Lector de tabaquería

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El lector de tabaquería es un oficio existente en Cuba el cual corresponde a una persona que se dedica a leer diarios o novelas a viva voz, mientras en la sala se encuentran trabajadores que se encuentran manipulando las hojas de tabaco para transformarlos en habanos, como también encargándose de despalillo y escogida.[1]

Antigua postal de 1907 donde se puede apreciar al lector entre medio de los obreros armando los puros en una fábrica en La Habana.

La figura del lector de tabaquería es incierta y se desconoce cuándo nació, sin embargo, sus primeros registros datan de 1836. Algunas teorías afirman que fue una forma de educar a los prisioneros en la isla que eran forzados a trabajar y a armar cigarros, teniendo las lecturas tanto la intención de educar como de motivar a los reclusos. Históricamente, esta función se encontró amparada en las primeras ideas independentistas de Cuba como una forma de educar a los obreros del tabaco e inculcarles ideas revolucionarias. El poeta y héroe nacional cubano José Martí ya había mencionado a los lectores de tabaquería como piezas esenciales en la lucha intelectual para transformar a las clases trabajadoras.[2]

Para ser seleccionado como lector de tabaquería debían cumplirse ciertas condiciones, entre las que se encontraban, tener buena dicción, tener voz clara y suficiente cultura para responder preguntas que podrían surgir de las lecturas. Aunque se asociaba el oficio con los hombres, con el tiempo se asentaron más mujeres como lectoras, sobre todo a partir de la década de 1960. Se presume que algunas de las marcas de puros más conocidas de Cuba, como Montecristo o Romeo y Julieta, toman su nombre de las obras literarias respectivas que se escogían para cada jornada laboral.[3]

La Revolución cubana volvió a darle un renovado interés al oficio, como forma de difundir ideas marxistas y temas de cultura general, cuando la población cubana se encontraba con altos niveles de analfabetismo. La revolución le dio una protección especial al oficio, y se pasó a reconocérsele al lector de tabaquería como un empleado al mismo nivel que los que se encargan del armado de los puros, con sus correspondientes beneficios salariales. Por otro lado, las lecturas que antes eran decididas por la empresa tabacalera, comenzaron a ser decididas por consejos de trabajadores, abarcando incluso el diario Granma y discursos de Fidel Castro.[4]

La práctica está reconocida como Patrimonio Cultural de Cuba y el gobierno cubano mencionó su intención de nominar la práctica como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad ante la Unesco, aunque nunca finalizó las tratativas al respecto.[1][5]

Referencias

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