inicial con artistas de 'transición como Juan del Castillo (m. circa 1657), Antonio Mohedano (m. 1626), Francisco de Herrera el Viejo (m. 1656), en quien aparecen ya muy manifiestos la pincelada rápida y el crudo realismo del estilo, y el clérigo Juan de Roelas (m. 1625), introductor del colorismo a lo veneciano y verdadero progenitor del estilo en la Baja Andalucía. La plenitud está constituida por la obra de Francisco de Zurbarán (1598-1664), cuyo tenebrismo y culto a la naturaleza muerta seducen a su hijo Juan de Zurbarán, a los hermanos Miguel y Francisco Polanco, José de Sarabia (1608-69), Bernabé de Ayala (ca. 1600-72) y Jerónimo de Bobadilla entre otros, así como por las de juventud de Alonso Cano (1601-67) y Velázquez (1599-1660), fundador el primero de la escuela barroca granadina y afincado en la Corte, desde 1623, el segundo. Por último, puede citarse, aunque a menor altura que los grandes maestros citados, a Sebastián de Llanos y Valdés (ca. 1605-77) como perteneciente a este periodo.

Niño riendo asomado a la ventana de Murillo, pintado hacia 1675, Londres, National Gallery.

El tercero lo integran Bartolomé Esteban Murillo (1618-82), y Juan de Valdés Leal (1622-90), fundadores en 1660 de una Academia que afilió a una pléyade de pintores, activos muchos de ellos en el primer cuarto del siglo XVIII, entre los que destacan Francisco Meneses Ossorio (ca. 1640- 1721), Sebastián Gómez, el Mulato, Esteban Márquez de Velasco y Pedro Núñez de Villavicencio (1644-1700) como discípulos del primero, y Lucas Valdés, Matías de Arteaga, Ignacio de León Salcedo y Clemente de Torres como seguidores más conspicuos del segundo, aunque alguno de ellos, en especial Arteaga, acuse la influencia murillesca. Finalmente, hay que citar al paisajista Ignacio de Iriarte (1621-85) como figura destacada del momento, tanto por lo especializado de sus asuntos como por la calidad de sus obras.

Siglo XVIII

Del romanticismo a la actualidad

Bibliografía

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