Eurocentrismo
ideología europea
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El eurocentrismo (también eurocentricidad u occidentalcentrismo)[1] es una cosmovisión o tendencia a considerar Occidente como el centro de los acontecimientos mundiales o como superior a las demás culturas. El alcance exacto del término varía: puede abarcar a todo el mundo occidental, ceñirse al continente europeo o reducirse aún más a Europa occidental (especialmente durante la Guerra Fría). Cuando se aplica a la historia, el término suele aludir a la presentación de la perspectiva europea como objetiva o absoluta, a menudo con una actitud apologética hacia el colonialismo europeo y otras formas de imperialismo.[2][3][4]

El término «eurocentrismo» se remonta a finales de la década de 1970, aunque no se generalizó hasta la de 1990, cuando se aplicó con frecuencia en el contexto de la descolonización y de la ayuda al desarrollo y humanitaria que los países industrializados ofrecían a los países en desarrollo. Desde entonces se ha empleado para criticar las narrativas occidentales del progreso, a los estudiosos occidentales que minimizaron o ignoraron las aportaciones no occidentales, y para contrastar las epistemologías occidentales con las epistemologías indígenas.[5][6][7] El economista marxista egipcio Samir Amin lo describió como la deformación ideológica con la que se reconstruye toda la historia humana a partir del prejuicio de la «superioridad blanca» y de la supuesta «misión civilizadora» del capitalismo.[8] Como otras formas de etnocentrismo, el eurocentrismo se ha caracterizado como un sesgo cognitivo y cultural que presupone experiencias históricas lineales regidas por esquemas culturales fijos —los de la historia europea— y que concibe las trayectorias no europeas como formaciones incompletas o deformadas.[9]
Terminología

El adjetivo «eurocéntrico» (o «europacéntrico») se utiliza en distintos contextos al menos desde la década de 1920.[10] El término se popularizó (en francés como européocentrique) en el marco de la descolonización y del internacionalismo de mediados del siglo xx.[11] El uso en inglés de Eurocentric como término ideológico dentro de la política identitaria ya era corriente a mediados de la década de 1980.[12]
El sustantivo abstracto «eurocentrismo» (en francés eurocentrisme, antes europocentrisme) como nombre de una ideología fue acuñado en la década de 1970 por el economista marxista egipcio Samir Amin, entonces director del Instituto Africano de Desarrollo Económico y Planificación de la Comisión Económica para África de las Naciones Unidas.[13] Amin empleó el concepto en el contexto de un modelo global de desarrollo capitalista basado en la relación centro-periferia o de la dependencia. El uso del término en inglés está documentado ya en 1979.[14][15] Según Amin, el eurocentrismo se remonta al Renacimiento y no llegó a desarrollarse plenamente hasta el siglo xix.[16] El estudio que Amin dedicó al tema, publicado originalmente en francés en 1988, cuestiona la representación dominante de la historia y la cultura occidentales e insiste en las influencias recíprocas entre las distintas civilizaciones.[8]
El término Western-centrism («occidentalcentrismo») es más reciente: está documentado a finales de la década de 1990 y es propio del inglés.[17]
Historia
El inicio de la prominencia del eurocentrismo como espacio intelectual de sesgo cultural se ha situado en las élites del Renacimiento, cuando se conformó un conjunto de teorías sociales universalistas y evolucionistas que defendían un papel rector de Europa en la conquista del mundo.[18]
Según el historiador Enrique Dussel, el eurocentrismo tiene sus raíces en el helenocentrismo.[19] Dussel sostiene que la Europa moderna construyó en el siglo xviii una trayectoria histórica lineal con orígenes en la Antigua Grecia, pasando por Roma y luego a la propia Europa moderna, que desde entonces ha servido como esquema básico del relato histórico.[20][21] Esta concepción eurocéntrica de la historia ha pervivido en la historiografía y la sociología occidentales, pese a los esfuerzos realizados, en especial desde el siglo xx, por comprender la experiencia humana en su conjunto.[22] El historiador y crítico de arte Christopher Allen sostiene que, desde la Antigüedad, el espíritu abierto de la civilización occidental se mostró más curioso por otros pueblos y más dispuesto a estudiarlos que ningún otro: Heródoto y Estrabón recorrieron el Antiguo Egipto y lo describieron con detalle; los exploradores occidentales cartografiaron toda la superficie del globo, y los estudiosos occidentales investigaron las lenguas del mundo y fundaron las disciplinas de la arqueología y la antropología.[23]
Excepcionalismo europeo

Durante la era del colonialismo europeo, las enciclopedias trataban a menudo de justificar el predominio del dominio europeo durante el periodo colonial apelando a una posición especial de Europa frente a los demás continentes.
Así, Johann Heinrich Zedler escribió en 1741 que, «aunque Europa es el menor de los cuatro continentes del mundo, por diversas razones ocupa una posición que la antepone a todos los demás [...]. Sus habitantes tienen excelentes costumbres, son corteses y diestros tanto en las ciencias como en los oficios».[24]
La Brockhaus Enzyklopädie (Conversations-Lexicon) de 1847 expresaba todavía un enfoque abiertamente eurocéntrico y afirmaba de Europa que, «por su situación geográfica y por su importancia cultural y política, es sin duda el más relevante de los cinco continentes, sobre los que ha alcanzado un dominio sumamente influyente, tanto en lo material como, más aún, en lo cultural».[25]
El excepcionalismo europeo surgió, pues, de la Gran Divergencia de la Edad Moderna, debida al efecto combinado de la Revolución científica, la Revolución comercial, el auge de los imperios coloniales, la Revolución industrial y una segunda oleada de colonización europea.
El supuesto del excepcionalismo europeo se refleja ampliamente en géneros literarios populares, sobre todo en la literatura juvenil (por ejemplo, la novela Kim, de Rudyard Kipling, de 1901)[26] y en la literatura de aventuras en general. La representación del colonialismo europeo en esa literatura se ha analizado retrospectivamente en clave eurocéntrica, por ejemplo al presentar a héroes occidentales idealizados y de masculinidad a menudo exagerada que conquistaban a pueblos «salvajes» en los últimos «espacios oscuros» del planeta.[27]
El «milagro europeo», expresión acuñada por Eric Jones en 1981,[28] alude al sorprendente ascenso de Europa durante la Edad Moderna. Entre los siglos xv y xviii se produjo una gran divergencia que comprendió el Renacimiento europeo, la era de los descubrimientos, la formación de los imperios coloniales europeos, la Ilustración y el consiguiente salto tecnológico, junto con el desarrollo del capitalismo y la primera industrialización. Como resultado, en el siglo xix las potencias europeas dominaban el comercio y la política mundiales.
En sus Lecciones sobre la filosofía de la historia, publicadas en 1837, Georg Wilhelm Friedrich Hegel describe la historia universal como un proceso que comienza en Asia, pasa a Grecia e Italia y se desplaza después al norte de los Alpes, hacia Francia, Alemania e Inglaterra.[29][30] Hegel interpretó a la India y a China como países estáticos, carentes de impulso interno. En su construcción, China sustituía el desarrollo histórico real por un escenario fijo y estable que la situaba al margen de la historia universal; tanto la India como China habrían quedado a la espera de una combinación de factores externos que les permitiera alcanzar un progreso efectivo en la civilización humana.[31] Las ideas de Hegel tuvieron un profundo efecto en la historiografía y las actitudes occidentales. Algunos estudiosos no comparten su tesis de que los países orientales quedaran fuera de la historia universal.[32]

Max Weber (1864-1920) sostuvo que el capitalismo era una especificidad de Europa, ya que países orientales como la India y China no reunían los factores que les habrían permitido desarrollarlo de manera suficiente.[33] Weber escribió y publicó numerosos tratados en los que subrayaba la singularidad de Europa. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905) afirmó que el capitalismo «racional», manifestado en sus empresas y mecanismos, solo apareció en los países protestantes occidentales, y que toda una serie de fenómenos culturales generalizados y universales solo se daban en Occidente.[34] Según Weber, incluso el Estado —con una constitución escrita y un gobierno organizado por administradores formados y limitado por un derecho racional— solo aparece en Occidente, aunque otros regímenes también puedan constituir Estados.[35]
Ilustración, raza y colonialismo
Durante la Ilustración de los siglos xvii y xviii, en paralelo a la expansión colonial europea y al apogeo del comercio atlántico de esclavos, buena parte del pensamiento ilustrado articuló una jerarquía de los pueblos que situaba a Europa en la cúspide. Según el filósofo Emmanuel Chukwudi Eze, la Ilustración dejó un «vocabulario filosófico» —las nociones de «raza», «progreso», «civilización» y «salvajismo»— que asoció la razón y la civilización con la población «blanca» del norte de Europa, y la supuesta barbarie con los pueblos no europeos; en esa tradición se inscriben la clasificación de los seres humanos de Carl von Linné (1735), los escritos de Buffon, la nota de David Hume sobre los «caracteres nacionales» y los textos de Immanuel Kant acerca de la «raza».[36] Para el investigador Patricio Lepe-Carrión, la mayoría de los filósofos europeos de los siglos xvii y xviii fueron cómplices de una emergente «supremacía de la blancura» en el sistema-mundo colonial, hasta el punto de que cabe hablar, con Eze, de un «racismo filosófico».[37] Este discurso fue contemporáneo del apogeo del comercio atlántico de esclavos: se estima que, en el conjunto de ese comercio, unos 12,5 millones de africanos fueron embarcados con destino a América,[38] y fue en el siglo xviii cuando alcanzó su mayor volumen, con Gran Bretaña, Francia y Portugal como principales transportistas.[39]
No obstante, el pensamiento ilustrado no fue unánime en este punto. Frente a quienes presentan la Ilustración como una ideología uniformemente imperialista —o, al contrario, como un universalismo moral sin fisuras—, el politólogo Sankar Muthu sostiene que en el siglo xviii coexistieron «múltiples Ilustraciones» y que hubo una corriente antiimperialista de primer orden, encarnada por Denis Diderot, Immanuel Kant y Johann Gottfried Herder. Estos autores rechazaron la idea de un «hombre natural» ajeno a toda cultura, defendieron la diversidad de las sociedades humanas y el derecho de los pueblos no europeos a organizarse por sí mismos, y atacaron los fundamentos del imperialismo por considerarlo injusto.[40] Para Muthu, fue más bien el discurso europeo del siglo xix, dominado por los lenguajes de la raza y la nación, el que marcó un retorno a un consenso imperialista; de ahí que la herencia de la Ilustración resulte ambivalente, pues las mismas décadas que produjeron el racismo «científico» dieron lugar también a una crítica de fondo al imperialismo.[40]
Anticolonialismo
Ya en el siglo xix, los movimientos anticoloniales habían formulado reivindicaciones sobre tradiciones y valores nacionales que se oponían a los europeos en África y en la India. En algunos casos, como el de China —donde la ideología local era aún más excluyente que la eurocéntrica—, la occidentalización no llegó a imponerse sobre las arraigadas actitudes chinas acerca de su propia centralidad cultural.[41]
El orientalismo se desarrolló a finales del siglo xviii como un interés occidental desmesurado y una idealización de las culturas orientales (es decir, asiáticas).
A comienzos del siglo xx, algunos historiadores, como Arnold J. Toynbee, trataron de construir modelos multifocales de las civilizaciones del mundo. Toynbee llamó la atención en Europa sobre historiadores no europeos, como el erudito tunecino medieval Ibn Jaldún, y estableció vínculos con pensadores asiáticos, por ejemplo a través de sus diálogos con Daisaku Ikeda, de la Soka Gakkai International.[42]
Usos recientes
Diversos periodistas árabes detectaron eurocentrismo en la cobertura que los medios occidentales dieron a la invasión rusa de Ucrania de febrero de 2022, cuando la profundidad y amplitud de la atención prestada contrastó con la dedicada a guerras contemporáneas más prolongadas fuera de Europa, como las de Siria o Yemen.[43]
En el fútbol, el término eurocentrismo se emplea para criticar el dominio económico que la UEFA ejerce sobre los clubes del resto del mundo y sus efectos negativos sobre el deporte.[44][45]
Debate y discurso académico
El eurocentrismo ha sido un concepto especialmente importante en los estudios sobre el desarrollo.[46] Brohman (1995) sostuvo que el eurocentrismo «perpetuó la dependencia intelectual respecto de un grupo restringido de prestigiosas instituciones académicas occidentales que determinan los temas y los métodos de investigación».[46]
En los estudios sobre el eurocentrismo histórico o contemporáneo aparecidos desde la década de 1990, el fenómeno suele formularse en términos de dualismos como civilizado/bárbaro, avanzado/atrasado, desarrollado/subdesarrollado o centro/periferia, que implican «esquemas evolutivos a través de los cuales las sociedades progresan inevitablemente» y conservan «la presunción subyacente de un yo occidental, blanco y superior como referente del análisis».[47] El eurocentrismo y las propiedades dualistas que atribuye a los países, las culturas y las personas no europeas han sido objeto de crítica frecuente en el discurso político de las décadas de 1990 y 2000, sobre todo en el contexto más amplio de la corrección política, la cuestión racial en los Estados Unidos y la discriminación positiva.[48]
En la década de 1990 surgió la tendencia a criticar como eurocéntricos diversos términos geográficos habituales en lengua inglesa, como la división tradicional de Eurasia en Europa y Asia[49] o la propia expresión «Oriente Medio».[50]
Eric Sheppard argumentó en 2005 que el propio marxismo contemporáneo presenta rasgos eurocéntricos —a pesar de que el término «eurocentrismo» procede del vocabulario de la economía marxista—, porque supone que el tercer mundo debe atravesar una etapa de capitalismo antes de que puedan concebirse «formaciones sociales progresistas».[5]
Andre Gunder Frank criticó con dureza el eurocentrismo. Consideraba que la mayoría de los estudiosos eran discípulos de unas ciencias sociales y una historia guiadas por él.[6] Reprochó a algunos académicos occidentales su idea de que las regiones no occidentales carecían de aportaciones destacadas en la historia, la economía, la ideología, la política y la cultura en comparación con Occidente.[51] Frente a quienes sostenían que esas mismas aportaciones daban a los occidentales una ventaja de impulso endógeno proyectada hacia el resto del mundo, Frank defendía que los países orientales también habían contribuido a la civilización humana desde sus propias perspectivas.
Diversos estudios han matizado la idea de un «milagro europeo» al subrayar el peso de Asia en la economía y la técnica premodernas. Entre los siglos xiv y xv, la tecnología china había alcanzado avances —el papel, la brújula, la pólvora, los precedentes de la imprenta o la fundición de hierro colado— que durante mucho tiempo se atribuyeron a Europa. Hacia 1500, Oriente Medio, la India y China reunían cerca del 60 % de la producción mundial, proporción que rondaba el 80 % poco antes de 1800; se calcula que en torno al 75 % de la plata que los españoles extrajeron en América terminó en China a cambio de manufacturas. Solo la Revolución Industrial europea alteró ese equilibrio.[52][53]
Arnold Toynbee, en su obra A Study of History, formuló una observación crítica sobre el eurocentrismo. Consideraba que, aunque el capitalismo occidental había envuelto al mundo y logrado una unidad política basada en su economía, los países occidentales no podían «occidentalizar» a los demás.[54] Toynbee concluyó que el eurocentrismo se caracteriza por tres errores: el egocentrismo, la idea de un desarrollo fijo de los países orientales y la noción de progreso lineal.[55]

Se ha debatido si el eurocentrismo histórico constituye «un etnocentrismo más», como los que se encuentran en la mayoría de las culturas del mundo, en especial en aquellas con aspiraciones imperiales: el sinocentrismo en China, el Imperio del Japón (c. 1868-1945) o el llamado «siglo americano». James M. Blaut (2000) argumentó que el eurocentrismo fue, en efecto, más allá de otros etnocentrismos, ya que la escala de la expansión colonial europea careció de precedentes históricos y dio lugar a la formación de un «modelo del mundo del colonizador».[56]
Se ha señalado que las filosofías indígenas contrastan notablemente con el pensamiento eurocéntrico. El estudioso indígena James (Sákéj) Youngblood Henderson afirma que el eurocentrismo se opone profundamente a las cosmovisiones indígenas: «la discordia entre las cosmovisiones aborigen y eurocéntrica es radical; es un conflicto entre el contexto natural y el artificial».[7] Los investigadores indígenas Norman K. Denzin e Yvonna S. Lincoln sostienen que, «en cierto modo, la crítica epistemológica que inicia el conocimiento indígena es más radical que otras críticas sociopolíticas de Occidente, pues cuestiona los fundamentos mismos de las maneras occidentales de conocer y de ser».[57]
Los términos afrocentrismo y eurocentrismo cobraron protagonismo entre las décadas de 2000 y 2010 en el discurso académico sobre la cuestión racial en los Estados Unidos y los estudios críticos sobre la blanquitud, orientados a poner al descubierto el supremacismo blanco y el privilegio blanco.[58] Molefi Kete Asante, el principal teórico de la afrocentricidad, ha sostenido que el pensamiento eurocéntrico predomina en buena parte del tratamiento académico de los asuntos africanos.[59][60] Asante se pregunta «por qué los africanos querrían ver su propia cultura a través del prisma de Europa» y afirma que «hay que extraer de las lenguas y las culturas africanas formas valiosas, positivas y creativas de conocer, ritualizar y desarrollar la capacidad humana».[61] De manera análoga, Yoshitaka Miike, teórico fundador de la asiacentricidad, ha criticado el eurocentrismo teórico, metodológico y comparativo en la producción de conocimiento sobre las sociedades y culturas asiáticas.[62][63]
En un artículo titulado «Eurocentrism and Academic Imperialism», el profesor Seyed Mohammad Marandi, de la Universidad de Teherán, sostiene que el pensamiento eurocéntrico está presente en casi todos los ámbitos de la vida académica de muchas partes del mundo, sobre todo en las humanidades.[64] Edgar Alfred Bowring afirma que en Occidente la autoestima, la autocomplacencia y el menosprecio del «otro» son más profundos y han impregnado más aspectos del pensamiento, las leyes y las políticas que en ningún otro lugar.[65] Luke Clossey y Nicholas Guyatt han medido el grado de eurocentrismo en los programas de investigación de los principales departamentos de historia.[66]
Algunos autores se han centrado en cómo los estudiosos que denuncian el eurocentrismo reproducen a menudo, de forma involuntaria, ese mismo eurocentrismo a través de normas culturalmente sesgadas.[67][68]
En esta misma línea, John M. Hobson y Alina Sajed han advertido de la aparición de un «eurocentrismo crítico»: aunque la teoría crítica de las relaciones internacionales cuestiona a Occidente, tiende a un «eurofetichismo» que reifica a Occidente como agente y minimiza la capacidad de acción de los actores no occidentales.[69] Audrey Alejandro ha descrito a su vez un «eurocentrismo poscolonial» que, pese a invertir el sistema de valores del eurocentrismo tradicional, sigue presentando a Europa como el principal agente de la política mundial —ahora como punta de lanza de la opresión global en lugar del progreso— y conserva un excepcionalismo que la considera no ya el mejor actor, sino el peor.[70]
Desde la teoría decolonial y los enfoques del sistema-mundo se ha propuesto una relectura del modo en que se constituyó la preeminencia europea. El antropólogo Jack Goody sostiene que Occidente «inventó la Antigüedad» como patrimonio propio y se atribuyó como invenciones europeas —la democracia, el capitalismo, el humanismo o el individualismo— logros de origen compartido, en lo que denomina «el robo de la historia».[71] En la misma línea, el historiador John M. Hobson sostiene que buena parte de lo que el Renacimiento «redescubrió» había llegado a Europa desde Oriente —en especial del mundo islámico—, y que esas aportaciones quedaron luego diluidas en el relato de un Occidente autosuficiente.[53] Estos enfoques subrayan además el papel de la riqueza extraída de las colonias: a partir de la tesis que el historiador Eric Williams formuló en 1944 —según la cual los beneficios de la esclavitud y del comercio atlántico de esclavos aportaron un capital decisivo para la Revolución Industrial británica—, se ha sostenido que el ascenso europeo dependió en buena medida de los recursos americanos y del trabajo esclavo.[72] Esta versión fuerte ha sido discutida por la historiografía económica: Stanley Engerman calculó que los beneficios del comercio de esclavos y de las plantaciones antillanas representaban solo una pequeña fracción de la inversión y la renta británicas durante la Revolución Industrial.[73]
En el plano teórico, estas lecturas se enmarcan a menudo en la noción de colonialidad del poder del sociólogo Aníbal Quijano, que vincula el eurocentrismo con el patrón de poder «colonial/moderno» surgido de la conquista de América.[74] En cuanto a la dimensión ideológica, el filósofo Domenico Losurdo ha argumentado que el lenguaje liberal de la libertad convivió desde sus orígenes con la esclavitud y la dominación colonial, y que la «comunidad de los libres» se definió precisamente por la exclusión de los esclavos y de los pueblos colonizados.[75] Para Quijano, estas operaciones —simbólicas, materiales e ideológicas— formarían parte de un mismo entramado de poder, del que el eurocentrismo sería la perspectiva de conocimiento dominante.[74]
África
Historiografía colonial
Como la mayoría de las sociedades africanas registraban su historia mediante la tradición oral, antes del periodo colonial existía poca historia escrita del continente. Las historias coloniales se centraban en las hazañas de soldados, administradores coloniales y «figuras coloniales», a partir de fuentes limitadas y escritas desde una perspectiva enteramente europea, que ignoraba el punto de vista de los colonizados bajo el pretexto del supremacismo blanco. Los historiadores coloniales consideraban a los africanos racialmente inferiores, incivilizados, exóticos e históricamente estáticos, y veían en su conquista una prueba de la superioridad europea.[76] El género más extendido de la narrativa colonial recurría a la «hipótesis camítica», que afirmaba la superioridad inherente de las personas de piel clara sobre las de piel oscura. Los colonizadores consideraban «civilización» únicamente a los «africanos camitas» y, por extensión, atribuían a estos todos los grandes avances e innovaciones de África. Las fuentes orales fueron despreciadas y descartadas por la mayoría de los historiadores, que sostenían que África no tenía más historia que la de los europeos en el continente.[77] Algunos colonizadores se interesaron por el otro punto de vista e intentaron elaborar una historia más detallada de África a partir de fuentes orales y de la arqueología, pero en su momento obtuvieron escaso reconocimiento.[78]
La historiografía africana se organizó a nivel académico a mediados del siglo xx. Pese al avance hacia el uso de fuentes orales en un enfoque multidisciplinar y a su creciente legitimidad historiográfica, los historiadores actuales aún tienen ante sí la tarea de descolonizar la historiografía africana, construir marcos institucionales que incorporen las epistemologías africanas y representar una perspectiva propiamente africana.[79][80][81]
América Latina
El eurocentrismo afectó a América Latina a través de la dominación y la expansión coloniales.[82] Según el sociólogo peruano Aníbal Quijano, la globalización en curso es la culminación de un proceso que comenzó con la constitución de América y la del capitalismo colonial, moderno y «eurocentrado» como un nuevo patrón de poder mundial; uno de sus ejes fundamentales es la clasificación social de la población mundial sobre la idea de raza, cuya racionalidad específica es el eurocentrismo.[74] Sobre esta base se produjeron nuevas identidades histórico-sociales, codificadas en categorías como «blancos», «negros», «indios» o «mestizos».[82] Situados en una posición ventajosa en la cuenca atlántica, los «blancos» controlaron la producción de oro y plata, mientras que el trabajo recaía sobre «indios» y «negros»; con el control del capital comercial, Europa —o Europa occidental— emergió como el centro de los nuevos patrones del poder capitalista.[74]
Mundo islámico

En la historia de la civilización islámico-persa, estudiosos como Muhammad ibn Zakariyā al-Razi, Avicena y Al-Biruni desempeñaron un papel clave en la expansión del racionalismo. Los tres eran persas, pero escribieron en árabe; por ello, la tradición europea posterior los identificó erróneamente como «árabes».[83] Sus obras tuvieron un profundo efecto en Europa: el Canon de medicina de Avicena siguió siendo un manual médico durante siglos, al-Razi se convirtió en una autoridad en medicina y farmacología, y al-Biruni, mediante la medición y la observación, se aproximó al método científico.[84]
Otros pensadores formaron parte de esta tradición: Ibn al-Haytham (Alhacén), que con sus investigaciones sobre óptica sentó las bases del método experimental;[85] Al-Juarismi, de cuyo nombre derivan los términos «álgebra» (de su obra) y «algoritmo»;[86] Nasir al-Din al-Tusi, con sus innovaciones en astronomía que más tarde influyeron en Copérnico;[87] y Omar Jayam, que reformó el calendario yalalí y resolvió ecuaciones cúbicas.[88]
No obstante, la Iglesia europea trató estas obras de manera selectiva. El sínodo de París de 1210 prohibió enseñar las obras de Aristóteles sobre filosofía natural y sus comentarios árabes (incluido el de Avicena). En 1215, la prohibición se confirmó en los estatutos de la Universidad de París, que solo permitían la lógica y la ética.[89] En 1270 y 1277, el obispo Esteban Tempier condenó en París 219 tesis, algunas de las cuales apuntaban a Averroes y sus seguidores.[90]
En Toledo, durante los siglos xii y xiii, se tradujeron al latín cientos de textos árabes. Los traductores (como Gerardo de Cremona) a menudo ocultaban o alteraban la identidad de los autores, que en Europa solían designarse simplemente como «filósofos árabes».[91]
Tras la toma de Granada, muchas bibliotecas árabes fueron destruidas. Entre 1499 y 1501, el arzobispo Cisneros ordenó quemar miles de libros árabes en la plaza de Bibarrambla de Granada; solo se conservó una pequeña parte de los textos médicos.[92]
El resultado de tales políticas —prohibiciones, traducciones selectivas, anonimato de los autores y quema de libros— fue que en la historiografía europea del Renacimiento tomó forma una narrativa eurocéntrica: «de la antigua Grecia a la Edad Oscura, de esta al Renacimiento y, finalmente, a la Europa moderna». De este modo, el papel de los pensadores musulmanes e iraníes quedó reducido al de «transmisores», y no al de innovadores.[93]
Esta narrativa se corrigió en parte en la investigación académica de los siglos xx y xxi, pero en los planes de estudio escolares de Europa y los Estados Unidos sigue predominando el modelo antiguo: puede mencionarse brevemente a Avicena, mientras que nombres como al-Biruni, al-Razi, Al-Juarismi o al-Tusi suelen estar ausentes. Como consecuencia, persiste una visión unilateral según la cual la modernidad sería un producto puramente europeo, cuando la verdadera historia de la ciencia fue multinivel e internacional.[94]

El efecto del eurocentrismo sobre el mundo islámico ha consistido sobre todo en impedir una explicación detallada de las culturas islámicas y de su evolución social, principalmente a través de su construcción idealista.[95] Esta construcción se ha reforzado a partir de que los historiadores hicieran girar sus conclusiones en torno a la idea de un punto central, según la cual la evolución de las sociedades y su progreso estarían dictados por tendencias generales; ello convirtió la evolución del mundo islámico en un tema más filosófico que histórico.[95] Además, el eurocentrismo tiende a trivializar y marginar las filosofías, las aportaciones científicas, las culturas y otros aspectos del mundo islámico.[96]
Del sesgo innato del eurocentrismo hacia la civilización occidental surgió el concepto de «sociedad europea», que privilegiaba los componentes (principalmente el cristianismo) de la civilización europea y permitía a los eurocentristas tachar de «incivilizadas» a las sociedades y culturas divergentes.[97] Predominante durante el siglo xix, esa etiqueta de «incivilizado» permitió a los países occidentales clasificar como inferiores a los países no europeos y no blancos y limitar su inclusión y participación en ámbitos como el derecho internacional. Esta exclusión la consideraba aceptable John Westlake, catedrático de derecho internacional en la Universidad de Cambridge, quien sostuvo que la sociedad internacional debía estar integrada por los países de civilización europea y que países como Turquía y Persia solo debían tener acceso a una parte del derecho internacional.[97]
Orientalismo
El alcance del eurocentrismo no solo afectó a la percepción de las culturas y civilizaciones del mundo islámico, sino también a las ideas del orientalismo, una construcción cultural que distinguía el «Oriente» de las sociedades «occidentales» de Europa y América del Norte, y que en origen se creó para que se reconocieran los hitos sociales y culturales del mundo islámico y oriental. Ese efecto comenzó a producirse durante el siglo xix, cuando los ideales orientalistas se desplazaron de los temas de la sensualidad y la mentalidad desviada hacia lo que Edward Said describió como una «coherencia incuestionada».[98][99] Con ese desplazamiento aparecieron dos tipos de orientalismo: el latente, que abarcaba la supuesta permanencia del Oriente a lo largo de la historia, y el manifiesto, más dinámico, que cambia con cada nuevo hallazgo de información.[98] La influencia eurocéntrica se aprecia en el segundo: al alterarse con cada nuevo dato, el orientalismo manifiesto resulta vulnerable a la deformación según los ideales de quien lo elabora. En ese estado, el eurocentrismo se sirvió del orientalismo para presentar el Oriente como «atrasado», reforzar la superioridad del mundo occidental y prolongar el menosprecio de aquellas culturas en favor de una agenda de desigualdad racial.[98]
Quienes querían representar mejor los ideales eurocéntricos por medio del orientalismo se toparon con la barrera de lenguas como el árabe, el persa y otras afines. A medida que más investigadores deseaban estudiar el orientalismo, se asumió que la capacidad de transcribir los textos del mundo islámico del pasado aportaría un gran conocimiento de los estudios orientales. Para ello, muchos investigadores se formaron en filología, convencidos de que el dominio de las lenguas sería la única preparación necesaria, pues en su época se consideraba que otras disciplinas, como la antropología y la sociología, eran irrelevantes para ese ámbito.[100]
Distorsión de los mapas del mundo y eurocentrismo
Los mapas del mundo modernos se basan con frecuencia en la proyección de Mercator, desarrollada en 1569 por el cartógrafo flamenco Gerardus Mercator. Aunque la proyección conserva los ángulos y las direcciones —lo que la hace útil para la navegación—, distorsiona considerablemente los tamaños relativos de las masas de tierra. Las regiones próximas a los polos, como Europa y América del Norte, aparecen mucho mayores de lo que son en realidad, mientras que las regiones ecuatoriales, incluidas Oriente Medio y África, quedan visualmente reducidas.[101]
Por ejemplo, Groenlandia se representa con un tamaño aproximadamente comparable al de África, cuando en realidad África es unas catorce veces mayor.[102] Este desequilibrio visual se ha criticado por reforzar una visión eurocéntrica del mundo, al conceder a Europa y América del Norte un peso simbólico desproporcionado en el mapa y disminuir la importancia aparente de África, Oriente Medio y América Latina.[103] En lengua española, esta crítica ha sido recogida, entre otros, por la revista Ethic, que recuerda cómo la concepción del planeta propuesta por Mercator favorecía los intereses de las potencias dominantes del siglo xvi al situar en el centro a una Europa poderosa que, en realidad, no ocupa ese punto medio.[104]
Los estudiosos de la cartografía crítica sostienen que tales proyecciones ejercen un sutil efecto psicológico que fomenta una «autoexaltación» implícita de Occidente.[105] En consecuencia, se ha propuesto emplear proyecciones alternativas —como la proyección de Gall-Peters—, que representan con mayor exactitud la superficie real de las tierras, con el fin de contrarrestar el sesgo eurocéntrico de los mapas tradicionales.[106]
El historiador alemán Arno Peters presentó esta proyección en una rueda de prensa en Bonn en 1973; el modelo resultó polémico cuando se constató que no era original, sino que reproducía la proyección ortográfica que el clérigo escocés James Gall había creado en 1855.[107]
En lengua española, la carga eurocéntrica de la proyección de Mercator también se ha analizado en el ámbito de la cartografía colonial.[108] Tras el debate público suscitado en 2017, cuando las escuelas públicas de Boston adoptaron la proyección de Gall-Peters para sus mapamundis, se presentó además la proyección «Equal Earth» (2018), una proyección pseudocilíndrica equiárea ideada por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny que busca conservar la proporción real de las superficies con una estética inspirada en la proyección de Robinson.[109]
Incorporación de América a los mapas
El continente americano se incorporó a los mapas del mundo por primera vez entre 1570 y 1630, bajo el nombre de Indias Occidentales. En ese periodo se produjeron dos representaciones tempranas: la versión oficial del Consejo de Indias, elaborada por Juan López de Velasco en las Relaciones geográficas de 1574, y la incluida por Felipe Guamán Poma de Ayala en su Nueva corónica y buen gobierno. La necesidad del Consejo de Indias y de la Casa de la Contratación de cartografiar las Indias respondía a fines de expansión económica, tecnológica y de poder sobre el «Nuevo Mundo».[110]