Estaciones espaciales y hábitats en la ficción
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Los conceptos de estaciones espaciales y hábitats espaciales aparecen con frecuencia en la ciencia ficción. La diferencia entre ambos radica en que los hábitats son estructuras más grandes y complejas diseñadas como hogares permanentes para poblaciones numerosas (aunque el concepto de naves generacionales también encajan en esta descripción, generalmente no se consideran hábitats espaciales porque viajan hacia un destino[1]); sin embargo, la frontera entre ambos conceptos es difusa y existe un solapamiento considerable, por lo que a veces se usa el término «estación espacial» para ambos.[2][3] El primer satélite artificial ficticio de este tipo apareció en «The Brick Moon» de Edward Everett Hale en 1869,[2][4] una esfera de ladrillos de 61 metros de diámetro lanzada accidentalmente a la órbita terrestre con personas aún a bordo.[1][5]
Las estaciones espaciales comenzaron a aparecer con frecuencia en obras de ciencia ficción tras la publicación, en 1949, del libro de divulgación científica The Conquest of Space de Willy Ley.[2] Dependiendo de la obra en que se encuentren cumplen funciones muy diversas, desde industriales, médicas (beneficios para la salud gracias a la baja gravedad), prisiones o hasta puntos de observación de mundos alienígenas.[6] Varias obras tempranas del género se centraron en estaciones espaciales en órbita terrestre o en puntos de Lagrange como estaciones de relevo para comunicaciones o transporte interplanetario.[2] Aunque aparecen con cierto uso militar, rara vez se las presenta como una amenaza directa.[2][6] Ocasionalmente, las estaciones están conectadas al planeta mediante un ascensor espacial, concepto introducido en la ciencia ficción de forma independiente por Arthur C. Clarke y Charles Sheffield en 1979.[6] En la ficción, las estaciones espaciales fueron sustituidas en gran medida por los hábitats espaciales durante el último cuarto del siglo XX.[2]
Hábitats espaciales
El primer hábitat espacial ficticio propiamente dicho (sin contar el que apareció de forma involuntaria en«The Brick Moon») apareció en la novela corta de 1931 «The Prince of Space» de Jack Williamson;[1] se trata de un cilindro de 1520 metros (5000 pies) de largo y ancho que rota para generar gravedad artificial.[7]
Además de cilindros, los hábitats espaciales adoptan en la ficción formas de esferas, ruedas y asteroides vaciados, entre otras. Una representación más inusual aparece en la novela de James Blish de 1955 Earthman, Come Home (y en el resto de su serie Cities in Flight) donde los hábitats son ciudades que viajan por el espacio.[1]
Los hábitats espaciales aparecieron solo de forma intermitente en la ciencia ficción hasta 1977, cuando se publicó el libro de no ficción especulativa The High Frontier: Human Colonies in Space de Gerard K. O'Neill, que inspiró a numerosos autores.[3][4][7] Las obras inspiradas por O'Neill van desde lo utópico hasta lo distópico; estas últimas prevén problemas como el deterioro mientras aún están habitados, la vulnerabilidad al sabotaje y la posibilidad de que una élite rica en el espacio explote a los habitantes de la Tierra.[7]
Un tema recurrente es la tensión entre los habitantes de los hábitats y los de los planetas.[1] En la medida en que ofrecen la posibilidad de narrar historias sobre poblaciones aisladas con culturas diversas, los hábitats espaciales cumplen en el espacio la misma función que las islas en la Tierra en la ficción especulativa anterior,[3] aunque algunas obras como las series Star Trek: Deep Space Nine y Babylon 5 (y la película "Valérian et la Cité des mille planètes"), adoptan el enfoque contrario y presentan los hábitats como centros multiculturales donde conviven pacíficamente miembros de distintas civilizaciones interestelares.[7]