Historia LGBT en Brasil
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Son muchas las evidencias de que la homosexualidad era socialmente aceptada entre los amerindios.[1] Según el investigador Abelardo Romero, la homosexualidad «era considerada desde hace siglos entre los brasileños como una enfermedad contagiosa.»[2] Von Martius también relata el espanto de los portugueses con la antropofagia y la sodomía de los indios, así como lo hace el padre Manoel de la Nóbrega, que en 1549 comentó que muchos colonos tenían indios como mujeres «según la costumbre de la tierra».
En el Tratado Descritivo do Brasil de 1587 escrito por Gabriel Soares de Souza, se habla tanto de la homosexualidad masculina cómo femenina entre los tupinambás.[1][3] Relata que el pecado nefando era aceptado, considerándose al que desempeñaba el papel activo como un valiente, que contaba el asunto una proeza. También se relata que algunos tenían una tienda pública indicando una posible prostitución masculina.
Los tupinaés, vecinos de los tupinambás, eran «mucho más sujetos al pecado nefando que los tupinambás». En 1576, el también portugués Pero de Magalhães de Gândavo relató que los indios «se entregan a la adicción [de la sodomía] cómo si en ellos no hubiese habido razón de hombres». Existen relatos sobre travestismo entre los guaicurúes, como los llamados cudinas, hombres castrados que se vestían de mujeres y pasaban a efectuar tareas exclusivamente femeninas, como el tejido de telas.[4] En la tribu de los bororo, los mancebos se recogían en el baito (o casa de los hombres), donde las mujeres no podían ingresar y los muchachos tienen relaciones sexuales entre sí con toda naturalidad. En la propia medicina indígena, era común que el tratamiento fuera realizado a través de las relaciones sexuales del pajé con los enfermos, incluyendo el sexo anal, como es el caso entre los coerunas.[5] Entre los chamanes, los conocimientos curativos eran pasados del pajé más viejo a sus alumnos por medio de la cópula carnal, donde el alumno se entrega al más viejo.[3]
Brasil colonial
Con la llegada de los portugueses, pasan a ser válidas en el territorio brasileño las leyes de la metrópolis, que clasificaban la sodomía como el «más torpe, sucio y deshonesto pecado».[1] Durante el periodo colonial existe una escasez de documentación sobre las prácticas homosexuales, precisamente debido a los procesos instaurados para castigarla, siendo la principal fuente los archivos de la Inquisición.
La Inquisición portuguesa se creó en 1536 y en 1553 fue autorizada a perseguir a los sodomitas por Juan III de Portugal. La autorización posiblemente se realizó a petición de los inquisidores, que ya en 1547 tenían a cuatro presos por sodomía. Algunos de los detenidos portugueses fueron enviados presos a Brasil, como castigo. Los condenados sólo eran quemados en la hoguera si se podía demostrar la «sodomía perfecta», es decir, «penetración del miembro viril deshonesto en el vaso trasero con derramamiento de simiente.» A pesar de que la persecución en la colonia no fue tan importante como en la metrópoli, sólo en Bahía, entre los siglos XVI y XIX se acusó a 202 personas de sodomía: 178 hombres y 24 mujeres. Por siglos, fueron 39 en el siglo XVI, 84 en el siglo XVII, 23 en el siglo XVIII y 56 en el siglo XIX. Entre ellos numerosos curas, dos gobernadores, Diogo Botelho y Câmara Coutinho, y un célebre revolucionario, Sabino Álvares.[6]
Uno de los casos mejor documentados es el de Luiz Delgado, hombre casado y con hijos, conocido fachono, un equivalente a las drag queen modernas. Delgado ya había sido juzgado y torturado en su Évora natal por sodomía, aunque no fue ejecutado al no poder demostrársele sodomía perfecta. Llegó a Brasil en la década de 1670, a donde le siguieron los rumores de sodomita. En 1689 fue detenido y enviado a Lisboa, su octava detención, donde permaneció durante tres años en la cárcel de la Inquisición. Allí fue torturado dos veces (un caso único en los procesos inquisitoriales por sodomía portugueses), siendo finalmente condenado a prisión en Angola.[6]
La llegada de esclavos negros introdujo la cultura africana precolonial en Brasil. En la región del Congo y Angola eran habituales las quimbandas, hombres travestidos de mujeres, algunos haciendo de hechiceros. En 1591 la Inquisición trató el caso de Francisco Manicongo, un quimbanda de Salvador de Bahía que se negaba a vestir las ropas de hombre que le ofrecía su dueño. Se le puede considerar el primer travestido del Brasil del que se tiene noticias.[6]
Siglo XIX
Con la independencia de Brasil, el fin de los Tribunales del Santo Ofício en 1821 y la edición de nuevo un código penal los primeros años del Imperio, la práctica deja de ser un crimen, así desaparecieron las principales fuentes para documentar la vida de los homosexuales en Brasil. Sin embargo, la moral cristiana y el prejuicio estaban muy arraigados. Los homosexuales pasaron a ser llamados «pederastas», «uranistas» y «androfilistas», y aparecían a menudo en las crónicas de escándalo de los periódicos.[6]
El Código Penal Imperial, ratificado por Pedro I de Brasil en 1830, castigaba en el artículo 280 «actos públicos indecentes» con diez a cuarenta días de prisión o una multa equivalente de la mitad de la pena cumplida. La indefinición del delito permitía a las fuerzas de orden público detener o amenazar de forma arbitraria, o incluso chantajear a homosexuales para obtener dinero. Con la llegada de la república en 1889, se editó un nuevo código penal en 1890, que, aunque no condenaba la sodomía, incluía provisiones contra la «indecencia pública», el «travestismo», la «vagancia» y el comportamiento «libertino», lo que daba suficientes posibilidades para la represión de los homosexuales.[7]
También los médicos se interesaron por el tema, realizándose algunas tesis doctorales sobre el tema en Bahía. El médico Domingos Firmino Pinheiro presentó su tesis en 1898 en la Facultad de Medicina y Farmacia de Bahía, en la que describe 32 casos de «androfilistas» y «pedandrorastas»: antecedentes familiares, biografía y descripción de las prácticas. El texto representa perfectamente el pensamiento imperante respecto a la homosexualidad, lleno de «iracunda indignación moral».[6]
Subcultura
Por lo menos desde finales del siglo XIX se conoce una rica subcultura homosexual en las grandes ciudades brasileñas. Esto era cierto sobre todo en Río de Janeiro, donde la plaza Tiradentes, llamada anteriormente Largo Rossio, era el centro de ese submundo. Los jardines que rodeaban la estatua del emperador Pedro I de Brasil eran lugares de cruising, ligue y encuentro, llegando a producirse quejas en 1870 y 1878, aunque no parece que se produjeran grandes cambios, existiendo noticias de que en 1901 el lugar seguía siendo frecuentado. En los alrededores de la plaza se encontraban varios teatros, cabarés, cines, revistas e innumerables bares y cafés, que daban un ambiente popular y cosmopolita. También se podían encontrar numerosos prostíbulos y pensiones por horas en la zona. Para los homosexuales, el bar Stadt Munchen y el Café Suizo, eran lugares donde podían contactar con prostitutos. En todos estos locales trabajaban también multitud de homosexuales, tanto en el mundo del espectáculo como en el de la restauración, que solían reunirse en el café Critérium.[8]
A los homosexuales pasivos o afeminados solía denominárseles con la palabra «fresco», que manteniendo su sentido original, daba pie a infinitos juegos de palabras como los del Dicionário Moderno (1930), que recopilaba la jerga de la época:
Fresco.- adjetivo que representa tiempo casi frío, templado, agradable, ni caliente ni frio. Que es ventoso. Uno los encuentra en las colinas y en el Largo RossioDicionário Moderno[8]
El término era usado tanto en poemas irónicos como en tiras cómicas.
