La vuelta al nido
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| La vuelta al nido | ||
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| Ficha técnica | ||
| Dirección | ||
| Producción | A. Z. Wilson | |
| Guion | Leopoldo Torres Ríos | |
| Música |
Eugenio De Briganti Abrain De Briganti | |
| Sonido |
Oscar L. Nourry Alejandro Bousquet | |
| Fotografía | Carlos Torres Ríos | |
| Escenografía | Antonio Scelfo | |
| Protagonistas |
José Gola Amelia Bence | |
| Ver todos los créditos (IMDb) | ||
| Datos y cifras | ||
| País | Argentina | |
| Año | 1938 | |
| Género |
Drama psicológico Melodrama | |
| Duración | 77 minutos | |
| Idioma(s) | Español | |
| Compañías | ||
| Distribución | Cinematográfica Terra | |
| Estudio | Estudios E. F. A. | |
| Ficha en IMDb Ficha en FilmAffinity | ||
La vuelta al nido es una película dramática argentina de 1938, dirigida y escrita por Leopoldo Torres Ríos y protagonizada por José Gola y Amelia Bence. Fue la primera «obra mayor» de Torres Ríos y la primera producción de los Estudios E. F. A., fundada por los productores Adolfo Z. Wilson y Julio Joly en sociedad con el exhibidor Clemente Lococo.[1] Sin embargo, la película estuvo nueve meses archivada debido al rechazo de exhibidores y críticos que la consideraban «poco comercial», y E.F.A. llegó a estrenar Adiós Buenos Aires —también de Torres Ríos y filmada con posterioridad— antes que La vuelta al nido.[2] A diferencia de los modelos más taquilleros que imperaban en los primeros años de la Época de Oro del cine argentino, La vuelta al nido se distinguió por su estilo poético e intimista, centrándose en la psicología de los personajes por encima de la acción o los diálogos.[3][4]
Tras varios meses de dificultades y debates sobre su valor comercial, la película se estrenó finalmente el 4 de mayo de 1938 en el cine Monumental de Buenos Aires.[5][6] Fue un rotundo fracaso comercial y de crítica por su ritmo lento, con la notable excepción del influyente crítico Calki, de El Mundo, cuyo respaldo resultó fundamental para que la película llegara a estrenarse y quien dedicó varias de sus columnas a exaltar el film como la inauguración de un nuevo estilo dentro del cine argentino.[2][4] Torres Ríos fue acusado de «ensuciar el celuloide» y vivió el fracaso con gran desánimo; el golpe afectó su reputación durante un par de años, y las películas que realizó en el período siguiente fueron de un estilo marcadamente comercial.[2][7]
La película comenzó a ser reivindicada en los años 1950 y 1960, impulsada por los jóvenes críticos integrantes del Cine Club Núcleo y la revista Tiempo de Cine, quienes la reconocieron como un anticipo del cine de la llamada «generación del 60».[4][6] En la actualidad, es reconocida como un clásico del cine argentino, la obra maestra de Torres Ríos y una película adelantada a su tiempo, con un estilo experimental que anticipa al cine de autor y el cine moderno.[6][3][8] Ha sido considerada una de las mejores películas argentinas de todos los tiempos en varias ocasiones.[9][10]
Después de pasar la tarde en el parque público y el zoológico, Enrique Núñez baña a su hijo, mientras su mujer acuesta a la niña. Enrique trata a su mujer con dureza, le recrimina la distracción de dejar abierta la puerta, de no tener las cosas en su lugar, y todo lo atribuye a la "falta de disciplina". Sin embargo, lo que la cámara muestra es una mujer dulce y dos niños que rezan en voz alta sin cometer un solo error.Durante una pequeña discusión sobre qué es preferible, crecer sano y tonto o enclenque e inteligente, Enrique afirma que las lecturas debilitan los músculos. Pero luego de la cena él mismo lee el periódico, mientras su esposa se sienta a su lado y lo acaricia. Después mira melancólicamente las fotos de la boda, colgadas en la pared. En su trabajo, Enrique comienza a cometer errores de contabilidad, y el gerente se lo hace notar, amenazándolo con tomar otras medidas. No participa en el jolgorio (e indisciplina de la oficina), y mientras sus compañeros juegan quiniela, él medita.
El jefe lo llama para entregarle una carta que ha llegado a su nombre, pese a que está prohibido para los empleados recibir correspondencia en esa dirección. La carta es un anónimo en que le cuentan a Enrique su mujer le es infiel: cada tarde, cuando lleva a los niños al parque, se encuentra con un amante. Anonadado y con un infierno de celos en su cabeza, Enrique vuelve a su casa y continúa angustiándose. En los periódicos lee noticias sobre asesinatos por celos. Cuando otro día sigue a su mujer e hijos hasta el parque, ensueña por un momento leer la propia noticia policial de su agresión a su esposa, y luego se imagina a sí mismo, años más tarde, de barba, mientras regresa a su casa.
Incluso lleva una pistola en el bolsillo, pero no la usa: su mujer nunca se encuentra con ningún hombre. Ya en su casa, sombrío, su mujer lo contempla con ternura y compasión y le confiesa haber sido ella la autora del anónimo. Había querido tener su atención, herida por su indiferencia. Y Enrique se alegra, sonríe por primera vez, disipa su angustia
Reparto
- José Gola como Enrique
- Amelia Bence como su esposa
- Araceli Fernandéz como su hija
- Mario «Cielito» González como su hijo
- Julio Renato como el gerente
- Anita Jordán como Luisita
- Vicente Forastieri como Pedro
- Mario Mario como un empleado
- Ernesto Villegas como un empleado
- Roberto F. Torres como el juez
- Enrique del Cerro como el Dr. Núñez
- Roberto Páez como el cantor
Temas y estilo

La vuelta al nido es considerada una rareza entre las producciones de la Época de Oro del cine argentino por su estilo intimista y su experimentación con el lenguaje cinematográfico, donde la puesta en escena está al servicio de las emociones de los personajes y no del argumento escrito.[3][12][13] Varios autores han señalado que la película contiene elementos que anticipan la modernidad cinematográfica por décadas.[2][14][8] A nivel formal, La vuelta al nido ha sido descrita como una obra que refleja la transición del cine mudo al sonoro.[6] El film muestra influencias del cine alemán mudo, particularmente del llamado «cine de cámara» o Kammerspielfilm,[4] y de realizadores del período silente como King Vidor,[8] con referencias a la película Y el mundo marcha (1928).[6] A contramano de los imperativos comerciales y narrativos de todo el cine argentino de la época, el film se caracteriza por su falta de «acción» exterior y su ritmo lento, reflejando el mundo interior y la psicología de sus personajes.[3][4] El propio Torres Ríos escribió que intentaba: «enfocar una situación y estudiarla hacia adentro, aprovechando todo lo que el decálogo del buen argumentista rechaza. Esto es: ausencia de acción y perder el tiempo en cosas superfluas».[4] El resultado es una película de estilo naturalista y diálogo escaso, apoyándose en gran medida en las actuaciones contenidas de José Gola y Amelia Bence, la atención minuciosa a detalles cotidianos aparentemente insignificantes pero con peso simbólico y emocional, y el uso de escenas y tomas largas, así como de flashbacks y flash-forwards imaginados.[12][4][15] Según el académico puertorriqueño Paul A. Schroeder Rodríguez, Torres Ríos recurre al «uso del estilo libre indirecto para representar la deformada perspectiva de su protagonista».[16]
De toda mi producción la película que más quiero es La vuelta al nido porque al dirigirla sentí, por primera vez, que el trance de la inspiración es, en cine, tan importante como para escribir un poema. Haciendo aquella película creí que descubría el cine, que todo lo hecho hasta entonces, salvo excepciones... era falso.Leopoldo Torres Ríos.[17]

La película ha sido descrita como perteneciente a los géneros de drama psicológico,[18] drama familiar y melodrama.[11] La trama del film está «centrada en la vida hogareña y en el deterioro que la rutina diaria puede producir en el amor».[3] Varios autores la han identificado como un retrato de la clase media de Buenos Aires en aquella época.[12][11] El investigador estadounidense John King la describió como «casi única porque, a diferencia de otras cintas del período, no dirigió su mirada hacia las calles de Buenos Aires y las zonas rurales, sino que decidió explorar, lenta y minuciosamente, con una gran complejidad técnica, la desintegración de las relgaciones familiares».[19] El pequeño conflicto dramático no aparece sino hasta la segunda mitad de la película; antes de eso, Torres Ríos se dedica a explorar el universo familiar centrado en el hogar.[12] Según el acádemico uruguayo Jorge Ruffinelli, constituye un «ejemplo de la fuerza ideológica de los valores masculinos en la Argentina de su época. Mujer e hijos pertenecen al mundo del hombre, aunque este mismo llegue a ser humillado en su lugar de trabajo. La película expresa ese señorío familiar, donde el honor es valor máximo, y la mujer la única que suele transgredirlo. Lo singular de la historia es que se trata de la propia mujer quien usa esos valores para volver a tener existencia en la pareja».[11] El historiador de cine Jorge Miguel Couselo señaló que la representación que hace Torres Ríos del típico oficinista posiblemente sea el primer equivalente cinematográfico para las descripciones del porteño arquetípico que hicieron escritores como Raúl Scalabrini Ortiz o Roberto Arlt.[4] El crítico y programador argentino Roger Koza señaló: «La séptima película de Torres Ríos es un ejemplo de puesta en escena: los objetos hablan, las elipsis glosan como se debe, los diálogos vierten lo necesario y los movimientos de cámara, a veces escandalosamente modernos, como en una discusión menor entre dos compañeros de oficina del personaje principal, exornan las posibilidades expresivas de una poética que muestra sin énfasis ni firuletes. El drama es íntimo, pero no solipsista: Buenos Aires es una presencia, tenue pero real, en esta indagación inteligente sobre los celos como una vertiente del desvarío».[14]
Producción
La vuelta al nido fue la primera producción de los estudios E.F.A. (Establecimientos Filmadores Argentinos), creados por los productores Adolfo Z. Wilson y Julio Joly en sociedad con el exhibidor Clemente Lococo.[2] En un contexto de rápida expansión del cine industrial argentino, Wilson, exitoso distribuidor de cine europeo, creó E.F.A. bajo el nombre original de Porteña Films y construyó sus instalaciones de filmación en el barrio porteño de Constitución, donde actualmente funciona Canal 13.[1] En junio de 1937, poco antes de la inauguración del estudio, se anunció la incorporación de Joly, especializado en la importación de cine francés.[1] Si bien la idea inicial era que E.F.A. no produjera películas propias sino que alquilara sus instalaciones a terceros, en agosto de ese mismo año comenzaron simultáneamente los rodajes de La casa de Quirós —producción de Argentina Sono Film— y de La vuelta al nido.[1] En esa misma fecha también se anunció la incorporación del tercer socio, Clemente Lococo, dueño de una de las mayores cadenas de salas cinematográficas del país.[1] E.F.A. fue una de las tantas iniciativas que surgieron en un contexto de crecimiento exponencial de la rentabilidad y el desarrollo industrial del cine argentino, proceso que había comenzado con el estreno de las primeras producciones sonoras en 1933 y que se conoce como la «Época de Oro».[20]
La película es considerada la «primera obra mayor» de Leopoldo Torres Ríos, quien trabajaba en el ámbito cinematográfico desde la década de 1920, durante el período del cine mudo.[4] Durante esa década se desempeñó como crítico cinematográfico (entre los primeros del país),[21] escribió cuentos y tangos, colaboró como guionista con los directores José A. Ferreyra, su mentor, y Julio Irigoyen, redactó intertítulos para películas mudas y trabajó como montajista, adaptando al gusto argentino filmes europeos importados por la distribuidora Terra.[12] Recién con la llegada del cine sonoro y amparado en el éxito de al menos tres películas mudas (actualmente perdidas) que había logrado dirigir en esa época, obtuvo la «chance de hacer lo que quisiera», lo que derivó en la realización de La vuelta al nido.[12] Torres Ríos convocó al ya consagrado galán del cine local José Gola y a Amelia Bence, a quien dio su primer protagónico en Adiós Buenos Aires (1938), film de E.F.A. que, aunque producido después, se estrenó antes que La vuelta al nido.[2]
Lanzamiento y recepción inicial

Aunque La vuelta al nido se terminó en 1937, su estreno se demoró nueve meses debido a las preocupaciones de E.F.A. de que era demasiado «poco comercial», a pesar de la aparente posición favorable de estar conformada por influyentes empresarios del rubro cinematográfico.[2] El director Leopoldo Torre Nilsson, hijo de Torres Ríos, recordó: «Yo tenía doce años, en mis manos mezquinas de chico ansioso agonizaba una revista de cine. Leí en voz alta: "¿Será tan mala? Hace varios meses que duerme en sus latas la película argentina La vuelta al nido, de Leopoldo Torres Ríos. Ningún cine la quiere estrenar"».[2] El estudio realizó varias proyecciones privadas de la película a modo de testeo, que incluyeron a importantes críticos y especialistas, y se encontró con reparos y advertencias acerca de su potencial comercial, incluyendo la reticencia de Pablo Coll, empresario del cine Monumental;[2] apodado la «catedral del cine argentino», sala en la que solían presentarse la mayoría de los estrenos argentinos del período clásico.[22] Una excepción notable fue el crítico Calki, quien desempeñó un papel fundamental en el eventual estreno de la película y llevó a cabo una campaña promocional desde su influyente columna cinematográfica en el diario El Mundo.[2]
La vuelta al nido se estrenó finalmente el 4 de mayo de 1938 en el Cine Monumental.[5][6] El día anterior, Calki hizo una elogiosa promoción de la película en su columna: «Mañana se estrenará La vuelta al nido. Conviene decir unas cuantas palabras antes. No es una película nacional más. Por lo pronto, le cabe el honor de ser una obra discutida antes de su estreno.La vuelta al nido está terminada desde hace ocho o nueve meses. En esto constituye también una excepción. Porque existe una costumbre en el cine nacional: casi todas las películas se terminan de filmar o de armar apresuradamente, porque se les viene encima la fecha del estreno. Hubo algunas que sólo estuvieron listas dos o tres horas antes de la anunciada para su presentación... La vuelta al nido esperó días, semanas, meses».[2]
Yo la había visto en privado tres veces y no la querían estrenar. Uno de sus productores había dicho que era «celuloide ensuciado». (...) Don Pablo Coll, el empresario del Monumental, que era amigo mío, me dijo al salir: «No, Calki, no. Me aburrí tremendamente; yo no puedo estrenar esto». «Don Pablo —le dije yo— hágame caso, es una película distinta. Usted va a ver que al público le va a gustar e incluso va a tener éxito». Cuando se estrenó, fui. Yo ya había hecho el elogio, lo había dejado en el diario y «ya» estaba apareciendo. La silbaron (había grupos interesados en silbarla, ¡eh!). Para mí fue un gran dolor, porque hasta me llamó el director y me dijo: «¿Cómo me elogia usted una película que fue silbada por el público?». Le expliqué: era el primer asomo de cine intimista. Todos los demás le pegaron, menos Roland, yo y Zolezzi (...) Los demás lo dejaron al pobre Torres Ríos hecho un trapo. (...) No, no gustó. No soportaron un ritmo así, lento.

La película fue un gran fracaso comercial y de crítica, a excepción de la elogiosa reseña de Calki que la describe como: «Una agradable sorpresa en el cine nacional. Todo es nuevo en ella: el tema, el ritmo, la realización. Es una película con espíritu propio, profundamente humana. Digna de sobresalir, no sólo dentro de lo nuestro, sino también entre todas las producciones actuales del cine».[2] Además de Calki, el crítico Emilio Zolezzi de El Diario fue uno de los pocos en elogiar la película en su estreno, destacando que era la primera vez que el cine argentino abordaba «francamente un drama psicológico», escribiendo que los grandes maestros del género, desde Pabst y Dupont hasta Machaty, estuvieron presentes en [Torres Ríos]».[18] Sin embargo, la calificó de «honrosa tentativa» y señaló deficiencias en la construcción narrativa, reprochando al director «el medio camino que recorre sin acertar con una acción que conjugara, en su totalidad, con la razón interna que determina la actitud de sus personajes».[18]
Por su parte, la reseña del diario La Nación elogió la «tentativa de fijar en la pantalla criolla un espejo de nuestra realidad en sus justas dimensiones», pero criticó su ejecución, señalando que «peca de lentitud» y que el «engarce de los episodios o la continuidad no guarda un equilibrio muy preciso».[2] La revista comercial El Heraldo del Cine le dio el puntaje: «valor artístico: 3 y ½; valor argumento: 2; categoría: corriente», y señaló: «De un grave defecto adolece esta producción que por su simpatía y calor humano hubiese podido constituir una de las expresiones más felices de nuestro cine: está desarrollada con suma lentitud en la exposición, con la técnica del cine mudo, del cual recoge también la sugestión de las imágenes. La insistencia excesiva en detalles que se repiten innecesariamente, resta garra cinematográfica al asunto que en los primeros actos se perfila como un drama familiar, lleno de emoción y ternura. Este defecto se nota especialmente en la escena de la visión que debió haber sido desarrollada con vertiginosa rapidez. De excelente fotografía y buen sonido en los escasísimos diálogos, ha contado, además, con buenos intérpretes».[2]
Cuando mi película La vuelta al nido conquistó uno de los más resonantes y a la vez inadvertidos fracasos de nuestro cine, creí que ya nunca podría realizar una verdadera película. Casi podría decir que por mi propia, limitada experiencia, dejé de creer en el cine, que afortunadamente está mucho más allá de todas las experiencias y de todos los fracasos o los éxitos. |
Según el recuerdo posterior de Zolezzi, Roland, en Crítica, fue el crítico que más se ajustó a la esencia del film, y La Prensa, con mayor parquedad, se limitó a reconocerla como una película «muy limpia y honesta».[18] El primer número de la revista Cine Argentino declaró que La vuelta al nido era «una buena intención mal realizada», señalando que la decisión de hacer una película centrada en la psicología de los personajes constituye un «proyecto admirable para hacer buen cine» pero que Torres Ríos «no ha tenido a su alcance la alta calidad de medios necesarios para realizarlo».[24] La crítica también señaló: «Mucho se habló de La vuelta al nido antes de su preparación. Se dijo de ella todo lo malo y todo lo bueno. A lo primero, se encargaron de dar pie los exhibidores que le negaron sus pantallas. A lo segundo, hará justicia el público».[24] Según el investigador Martín Batalla: «Sólo un clima indócil como éste puede explicar que, antes de su estreno, el film careciera de toda propaganda gráfica, o que sólo un par de días después de consumado el hecho, los avisos de los diarios no reprodujeran, como era usual, los juicios de los principales críticos, aunque sí transcribieran los títulos (pero sólo los títulos) correspondientes a sus crónicas».[2]
El rotundo fracaso de la película impactó profundamente en la carrera de Torres Ríos, que recordó años más tarde: «Cuando hice La vuelta al nido, el zarandeo que me dio nuestro pequeño pobre ambiente de entonces me dejó sin ganas de volver a intentar este tipo de film por mucho tiempo. Estuve dos años sin poder conseguir un contrato porque me tenían miedo. La voz casi general del ambiente decía que yo «ensuciaba el celuloide» y además que aburría. Había que vivir, y además, para demostrar que también sabía hacer las mismas macanas que casi todo el mundo, hice El sobretodo de Céspedes y muchas otras que nada tienen que ver con el cine».[7]
Revaluación y legado
A pesar de su fracaso en el estreno, La vuelta al nido fue reivindicada con el tiempo y es hoy celebrada como una obra adelantada a su época, la obra maestra de Torres Ríos y un clásico pionero del «cine intimista» y el cine de autor en Argentina.[2][6] La tardía revalorización crítica se materializó entre los años 1950 y 1960, gracias a la iniciativa de rescate emprendida por los críticos cineclubistas de Buenos Aires.[2][6] Según Fernando Martín Peña: «El film fue redescubierto mucho después por los jóvenes críticos integrantes del Cine Club Núcleo y la revista Tiempo de Cine, que no sólo lo consideraron una rareza, sino también un anticipo del tipo de cine que estaban por realizar los jóvenes directores de la generación del 60».[4] José Agustín Mahieu, crítico que participaba en Tiempo de Cine, la describió en 1966 como adelantada a su tiempo y de lenguaje novedoso, escribiendo que: «Torres Ríos prueba, con La vuelta al nido, experiencias de lenguaje que solo una perspectiva actual ha apreciado en toda su importancia».[3] Mahieu la destacó como una «observación minuciosa, intimista, con un uso audaz y casi experimental de los movimientos de cámara y el tiempo cinematográfico», aunque también mencionó los «altibajos de exposición y cierto desaliño estructural».[3]
Hoy, La vuelta al nido es un clásico de nuestro cine. La redescubrieron los jóvenes allá por el 60. Entre esos jóvenes que ahora lo son un poco menos estaba Couselo, junto a Sammaritano, Mahieu, Vena y algunos otros.Leopoldo Torre Nilsson, 1974.[25]
El crítico Domingo Di Núbila, quien en su pionero libro sobre la historia del cine argentino de 1960 apenas le había dedicado una escueta mención que se hacía eco de las críticas recibidas por la película en los años 1930, amplió considerablemente su tratamiento en la edición actualizada de 1998, reflejando así el profundo cambio que la crítica y la historiografía habían experimentado en torno a ella.[2] Di Núbila la describió como «la primera película maldita del cine argentino», y señaló que se «adelantó 20 años a la época en que bastante público empezó a aceptar los tiempos muertos bressonianos y en que pudo desquitarse con Edad difícil, que ganó premios internacionales y funcionó en taquilla».[26] En su libro sobre la historia del cine latinoamericano publicado en 1990, el investigador estadounidense John King escribió: «Ahora nos parece una película moderna: en la época, el público la rechazó en masa, confudido por el ritmo y la exploración psicológica carente de tangos o chistes breves».[19]
Durante el desarrollo del cine experimental argentino en la década de 1970, el sector más narrativo del movimiento, liderado por Silvestre Byrón, se vio particularmente influenciado por la película, tal y como recuerda Claudio Caldini: «Era un cine más narrativo, pero con una orientación vanguardista, emparentado con el Kammer Spiel y ciertas corrientes del cine argentino de los años 30. No son muy conocidas. Han sido reivindicadas hace poco tiempo. Es un cine muy de cámara, muy pequeño, casi al margen de la industria y totalmente incomprendido por la crítica. Especialmente una película que se llama La vuelta al nido. Silvestre estaba en esa dirección estética, de minimalismo narrativo sentimental».[27]
La vuelta al nido fue reconocida como la quinta mejor película del cine argentino de todos los tiempos en una encuesta realizada por el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken en 1977, mientras que ocupó el puesto 24 en una nueva edición realizada en 2000.[9] En una nueva versión de la encuesta organizada en 2022 por las revistas especializadas La vida útil, Taipei y La tierra quema, presentada en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la película alcanzó el puesto 51.[10] En 2010, Ruffinelli la incluyó en su libro América Latina en 130 películas publicado por la editorial chilena Uqbar, que reúne películas que para él configuran el canon del cine latinoamericano.[11] En 1999, la película recibió dos votos en la lista de las mejores películas latinoamericanas de todos los tiempos compilada por los críticos cubanos Carlos Galiano y Rufo Caballero, basada en una encuesta a numerosos críticos de América Latina y otras regiones, lo que la situó en el puesto 107 de la clasificación general, fuera del top 100.[28] En la edición de 2022 de la prestigiosa encuesta de las 100 mejores películas de todos los tiempos de Sight & Sound, publicada decenalmente por el British Film Institute, La vuelta al nido recibió un voto correspondiente al crítico argentino Lucas Granero, sin alcanzar la lista final.[29]