Lluvia sobre nieve
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La lluvia sobre nieve (en inglés rain-on-snow, a menudo abreviado ROS) es un fenómeno meteorológico e hidrológico en el cual la lluvia líquida cae sobre un manto de nieve preexistente. La precipitación con temperatura relativamente cálida aporta calor al manto nival y acelera su derretimiento, generando una escorrentía adicional de agua que se suma a la de la propia lluvia.[1] Este proceso aumenta rápidamente el volumen de agua que escurre sobre la superficie. Como resultado, los episodios de lluvia sobre nieve suelen asociarse a crecidas repentinas, inundaciones y otros peligros naturales en regiones de clima frío o de montaña. Además, pueden provocar la formación de capas de hielo cuando el agua lluvia se congela posteriormente, con impactos importantes en ecosistemas y actividades humanas de zonas nevadas.
La lluvia sobre nieve ocurre típicamente cuando una masa de aire cálido y húmedo ingresa sobre una zona cubierta por nieve, provocando precipitaciones líquidas en lugar de nevadas. Para que se produzca el fenómeno, la temperatura del aire durante la precipitación debe superar el punto de congelación (0 °C) en al menos parte de la vertical atmosférica, de modo que las gotas de lluvia alcancen el suelo sin congelarse. Al impactar sobre la nieve fría, la lluvia transfiere energía calórica que derrite el manto nival desde la superficie. Este derretimiento se ve favorecido si la lluvia es intensa y si la temperatura ambiente se mantiene por encima de 0 °C durante el evento. [2]

Frecuentemente, los eventos de lluvia sobre nieve están asociados a tormentas o ríos atmosféricos cálidos. Por ejemplo, en los Andes de Chile central se ha observado que muchas tormentas ROS ocurren durante precipitaciones de gran extensión producidas por ríos atmosféricos, los cuales arrastran una masa de aire anómalamente cálida y húmeda.[3] Estas condiciones elevan transitoriamente la isoterma 0 °C (la altitud a la cual la temperatura es de 0 °C), permitiendo que la lluvia caiga incluso a elevaciones altas donde normalmente nevaría. Un caso extremo se registró en la isla Rey Jorge a inicios de julio de 2023, cuando un río atmosférico inusualmente intenso elevó la temperatura por encima de la congelación en pleno invierno austral y generó lluvia en lugar de nieve durante aproximadamente doce horas.[4] Este evento, nunca antes documentado en esa región en invierno, evidenció cómo la llegada de una masa de aire cálido puede invertir temporalmente las condiciones habituales de nieve, provocando precipitaciones líquidas sobre la superficie nevada incluso en la Antártica.[5]
El impacto del fenómeno depende de factores locales. La cantidad de nieve previa y su estado (temperatura de la nieve, grado de compactación, contenido de agua líquida) influyen en cuánto derretimiento ocurrirá por efecto de la lluvia. Si el manto nival está frío y seco, parte de la lluvia puede congelarse al infiltrarse, formando una costra de hielo interna sin generar tanta escorrentía inmediata; pero si el manto está cercano al punto de fusión o saturado, la lluvia penetra y derrite eficazmente la nieve, liberando gran volumen de agua en poco tiempo. Por ello, la respuesta hidrológica varía según las condiciones: en algunos eventos ROS la contribución del deshielo nival puede ser modesta frente a la propia lluvia, mientras que en otros la combinación de lluvia y nieve fundida exacerba notablemente la crecida. No todos los eventos de lluvia sobre nieve dejan una pérdida visible de la cobertura nival, lo que indica que en muchos episodios la mayor parte de la nieve permanece o la lluvia es insuficiente para fundirla totalmente.[3] Aun así, bajo tormentas intensas es posible llegar a derretir varios centímetros de nieve: en casos analizados de la cuenca del río Maipo, se estimó que una sola tormenta ROS pudo reducir más de un 3% la nieve acumulada en la cuenca, añadiendo un volumen de agua equivalente al 10% de la precipitación líquida caída.[3]