Héroe trágico
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Un héroe trágico (o heroína trágica) es el protagonista de una tragedia en los dramas. Es un concepto literario originado en la cultura de la antigua Grecia, que designa a un protagonista que no es completamente inocente ni completamente culpable, sobre quien recae el destino. Son personajes tipo que poseen cualidades admirables pero que en últimas sufren, son derrotados o mueren por un defecto fatal (hamartia), una mala decisión o circunstancias fuera de su control. Este concepto se enriqueció posteriormente con una dimensión filosófica y religiosa.
En su Poética, Aristóteles enumera las descripciones del héroe trágico entre los dramaturgos y define estrictamente el papel que el héroe trágico debe desempeñar y el tipo de hombre que debe ser. Aristóteles basó sus observaciones en tragedias previas.[1] Según Aristóteles, el héroe trágico sufre su desgracia por razones inherentes a él mismo. En consecuencia, como agente, asume la responsabilidad de sus actos, pero no por una motivación negativa. Además, el héroe trágico debe ser inteligente para reconocer los errores de sus acciones.
Friedrich Schiller resume cuatro características del héroe trágico en su ensayo Schrift Ueber den Grund des Vergnügens an tragischen Gegenständen vier Merkmale («Sobre la razón del placer en los objetos trágicos»):[2] El héroe trágico obedece al deber a expensas de la inclinación. Su elección del deber le causa sufrimiento, lo que resulta en un papel trágico. El dilema también lo sumerge en la tragedia si debe elegir un deber superior en lugar de uno inferior. Es más, incluso un villano puede ser un héroe trágico si sus acciones le brindan placer, aunque sus objetivos sean inmorales.
Es común que el destino del héroe trágico sea la muerte. Muchos de los casos más famosos de héroes trágicos aparecen en la literatura griega, particularmente en las obras de Sófocles y Eurípides. Ejemplo de ello son Prometeo, Edipo o Hipólito.[3]
En Poéticas, Aristóteles sugiere que el héroe de una tragedia debe evocar un sentimiento de pena o temor dentro del espectador, declarando que "el cambio de fortuna presentado no debe ser el espectáculo de un hombre virtuoso traído de la prosperidad a la adversidad".[4] En esencia, el enfoque del héroe no debe basarse en la pérdida de su prosperidad, sino que establece que la pena es una emoción que debe ser provocada cuando, a través de sus acciones, el personaje recibe una desgracia inmerecida, mientras que la emoción del miedo debe sentirse por parte del espectador cuando contemplan que tal desgracia podría posiblemente suceder en situaciones similares. Aristóteles explica que tal cambio de fortuna "no debe ser de lo malo a lo bueno sino a la inversa: de lo bueno a lo malo". "No por vicio o depravación sino por algún error de juicio". Este error, o hamartia, se refiere a una falla en el personaje del héroe, o un error cometido por el personaje.
Un ejemplo de un error cometido por un héroe trágico se puede encontrar en Edipo Rey de Sófocles. En la historia, el personaje de Edipo recibe una profecía de que asesinará a su propio padre y se casará con su propia madre. Aunque hace todo lo posible para evitar cumplir la profecía, Edipo se entera de que la vida de un hombre que tomó, Layo, fue en realidad la de su propio padre, y que la mujer con la que está casado, Yocasta, es en realidad su propia madre.
La Antígona de Sófocles es otro ejemplo notable de un héroe trágico. Polyneices y su hermano, Eteocles, eran reyes, pero el primero quería más poder y no le cedió el trono a su hermano como habían quedado anteriormente, así que el segundo se fue y reunió un ejército de una ciudad vecina. Atacaron y los dos hermanos se mataron. A través de la ley de Creonte que prohíbe el entierro de Polyneices, Creonte condena a su propia familia.
Por lo tanto, el héroe aristotélico se caracteriza por ser virtuoso pero no "eminentemente bueno", lo que sugiere un personaje noble o importante que es honrado y moralmente inclinado, pero que aun así está sujeto al error humano. Los héroes trágicos de Aristóteles son personas defectuosas que cometen, sin malas intenciones, grandes injusticias o lesiones que finalmente llevan a su desgracia, seguido a menudo por la realización trágica de la verdadera naturaleza de los eventos que llevaron a este destino.[5] Esto significa que el héroe aún debe estar, en cierta medida, enraizado moralmente. La ironía habitual en la tragedia griega es que el héroe es extraordinariamente capaz y altamente moral (en el sentido de la cultura de honor griega de estar obligado a las expectativas morales), y son estas cualidades exactas y admirables las que llevan al héroe a circunstancias trágicas. El héroe trágico está atrapado por su propia grandeza: extraordinaria competencia, una justa pasión por el deber, y (a menudo) la arrogancia asociada con la grandeza (hibris).