Mito pelasgo de la creación

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El mito pelasgo de la creación es un hipotético mito prehelénico elaborado por Robert Graves y narrado especialmente en una de sus obras, Los mitos griegos. El mito en cuestión narra cómo el cosmos (y todo lo que existe dentro de él) se originó a partir de una diosa madre de nombre parlante, Eurínome («amplio vagabundeo»), cuyo culto supuestamente se desarrolló en la antigua Grecia en un sistema matriarcal prehelénico. El propio autor alega que sólo unos fragmentos poco esclarecidos de este mito prehelénico sobreviven en la literatura griega de los cuales el más extenso son las Argonáuticas de Apolonio de Rodas y que está implícito en los misterios órficos. Graves tomó también como fuentes el fragmento de Beroso, las cosmogonías proporcionadas por Filón de Biblos y Damascio, y también añadió elementos cananeos del relato de la creación hebrea para componer su poético «mito pelasgo».[1]

El mito ha sido considerado como demasiado idiosincrático por la falta de evidencias y ha recibido numerosas críticas por sus contemporáneos. La erudición que sustenta sus hipótesis y conclusiones es generalmente criticada por ser insostenible.[2] Robin Hard, por poner un ejemplo, lo calificó de «exhaustivo y atractivo», pero añadió que «las notas interpretativas solo tienen valor como guía de la mitología personal del autor».[3]

En el principio Eurínome, la diosa de todas las cosas, surgió desnuda del Caos, pero no encontró nada sólido en qué apoyar los pies y, en consecuencia, separó el mar del firmamento y danzó solitaria sobre sus olas. Danzó hacia el sur y el viento puesto en movimiento tras ella pareció algo nuevo y aparte con que poder empezar una obra de creación. Se dio la vuelta y se apoderó de ese viento norte, lo frotó entre sus manos y he aquí que surgió la gran serpiente Ofión.[4] Eurínome bailó para calentarse, cada vez más agitadamente, hasta que Ofión se sintió lujurioso, se enroscó alrededor de los miembros divinos y se ayuntó con la diosa. Ahora bien, el viento del norte, llamado también Bóreas, fertiliza; por ello las yeguas vuelven con frecuencia sus cuartos traseros al viento y paren potros sin ayuda de un semental. Así fue como Eurínome quedó encinta.[5]

Luego Eurínome asumió la forma de una paloma aclocada en las olas, y a su debido tiempo puso el huevo universal. A petición suya Ofión se enroscó siete veces alrededor de ese huevo, hasta que se empolló y dividió en dos. De él salieron todas las cosas que existen, sus hijos: el sol, la luna, los planetas, las estrellas, la tierra con sus montañas y ríos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes. Eurínome y Ofión establecieron su residencia en el monte Olimpo, donde él irritó a la diosa pretendiendo ser el autor del universo. Inmediatamente ella le golpeó en la cabeza con el talón le arrancó los dientes de un puntapié y lo desterró a las oscuras cavernas situadas bajo la tierra.[6]

A continuación la diosa creó las siete potencias planetarias y puso una titánide y un titán en cada una: Tía e Hiperión para el Sol; Febe y Atlante para la Luna; Dione y Crío para Marte; Metis y Ceo para Mercurio; Temis y Eurimedonte para Júpiter; Tetis y Océano para Venus, y finalmente Rea y Crono para Saturno.[7] En mito finaliza diciendo que el primer hombre fue Pelasgo, progenitor de los pelasgos; surgió del suelo de Arcadia, seguido de algunos otros, a los que enseñó a construir chozas, alimentarse de bellotas y coser túnicas de piel de cerdo como las que la gente pobre lleva todavía en Eubea y Fócida.[8]

Contexto religioso

Véase también

Referencias

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