Manus ferens munera
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Manus ferens munera es un poema satírico en latín medieval que constituye la primera pieza (CB 1) de la colección de los Carmina Burana.[1] La obra pertenece a la tradición de la sátira clerical desarrollada entre finales del siglo XII y principios del siglo XIII.[2][3]
En el Codex Buranus (clm 4660), el poema se encuentra en el folio 43, que es la primera hoja conservada de la versión original del manuscrito.[1] No obstante, el orden del códice difiere de las ediciones modernas.[1] Debido a que en el núcleo original solo se conserva el final de la sexta estrofa, la edición crítica de Alfons Hilka y Otto Schumann emplea otras fuentes para su reconstrucción.[1] Aunque es de autoría anónima, el texto refleja la ideología de los clérigos letrados que utilizaban el latín como herramienta de crítica social.[4]
Manus ferens munera
pium facit impium;
movent genitivos.
nummus iungit federa,
nummus dat consilium;
nummus lenit aspera,
nummus sedat prelium.
nummus in prelatis
est pro iure satis;
nummo locum datis
vos, qui iudicatis.
Nummus ubi loquitur,
fit iuris confusio;
pauper retro pellitur,
quem defendit ratio,
sed dives attrahitur
pretiosus pretio.
hunc iudex adorat,
facit, quod implorat;
pro quo nummus orat,
explet, quod laborat.
Nummus ubi predicat,
labitur iustitia,
et causam, que claudicat,
rectam facit curia,
pauperem diiudicat
veniens pecunia.
sic diiudicatur,
a quo nichil datur;
iure sic privatur,
si nil offeratur.
Sunt potentum digiti
trahentes pecuniam;
tali preda prediti
non dant gratis gratiam,
sed licet illiciti
censum censent veniam.
clericis non morum
cura, sed nummorum,
quorum nescit chorum
chorus angelorum.
«Date, vobis dabitur:
talis est auctoritas»
danti pie loquitur
impiorum pietas;
sed adverse premitur
pauperum adversitas.
quo vult, ducit frena,
cuius bursa plena;
sancta dat crumena,
sancta fit amena.
Hec est causa curie,
quam daturus perficit;
defectu pecunie
causa Codri deficit.
tale fedus hodie
defedat et inficit
nostros ablativos,
qui absorbent vivos,
moti per dativosLa mano que trae presentes
vuelve impío al hombre piadoso;
agitan a los «genitivos» (las familias/linajes).
el dinero sella los pactos,
el dinero da el consejo;
el dinero suaviza las asperezas,
el dinero calma el combate.
En los prelados, el dinero
sustituye al derecho;
abren paso al dinero
ustedes, los que juzgan.
Donde el dinero habla,
se confunde la ley;
el pobre es rechazado,
aquel a quien la razón defiende,
pero el rico es atraído,
hecho valioso por su precio.
El juez lo venera,
concede lo que implora;
por quien el dinero intercede,
se cumple lo que pretende.
Donde el dinero predica,
se derrumba la justicia,
y la causa que cojea,
la curia la endereza,
al pobre condena
el dinero que interviene.
Así es juzgado culpable
quien nada entrega;
así se le priva de su derecho,
si nada es ofrecido.
Son los dedos de los poderosos
los que atraen el dinero;
provistos de tal botín,
no otorgan gracia gratuita,
sino que, aunque sea ilícito,
cobran por el perdón.
Los clérigos no cuidan la moral
sino las monedas,
a cuyo coro no reconoce
el coro de los ángeles.
«Dad, y se os dará:
tal es la autoridad»;
al que da, habla con piedad
la piedad de los impíos;
pero se aplasta con dureza
la adversidad de los pobres.
Lleva las riendas a donde quiere
aquel que tiene la bolsa llena;
la santa escarcela da,
lo santo se vuelve amable.
Tal es la causa de la corte,
que el que va a dar hace triunfar;
por falta de dinero,
la causa de Codro fracasa.
Tal pacto hoy día
mancha e infecta
a nuestros «ablativos» (los que quitan),
que absorben a los vivos,
movidos por los «dativos» (los que dan)
Análisis de contenido
El eje central de este poema es el poder del dinero (Nummus), utilizado para denunciar la corrupción en la sociedad cristiana, con especial énfasis en la Curia romana y el clero. El autor describe un entorno donde la ley divina y la justicia humana quedan supeditadas al interés económico.[3]
El texto presenta el dinero como una entidad capaz de subvertir el orden natural: los sobornos transforman la devoción en impiedad y determinan las alianzas políticas. En el ámbito judicial, el derecho se desvanece ante el lucro; los jueces no dictan sentencia según la verdad, sino en función del beneficio económico. La razón y la defensa del desvalido resultan ineficaces frente al poder adquisitivo de las élites.[3]
La crítica es particularmente severa con los eclesiásticos, a quienes se acusa de priorizar el lucro sobre la integridad moral. El autor señala que la gracia divina ha dejado de ser gratuita para convertirse en mercancía, lo que despoja a estos clérigos de su función espiritual. Los tribunales eclesiásticos se retratan como espacios donde el capital rehabilita causas injustas, mientras que la insolvencia conlleva la pérdida de derechos.[3]
Para finalizar, el poema emplea una metáfora gramatical para ilustrar la avaricia: utiliza los casos latinos —ablativo, dativo y genitivo— para representar a quienes despojan a otros, a quienes entregan sobornos y a los poseedores. Esta estructura subraya la percepción de una sociedad infectada por la codicia, donde la indigencia condena de antemano cualquier causa judicial.[3]