Difícilmente se puede hacer una historia de las empresas sin la presencia del empresario, ya que la estructura, la estrategia y los resultados no se generan espontáneamente sin el elemento humano; además, una historia empresarial no se puede entender sina complejidad del espacio en dónde opera la propiedad y la gerencia de los recursos humanos o materiales, es decir, sin la empresa.
La empresa juega un papel fundamental en el entramado económico de los productos, precios, mercados, procedimientos comerciales, industrialización, venta y publicidad. Sin embargo, su estudio debe de matizarse según su temporalidad y espacialidad, pues, aunque haya dinamizado de manera deslumbrante desde finales del siglo XIX, sus nociones y elementos constitutivos como organización económica tienen lugar a lo largo de la historia.
La naturaleza de la empresa, su crecimiento y su conformación tienen como eje rector y articulador al empresario, el cual interviene frente al mercado a través de transacciones, y frente a instituciones sociales con facultades normativas. De acuerdo con Coase, las transacciones efectuadas por la empresa en un determinado mercado son tratadas de distinta manera por los gobiernos y sus autoridades reguladoras. En este sentido, la empresa tiende a crecer conforme el empresario es capaz de organizar un elevado número de transacciones que se diversifican en cuanto a clase y lugar.[2] Asimismo, otra institución social que ha sido históricamente clave en el desempeño de la empresa y en la configuración del empresariado es la familia, la cual es “decisiva para la regulación del sistema de poder y de la autoridad desarrollada en las empresas”.[3]
Además de buscar la optimización del capital y la consolidación de la capacidad productiva y publicitaria, la empresa puede ser capaz de reunir, cotejar y vender información, proporcionar bienes y rendimientos, e invertir. “Una empresa cosiste en un sistema de relaciones que se desarrolla cuando la administración de los recursos depende de un empresario”.[4] Este individuo es “el instrumento de supervisión utilizado cuando la producción conjunta en equipo está presente”[5]
La empresa es un sistema económico que genera producción, distribución y consumo (a pequeña o gran escala) por medio de la explotación de posibilidades de venta y de la satisfacción –indispensable o no− de algún bien, servicio o pedido cuya recepción garantiza cierta cobertura de un mercado. Su funcionamiento aspira a completar exitosamente el proceso eficiente y regular que exige la oferta y la demanda (la primera en cuanto a calidad y precio, y la segunda respecto al cliente), de ahí persiste “la voluntad de agrupar bajo una única dirección el control del capital y de la gestión; [y] la preocupación constante por la perfección del artículo mediante una continua mejora de las técnicas”.[6]
En una economía de intercambio especializada la empresa puede obtener ahorro mediante el equilibrio de recursos y costos. Consecuentemente, su capacidad de inversión puede crecer e incidir en otros sectores y ámbitos, algunos relacionados total o parcialmente con el principal sector de la empresa, mientras que otros no. Esta transición implica para la empresa mayor grado de competencia con otras similares o de mayor envergadura, incluso sometiéndola a un ambiente de confrontación por medio del espionaje corporativo, la originalidad industrial y comercial (registro de patentes y marcas), estrategias publicitarias, innovación constante, optimización de los recursos, etc. Según Coase, la empresa tiende a crecer cuando análogamente disminuyen las probabilidades de error, incrementan las transacciones organizadas y se desacelera el precio de oferta de los factores productivos de las unidades más grandes[7]