Helenización (Edad Antigua)
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La helenización es el proceso histórico de propagación de la antigua cultura griega entre los territorios conquistados por los griegos o situados cerca de su área de influencia, especialmente durante el Período Helenístico que siguió a las conquistas alejandrinas del siglo IV a. C. Algunos autores han cuestionado el concepto de helenización por considerarlo un término inadecuado para referirse a un proceso mucho más complejo que una mera aculturación, tratándose más bien de un intercambio cultural sincrético entre los griegos y los pueblos subyugados o próximos a sus centros de poder.[1] De cualquier modo, hasta el ascenso de Roma (siglos II y I a. C.) es posible hallar instituciones políticas y estructuras socioeconómicas reconociblemente griegas desde Asia Menor hasta España, haciendo notable la influencia helénica sobre amplios territorios del Oriente próximo, Europa y el norte de África.[2]
En un sentido amplio este proceso puede rastrearse hasta el segundo período de expansión colonial de la Grecia arcaica que tuvo lugar entre los siglos VIII y VI a. C., llegándose a construir colonias griegas en lugares tan apartados como Italia, España, el sur de Francia, Siria, Turquía y Crimea durante la época.[3] La propagación de la cultura griega continuó después con las campañas de Alejandro Magno y la posterior aparición de los reinos helénicos sucesores del Imperio Macedónico en Asia y África. Una última fase de la helenización durante la Edad Antigua vendría dada a partir de la conquista romana de Grecia y la consiguiente integración a Roma de elementos culturales propiamente griegos, combinación que sentaría las bases de la tradición grecorromana de la que la civilización occidental es legataria.[4]
La expansión colonial griega

Una primera tanda de migraciones y de colonización ocurrida entre los siglos XI y IX dio como resultado la fundación de muchos de los asentamientos que luego se convertirían en los centros urbanos de la civilización griega en el extremo sur de la Península Balcánica, las islas del Egeo, Chipre, Creta y algunas porciones de la costa occidental de Anatolia.[5] Después, a partir del siglo VIII, una segunda ola colonizadora orquestada desde las nacientes metrópolis se lanzaría a través del Mediterráneo con el propósito de explotar materias primas en territorios foráneos y fundar nuevos espacios habitables para aliviar las consecuencias de la explosión demográfica[6] y de las tensiones sociales acaecidas con la aparición de las poleis.[7] El nuevo orden social y político del mundo griego en el ámbito urbano de la Polis suscitó la aparición de una nueva clase dominante, los aristoi, en reemplazo de las viejas monarquías de la denominada Edad Oscura, en quienes se concentró la propiedad de la tierra desplazando a muchos pequeños propietarios que vieron en la migración o el empleo en el comercio marítimo su única oportunidad de subsistencia.[8]
La carencia de tierras trabajables y la sobrepoblación urbana amenazaban con desestabilizar el nuevo orden aristocrático, por lo que las élites griegas organizaron el esfuerzo de exploración y colonización como una válvula de escape a las tensiones crecientes. En las nuevas colonias, apoikiai, esparcidas por todo el litoral mediterráneo los colonos buscaron reproducir las formas de vida practicadas en las metrópolis originarias. Aunque disponían de una gran autonomía administrativa, las colonias aún mantenían fuertes vínculos culturales y económicos con la Grecia peninsular: compartían un mismo acervo religioso y lingüístico y el sostenimiento de un comercio marítimo activo.[8] Salvo algunas variaciones regionales las colonias solían organizarse bajo los mismos marcos constitutivos de la polis definiendo un marco urbano y su respectivo territorio, facilitando la concentración de la población en el núcleo urbano en lugar de en aldeas dispersas, dotando a la colonia de una organización jurídico-política y procurándole una defensa militar al estilo heleno.[8]
Mecanismos y consecuencias culturales de la colonización griega

A diferencia de la serie más o menos espontánea de migraciones y asentamientos que caracterizaron a la primera oleada de colonización griega (siglos XI-IX a. C.), la segunda oleada (siglos VIII-VI a. C.) sería un proceso altamente institucionalizado, regulado y sancionado política y religiosamente desde las poleis. En particular, los contactos de los colonos griegos con las poblaciones nativas de los lugares en que se erigían las nuevas ciudades debían observar una normatividad sistemática y cuidadosa.[9] El líder de los colonos, el oikistes, usualmente un aristócrata encargado por la polis de dirigir la fundación de una nueva apoikia contando primeramente con el augurio favorable de algún oráculo, era el responsable de entablar relaciones cordiales con los nativos siempre que fuera posible pues en la mayoría de los casos la presencia numéricamente muy superior de los no-griegos resultaba necesaria para suplir las exigencias de mano de obra requeridas durante los difíciles primeros años de la colonia.[10] Sin estar estrictamente fundamentada en conquistas violentas la colonización griega fue posible gracias, principalmente, a una actitud conciliadora por parte de los invasores y a una estrategia de cooperación de la que naturalmente sería parte esencial la elección calculada de territorios con poblaciones receptivas y con actitudes favorables hacia los griegos.[11] Existe evidencia de diversos tipos de pactos transados entre los griegos fundadores y las poblaciones nativas, incluyendo alianzas matrimoniales —la vanguardia de los colonizadores solía estar compuesta exclusivamente por hombres y era preciso poblar los asentamientos—, colaboración en materia de conocimientos geográficos y de supervivencia, cohabitación y redes de comercio.[10] Antes que una aculturación forzada de las poblaciones nativas, los griegos y sus vecinos bárbaros coexistieron en relativa paz intercambiando elementos culturales y beneficiándose mutuamente de su presencia.
Más sin embargo sería la cultura griega la que predominaría en la mayoría de los ámbitos coloniales por razones aún difíciles de precisar. Tsetskhladze discute dos teorías empleadas por académicos contemporáneos para dar cuenta del proceso de helenización de las poblaciones circundantes a las colonias griegas entre los siglos VIII y VI:[12] la primera es la teoría de la “hibridación”, concepto que alude a la existencia de un tercer espacio entre el “centro” y la “periferia”, un espacio de mediación y negociación en el que una cultura como la helénica no se impone simplemente de manera unidireccional, sino que se acomoda y adapta al entorno local absorbiendo varios de sus elementos. La segunda es la teoría del “territorio medio” (middle ground) que propone un choque conflictivo de culturas en el que ninguna de ellas en su forma “pura” logra prevalecer sobre las demás, sino que a partir de sus diferencias se inventan nuevos elementos, alternativas satisfactorias para todas las partes inmersas en un proceso irreversible de acople.
En cualquier caso el abandono progresivo del acervo cultural no-griego y su sustitución por las formas de vida, la religión, la lengua, los sistemas de pensamiento y las instituciones político-económicas griegas en los territorios coloniales se gestaría solo lentamente a través de siglos de contacto.[13] La segunda colonización griega del Período Arcaico constituiría la primera instancia de la helenización durante la Época Antigua y su experiencia serviría más adelante a la expansión imperial del Período Helenístico.
El Período Helenístico
Las conquistas de Alejandro: fundación de ciudades y helenización de las aristocracias locales

Las campañas de conquista de Alejandro Magno funcionaron como vía de propagación de la cultura griega hacia el Oriente. La fundación de ciudades y de asentamientos militares, estrategia crucial para el mantenimiento del poder macedónico-griego en los bastos territorios que iban anexándose al imperio, fue uno de los principales elementos facilitadores del proceso de helenización que las oligarquías sucesoras continuarían desarrollando sobre las áreas sometidas de Asia y África después del colapso del breve imperio alejandrino.[14] La helenización en Oriente concerniría solo a un ámbito específico y muy focalizado: la esfera de las élites dominantes en los centros de poder urbanos instaurados por Alejandro o sus sucesores. La mayoría de la población nativa conservaría su cultura intacta sin recibir el influjo de la helenización que parecía operar únicamente entre las élites bárbaras interesadas en acercarse a los gobernantes helenos.[15] La proximidad entre nativos y griegos en las altas cortes comenzó con Alejandro y su política de delegar, en ocasiones, la administración de los territorios conquistados a las élites nativas, por no mencionar la incorporación de bárbaros a sus unidades militares, costumbre que no agradaba en absoluto a sus comandantes macedónicos. Después las élites nativas procurarían helenizarse para acceder a los centros de poder urbanos fundados por los gobernantes helenos sucesores de Alejandro. En algunas regiones las élites griegas despreciaban la idea de compartir el poder con los bárbaros, por más helenizados que llegasen a parecer, en otras, en cambio, serían las mismas aristocracias helenas las que paulatinamente absorberían elementos nativos hasta hacerse indistintas.[16]
La lengua griega y las estructuras militares

Los ejércitos serían también un instrumento vital para las dinastías y reinos sucesores de Alejandro en Oriente y uno de los principales vehículos de la helenización. Los soldados contribuyeron a hacer de la lengua griega un idioma común hablado desde las lejanías de Bactria y el subcontinente indio hasta Egipto y la cuenca del Mediterráneo. Sin embargo las poblaciones locales no letradas jamás asimilaron la lengua griega, su uso era prácticamente exclusivo de las clases letradas por fuera de los enclaves militares. El griego era la lengua de la política, la diplomacia, el comercio, la vida militar y la intelectualidad en el mundo helénico. Entrañaba el valor de ser una lengua sofisticada y privativa de la élite griega a la que los aristócratas orientales querían emular para acceder al poder.
Además las colonias militares fundadas para concentrar y albergar a los soldados al servicio de los monarcas helenos funcionaron como focos irradiantes de la cultura griega en el corazón de Oriente. En estas colonias los militares griegos (activos y veteranos) podían usufructuar las parcelas de tierra que habían recibido en compensación por su servicio y que además contaban con títulos de propiedad hereditarios, asegurando la permanencia prolongada de población mayoritariamente griega pues los gobernantes helenos solían rehusarse a reclutar orientales.[17] Pero no solo los soldados rasos tuvieron un papel importante en la helenización de Oriente. Los altos mandos militares, cercanos a las familias aristocráticas tanto helenas como nativas, solían instalarse con sus familias en las cortes reales y promover desde allí sus valores marciales griegos tradicionales.[18]


