Fuerzas sutiles

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Antonio Barceló, con su jabeque correo, rechaza a dos galeotas argelinas (1738). Ángel Cortellini y Sánchez, 1902. Museo Naval de Madrid.

Fuerzas sutiles es un término del imperio español del siglo XVIII, usado también en sus estados sucesores, que refiere al uso de embarcaciones pequeñas en la guerra naval.[1][2] Entre ellas se encontraban las lanchas cañoneras, los jabeques y los faluchos, destinadas originalmente a defender puertos y reorientadas a tácticas ofensivas, escolta de convoyes y operaciones en mares y ríos.[3]

Popularizado en un primer momento por Antonio Barceló, la armada española desarrolló este concepto con gran profusión y eficacia, convirtiendo las fuerzas sutiles en verdaderos «guerrilleros del mar»,[4] hasta el punto de que en la vecina Francia se conocería a este modo de guerra como flotilles a l’espagnole.[1][2]

La nomenclatura tradicional de la armada española incluía cuatro modalidades, a saber: buques de porte mayor (navíos de línea y fragatas, de 34 a 114 cañones), buques de porte menor (de 16 cañones, como corbetas), fuerzas sutiles (por debajo de 16 cañones) y como complemento la marina corsaria.[5] Las fuerzas sutiles englobaban pues una gran variedad de naves, incluyendo lanchas cañoneras, obuseras y bombarderas, faluchos, jabeques, pontones, barcazas, bergantines pequeños, brulotes, esquifes, pataches, tartanas, zumacas y las cada vez menos usadas galeras y galeotas.[1][6] A causa de su pequeño tamaño, a menudo no se computan en los registros históricos de las batallas, pero suponían una parte indispensable de las estrategias navales hispánicas.[7]

Los principales activos de las embarcaciones sutiles eran su ligereza, versatilidad y rapidez de maniobra, combinando velas latinas con remos y cascos de poco calado, que les permitían moverse con poco o ningún viento, pasar desapercibidas fácilmente y circular por sendas impracticables para barcos mayores, de ahí la denominación de sutiles.[1][2] El haber técnico español las equipaba con una gran potencia de fuego artillera para su tamaño, incluyendo cañones, obuses de tiro curvo y «balas rojas» o incendiarias, además de blindajes curvados que junto con su pequeño tamaño las volvían increíblemente difíciles de destruir por las baterías de la época.[1][2] Su principal limitación era que las condiciones climáticas podían imposibiltar su uso y llegar a hacerlas naufragar.[2] En el siglo XIX también se las equipó con propulsión a vapor.[2]

A veces eran desplegadas desde navíos, mientras que otras operaban de manera autónoma.[8] Entre sus distintas funciones estaban la de dar escolta a convoyes mercantes, proteger cabotaje, realizar incursiones diurnas y nocturnas, bombardear posiciones y atacar incluso barcos de porte mayor.[3]

Historia

Referencias

Bibliografías

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