Hispanos en el ejército romano

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Hoja de espada de antenas hispana, base para el gladius hispaniensis romano.

Los habitantes de la península ibérica jugaron un papel vital en los ejércitos romanos incluso antes del final de la conquista peninsular, hasta el punto de que Hispania se convertiría en la mayor fuente de tropas de Roma después de la propia Italia hasta el siglo III. Los hispanos, conocidos en la antigüedad por su profunda cultura guerrera, trasladaron a Roma las mismas funciones eminentes que habían ocupado para Cartago antes de las guerras púnicas, sirviendo primero como auxiliares nativos y después como soldados, guardaespaldas y pretorianos, entre otras ocupaciones.

Durante la bicentenaria conquista romana de Hispania, los ejércitos de Roma tomaron la costumbre de adoptar tropas auxiliares de tribus hispanas aliadas para complementar sus legiones y aliados itálicos, incrementándose gradualmente a medida que más áreas de Hispania quedaban bajo control romano. Una de las condiciones para la asimilación pacífica era precisamente la prestación de ayuda militar contra los enemigos de Roma, que incluía el despliegue no sólo en tierras hispanas, sino también en otros rincones del imperio.[1]

Ya durante la Guerra de Sertorio los hispanos habían participado de manera central al servicio de generales romanos, especialmente del mismo Quinto Sertorio. Al término de ésta, el consiguiente vacío de poder dejó tan desocupados a los participantes que un contingente de ellos, guerreros cántabros, llegaron a ponerse al servicio de los galos aquitanos, entre los que fueron encontrados en 56 a. C. por Julio César.[2] El mismo César tomó luego para sí una guardia personal conformada por nativos de ésta,[3] y su sucesor Augusto, primer emperador romano y finalizador de la conquista ibérica, reclutó también a sus guardaespaldas de entre los celtíberos de Calagurris.[4] Con el fin en el 19 a. C. de las guerras cántabras, última fase de la conquista de Hispania, la península quedó ya integrada en el aparato militar romano, notando el cronista Estrabón que los pueblos hispanos norteños cesaron sus depredaciones mutuas y ahora servían a Roma.[4]

El carácter belicoso de los pueblos hispanos facilitó su transición al servicio militar romano, que les permitía encontrar una salida para sus costumbres guerreras en medio de la romanización de Hispania y la adopción de las instituciones y cultura romana. Después de la época de Augusto, las unidades de auxiliares hispanos irían abandonando gradualmente su modelo guerrero tribal y asimilándose al modelo de ejército regular de Roma.[5][6][7] Una de las costumbres en transformación sería la del mercenariazgo hispano, antiguamente contratado desde Cartago hasta Grecia y conformado como parte esencial de los ejércitos bárcidas en las guerras púnicas. Los mercenarios hispanos se convertirían así en unidades permanentes al servicio de Roma.[8] Irónicamente, serían los pueblos que con mayor vigor se habían opuesto a la conquista romana los que en mayor número prestarían sus fuerzas, como los celtíberos, lusitanos, vetones, cántabros, astures y galaicos.[9]

Con el tiempo, Hispania se convirtió en la principal fuente de reclutamiento de soldados romanos fuera de la propia Italia hasta mediados del siglo III, cuando fueron eclipsados por los pueblos gérmanicos externos a sus fronteras. Durante su apogeo, en los siglos I y II, podían encontrarse soldados hispanos desplegados por todo el imperio, pasando por Britania, África, Germania, Egipto y Oriente Próximo.[10] La demografía hispana se convirtió así un nuevo brazo de la romanización que ellos mismos habían experimentado ya, convirtiendo un ejército mayormente itálico en una fuerza heterogénea reunida por el concepto de la romanidad.[11] Las tropas hispanas se multiplicaron con el emperador Vespasiano, quien concedió la latinidad a Hispania, y tuvieron naturalmente un especial protagonismo con Trajano y Adriano, ellos mismos criados en la península.[12] Es fundamentalmente tras la época de Marco Aurelio que la progresiva germanización de los ejércitos de Roma por las invasiones bárbaras terminó por desplazar a Hispania como centro militar del imperio.[12]

Organización

La búsqueda de sustento, promoción personal y gloria en el marco de sociedades enaltecedoras de las armas completaban el atractivo para los jóvenes de los territorios conquistados, que pasaron así de ser guerreros a soldados al alistarse en la maquinaria militar romana.[6] La carrera militar contaba también con recompensas atractivas dentro del organigrama imperial, que podía incluir la ciudadanía romana para quienes no la tuvieran y entrega de tierras y dinero tras la licenciatura, lo que ocasionó que el paisaje social de Hispania cambiase radicalmente con el curso de sus abundantes guerras. Numerosos veteranos romanos se establecieron en colonias, mientras que por el contrario, aliados de todo el territorio hispano se unieron al ejército de Roma y en él frecuentemente ganaron su ciudadanía.[3] Los veteranos hispanos normalmente no regresaban a la península durante su retiro, sino que tendían a instalarse en las provincias en las que hubieran servido.[13]

Auxiliares y legionarios

Estela de un veterano del Ala I Asturum procedente de Tomi, en la actual Rumanía.

Los auxiliares hispanos formaban en época temprana grupos concentrados por etnia y origen, como la ala de cántabros Cohors I Cantabrorum o la de astures Cohors I Asturum, repartidos en unidades de 500-1000 combatientes. Inicialmente equipados con las armas y modos ibéricos, tras la época de Augusto adoptaron las vestimentas y formas organizativas romanas,[14][6] aunque por el siglo siguiente todavía se notifican algunos infantes ligeros equipados a la bárbara.[7] Puesto que el reclutamiento se hacía apelando a sus costumbres tribales, estas alas auxiliares eran mandadas por sus propios jefes, portaban sus propias enseñas y conservaban cultos a dioses nativos presincréticos.[7]

De estas tropas bárbaras el ejército romano adoptó varios elementos, como el estandarte nativo llamado cantabrum y la formación de caballería del círculo cántabro. Se cree que el cantabrum fue el origen del lábaro, el estandarte imperial de Constantino I, cuyo colegio de portadores para desfiles y procesiones recibía el nombre de cantabrarii. Alternativamente, es posible que el lábaro provenga de un sigilo galo en forma de aspa asociado con el dios Taranis, usado además por los hispanos várdulos del ejército romano, y relacionado posteriormente con la cruz de san Andrés cristiana.[15]

Existen evidencias de al menos ochenta unidades ibéricas en la historia de Roma, aunque su composición podría haber variado su homogeneidad inicial, ya que las bajas se suplían con reclutas de las zonas en las que estaban desplegadas.[14][6] También sucedía el caso inverso, en el que legiones no ibéricas eran reforzadas con reclutas provenientes de la península, como es el caso de la Legio VI Victrix o la Legio X Gemina.[16] Con la llegada al trono de la dinastía Flavia, aparecería la nueva clasificación global de Hispanorum, además de unidades ligadas a ciudades y no a etnias, estableciéndose con Vespasiano el reclutamiento generalizado por todos los rincones de Hispania.[17]

Pretorianos

Inscripción funeraria de Pomponius Poeninus,[18] dedicada por su hermano, soldado de la IV Cohorte Pretoriana de Roma, naturales ambos de Norba Caesarina.

La mayor parte de los mílites hispanos se integró en los cuerpos auxiliares o las legiones, pero muchos de ellos pasaron también los astringentes criterios de la Guardia Pretoriana, predominantemente itálica en composición, pero dotada de un porcentaje menor de hispanos, macedonios y nóricos. El número de hispanos se incrementó considerablemente en los mandatos de Trajano y Adriano, en el que voluntarios hispanos sirvieron bajo el prefecto Publio Acilio Atiano, proveniente como ellos de la colonia de Itálica. Provenían principalmente de colonias romanas y de municipios indígenas latinizados por Vespasiano, formándose una mezcla de descendientes de colonos itálicos y verdaderos nativos que hubieran adquirido la ciudadanía de forma individual o colectiva. Su número, sin embargo, descendió en gran medida con las reformas del emperador Septimio Severo, el cual, desconfiado con el papel de los pretorianos en el asesinato de Cómodo, incrementó sustancialmente la entrada de legionarios de distintas áreas.[3]

Véase también

Referencias

Bibliografía

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