Reino de Asturias
antiguo reino de la península ibérica
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El Reino de Asturias (en latín, Asturum Regnum, en asturleonés Reinu d'Asturies), existente entre el 718 y el 910 d. C,[1] fue la primera entidad política soberana erigida en la península ibérica como resistencia al avance del poder islámico tras el colapso del poder central de Toledo en el 711 y la huida o resistencia de parte de la nobleza hispanogoda en el norte, desembocando en una rebelión abierta contra el poder musulmán liderada por Pelayo en el 722,[2][3] consolidando un pequeño núcleo urbano inicial alrededor de Cangas de Onís, su primera capital.[4]
| Reino de Asturias Asturum Regnum (latín) | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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| Reino desaparecido | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| 718-924 | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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| Lema: Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus. | |||||||||||||||||||||||||||||||||
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El reino de Asturias en el año 910 | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| Coordenadas | 43°21′45″N 5°50′35″O | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Capital |
Ver lista
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| Entidad | Reino desaparecido | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Idioma oficial | Latín | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| • Otros idiomas |
Ver lista Romance: Asturleonés (zona nuclear del reino) Español (región central y centroriental) Galaicoportugués (región occidental) Germánico: Gótico (región centroccidental, central y oriental) Celta: Bretón (región noroccidental). | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Superficie | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| • Total | 60 000 000 000 m² | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Religión | Cristianismo | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Historia | |||||||||||||||||||||||||||||||||
| • 718 | Pelayo, príncipe de los astures | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| • 924 | Traslado de la capital a León | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Forma de gobierno |
Monarquía electiva (718-842) Monarquía hereditaria (842-914) | ||||||||||||||||||||||||||||||||
| Rey • 718-737 • 910-925 |
Pelayo Fruela II | ||||||||||||||||||||||||||||||||
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Este primer núcleo originario en los valles de la Asturias Transmontana tenía un peso económico y demográfico bajo con una capacidad estatal mínima. La consolidación del nuevo reino se garantizó poco después, en una fecha sin precisar de la década de 730, mediante el matrimonio entre Alfonso I heredero del antiguo ducado godo de Cantabria y Ermesinda,[5] hija de Pelayo, dando lugar a la integración del ducado que aportó una base demográfica y económica mayor.[6] Esta anexión consolido un territorio continuo que abarcaba la mayor parte de la cornisa cantábrica y permitió al incipiente estado, una estructura de gobierno capaz de proyectarse más allá de la cordillera.
La ampliación territorial continuó en las décadas siguientes con la incorporación de las élites de Galicia, aprovechando la gran revuelta bereber y la debilidad del califato[7] y mediante alianzas tácticas con los territorios vascones occidentales fronterizos,[8] cuya relación con la monarquía osciló entre el vasallaje y la fricción frente a la expansión hacia el alto Ebro.
Fue en este periodo posterior a su consolidación cuando el Reino de Asturias empezó a suponer una amenaza real y organizada para el norte de al-Ándalus, pasando de sufrir una indiferencia inicial[9]por parte del emirato a afrontar campañas de castigo recurrentes dirigidas a erradicar el Reino. Las campañas de castigo regulares o aceifas comenzaron tras la llegada al poder de Abderramán I en el 756.[10] Sosteniendo una resistencia mayormente exitosa, ante la mayor superioridad militar y económica enemiga. La supervivencia del reino se cimentó en una estrategia de desgaste basada en el repliegue sistemático, la táctica de tierra quemada, una red de fortificaciones defensivas y una guerra de guerrillas estructurada en torno a emboscadas en los abruptos desfiladeros de la cordillera Cantábrica. [11]Combinando estas tácticas con el aprovechamiento de crisis internas de Córdoba para consolidar una progresiva expansión territorial que incorporó el norte de la Meseta.
Si bien desde el inicio del reino hay cierta inercia a heredar instituciones o tradiciones godas como el sistema de gobierno de monarquía electiva, la liturgia, el arte y un orden jurídico como el Liber Iudiciorum,[12] la mayor parte de la población del Reino de Asturias era nativa hispano-romana de tardía romanización. [13]En cuanto a la nobleza hispano-goda que articuló las nuevas estructuras estatales era romance igual que la población nativa, manteniendo de forma parcial cierta ascendencia goda, diluida por matrimonios mixtos desde el siglo VI.[14] Pero es a inicios del siglo IX que la corte se traslada a Oviedo, donde se funda una nueva sede episcopal y palatina en un esfuerzo deliberado por recuperar las formas áulicas toledanas,[15][16] cuando se inicia una nueva fase política enviando delegaciones al extranjero y promoviendo activamente mediante la arquitectura, la orfebrería o las crónicas la justificación política del derecho a gobernar, presentándose a los reyes como los herederos directos del Reino godo de Hispania.[17] La idea de la pérdida y restauración del Reino godo de Toledo operó como una poderosa herramienta de propaganda con una clara vocación política, para cohesionar el territorio y afirmar su soberanía frente al Emirato de Córdoba y a las pretensiones del Imperio Carolingio,[18] complementada en el plano espiritual por el descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago, un hallazgo que canalizó las peregrinaciones europeas y conectó el reino con la cristiandad occidental.[19]
A medida que el reino creció, el avance hacia los valles fluviales de la Meseta desencadenó una profunda mutación social y económica, con un tránsito de una sociedad montañesa de valles aislados hacia una estructura feudal basada en el campesinado libre colonizador [20]y los grandes dominios señoriales en el llano. Este cambio en el centro de gravedad, culminó con el traslado de la corte a León a principios del siglo X.[21] Además, la inestabilidad de la monarquía electiva dio paso definitivo a un modelo hereditario. Todos estos factores institucionales, territoriales y discursivos hicieron evolucionar orgánicamente al Estado, dando lugar al surgimiento del Reino de León.[22]
Historia del Reino de Asturias
Antecedentes 19 a.c - 711
Período Paleohispánico

El reino asturiano tuvo como solar los territorios occidentales y centrales de la Cordillera Cantábrica, particularmente los Picos de Europa y el área central de la actual Asturias, zonas donde tuvieron lugar los principales acontecimientos político-militares durante las primeras décadas de existencia del reino.[23] Según las descripciones de Estrabón, Dión Casio y otros geógrafos grecorromanos dichas zonas estaban habitadas en los albores de la era cristiana por diferentes pueblos, entre los cuales se pueden citar los siguientes: vadinienses, que habitaban los Picos de Europa y cuya área de asentamiento fue desplazándose lentamente hacia el sur durante los primeros siglos de nuestra era, tal y como testimonian numerosas estelas; los orgenomescos, que moraban en la costa oriental asturiana; los selinos, que como su propio nombre indica se distribuían por todo el valle del río Sella (Salia); los lugones, cuyo territorio se extendía entre los ríos Sella y Nalón y cuya capital se situaba en Lucus Asturum (Lugo de Llanera); los astures propiamente dichos que habitaban la zona interior de Asturias situada entre los concejos actuales de Piloña y Cangas del Narcea, la provincia actual de León (excepto la zona noreste donde habitaban los Vadinienses), parte de Zamora y noreste de Portugal, los galaicos se encontraban desde el Río Navia hasta el Finisterre de la Costa de la Muerte, es decir, más o menos el território de Galicia, y los pésicos, que moraban en la zona costera de Asturias occidental, entre la desembocadura del Navia y la actual ciudad de Gijón. Periodo que terminó con la conquista del norte peninsular por César Augusto Octavio durante las Guerras Cantabras.
Romanización
Tras las guerras cántabras, la cornisa cantábrica quedo integrada dentro de las estructuras socioeconómicas del Imperio romano, experimentando un profundo proceso de romanización, cuyo legado esta extendido por todo el territorio y alcanza desde los valles montañosos hasta la costa. Esta nueva sociedad nos ha trasmitido entre estos yacimientos restos arqueológicos de mosaicos, termas, hipocaustos, orfebrería, necrópolis, foros, epigrafia, cerámica, vidrios y monedas. Este legado refleja una sociedad compleja, jerarquizada, con un alto grado de desarrollo obtenido con la explotación de su territorio y el intercambio comercial como parte integrada del Imperio Romano.



Esta presencia y transformación atestiguada no solo por los campamentos militares de La Carisa, La Mesa, LLagûezos, Curriechos, Moyapán, A Granda das Xarras o el Mouru, sino también por la transformación del los asentamientos nativos La Campa Torres, Coaña, San Chuis de Allende, Pendia o Mohías y por la aparición de nuevas explotaciones agropecuarias de Veranes, Vega del Ciego, Murias de Beloño y la Estaca. Las explotaciones mineras con complejos sistemas hidráulicos como La Fana la Freita, La Freitarbosa o Pena furada, que fueron explotadas a gran escala. La fundación de nuevas ciudades como Juliobriga, Flaviobriga, Lucus Augusti, Noega (Gijon romano), Portus Victoriae luliobrigensium (Santander), Portus Blendium, Lucus Asturum (Lugo de Llanera) u otros. Toda esta infrastrucura conectada con la mesata por las calzadas de La Carisa o El Camíno Real de la Mesa y las rutas comerciales marítimas del Imperio en El Cantábrico.
Este profundo proceso de asimilación cultural se evidencia en la adopción de nombres latinos por parte de las élites locales, como el militar de origen astur Caius Sulpicius Ursulus, llegado a prefecto de legión, o el linaje terrateniente de Veranius, titular de la gran villa bajoimperial que hoy conserva su nombre. Durante los siglos II y III d. C., la región experimentó una fase de consolidación económica y de plena pacificación (pax romana) sin registrar eventos violentos, impulsada por la intensa actividad de las villas agropecuarias y el suministro continuado de productos foráneos. Ya entrado el siglo IV d.C., en época bajoimperial, las fuentes arqueológicas reflejan una reorientación de las redes de aprovisionamiento hacia centros regionales como Lucus Augusti (Lugo), manteniendo el tráfico a través de los puertos costeros y consolidando la transformación de los grandes enclaves rurales, todo ello respaldado por un contexto de normalización administrativa donde las fuentes contemporáneas se limitaron a registrar menciones geográficas e itinerarios prácticos.

Spania ghotica
Tras la caída de Roma, la región queda bajo influencia sueva de un siglo de duración que termina con la desaparición del Reino suevo en el año 585 d. C. a la incorporación formal de Asturias al reino visigodo de Toledo. La nobleza hispano-goda se asentó en enclaves estratégicos costeros y de comunicación como Gijón, convirtiéndolo en el principal centro de poder político y militar desde donde intentaban proyectar su autoridad sobre el territorio. La región requirio algunas incursiones militares por los reyes godos como las campañas iniciales de Leovigildo tras la caída del reino suevo o las operaciones defensivas de Wamba contra las poblaciones de las áreas montañosas. El periodo visigodo se caracteriza por el abandono de grandes estructuras urbanas previas ( similar en toda Europa ocidental), la ruralización de la sociedad y la creación administrativa del Ducado de Asturias bajo el mando de un dux con centros de poder fortificados como Gijón y la existencia de una ceca visigoda en Asturias, responsable de la acuñación de moneda de oro, constituye un indicio de la presencia y articulación de las estructuras de poder del reino en el territorio.[24]
A este respecto, diversas excavaciones arqueológicas han encontrado restos de fortificaciones en los alrededores del (concejo de Lena). Ubicada estratégicamente en la cuenca alta del río Lena (Asturias) –vía de entrada natural a Asturias desde la Meseta. En este sentido, especialistas han descubierto en La Carisa dos niveles arqueológicos diferentes, uno de los cuales corresponde a las guerras cántabras y el segundo al periodo 675–725, en el que tuvieron lugar la expedición del rey visigodo Wamba contra los astures y la conquista de Asturias por Muza.[25]
La situación regional para principios del siglo VIII era el de un área escasamente poblada, muy ruralízada y de economía modesta con una población estimada entre 30.000 y 50.000 personas,[26] caracterizada por una profunda base romanizada, con pequeños centros de poder del Reino godo de Toledo, plenamente cristianizada[27] que mantenía algunas prácticas sincréticas habituales en la Europa altomedieval.
La caída del Reino de Toledo 711-721
Para principios del siglo VIII el Reino Visigodo de Toledo había consolidado territorialmente Hispania, la nobleza había abandonado el arrianismo y aceptando la fe de sus súbditos católicos[28], se habían promulgado leyes integradoras como la aprobación de matrimonios mixtos[29] y creado un único código legal para todos sus súbditos indistintamente de su origen cultural. El proceso de desurbanización sufrido por Europa occidental se dio en una menor medida en Spania[30], perdurando una mayor actividad y red comercial. Para inicios del siglo VIII no existía una concepción del término godo estrictamente étnico sino que constituía ante todo una categoría política y de prestigio. Ya a mediados del siglo VII las élites del reino compartían una identidad vinculada al reino y al mismo tiempo, una concepción territorial de Hispania como comunidad política y cultural[31], expresada en la obra de Isidoro de Sevilla y en el desarrollo de la denominación Regnum Spaniae utilizada conjuntamente a la de Regnum Ghotorum. Dentro de este marco político y cultural sin embargo, coexistía con una profunda inestabilidad política derivada del sistema sucesorio de la monarquía electiva, que favorecía las disputas entre las principales facciones aristocráticas. Las luchas por el acceso al trono habían debilitado progresivamente la autoridad de la monarquía y la cohesión política del reino, hasta desembocar en la crisis sucesoria que precedió al final del reino.

En 710 muere Witiza con a una edad demasiado temprana, desencadenando una crisis sucesoria que dividió la nobleza hispano-goda. Rodrigo probablemente uno de los principales duques del reino, se hizo con el poder con el respaldo de gran parte de la aristocracia. La crónica mozárabe del 754 nos narra que su ascenso al trono fue tumultuoso y fue impulsado por el Senado, dandonos señales de que hubo una importante división. Agila señalado por tradición historiográfica como hijo de Witiza encabezaba la otra facción con base de poder sobre la tarraconense y la narbonense.
La crisis desembocó en una enfrentamiento civil que coincidió con la llegada de las tropas musulmanas a la península en 711. Los musulmanes cruzaron el estrecho y se asentaron en Gibraltar procedentes del norte de África, con una tropa compuesta principalmente por contingentes bereberes y dirigida por Ṭāriq ibn Ziyād. Tariq utilizo los primeros días para conquistar pequeñas plazas cercanas, lanzar pequeñas incursiones y saqueos, provocando que saliese a su encuentro el duque de la Bética quien fue derrotado. [32] Durante las siguientes semanas la expedición musulmana siguió recibiendo nuevos refuerzos procedentes del norte de África, incrementando sus efectivos.
En ese momento Rodrigo se encontraba en campaña al norte de Spania, desconocemos si combatiendo en la guerra civil o contra los vascones, la noticia del desembarco musulmán y la derrota del duque de la Bética debió obligar a Rodrigo a interrumpir sus operaciones y dirigirse al sur. No sabemos con certeza que sectores de la nobleza hispanogoda ni en qué medida las facciones enfrentadas participaron conjuntamente en realizar los preparativos para repeler la invasión musulmana. Es plausible entender que ambas facciones marchasen al sur y se enfrentasen juntas a los musulmanes en la batalla de Guadalete.
فلما تقابلت الفئتان أجمع المند وأخوه على الغدر بلندريق، وأرسلوا في ليلتهم تلك إلى طارق يعلمونه أن لندريق إنما كان كلبًا من كلاب أبيهم وأتباعه، ويسألونه الأمان، على أن يخرجوا إليه بالصباح، وأن يمضي لهم ضياع أبيهم بالأندلس، وكانت ثلاث آلاف ضيعة، ثبتت بعد ذلك: صفايا الملوك. فلما أصبحوا انقشعوا عن معسكرهم إلى طارق، فكانوا سبب الفتح.« Cuando los dos ejércitos estuvieron frente a frente, Olmundo y sus hermanos decidieron traicionar a Rodrigo. Aquella noche enviaron mensajeros a Tariq para informarle de que Rodrigo no era sino «un perro entre los perros de su padre y sus partidarios», y pedirle garantías de seguridad a cambio de pasarse al día siguiente a su lado. Le pidieron que les restituyera las propiedades de su padre en al-Ándalus, que ascendían a tres mil fundos. A la mañana siguiente, ellos y quienes los acompañaban se unieron a Tariq y contribuyeron a su victoria.»
Conquista de Al-andalus de Ibn al-Qutiyya año 977

Una vez iniciado el combate y trabada la línea, las alas bajo control de la facción witizana desertaron[33], desencadenando una huida desorganizada o el envolvimiento de las líneas leales a Rodrigo, resultando en la muerte de Rodrigo y con seguridad de muchos notables de su causa. Tras la batalla los musulmanes explotaron su victoria avanzando junto con sus aliados hispanos hasta la ciudad de Écija, donde los restos del ejercito de Rodrigo junto con las tropas allí reunidas les presentaron batalla, siendo una difícil contienda para ambas partes en la que los musulmanes volvieron a imponerse. Los restos del ejercito hispano-godo se refugiaron en la ciudad de Écija que fue asediada y tomada. [34] Quedando abierto el camino hacia la capital. Tarik avanzó hacia Toledo y tomó sin resistencia ese mismo año, durante los años siguientes, numerosos núcleos urbanos fueron rendidos o tomados bajo asedio entre ellos Mérida, Sevilla, Zaragoza o Córdoba.
La conquista musulmana de Spania fue presentada según los testimonios que han perdurado, como la pérdida de la patria y una catástrofe de enormes proporciones. La Crónica mozárabe de 754 refleja esta percepción en un contexto de tristeza e impotencia ante los acontecimientos y de sufrimientos derivados de la conquista, lamentando las «ruinas de Spania» y sus «tantos y tan grandes males», mientras describe la conquista mediante imágenes de devastación, hambre, cautividad y ciudades entregadas al fuego.[35]
«Sicque regnum simulque cum patriam male cum emulorum internicione amisit»«Y así perdió miserablemente el reino y juntamente la patria, con la muerte de sus rivales.»
Crónica mozarabe del 754
Tras el derrumbe del poder central toledano, la nobleza hispanogoda con sus estructuras políticas se fragmentaron y adaptaron con distinta suerte a la nueva situación política. La facción aristocrática enfrentada a Rodrigo proclamó rey a Agila II, cuya existencia está respaldada, entre otros testimonios, por las acuñaciones monetarias realizadas en su nombre. Su reinado terminó hacia 713-714, coincidiendo con la conquista musulmana del valle del Ebro, y se ha planteado la posibilidad de que muriera durante estos enfrentamientos. Fue sucedido por Ardo, prolongando la resistencia en el nordeste hasta la caída de Narbona en 720. Al mismo tiempo, una parte de la nobleza hispanogoda optó por capitular y conservar su posición mediante acuerdos con los conquistadores[36]como los Banū Qāsī[37]o Theodemir, mientras que otros sectores buscaron refugio en los territorios septentrionales, que según las crónicas alfonsinas, entre estos se encontraban miembros del officium palatino ligados a Rodrigo y del Ducado de Cantabria, quienes constituirían a posteriori el núcleo político de Asturias.
Revuelta astur 718-739
<<Las principales fuentes para reconstruir este periodo son las crónicas asturianas, redactadas aproximadamente un siglo y medio después de los acontecimientos. Aunque conservan tradiciones sobre hechos y personajes de los primeros tiempos de la monarquía asturiana, la distancia temporal favoreció una elaboración posterior del relato, especialmente en los episodios más antiguos, donde pueden apreciarse exageraciones y elementos destinados a mitificar los orígenes del nuevo reino. Esto no implica que los acontecimientos narrados sean ficticios, pero sí aconsejan valorar cada episodio de acuerdo con su proximidad a los hechos y contrastarlo, cuando sea posible con la convergencia de otras fuentes, la evidencia arqueológica y el resultado histórico.>>

Durante la última fase de la conquista islámica, las fuerzas dirigidas por Musa ibn Nusair alcanzaron el noroeste peninsular y ocuparon diversas poblaciones, entre ellas Lugo y Gijón. En esta última se estableció un destacamento musulmán, tradicionalmente relacionado con un gobernador llamado Munuza.[38] Como garantía de la sumisión de las poblaciones conquistadas, algunos miembros de las élites locales pudieron ser trasladados a Córdoba. Las crónicas posteriores relacionan a Pelayo con uno de estos desplazamientos, aunque no permiten determinar con seguridad si fue llevado como rehén ni establecer con certeza su origen.
Según las crónicas asturianas, Pelayo logró regresar a Asturias durante el gobierno del valí Al-Hurr (717-718) y posteriormente encabezó una rebelión contra las autoridades musulmanas de la región. Estas mismas fuentes presentan a Pelayo como vinculado a la aristocracia del antiguo reino visigodo. La Crónica albeldense lo identifica como «Pelagius filius Veremundi, nepos Ruderici regis Toletani», es decir, Pelayo, hijo de Veremundo y nepos de Rodrigo, rey de Toledo, tradicionalmente traducido en este contexto como «sobrino». La misma crónica ofrece, sin embargo, una tradición contradictoria al afirmar que Favila era el padre de Pelayo y que fue asesinado por Witiza. Estas divergencias impiden considerar su genealogía como un hecho plenamente establecido.
Las crónicas relatan después que las autoridades musulmanas enviaron una expedición contra Pelayo, dirigida por Al-Qama. Tras conocer su llegada,
Pelayo y sus seguidores cruzaron el río Piloña y se refugiaron en el monte Auseva, en la zona de Covadonga. Allí tuvo lugar un enfrentamiento que las fuentes asturianas presentan como una victoria decisiva de los rebeldes. Su dimensión exacta es desconocida y las cifras transmitidas por las crónicas son consideradas poco fiables, por lo que pudo tratarse de un combate de escala reducida.
Tras estos acontecimientos, las crónicas sitúan la retirada de Munuza desde Gijón hacia la Meseta por el Camino de la Mesa. Según el relato asturiano, fue interceptado y muerto por los astures en un lugar denominado Olalíes.[39] La desaparición de la autoridad y el vacío de poder resultante fue remplazado con la consolidación de un núcleo de poder en torno a Pelayo, con centro en Cangas de Onís, que constituye el origen del posterior Reino de Asturias.
ولم يبق إلا الصخرة فإنه لاذ بها ملك يقال له بلاي، فدخلها في ثلاثمائة رجل، ولم يزل المسلمون يقاتلونه حتى مات أصحابه جوعًا، وبقي في ثلاثين رجلًا وعشر نسوة، ولا طعام لهم إلا العسل يشتارونه من خروق بالصخرة فيتقوتون به، حتى أعيا المسلمين أمرهم، واحتقروا بهم، وقالوا: ثلاثون علجًا ما عسى أن يجيء منهم؟ فبلغ أمرهم بعد ذلك من القوة والكثرة والاستيلاء ما لا خفاء به«No quedaba sino la roca, a la que se refugió un rey llamado Pelayo. Entró en ella con trescientos hombres. Los musulmanes no dejaron de combatirlo hasta que sus compañeros murieron de hambre, y quedaron treinta hombres y diez mujeres. No tenían alimento sino la miel que recogían de las grietas de la roca y con la que se alimentaban. Hasta que el asunto les resultó difícil a los musulmanes, y los despreciaron, diciendo: “Treinta infieles, ¿qué pueden llegar a hacer?”. Pero después su situación alcanzó tal fuerza, número y dominio que no había duda de ello.»ʿĪsā ibn Aḥmad al-Rāzī siglo X
Junto a Pelayo, las crónicas asturianas sitúan otro núcleo de resistencia de la aristocracia procedente del antiguo reino visigodo en torno a Pedro, duque de Cantabria. La existencia histórica de Pedro y su condición de duque proceden principalmente de estas fuentes tardías, por lo que no es posible determinar con seguridad el alcance territorial de su autoridad. Ambos núcleos terminarían vinculándose mediante el matrimonio de sus descendientes.
Tras la muerte de Pelayo en el año 737, es sucedido por su hijo Favila. Ese mismo año, Favila y su esposa, Froiluba, hicieron levantar en Cangas de Onís la modesta iglesia de la Santa Cruz, un lugar vinculado a la memoria de Covadonga. La inscripción dedica la iglesia al día de la victoria de Constantino en la batalla del Puente Milvio.

La lápida fundacional y la propia arquitectura de la iglesia de Santa Cruz reúnen diversos elementos vinculados a la tradición cristiana de la Hispania visigoda: una arquitectura de planta cruciforme, la utilización de la liturgia goda, el empleo de un latín culto y de una elaborada epigrafía monumental de tradición hispana en la talla de la piedra, así como el uso de la era hispánica principal sistema de cómputo cronológico empleado en la Hispania visigoda.
La acumulación de estas convergencias constituye un testimonio excepcionalmente temprano de la continuidad de la tradición cultural, política y religiosa de la Hispania visigoda en la nueva monarquía asturiana.
Al mismo tiempo, la elección del emplazamiento no parece casual. La iglesia fue construida sobre un antiguo túmulo, que a su vez cubría un dolmen aún más antiguo, en una sucesiva superposición de construcciones y espacios de carácter sagrado. El lugar parece conservar así, a través de las distintas épocas, una especial connotación y asociación con lo sagrado, sobre la que se superpone ahora el culto cristiano. Santa Cruz constituye de este modo un excepcional ejemplo temprano de adaptación y superposición de tradiciones culturales y religiosas en la nueva monarquía asturiana.
No hay más menciones de Favila en las crónicas salvo su muerte a manos de un oso durante una cacería em 739.
Consolidación del 739-774

La muerte de Favila posibilitó el ascenso al trono de su cuñado Alfonso, hijo de Pedro duque de Cantabria, unificando el linaje de Pelayo y la casa de Cantabria, una de las familias más poderosas del Reino de Asturias. La integración de Cantabria herencia de Alfonso supuso un salto en la escala del territorio y de los recursos controlados por la nueva monarquía. Su incorporación permitió articular un área continua a lo largo de buena parte de la cordillera Cantábrica, aumentando la base demográfica y económica disponible. Se produjo así una evolución desde un núcleo de resistencia surgido en una comarca rebelde hacia la formación incipiente de un reino con una base territorial y política más amplia.

Paralelamente a estos hechos, los bereberes, que habían constituido una parte importante de las fuerzas musulmanas que conquistaron Hispania y que habían sido asentados en numerosos territorios, se rebelaron contra el poder omeya a partir de 739. La rebelión, iniciada en el norte de África, se extendió a al-Ándalus y provocó el abandono de numerosas guarniciones bereberes del norte peninsular. El sistema de ocupación establecido tras la conquista quedó debilitado o se había retirado. Alfonso I aprovechó esta situación de vacío de poder en noreste para extender el dominio asturiano, durante la década de 740, las crónicas sitúan campañas militares que incorporaron al reinio astur Galicia, el norte de Portugal y distintos territorios de la Meseta, junto con continuas incursiones en el valle del Duero tomando ciudades y pueblos y llevando a sus habitantes hacia las zonas más seguras del norte.[40] Esto provocará el despoblamiento estratégico de la meseta creando el Desierto del Duero como protección contra futuros ataques musulmanes.[41]
Además , Alfonso I extendió el reino astur hacia el oriente, alcanzando las tierras de la actual Álava, Vizcaya y las Encartaciones. La naturaleza de esta expansión no fue uniforme: junto a territorios incorporados al dominio astur aparecen otros en los que se mantuvieron los poderes y comunidades locales, dejando abierta una relación política que se desarrollaría durante las generaciones siguientes.
«Quis enim tantis periculis referendis sufficiat? Quis tantis calamitatibus lamentabilibus numerandis? Nam si omnia membra humana in linguam verterentur, nequaquam naturae humanae sufficeret tantam Hispaniae ruinam referre, quantis et qualibus eam malis pertulisse constat.»«¿Quién podrá, pues, narrar tan grandes peligros? ¿Quién podrá enumerar desastres tan lamentables? Pues aunque todos sus miembros se convirtiesen en lengua, no podría de ninguna manera la naturaleza humana referir la ruina de España ni tantos y tan grandes males como ésta soportó.»
Crónica mozárabe de 754, como contexto histórico.
En 755, Yūsuf gobernador de Córdoba envió dos expediciones hacia el norte, una contra Galicia y otra contra los vascones. La primera no obtuvo resultados, mientras que la segunda fue derrotada. La operación coincidió con la llegada a al-Ándalus de Abderramán I, que desembarcó ese mismo año y al año siguiente se hizo con Córdoba, fruto de la revolución abasí puso fin al califato omeya de Damasco y que independizo Córdava como un emirato independiente.
Alfonso I muere en 757, el reino entró en una etapa de resistencia y consolidación de los territorios incorporados durante su reinado. Su hijo Fruela I continuó asegurando los territorios vascones inestables al tomar por esposa a Munia, de origen alavés. El matrimonio vinculó a la dinastía asturiana con las élites del ámbito vasco y reforzó los lazos establecidos hacia el oriente.
La creación del nuevo emirato no supuso una pacificación inmediata de al-Ándalus. Abderramán I tuvo que consolidar su autoridad frente a los partidarios de Yūsuf grupos árabes y bereberes y otros focos de oposición. En este contexto de reorganización del poder cordobés se reanudaron las operaciones militares hacia los territorios astures.
Para 757-758, Abderramán I organizó una expedición contra los territorios occidentales del reino asturiano y la puso al mando de su hijo Umar. Fruela salió a su encuentro y se enfrentó a ella en la batalla de Pontuvio, en la provincia de Galicia. Según algunas reconstrucciones modernas, Fruela habría aprovechado la orografía de la zona para interceptar y emboscar a la expedición cordobesa, aunque las crónicas no describen las circunstancias tácticas del combate. La Crónica de Alfonso III, en su versión ad Sebastianum, identifica al joven jefe de la expedición, Umar, como hijo de Abderramán I y relata que fue capturado en el mismo lugar y muerto por Fruela.
En 761, una vez consolidado su poder en Córdoba, Abderramán I volvió su atención hacia el norte. Varias expediciones se dirigieron de nuevo contra el Reino de Asturias. Aunque los detalles de estas campañas apenas han llegado hasta nosotros, su sucesión muestra que el nuevo emirato comenzaba a recuperar la iniciativa militar frente al reino de Fruela.
Después de las campañas iniciales, Fruela parece dedicar buena parte de estos años a consolidar el territorio incorporado por Alfonso I y continuar su expansión hacia el oeste y el sur. Las fuentes árabes posteriores atribuyen a su reinado la incorporación de Lugo, Portucale (Oporto), Salamanca, Zamora, Ávila y Segovia, además de avances en Galicia hasta el Miño. La cronología exacta de estas conquistas no puede establecerse con seguridad
La respuesta cordobesa a esta nueva expansión sa hace sentir con mayor fuerza hacia 766-767. Abderramán I envió entonces un ejército hacia el extremo oriental del reino asturiano, confiando su mando a su liberto Badr. La expedición penetró en Álava, en una región donde los asturianos habían comenzado a extender su dominio hacia el Alto Ebro. Las fuentes árabes señalan que Badr logró imponer tributos y obtener rehenes como garantía de la sumisión de la población. La campaña frenó temporalmente la expansión asturiana en este sector y mostró que, mientras Fruela extendía las fronteras de su reino, Córdoba estaba en condiciones de responder llevando la guerra hasta sus nuevos límites.
Durante su reinado, Fruela tuvo que hacer frente a varias rebeliones y a las dificultades derivadas de la consolidación del territorio incorporado al reino. La presión exterior de Córdoba se sumaba así a las tensiones internas de una monarquía todavía en proceso de afirmación. En este contexto, Fruela terminó enfrentándose también a su propia familia y ordenó la muerte de su hermano Vimarano, hijo de Alfonso I y Ermesinda. Poco después, en 768, el propio Fruela fue asesinado en Cangas por miembros de la nobleza.
Resistencia y Apocalipsis 774-842
Tras la muerte de Aurelio en 774, Silo accedió al trono por su matrimonio con Adosinda, hija de Alfonso I y Ermesinda. Durante su reinado tuvo que hacer frente a una rebelión en Galicia, cuyos participantes fueron derrotados en la batalla de Monte Cubeiro, consolidando la autoridad asturiana sobre el territorio. Durante el reinado de Silo, la sede regia se estableció en Pravia, que pasó a desempeñar la función de principal centro político de la monarquía asturiana. Este traslado reforzó la posición de Pravia como núcleo de poder y estuvo acompañado de una actividad constructiva y religiosa de creciente importancia. Esta etapa se desarrolló durante el creciente fortalecimiento del emirato de Córdoba, que alcanzaría su apogeo político y cultural con el Califato de Córdoba en el siglo X. Para los cristianos asturianos, este proceso se producía sobre el trasfondo de la desaparición del antiguo orden político. Además, Córdoba mantuvo durante décadas una intensa presión militar sobre el reino de Asturias, y las sucesivas campañas emprendidas desde el reinado de Hisham I llevaron la guerra hasta el corazón del reino, poniendo en riesgo su existencia y provocando desplazamientos de población y la devastación de amplias comarcas.
«En este año el chambelán ʿAbd al-Karīm b. ʿAbd al-Wāḥid b. Mugīṯ lanzó contra el territorio enemigo la aceifa llamada de los Castillos, en la que ocupó Calahorra y acabó con sus recursos, enviando a la caballería por escuadrones al país de los infieles, tras los cuales entró él asolando el territorio enemigo, causando gran mortandad y penetrando en su corazón hasta alcanzar la costa [cantábrica] y avanzar siguiéndola dentro del país en destrucción constante, mientras la caballería se lanzaba sobre aquéllos a diestro y siniestro, escuadrón tras escuadrón. Regresó cargado de botín y gloriosamente vencedor».
Ibn Hayyan, Al-Muqtabis, II-1, fol. 91v, se refiere al año 796 d. C., es decir, 180 H.
Para los cristianos asturianos, aquella amenaza no podía percibirse simplemente como un conflicto fronterizo, sino como una lucha por la supervivencia de la propia monarquía cristiana surgida en el norte. No resulta casual que, en este mismo contexto histórico, Beato de Liébana compusiera y difundiera su Comentario al Apocalipsis de San Juan, una de las principales obras intelectuales de la cristiandad asturiana de la época, marcada por una visión providencial y el fin de los tiempos.
| Año | Emir | Campaña / enfrentamiento | Resultado |
|---|---|---|---|
| 791 | Hisham I | Burbia | Victoria cordobesa |
| 792 | Hisham I | Álava | Victoria cordobesa |
| 793 | Hisham I | Campaña cordobesa | Resultado no determinado con seguridad |
| 794 | Hisham I | Oviedo – Lutos/Lodos | Victoria cordobesa en el saqueo de Oviedo; victoria asturiana en Lutos |
| 795 | Hisham I | Babias | Victoria cordobesa |
| 805 | Alhakén I | Hoces del Pisuerga | Victoria asturiana |
| 808 | Alhakén I | Galicia | Victoria cordobesa |
| 816 | Alhakén I | Río Orón | Resultado indeciso |
| 823 | Abderramán II | Álava | Victoria cordobesa |
| 825 | Abderramán II | Narón y Anceo | Victoria asturiana |
| 838 | Abderramán II | Galicia y Álava/Castilla | Resultado no determinado globalmente |
| 839 | Abderramán II | Álava/Castilla | Resultado no determinado con seguridad |
| 840 | Abderramán II | Galicia | Resultado no determinado con seguridad |

En 775 se conserva el llamado Diploma de Silo, uno de los testimonios documentales más antiguos de la monarquía asturiana. El documento está suscrito por el propio rey y constituye un testimonio temprano de la utilización de la escritura y de las fórmulas jurídicas en la legitimación del poder regio. La institución monárquica asturiana se expresaba así mediante una cultura política heredera de la tradición hispánica, que había incorporado elementos de la tradición romana y del reino de Toledo. El diploma registra además la concesión de tierras para la construcción de una iglesia dedicada a san Juan Bautista.
La continuidad de esta tradición también se aprecia en la cultura escrita. Desde el punto de vista paleográfico, las inscripciones de este periodo conservan rasgos de las formas escriturarias utilizadas en el reino de Toledo durante el siglo anterior, mostrando la pervivencia de una tradición escrita hispánica.
Durante el reinado de Silo, la sede regia se estableció en Pravia, que pasó a convertirse en uno de los principales centros políticos de la monarquía. En este contexto se construyó la iglesia de Santianes de Pravia, vinculada al establecimiento de la corte y considerada el primer edificio conservado del prerrománico asturiano. Su arquitectura combina elementos procedentes de la tradición hispánica de época visigoda con soluciones propias que anticipan el posterior desarrollo de la arquitectura asturiana.
En el marco cultural-religioso de su reinado donde la élite intelectual y letrada estaba constituida en buena medida por un reducido grupo de clérigos, surgió un conflicto religioso de suma importancia. Los obispados e iglesias del norte seguían vinculados a la tradición eclesiástica hispana y, en último término, a la antigua sede metropolitana de Toledo. Cuando el arzobispo Elipando de Toledo que desarrollaba su actividad bajo las autoridades islámicas promovió el adoptivismo, considerado una herejía por otros sectores de la cristiandad, e intentó hacer valer su autoridad doctrinal sobre las iglesias astures, la controversia adquirió una dimensión que trascendió lo estrictamente teológico.
Beato de Liébana (c. 730-c. 798), confesor de la reina Adosinda, esposa del rey Silo, y uno de los principales escritores de la Hispania cristiana de la segunda mitad del siglo VIII, marcó aquí un punto de inflexión. Aquella pretensión de control doctrinal provocó la enérgica oposición de Beato, quien veía en la jerarquía eclesiástica vinculada a Toledo una tradición que consideraba comprometida y estéril. Su enfrentamiento con Elipando alcanzó una extraordinaria dureza para una disputa teológica, llegando a referirse al arzobispo en formas despectivas. Frente a la posición de Elipando, Beato recurrió a los autores de la antigua Iglesia hispana, cuya tradición intelectual veneraba profundamente, especialmente a san Isidoro.
«testiculum Antichristi»
«testículo del Anticristo»
Beato de Liébana: en una contracarta responde con insultos al arzobispo de Toledo y su herejía.
Este enfrentamiento y la utilización de autores de la tradición cristiana hispanogoda en su obra permiten constatar, un siglo antes de las crónicas asturianas, la pervivencia en el norte peninsular de una tradición intelectual cristiana anterior a la conquista. La obra de Beato muestra que el legado intelectual de la época del reino de Toledo continuaba siendo estudiado y reelaborado en los círculos cultos vinculados al reino asturiano, al tiempo que la propia controversia evidencia la existencia de contactos y vínculos entre distintas comunidades eclesiásticas de la península.
«Beati itaque Isidori clarissimi doctoris non solum Hispaniae, verum etiam cunctarum Latinae eloquentiae Ecclesiarum perplurima legebamus opuscula, et in magna habemus veneratione.»«Leíamos muchas obras del bienaventurado Isidoro, doctor ilustre no solo de Hispania, sino también de las Iglesias de toda la elocuencia latina, y lo tenemos en gran veneración.»Beato de Liébana
Lejos de doblegarse, aquella resistencia intelectual contribuyó a reforzar la necesidad de dotar al reino de una estructura eclesiástica propia. El proceso, desarrollado también al calor de la polémica, culminaría en la creación y consolidación de la sede episcopal de Oviedo, reforzando al norte asturiano no solo como un centro político, sino también como uno de los principales focos de continuidad de la tradición cristiana hispana anterior a la conquista.
La corte asturiana fue incorporando progresivamente esta tradición, hasta formalizar una arquitectura ideológica en la que la memoria del reino visigodo de Toledo, sus instituciones, su tradición jurídica y su herencia religiosa podían servir como elementos de legitimación del nuevo reino.

Silo murió en 783 sin descendencia, abriendo una nueva crisis sucesoria. Adosinda, viuda de Silo e hija de Alfonso I, intentó situar en el trono a su sobrino Alfonso, hijo de Fruela I, pero Mauregato consiguió hacerse con el poder. Su reinado, entre 783 y 788, estuvo marcado por las tensiones internas de la monarquía y por la presión del emirato de Córdoba. A su muerte le sucedió Vermudo I el Diácono, que abandonó temporalmente su condición eclesiástica para asumir la corona. Su breve reinado estuvo condicionado por las campañas cordobesas y terminó tras la derrota asturiana en el río Burbia en 791. Vermudo abdicó entonces y permitió el regreso al trono de su sobrino Alfonso, que iniciaría un largo reinado de cincuenta y un años.
Alfonso II
Con Alfonso II comenzaba una etapa diferente. El Reino de Asturias había dejado atrás la condición de pequeño núcleo de resistencia surgido tras la conquista islámica y se había convertido en un reino territorial, todavía reducido en comparación con las grandes potencias de su tiempo, pero dinámico y capaz de movilizar recursos a una escala considerable. Su monarquía disponía ya de una corte, una aristocracia vinculada al rey, instituciones eclesiásticas y una administración de carácter todavía personal y relativamente reducida, pero suficiente para gobernar un territorio que se había extendido considerablemente desde los tiempos de Pelayo. Su capacidad militar tampoco era ya la de una comunidad local de guerreros: las campañas de las décadas siguientes muestran que podía reunir contingentes de miles de hombres, defender un territorio extenso, emprender expediciones a larga distancia y sostener relaciones diplomáticas con poderes situados fuera de la península.

Esta transformación tuvo también una dimensión ideológica y religiosa. Durante las décadas anteriores, Beato de Liébana había contribuido desde el ámbito monástico a formular una nueva conciencia del cristianismo septentrional. Su pensamiento presentó al reino astur y a su Iglesia como depositarios de la continuidad de la tradición cristiana hispana, desplazando el centro de gravedad de una Toledo que había quedado bajo dominio islámico. Esta concepción encontró eco en el entorno de la monarquía y proporcionó un fundamento intelectual para la reorganización de la Iglesia del reino. La importancia de Beato en este proceso fue, por tanto, anterior a la consolidación institucional de Oviedo: su obra ayudó a crear el marco ideológico en el que podía entenderse que la tradición eclesiástica hispana continuase en el norte.
Alfonso II convirtió esa concepción en una realidad política e institucional. La corte se estableció definitivamente en Oviedo y la ciudad fue transformada en el principal centro político y religioso del reino. La basílica de San Salvador, restaurada y ampliada bajo su reinado, se convirtió en el núcleo de la nueva sede episcopal, mientras que junto a ella se desarrolló un complejo formado por iglesias, dependencias palatinas y espacios vinculados al clero y a la monarquía. La sede episcopal de Oviedo quedó así integrada en el mismo espacio en el que se concentraban la corte y el poder regio. El proceso no supuso simplemente trasladar una capital: significaba crear un nuevo centro desde el que la monarquía podía ejercer simultáneamente su autoridad política y religiosa.
La nueva capital no era, sin embargo, una gran ciudad heredada de la Antigüedad. Oviedo había surgido sobre un pequeño núcleo asociado al monasterio de San Vicente y a las construcciones promovidas por Fruela I. Alfonso II convirtió aquel asentamiento en una auténtica sede regia mediante un programa constructivo que transformó radicalmente su fisonomía. El resultado fue, en buena medida, una nueva fundación urbana concebida para concentrar en un mismo espacio las funciones de residencia real, gobierno, culto y representación. La arqueología ha permitido identificar el probable trazado de la primera cerca de Alfonso II y situar en su interior el palacio real, San Salvador, Santa María, San Tirso, la fortificación regia y otros elementos del complejo altomedieval.
El programa monumental estuvo ligado a la actividad de Tioda, maestro de obras de la corte, cuya firma aparece en el documento otorgado por Alfonso II en 812. La Real Academia de la Historia lo considera arquitecto vinculado al programa de urbanización y embellecimiento de Oviedo y le atribuye tradicionalmente la dirección de obras como la basílica del Salvador, San Tirso y San Julián de los Prados. Entre las obras conservadas destaca precisamente San Julián de los Prados, levantada durante el reinado de Alfonso II y situada extramuros del núcleo principal. A este programa pertenece también la producción de objetos de representación regia, entre los que destaca la Cruz de los Ángeles, realizada en 808 por encargo de Alfonso II para la iglesia de San Salvador. La combinación de arquitectura monumental, espacios palatinos, edificios religiosos y orfebrería convirtió a Oviedo en una capital concebida para expresar materialmente la autoridad de la nueva monarquía.
La ciudad seguía siendo, no obstante, diminuta en términos demográficos. Aunque se había convertido en la capital y principal centro político y religioso del reino, una población del orden de un millar de habitantes constituye, como mucho, una estimación de magnitud y no una cifra documentada. El conjunto del reino continuaba siendo fundamentalmente rural, formado por aldeas, explotaciones campesinas y pequeños núcleos de población. Incluso los restantes centros de concentración demográfica debieron de tener generalmente dimensiones muy reducidas, con poblaciones que en muchos casos apenas alcanzarían unos pocos cientos de habitantes. Esta aparente contradicción resulta precisamente significativa: la importancia de Oviedo no procedía de su tamaño, sino de la concentración en ella de funciones que antes se encontraban dispersas. Una pequeña ciudad podía ser la sede de una monarquía territorial si concentraba al rey, su corte, el episcopado, el clero y los principales espacios ceremoniales.
La transformación política y religiosa encontró una formulación especialmente significativa en la Crónica Albeldense, que afirma que Alfonso II «estableció todo el orden de los godos, tal como había estado en Toledo, tanto en la Iglesia como en el Palacio» (omnemque Gotorum ordinem, sicut Toleto fuerat, tam in ecclesia quam palatio in Ovetao cuncta statuit). La expresión muestra cómo la corte asturiana concebía su reorganización institucional en relación con la tradición de la monarquía visigoda. No significa que Alfonso II reprodujera literalmente las instituciones del reino de Toledo, ni que el pequeño reino asturiano dispusiera de una administración comparable a la de la antigua monarquía visigoda. Se trataba más bien de recuperar y adaptar usos políticos, ceremoniales y eclesiásticos asociados a aquella tradición. La propia historiografía ha relacionado esta afirmación con la fundación de la sede episcopal de Oviedo y con la reorganización del orden eclesiástico y palatino de la nueva capital.
De este modo, el proceso iniciado en el ámbito intelectual y religioso durante la época de Beato encontró en Alfonso II su traducción institucional. La antigua Toledo había reunido en una misma ciudad la autoridad regia y el principal centro de la Iglesia hispana; ahora Oviedo asumía, en un contexto completamente diferente, una función análoga para el reino astur. La continuidad que reclamaba la monarquía no era, por tanto, únicamente genealógica o simbólica: se expresaba en la organización de la corte, en la liturgia, en los espacios palatinos y religiosos y en la propia concepción del poder regio. El ordo Gothorum puede entenderse así como la culminación de una transformación que había convertido al antiguo foco de resistencia en una monarquía con una identidad política y religiosa propia.
La nueva capital tuvo que demostrar muy pronto su capacidad para sobrevivir. En 794, una gran expedición enviada por el emir Hisham I penetró profundamente en Asturias y alcanzó Oviedo bajo el mando de ʿAbd al-Malik ibn ʿAbd al-Wāḥid ibn Mugīṯ. La ciudad fue saqueada, pero el ejército cordobés emprendió posteriormente la retirada. Alfonso II aprovechó entonces el conocimiento del terreno y atacó a los expedicionarios en Lodos, cerca de Grado, sobre la vía de La Mesa. La derrota cordobesa y la muerte de su comandante mostraron una de las características fundamentales de la estrategia asturiana: un ejército capaz de penetrar hasta el corazón del reino podía quedar expuesto cuando debía retirarse por un territorio montañoso controlado por las fuerzas locales.
La amenaza, sin embargo, no había desaparecido. En 795 una nueva expedición dirigida por ʿAbd al-Karīm ibn ʿAbd al-Wāḥid ibn Mugīṯ derrotó a Alfonso II y volvió a alcanzar Oviedo, que fue saqueada. La campaña demostró que la capital seguía siendo vulnerable ante las grandes expediciones cordobesas, pero también puso de manifiesto una limitación fundamental de estas: podían penetrar profundamente en el territorio y saquear sus centros, pero no consiguieron convertir esas incursiones en una ocupación permanente. La experiencia obligó a la monarquía a combinar la defensa militar del territorio con el aprovechamiento sistemático de su geografía.
Durante los años siguientes se desarrolló así un proceso progresivo de fortificación y control de los principales pasos, valles y posiciones estratégicas. Oviedo quedó protegida por una cerca altomedieval cuyo trazado probable ha podido ser reconstruido arqueológicamente, mientras que en el territorio se utilizaron posiciones defensivas destinadas a dificultar el avance de los ejércitos enemigos. No puede reconstruirse, sin embargo, una red sistemática de castillos atribuible exclusivamente a Alfonso II; resulta más prudente hablar de una organización defensiva progresiva, en la que fortificaciones, relieve y movilización militar actuaban conjuntamente. La diferencia respecto a la etapa inicial del reino era sustancial: Asturias ya no dependía únicamente de refugiarse en las montañas, sino que podía proteger centros políticos permanentes y organizar la defensa de un territorio.
Pero la monarquía no se limitó a resistir. En 798 Alfonso II emprendió una expedición contra Lisboa y consiguió saquear la ciudad. La campaña demostraba que el ejército asturiano podía proyectar su fuerza a una distancia considerable de su núcleo territorial. El éxito tuvo además una dimensión diplomática. Los Annales regni Francorum relatan que Alfonso envió a Carlomagno, por medio de sus embajadores Fruela y Basilisco, corazas, mulas y cautivos musulmanes como insignia victoriae suae, «insignias de su victoria». La embajada convirtió así una campaña militar en un acto de representación política: Alfonso II se presentaba ante la corte carolingia como un monarca capaz de enfrentarse al emirato de Córdoba y de participar activamente en la política cristiana occidental.
Ataques francos incluir, doble frente
Esta relación con el mundo franco otorgaba además un valor estratégico especial a Pamplona. La ciudad y los pasos occidentales de los Pirineos constituían una vía terrestre de comunicación entre el norte peninsular y el espacio carolingio. Mientras Pamplona conservara una posición cristiana o autónoma frente a Córdoba, esa conexión permitía al reino astur mantener un enlace terrestre con el principal poder cristiano de Europa occidental. Para Alfonso II, por tanto, la situación pamplonesa no era una cuestión exclusivamente local, sino parte del equilibrio estratégico que protegía las comunicaciones del reino hacia el exterior.

La nueva relación de Asturias con el Imperio Carolingio no debío pasar desapercibida al poder de Córdoba. desarrollar nexo, con batalla rio oron.
El equilibrio se volvió especialmente delicado a comienzos del siglo IX. Pamplona se encontraba sometida a la presión de Córdoba, de los intereses carolingios y de las propias élites locales. Entre estas destacó Velasco, señor de Pamplona vinculado al ámbito franco y relacionado políticamente con Alfonso II. En 816 el hayib ʿAbd al-Karīm ibn ʿAbd al-Wāḥid ibn Mugīṯ emprendió una campaña contra Pamplona. Las tropas pamplonesas solicitaron ayuda y Alfonso II acudió con sus fuerzas. El enfrentamiento tuvo lugar durante varios días en la región del río Orón, cerca de Miranda de Ebro. Las fuerzas cristianas sufrieron graves pérdidas y entre los muertos estuvieron Velasco y varios de los principales dirigentes pamploneses; sin embargo, el ejército cordobés tampoco consiguió transformar la campaña en un dominio permanente sobre Pamplona.
La muerte de Velasco abrió una nueva etapa en la política pamplonesa. La desaparición de uno de los principales dirigentes vinculados al ámbito franco, unida a la dificultad de los carolingios para mantener un control efectivo de la región, favoreció el creciente protagonismo de las élites locales. En este contexto se consolidó el poder de Íñigo Arista y de su grupo familiar, en un proceso que no fue una sustitución inmediata de Velasco, sino una evolución en la que intervinieron los poderes locales, Córdoba y los carolingios. La posterior alianza de los Íñigo con los Banu Qasi reforzó su autonomía y permitió la consolidación de un poder pamplonés propio, antecedente del posterior Reino de Pamplona y, más adelante, de Navarra.
El fortalecimiento de la monarquía también tuvo una dimensión social. A medida que el territorio se organizaba y se incorporaban nuevas zonas a la órbita del reino, aumentó la ocupación de espacios rurales y fronterizos mediante asentamientos campesinos. Las formas de este proceso fueron diversas y la documentación altomedieval no permite reconstruir una política uniforme de colonización dirigida desde la corte, pero sí permite observar la presencia de campesinos libres y de pequeños propietarios capaces de explotar directamente sus tierras. Esta estructura social tendría consecuencias duraderas, aunque no puede establecerse una línea directa entre aquellos campesinos y la posterior hidalguía: durante los siglos siguientes se produjo una evolución compleja en la que algunos grupos de propietarios y guerreros rurales fueron adquiriendo nuevas funciones y estatutos.
En los últimos años del reinado apareció además un nuevo elemento de proyección religiosa. En las proximidades de Iria Flavia se identificó un sepulcro que fue atribuido al apóstol Santiago, tradición vinculada al obispo Teodomiro y a la intervención de Alfonso II en la construcción de un primer santuario. La documentación posterior no permite fijar con seguridad la fecha exacta del hallazgo, pero el culto comenzó a integrarse en la política religiosa de la monarquía y terminaría convirtiéndose en uno de los principales instrumentos de proyección internacional del reino.
estudiar consecuencias económicas, ideologías, tecnológicas y culturales.
Cuando Alfonso II murió en 842, dejaba atrás una monarquía muy diferente de la que había recibido medio siglo antes. Oviedo se había convertido en una sede regia, episcopal y monumental; la corte había articulado su legitimidad mediante la recuperación adaptada de tradiciones asociadas al reino de Toledo; el territorio disponía de una organización defensiva capaz de aprovechar sus características geográficas; y el reino había demostrado capacidad para movilizar contingentes de miles de hombres, resistir las grandes expediciones cordobesas, emprender campañas ofensivas a larga distancia y mantener relaciones diplomáticas con el mundo carolingio. El antiguo foco de resistencia se había transformado definitivamente en una pequeña pero dinámica monarquía territorial, esencialmente rural en su base demográfica, pero capaz de concentrar en torno a una corte, una sede episcopal y una red de poderes aristocráticos los recursos necesarios para actuar como uno de los principales actores políticos del norte peninsular.
Transformaciones sociales y políticas
Las fuentes escritas son muy concisas en lo referido a los reinados de Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo I. Generalmente este período, con una duración de veintitrés años (768–791), ha sido considerado como una larga etapa de oscuridad y repliegue del reino de Asturias. Esta visión sostenida por algunos historiadores, que incluso denominaron a esta fase de la historia del reino asturiano como la de los Reyes holgazanes, ha sido debida a que en ese momento parece que no se dieron importantes acciones bélicas contra al-Ándalus. Sin embargo, esas mismas fuentes escritas permiten decir que durante esos años se produjeron relevantes y decisivas transformaciones en lo relativo a las cuestiones internas del reino asturiano. Todas ellas prepararon y dieron una base, en todos los órdenes y aspectos, para el posterior afianzamiento y expansión de Asturias.
En primer lugar, fue en esos años cuando se constata la primera rebelión interna astur protagonizada por el propio Mauregato, que expulsó del trono a Alfonso II de Asturias. Con ella, se inició en Asturias una serie de rebeliones protagonizadas por ascendentes grupos aristocráticos palaciegos y de grandes propietarios que, en base al creciente desarrollo económico de la zona, trataban de desplazar del poder a la familia reinante de Don Pelayo. Las importantes rebeliones de Nepociano, Aldroito y Piniolo, durante el posterior reinado de Ramiro I, forman parte de este proceso de transformación económico, social, político y cultural del reino asturiano, sucedido entre los siglos VIII y IX.
En segundo término, en esa época fracasaron las sublevaciones periféricas de galaicos y vascones, que fueron abortadas por los reyes asturianos. Dichas revueltas, a su vez, se aprovecharon de las rebeliones internas de la zona central y oriental de Asturias; y en ciertas ocasiones, dieron su ayuda a unos u otros contendientes de la aristocracia asturiana: refugio de Alfonso II en tierras alavesas, tras su huida; el apoyo a la sublevación de Nepociano en algunas zonas asturianas o la unión de los galaicos a la causa de Ramiro I.
Por último, otros datos hablan de importantes transformaciones internas del reino asturiano en ese momento. Son las sublevaciones de los libertos (serbi, servilis orico y libertini, según las Crónicas) acaecidas durante el reinado de Aurelio. Las relaciones de propiedad entre dueño y esclavo poco a poco se fueron rompiendo. Este hecho, unido al progresivo papel del individuo y de la familia restringida en detrimento del papel que hasta ese momento había jugado la familia amplia, es un indicio más de que una nueva sociedad estaba surgiendo en la Asturias de finales del siglo VIII y comienzos del siglo IX.
A Fruela I le sucede Aurelio de Asturias, nieto de Pedro de Cantabria, que instalará la corte en terrenos de lo que actualmente es el concejo de San Martín del Rey Aurelio, antes perteneciente a Langreo, entre los años 768 y 774. Al morir este, le sucede Silo, que traslada la corte a Pravia. Silo estaba casado con Adosinda, una hija de Alfonso I (y por lo tanto, nieta de Pelayo).
Al morir el rey Silo es elegido rey el joven Alfonso II (que más adelante, en 791, volvería a recuperar el trono), pero Mauregato, hijo bastardo del rey Alfonso I, organiza una fuerte oposición y consigue que el nuevo rey se retire a tierras alavesas (la madre de Alfonso II, Munia era vascona) adjudicándose el trono asturiano. Este rey, pese a la mala fama que la historia le adjudica, mantuvo buenas relaciones con Beato de Liébana, quizás la figura cultural más importante del reino, y le apoyó en su lucha contra el adopcionismo. La leyenda dice que este rey era hijo bastardo de Alfonso I con una mora, y le atribuye el tributo de las cien doncellas. Le sucede Bermudo I, hermano de Aurelio. Se le llama el diácono, aunque probablemente solo recibiera votos menores. Bermudo abdica tras una derrota militar, acabando su vida en un monasterio.
Fija la capital del reino en Oviedo y repuebla Galicia y zonas septentrionales de Castilla y León.
Apogeo y transición 842-914
Los siguientes reyes, Ramiro I (hijo de Bermudo que se proclama rey tras una guerra civil) y Ordoño I, viven en un periodo de guerra continua contra los musulmanes. En tiempos de Ramiro I, se desarrolla el arte ramirense, el apogeo del prerrománico asturiano. Este rey libra la batalla de Clavijo, en la que, según la leyenda, el apóstol Santiago a lomos de un caballo blanco ayuda al ejército asturiano contra las tropas islámicas. En el año 844, una flota normanda aparecía frente a la costa de Gijón. No se sabe con certeza si desembarcaron allí, pero no fueron detenidos ya que prosiguieron hasta el lugar que las crónicas llamaban Faro de Brigantio (La Coruña), donde fueron rechazados, prosiguiendo la incursión según las crónicas hacia España (las crónicas asturianas llamaban España a al-Ándalus).
Ordoño repuebla Astorga, León, Tuy y Amaya. Establece relaciones estrechas con el Reino de Pamplona, ayudando posiblemente a la liberación del rey García Íñiguez secuestrado por los normandos. Dentro del proceso de vinculación con el valle del Ebro, establece alianzas con los Banu Qasi de Zaragoza, a los que también combate en ocasiones en sucesivas variaciones de alianzas. Ordoño también trata de ayudar, sin éxito, a los mozárabes toledanos en rebelión contra el emir cordobés. A su muerte, le sucede su hijo Alfonso III.
Alfonso III marca el momento cumbre de poderío del reino de Asturias. Establece relaciones muy estrechas con el Reino de Pamplona, lucha y se alía repetidas veces con los Banu Qasi de Zaragoza y lucha al lado de los mozárabes de Toledo en su lucha contra el poder emiral.
En el año 908, un siglo después de que Alfonso II lo hiciera con la cruz de los Ángeles, manda forjar la Cruz de la Victoria, símbolo desde entonces de Asturias. Alfonso se casa con Jimena, noble navarra, posiblemente hija de García Iñíguez. Con el apoyo de los nobles gallegos, como Hermenegildo Gutiérrez, conquista el norte del actual Portugal. También se avanza por el Duero, conquistándose Zamora y Burgos. En el momento de apogeo, el reino asturiano ocupa todo el noroeste peninsular, desde Oporto hasta Álava.
García I, hijo de Alfonso III el Magno, después de su lucha contra su padre y sus hermanos Ordoño II y Fruela II, traslada la capital del reino a León, con lo que se crea un nuevo reino que aglutinará al asturiano, el Reino de León.
Articulación territorial del Reino de Asturias
Zona nuclear del reino: las Asturias y Liébana


Las dos Asturias (Asturias de Oviedo y Asturias de Santillana) y la comarca cántabra de Liébana constituyeron el solar donde se forjó el primer estado cristiano de la Reconquista. En territorio asturiano se sitúan las cuatro capitales que sucesivamente tuvo el reino (Cangas de Onís, Pravia, San Martín del Rey Aurelio y Oviedo) así como las principales muestras del arte prerrománico asturiano.[42]
La Crónica Rotense, al mencionar las campañas de Alfonso I, dice que «en este tiempo se poblaron las Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulia, que ahora llaman Castilla y la parte marítima de Galicia».[a] [43]Se describen en esta cita las diferentes entidades regionales y comarcales existentes en territorio cantábrico.[44][45]
En principio, el reino original de Pelayo comprendía, al menos, los territorios de la actual Asturias central y oriental, como se desprende de las narraciones de la crónica Albeldense, y de la Crónica Rotense, que sitúan el relato de los orígenes del reino entre la ciuitate Gegione y Covadonga, con Brece, en Piloña, de por medio. Este ámbito territorial es el denominado como patria Asturiensium en la Crónica Sebastianense.[46]
Sin embargo, los sucesores de Pelayo fueron progresivamente extendiendo sus dominios, engullendo territorios como Trasmiera o El Bierzo que, no obstante, conservaron su autonomía bajo la forma de ducados o condados regidos por comtes vinculados a la aristocracia local, como Rodrigo de Castilla o Gatón del Bierzo.
Al este del río Miera se situaban las comarcas de Trasmiera, Sopuerta y Carranza. Estos dos últimos territorios fueron anexionados a Vizcaya (1285) y posteriormente al País Vasco (1979), pero aún hoy siguen conservando buena parte de su cultura montañesa original:[47] El habla tradicional de Encartaciones forma parte de la familia lingüística asturleonesa[48] y la mitología tradicional encartada incluye referencias a criaturas como el Ojáncanu o el Trenti que tan familiares son en el folclore de La Montaña de Cantabria.
Desierto del Duero, la ciudad de León y el antiguo Ducado asturiense
Tras la conquista islámica de España, el territorio de la Submeseta norte comenzó a experimentar un proceso de despoblamiento que se vio agudizado por la rebelión bereber de los años 740 y 741 y por la sequía que afectó a dicha área durante las décadas centrales del siglo VIII. El resultado es que la Cuenca del Duero se convirtió en un territorio de nadie.[49]
Ha habido cierta discusión en la historiografía española en torno a la naturaleza e intensidad del despoblamiento del Valle del Duero. Algunos autores, como Sánchez Albornoz, afirmaban que dicha despoblación fue total, y más aún, fue buscada por los reyes asturianos para de esta manera aislarse estratégicamente del emirato de Córdoba y dificultar la entrada de las aceifas musulmanas en Asturias. Otros autores, como Abilio Barbero y Marcelo Vigil, consideraron que, antes que una despoblación, lo que se produjo fue una desorganización política y económica del territorio que, lejos de haber comenzado en el siglo VIII, hunde sus raíces en la crisis del latifundismo tardorromano y del sistema esclavista.[49] Además, etnólogos como Julio Caro Baroja han llamado la atención sobre el hecho de que hay enormes diferencias entre las culturas cantábricas (gallega, asturiana...) y las de la Meseta (como la leonesa o la castellana).
La zona occidental de la Submeseta Norte, aquella que corresponde a los valles del Esla, el Órbigo y el Sil, estaba poblada en tiempos prerromanos por tribus de lengua céltica como los astures o los vacceos. Con la conquista romana, dichos territorios fueron incorporados al Conventus Asturiensis, que tras la división provincial de Caracalla fue adjudicado a la provincia de Gallaecia. En el periodo visigodo, el área pasó a formar parte del Ducado de Asturia (o Ducado Asturiense), cuyas principales ciudades eran Astorga (Asturica Augusta, capital de los astures cismontanos) y León (Legio VII, fundada por los romanos tras las guerras cántabras).
Desde la segunda mitad del siglo VIII estas regiones pasaron a ser progresivamente absorbidas por el Reino de Asturias. Sin embargo, dicha absorción se realizó de diferentes maneras, dependiendo del territorio.[50][49] Así, de un lado, parece que las regiones de la montaña leonesa, el Bierzo y la Maragatería nunca llegaron a despoblarse del todo y conservaron toda su personalidad étnica:[51] De este modo, es muy probable que los territorios de Valdeón, Laciana y Babia pertenecieran a la monarquía asturiana desde tiempos de Pelayo.[52] Asimismo, se constata la existencia de un condado del Bierzo desde tiempos del rey Alfonso II, y es muy probable que sea bastante anterior al reinado de este monarca. Por otro lado, los estudios etnográficos que se han realizado sobre el pueblo maragato, revelan un posible origen astur, que fue expresado de una manera bastante poética por el folklorista asturiano Constantino Cabal.[b] En todas estas comarcas, se han preservado hasta la actualidad modalidades lingüísticas asturleonesas y rasgos culturales que son muy próximos a los asturianos. Por el contrario, la colonización del Páramo Leonés, Coyanza y Tierra de Campos tuvo un fuerte componente mozárabe: Por todas estas comarcas abundan formas toponímicas correspondientes a dicha lengua, en las que predominan los sufijos -el y -iel, en lugar del asturleonés -iellu.
En cualquier caso, lo cierto es que la ciudad de León se convirtió en el principal bastión asturiano en la Meseta Central, llegando, ya en vida de Alfonso III, a convertirse en sede regia. Otro hito más en el avance cristiano hacia el Sur lo constituyó la fortificación y repoblación de Zamora, verdadera guardiana del río Duero y que por su importancia llegó a ser calificada por algunos historiadores árabes como la "capital de los gallegos".[c] (la traducción al castellano es imprecisa, pues "bilād al-Jalāliqa" es "tierra de las gentes de Yilliqiyya (gallaecia), y no de Galisiyya (Gallecia, la verdadera Galicia)).[53] La expansión leonesa se articularía durante los siglos siguientes en torno a la antigua calzada romana que unía Asturica con Emerita Augusta, que daría lugar con posterioridad a la Vía de la Plata.
Marcas occidentales: Galicia y el Condado portucalense
La vinculación entre el norte de Galicia y Asturias se constata ya en el Parroquial Suevo, documento del siglo VI donde se habla de la sede obispal de Britonia, que se extendía por territorios de la provincia de Lugo y de Asturias, si bien la frontera astur-galaica estaba delimitada al menos desde tiempos visigodos (y era conocida por los árabes) en el río Ovem.[54][53]
En el transcurso de la conquista musulmana los musulmanes conquistaron Tuy, y establecieron allí un señorío que tenía por base el valle bajo del Río Miño. La rebelión bereber de los años 740 y 741 trajo como consecuencia el abandono por parte de las guarniciones bereberes de todas sus posiciones al norte de la Sierra de Gredos. De este modo el sur de Galicia se vio libre del dominio musulmán, aunque sufrió un proceso de despoblación similar al del Valle del Duero que llevó al abandono de todo tipo de vida urbana.[cita requerida]
Por el contrario, el norte de Galicia fue incorporado al naciente reino asturiano por el rey Alfonso I, que instaló en la ciudad de Lugo al obispo Odoario. La débil posición asturiana tuvo que ser consolidada por su sucesor, Fruela I, que aplastó una insurrección de los gallegos y derrotó en Pontuvia una expedición de castigo enviada por el emir de Córdoba Abderramán I. Décadas después, otra insurrección de los gallegos fue derrotada por el rey Silo en la batalla de Montecubeiro, cerca de Castroverde.
En cualquier caso, el descubrimiento en tiempos del rey Alfonso II del sepulcro del apóstol Santiago y el surgimiento del Camino que lleva su nombre aseguraron la integración espiritual de Galicia en el Reino de Asturias y posteriormente en los de León y Castilla.
La expansión hacia el Sur fue iniciada por Ordoño I, que repobló Tuy. En décadas posteriores Vímara Pérez, vasallo de Alfonso III, llegó hasta Oporto (tomada en 868) sentando las bases del Condado Portucalense que más tarde daría lugar a Portugal.[55]
Frontera oriental: Ducado de Cantabria, condado de Castilla y el alto valle del Ebro
Las zonas más orientales de la Submeseta norte estaban pobladas a finales del siglo VIII por pequeñas comunidades rurales de muy diversos orígenes étnicos. La población indígena era descendiente de las diferentes tribus que poblaban el lugar en tiempos prerromanos, como los várdulos, vacceos, los turmogos y los celtíberos, y se dedicaba fundamentalmente a labores de pastoreo. Sobre esta población originaria se fue asentando una oleada migratoria procedente del área cántabro-pirenaica, que venía integrada fundamentalmente por clanes pertenecientes a dos pueblos diferentes: Los cántabros y los vascones.
La expansión más temprana es la de los cántabros. La Cantabria descrita por los geógrafos romanos se extendía casi exclusivamente por territorios de la Cordillera, pero sin embargo ya a partir del siglo II y probablemente fruto de la sedentarización de este pueblo, comienza su expansión por tierras de la Meseta, testimoniada arqueológicamente por infinidad de lápidas vadinienses que registran un intenso movimiento migratorio de los habitantes de la zona de los Picos de Europa hacia la zona de Cistierna (León). Sin embargo, la colonización más intensa fue la que se llevó a cabo en el valle alto-medio del río Ebro, en las actuales provincias de Burgos y La Rioja.
De este modo, de la lectura de la Crónica del Biclarense[d] (siglo VI), donde se describen las campañas del rey visigodo en tierras de los cántabros, se deduce que la Cantabria visigoda no coincidía con la descrita por los geógrafos romanos, sino que se extendía por las tierras de La Rioja y la Ribera Navarra.[56] Se la describe como una región ubicada junto al territorio de los vascones, y cuya capital era una urbe que portaba el mismo nombre, la ciudad de Cantabria, asentada un kilómetro al norte de la actual ciudad de Logroño y cuyas ruinas son aún visibles. Dicha ciudad recibió las admoniciones de San Millán, que exhortó a sus habitantes a la conversión, si no querían ser aniquilados por las fuerzas del mal. Una advertencia que no fue escuchada por los lugareños, que al año siguiente verían sus hogares destruidos por las tropas del rey arriano Leovigildo.[e] Más tarde, este lugar fue sede del Ducado de Cantabria, creado por Ervigio a finales del siglo VI y que tenía como objetivo pacificar a los cántabros y contener la expansión vasca. Se conoce el nombre de uno de sus duques, Pedro, que fue padre del rey asturiano Alfonso I y también algunas de sus instituciones, como el Senado de Cantabria, que tenía su sede en la ciudad homónima y que es citado por San Braulio en su obra Vida de San Millán.
Todavía en el siglo XI el obispo de Astorga, Sampiro, llama a Sancho III el Mayor de Pamplona Rex Cantabriensis, y ya en el reinado de García Sánchez III, a un noble navarro, Fortún Ochoa, aparece en la documentación como señor de Cameros, de la Val de Arnero y 'de Cantabria por ejercer la tenencia de estas plazas bajo el mandato del rey.
La expansión vasca tuvo lugar a principios de la Reconquista. La toponimia demuestra que la lengua éuskara fue hablada en buena parte de La Rioja y de Burgos y en las Glosas Emilianenses se conservan algunas frases en vasco que fueron anotadas probablemente por monjes hablantes nativos de esta lengua. De hecho, la lengua castellana ha heredado de la vasca su sistema fonológico y buena parte de su antroponimia (García, Sancho, Jimeno) e incluso en el poema del Mio Cid y en las obras de Gonzalo de Berceo[f] algunos de sus personajes emplean expresiones vascuences.
En cualquier caso, la zona comenzó a caer bajo la órbita de los reyes de Asturias a partir de Ordoño I y Alfonso III, que con ayuda de sus vasallos Rodrigo y después su hijo Diego Rodríguez Porcelos repoblaron la Peña de Amaya y fundaron la ciudad de Burgos.[57]

Los primeros avances significativos desde la Cordillera Cantábrica hacia la Meseta fueron protagonizados por los foramontanos, nombre con el que se designa a los colonos que abandonaban los territorios montañosos del Norte y se dirigían hacia el Sur a colonizar el llano: Unas veces la colonización se llevaba a cabo por iniciativa de la pequeña nobleza y los monasterios, y en otras ocasiones eran amplios grupos de parentela los que migraban a la Meseta, en un movimiento no muy diferente al que los vadinienses realizaron en los primeros siglos de nuestra era. Durante el reinado de Alfonso II fueron ocupadas la zona de Campoo, el territorio de las fuentes del Ebro así como las zonas más septentrionales de la Cuenca del Duero. Era este un territorio difícil de colonizar, puesto que el flanco oriental del reino era con diferencia el más desprotegido: Las aceifas que se dirigían a Galicia y León habían de atravesar el Desierto del Duero, un lugar poco propicio para el aprovisionamiento de las tropas, y por ello sus bases se situaban en Toledo, Coria, Talamanca y Coímbra, poblaciones que se situaban a más de 400 kilómetros de sus objetivos. Sin embargo, la zona de la Rioja estaba relativamente poblada, se encontraba en manos de una poderosa familia de señores locales, los Banu Qasi, y estaba atravesada por una calzada romana que pasaba por Amaya y llegaba hasta Astorga. Esta misma carretera había sido utilizada por Leovigildo durante sus campañas contra los cántabros en el año 574 y por Muza, durante su extensa operación de conquista llevada a cabo en los años 712–714.
El rey Ramiro I realizó un intento de colonización y fortificación de la ciudad de León, aunque este intento fue desbaratado por una aceifa musulmana. Sin embargo, su sucesor, Ordoño, aprovechó el creciente poderío militar astur así como los problemas internos del Emirato para establecer y fortificar plazas estratégicas en la Cuenca del Duero. Rodrigo, primer conde de Castilla por Ordoño I repobló la Peña de Amaya, con lo que aseguró la presencia asturiana en la margen derecha del río Ebro.
Su sucesor, Diego Rodríguez Porcelos, procedió ya en tiempos de Alfonso III a una política aún más expansiva: Se fija la frontera oriental del condado en el río Arlanzón y los Montes de Oca.[g] Se funda Burgos y se arrebatan a los musulmanes algunas de sus fortalezas fronterizas, como Pancorbo, que servían de base para las aceifas con las que los emires de Córdoba asolaban estas comarcas. Para proteger la frontera oriental del Reino de Asturias tuvieron que construirse multitud de castillos que pronto darían nombre a la región: Castilla.[h]
En las décadas siguientes a la muerte de Diego Porcelos, otros nobles como Vela Jiménez, conde de Álava, o Munio Núñez, conde de Castilla, continuarán con el avance asturiano hacia el Sur, que alcanzará el valle del Duero a principios del siglo X. Se procederá a la ocupación de la ciudad de Osma y a la penetración hacia la zona de Sepúlveda. Todas estas tierras, pertenecientes al Valle alto del río Duero, estuvieron habitadas por los celtíberos y los arévacos, y en ellas se enclavaban poblaciones de abolengo como Numantia (destruida por las tropas de Escipión), y Uxama (Osma), que según todos los indicios siguió poblada aún después de la conquista islámica. La carta de Beato a Eterio, obispo de Osma, demuestra que a finales del siglo VIII dicha ciudad seguía conservando incluso su sede obispal. El filólogo español Rafael Lapesa, expone en su obra Las lenguas circunvecinas del castellano, su tesis de que el castellano hablado en Soria así como en la zona de Montes de Oca, tenía un sustrato mozárabe, lo que parecería dar argumentos a los que afirman que hubo una continuidad demográfica y cultural en determinadas zonas de la Cuenca de Duero.
Territorios de los vascones
A principios de la era cristiana, los territorios de la depresión vasca estaban poblados fundamentalmente por tres pueblos diferentes: Los várdulos, los caristios y los autrigones. Algunos autores, como el lingüista Koldo Mitxelena, consideran que dichos pueblos hablaban una lengua antepasada del vasco actual.

En cualquier caso, lo cierto es que la lengua vasca nunca sobrepasó el límite del río Nervión en la época de la Monarquía Asturiana. En ese momento, los vascones de los territorios más occidentales, cayeron en la órbita asturiana durante los reinados de los reyes Alfonso I y Fruela. El segundo casó con una alavesa, Munia, que le daría un hijo, el futuro rey Alfonso II. Durante el reinado de Mauregato, el joven príncipe Alfonso hubo de refugiarse con sus parientes maternos en la zona de Álava hasta que al fin, tras la muerte de Bermudo I, pudo acceder definitivamente al trono asturiano. La constitución del Condado de Álava se remonta a la rebelión del conde Eglyón contra el rey Alfonso III. Tras sofocar la rebelión, el monarca encomendó el gobierno de Álava a un noble leal a su causa, Rodrigo de Castilla, aunque nunca se intituló conde de Álava y su gobierno fue efímero pues en el 882 aparece Vela Jiménez en la documentación como conde de Álava. Tuvo este magnate una importancia fundamental en la repoblación y la fortificación de Castilla, especialmente en la defensa de Cellorigo en el año 882 contra las tropas de Al-Mundir de Córdoba. El Condado de Álava se extendía por parte de las actuales provincias de Álava y Vizcaya, llegando hasta el río Deva ya en Guipúzcoa.[i]
El cronista vizcaíno Lope García de Salazar sitúa en sus obras Crónicas de Vizcaya (del año 1454) y Bienandanzas e fortunas (1471) el nacimiento del señorío de Vizcaya en esta época. Se menciona en ellas la existencia de un héroe fundador, Jaun Zuria, de tez blanca y cabellos rubios que creó el señorío tras su victoria sobre las tropas asturianas en la legendaria Batalla de Arrigorriaga (año 840). Sin embargo, la falta de documentación al respecto hace que todas estas cuestiones queden en un terreno especulativo: Lo único que constatan las crónicas contemporáneas es que Alfonso III hizo frente exitosamente a una rebelión de los vascones.
Sociedad y cultura
En el Reino de Asturias los mayores centros urbanos apenas superaban los pocos cientos de habitantes y la capital Oviedo debió de ser una ciudad pequeña en comparación con los grandes centro urbanos de Córdoba. Asturias era un reino rural de pequeños núcleos, núcleos que crecieron en numero junto con el reino.

La sociedad era profundamente cristiana, donde la vida cotidiana y el estado estaban vinculados a la iglesia. Las celebraciones de festividades religiosas, las propias iglesias y la liturgia constituían lugares de reunión y encuentro en los principales momentos de la vida comunal.
Para esta sociedad medieval, la religión no constituía un ámbito independiente de la vida social, sino uno de los principales marcos desde los que se articulaba la comunidad. La iglesia marcaba la trasmisión de las normas, valores, memoria y formas de entender el mundo. Esta concepción alcanzaba también al poder político. La monarquía y la Iglesia eran poderes diferenciados, pero estaban integrados bajo una misma legitimidad compartida. La legitimidad política se asentaba en la trasmisión de sus ideas por la propia iglesia, incluso en aquellas zonas más alejadas de los centros de poder político. Así mismo integrar y reforzar la conexión entre poder regio e iglesia proyectaba la identificación de su autoridad a lo divino. En ultima instancia los reyes eran escogidos por dios por lo que todo su gobierno, justicia y orden provenía de una concepción sagrada.
Los monasterios desempeñaron una función dual especialmente importe. Eran los centros intelectuales, donde se estudiaba, creaba y preservaba el conocimiento y a su vez servían como centros económicos y como base de nuevas repoblaciones.
En un reino en expansión continuada, surgió inicialmente de manera espontánea y desorganizada la ocupación de nuevas tierras, mediante prácticas conocidas como la presura, que permitían adquirir el derecho a la tierra que uno cultivaba y si bien su inicio fue espontáneo con un cierto arraigo en las tradiciones germanas, esto terminó regulándose con Alfonso II. Dando lugar a una repoblación continuada de los nuevos territorios que asolados por el conflicto habían reducida su población, la arqueología moderna pone en duda la visión tradicional de absoluto vacío de las zonas fronterizas. Resultando en una sociedad donde una parte importante de los hombres poseían su propia tierra, conviviendo junto con otros estamentos como siervos, la nobleza y el clero estos dos últimos controlando grandes patrimonios. Para muchos de estos campesinos propietarios una clase excepcional en Europa, la tierra no era una abstracción ni la propiedad de su señor, era la casa familiar que habían construido, los campos que cultivaban, los animales que poseían y el templo en el que rezaban a su dios. En un reino expuesto a continuas incursiones musulmanas, defender el territorio significaba también defender directamente aquello de lo que dependía su propia existencia. Frente a la amenaza de una Córdoba con una base de población sumamente mayor y grandes núcleos urbanos, esta sociedad rural arraigada, se movilizaba y autoabastecía con sus propias armas y comida, permitiendo a un reino con escasos recursos humanos, sin base monetaria y mayoritariamente con economía de intercambio, ser capaz de consolidar un sistema militar, con una capacidad de movilización extraordinaria para sus escasos recursos.
La vida de estas comunidades estaba también regulada por El Liber Iudiciorum, compilado en el siglo VII, reunía normas sobre cuestiones civiles, penales y patrimoniales y continuó siendo conocido y utilizado en su territorios. Su presencia en la documentación medieval muestra que la conquista islámica no supuso la desaparición de la tradición jurídica anterior. Sin embargo, su aplicación no fue uniforme ni exclusiva: junto al derecho visigodo coexistieron costumbres locales y nuevas prácticas jurídicas surgidas de las transformaciones sociales de este periodo.
«Si algun ome libre entra en el logar de las abeias por las furtar, si no furtare ende nada, solamientre porque lo fallaron hy peche III sueldos, e reciba L azotes. E si ende alguna cosa tomare, péchelo en IX duplos e demás reciba los azotes de suso dichos. E si fuere siervo, e non levare ende nada del abeiero, reciba C azotes. E si algo ende levare, reciba C azotes e péchelo en VI duplos. E si el sennor non quisiere fazer emienda por él, dé el siervo por emienda.»Si un hombre libre entra en el lugar de las abejas para robarlas y no roba nada, solo por haber sido encontrado allí debe pagar tres sueldos y recibir cincuenta azotes. Si toma alguna cosa, debe pagarla nueve veces y recibir además los mismos azotes. Si es siervo y no se lleva nada de la colmena, recibe cien azotes; si se lleva algo, recibe cien azotes y debe pagarlo seis veces. Si su señor no quiere reparar el daño por él, debe entregar al siervo como compensación.
Ley 3, título VI, libro VIII del Liber Iudiciorum Copia traducida en romance del siglo XIII
Por encima del pueblo llano, con una clase burguesa muy reducida que no componía una base social inexistente se encontraba una aristocracia vinculada al poder, a la guerra y al control de tierras y recursos. Sus miembros desempeñaban funciones militares y políticas y ocupaban posiciones relevantes en la administración del reino y en las relaciones con la Iglesia. Parte de esta aristocracia procedía de las élites locales incorporadas al nuevo poder asturiano, mientras que otras familias quedaron vinculadas a la propia dinastía mediante relaciones de parentesco, fidelidad y servicio. La expansión territorial del reino permitió además a estas élites ampliar su patrimonio y su influencia. Junto a ellas, las instituciones eclesiásticas fueron acumulando también propiedades y capacidad económica, configurando progresivamente una sociedad en la que el poder se concentraba en torno a la monarquía, las aristocracias y la Iglesia.
Lengua, antroponimia, etimología y toponimia

La cultura del Reino de Asturias fue el resultado de la superposición de distintas tradiciones acumuladas durante siglos. La población hablaba una lengua romance derivada del latín, heredera de la profunda romanización de la península y su norte, mientras que el antiguo sustrato prerromano, había dejado una huella especialmente visible en la toponimia.
Frente al antiguo sustrato paleohispano celta, cuya huella es particularmente perceptible en los nombres de lugares, como Noega, Calubriga o las formas relacionadas con Taran, Vadinia o Cam, tenemos numerosos germanismos incorporados al romance peninsular que se concentran en campos relacionados con la guerra, la autoridad y las relaciones de poder: guerra, procedente del germánico werra; tregua, de triggwa; guardia y guardar, vinculados a la raíz germánica ward-; rico, relacionado con rīks, y términos relativos al armamento y al equipamiento militar como yelmo, espuela o estribo. Esta distribución del léxico resulta significativa también desde una perspectiva histórica. Las palabras de origen prerromano que han sobrevivido no forman parte de nuestro vocabulario político o militar reconocible y asociado a una sociedad que protagonizó la resistencia del siglo VIII, mientras que los germanismos conservados afectan precisamente a algunos de los ámbitos que habían adquirido especial importancia en las élites y en las estructuras de poder de la Alta Edad Media hispánica: la diplomacia, la autoridad, el rango y determinados elementos del equipamiento. Lo que constata la presencia de un estrato germánico vinculado al poder en el romance hispánico.
Otro ámbito en el que resulta especialmente visible esta herencia es el de la antroponimia. El sustrato paleohispanico es testimonial y sin continuidad, a excepción de la zona vascona, indeleble hasta la actualidad. Frente a esta realidad en el siglo VII, los nombres personales de origen germánico tuvieron una presencia destacada en la sociedad asturleonesa. Nombres como Alfonso, Fruela, Ramiro, Rodrigo, Vermudo, Álvaro o Fernando aparecen en la documentación medieval y algunos de ellos fueron utilizados durante generaciones por las familias dirigentes. Esta continuidad resulta especialmente significativa porque afecta a la identificación personal de las propias élites que protagonizaron la formación del reino. La combinación de nombres de tradición germánica, romana y cristiana muestra una sociedad culturalmente mezclada, pero también evidencia una tradición onomástica continuada procedente de la época visigoda y que conservaba suficiente prestigio para seguir reproduciéndose dentro de las nuevas estructuras políticas. Con el tiempo, muchos de estos nombres pasarían a formar parte de los sistemas patronímicos medievales y, finalmente acabarían generando los patronímicos que todavía forman parte de la sociedad hispánica actual, como González, Fernández o Rodríguez.
Arte asturiano
Los monumentos de arte prerrománico en Asturias son exponentes de la entidad política y cultural que estaba desarrollando en la cornisa cantábrica durante los siglos VIII y IX.[59] Su arquitectura presenta influencias de distinta procedencia, elementos heredados de la arquitectura romana y paleocristiana, rasgos vinculados a la tradición hispanovisigoda y aportaciones procedentes del ámbito carolingio, junto con soluciones decorativas y propias..[60]
Sin embargo, a pesar de que tradicionalmente se han venido subrayando los vínculos entre el estilo asturiano y el visigótico, algunos autores señalan también la importancia del arte romano y paleocristiano cuya presencia esta atestiguada mediante la arqueología de la región.[61] También hay ciertos desarrollos autóctonos, y en este sentido en algunos monumentos prerrománicos, como San Miguel de Lillo, pueden observarse medallones en los que aparecen grabados motivos paganos como la hexapétala o la espiral solar, tan comunes en las estelas astures y que aún hoy se siguen empleando para decorar los hórreos asturianos.[59]
La evolución del arte prerrománico asturiano puede estructurarse en dos periodos:

El periodo prerramirense (mediados del siglo VIII–842), en el que se insertan tanto las iglesias construidas por el rey Silo en Pravia como los monumentos que construyó Alfonso II alrededor de su corte en Oviedo, entre los que destacaban la catedral prerrománica de San Salvador, que fue sustituida por la actual gótica (construida en el siglo XIV), el Palacio Real, que también fue derruido con posterioridad y del que tan solo se conservan la capilla palatina (actual Cámara Santa) y algunas arquetas que hoy en día están integradas en la iglesia de San Tirso; Ramirense, que recibe su nombre del rey Ramiro I, bajo cuyo reinado se construyeron los principales monumentos pertenecientes al arte asturiano, como Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo.

El período postramirense, desarrollado durante los reinados de Ordoño I (850-866) y Alfonso III (866-910), supone la consolidación y expansión de las formas arquitectónicas desarrolladas durante las etapas anteriores. Las construcciones de este período muestran una evolución de los modelos ramirenses, combinando elementos de la tradición arquitectónica asturiana con nuevas influencias procedentes del ámbito carolingio y de otros territorios cristianos peninsulares. Entre sus principales ejemplos destaca San Salvador de Valdediós[60][61], consagrada en 893 durante el reinado de Alfonso III, que refleja la madurez alcanzada por la arquitectura del reino y la evolución de sus soluciones constructivas y decorativas en las décadas finales del siglo IX.
Junto con todos estos logros en materia arquitectónica, el Reino de Asturias desarrolló una orfebrería refinada cuyos exponentes más renombrados lo constituyen la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas, muchos de los cuales se ha confirmado mediante las excavaciones arqueológicas que en convergencia con las las crónicas, que fueron creadas en el Castillo de Gauzón, habiéndose descubierto en este castillo la existencia de un taller especializado en trabajos metalúrgicos y suntuarios de elevada complejidad, así como materiales y técnicas compatibles con la producción de objetos de prestigio de la época. Estos hallazgos han reforzado la tradición que relacionaba la elaboración de algunas de las piezas de la orfebrería asturiana con este enclave.[62][63]

La conservación de estas piezas resulta excepcional dentro de la orfebrería altomedieval europea. La Cruz de los Ángeles, fabricada en 808 por encargo de Alfonso II, y la Cruz de la Victoria, realizada en 908 por iniciativa de Alfonso III y la reina Jimena, son dos ejemplos extraordinarios y bien documentados de crux gemmata. De la orfebrería cortesana europea de los siglos VIII y IX se conserva muy pocas piezas, por lo que es especialmente indicativo del valor simbólico de ambas piezas, conservando ambas las inscripciones.
La Cruz de los Ángeles, donada por Alfonso II a la catedral de Oviedo en 808, es una de las obras más representativas de la orfebrería asturiana. Su forma de cruz griega enjoyada con influencias culturales de la era cristiana de la Antigüedad tardía, mientras que su elaboración recoge la tradición orfebre hispánica desarrollada durante la época visigoda, junto con soluciones técnicas propias de la cultura asturiana.

La Cruz de la Victoria donada por Alfonso III a la iglesias de San Salvador de Oviedo en el 908. La tradición cronística y su inscripción sitúan su fabricación en el castillo de Gauzón. Destaca por su riqueza material y complejidad técnica. Es ya una cruz latina con su brazo vertical más largo que el horizontal, fruto del influjo de las nuevas influencias europeas de su tiempo. Su estructura de madera está recubierta de oro y decorada con filigrana, piedras preciosas, perlas, cristales y esmaltes. La inscripción que recorre su reverso identifica a Alfonso III y a la reina Jimena y fecha su realización en 908.
Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus.Con este signo se protege al piadoso; con este signo se vence al enemigo
Inscripción de la Cruz de la Victoria, 908
Religión
La cristianización de Asturias se desarrolló sobre una población que conservaba tradiciones religiosas anteriores, aunque resulta difícil determinar qué elementos de aquellas creencias llegaron a perdurar durante la Alta Edad Media. Ya en el siglo VI, Martín de Braga describía en De correctione rusticorum diversas prácticas de la población rural de la Gallaecia, entre ellas la veneración de fuentes, ríos, árboles y otros elementos de la naturaleza. Algunos indicios lingüísticos parecen conservar parte de aquel antiguo vocabulario religioso. Es el caso de Deva, hidrónimo presente en distintos lugares de Asturias y relacionado con una antigua raíz indoeuropea asociada a lo divino. El río Deva que nace junto a Covadonga ha llevado a algunos autores a plantear la posibilidad de que el lugar estuviera relacionado en época prerromana con algún culto de carácter acuático, aunque no se conoce con certeza qué divinidad habría sido venerada allí.[64]

En Cangas de Onís se encuentra uno de los ejemplos más llamativos de la superposición de las nuevas formas cristianas sobre espacios de una antigüedad mucho mayor. La iglesia de Santa Cruz, fundada por el rey Favila en 737, se levantó sobre un monumento megalítico que ya contaba con varios milenios de antigüedad. La elección de este lugar pudo favorecer la incorporación de un espacio de especial significado para las comunidades locales al nuevo paisaje cristiano de la monarquía, aunque no puede afirmarse que existiera una continuidad ininterrumpida de las prácticas religiosas o funerarias desarrolladas allí desde época megalítica. La propia inscripción fundacional de la iglesia aporta otro detalle singular al señalar que los altares fueron consagrados por un personaje llamado Asterio, al que denomina vates, término latino utilizado para designar a un poeta inspirado, profeta o adivino. La elección de esta palabra en un contexto cristiano resulta llamativa.[65]
La Iglesia asturiana tampoco estuvo aislada de las corrientes religiosas del noroeste peninsular. El Parroquial Suevo, elaborado en época sueva, menciona una sede de los britones cuya jurisdicción comprendía iglesias situadas en Asturias y el denominado Monasterium Maximi. La presencia de esta comunidad britona constituye un testimonio de los contactos existentes entre Asturias y las comunidades cristianas de la Gallaecia altomedieval. Sin embargo, no existen pruebas suficientes para considerar que Asturias desarrollase un cristianismo separado o sustancialmente distinto del resto de la tradición hispánica. Esta documentado la persistencia del sincretismo en el cristianismo por toda la Europa Altomedieval. así como los concilios de Toledo lo narran al conjunto de Spania.[66]
Con el nacimiento y consolidación de la monarquía asturiana, el cristianismo pasó a ocupar el lugar central en la legitimación del poder regio. Los reyes promovieron la construcción de iglesias y monasterios y dotaron a la nueva capital de Oviedo de un importante conjunto monumental. Durante los reinados de Alfonso II y Alfonso III, esta tradición cristiana se integró con la herencia cultural hispánica y con nuevas influencias procedentes del mundo carolingio, mientras que las fuentes elaboradas en la corte asturiana interpretaron la historia del reino dentro de una concepción providencial en la que la lucha contra al-Ándalus adquiría también un significado religioso..
Religiosidad cristiana: milenarismo y culto jacobeo
Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas [...] y entonces veréis venir al Hijo del Hombre en una nube con gran poder y gloria.Lc, 21:25–27

Durante los reinados de Silo y de Mauregato[j] se sentaron las bases de la cultura del Reino de Asturias y de la España cristiana de la Alta Edad Media[67].[68] En este periodo aparentemente anodino, en el que los reyes de Asturias se sometieron a los dictados de los emires cordobeses, vivió Beato de Liébana, que es probablemente la mayor figura intelectual del Reino de Asturias, y cuya obra dejó una huella imperecedera en la cultura cristiana de la Reconquista.
Beato se vio directamente involucrado en la querella adopcionista, en el seno de la cual combatió con fuerza a Elipando, obispo de Toledo.[69] Los adopcionistas defendían que Jesucristo nació hombre y que solo tras su muerte y resurrección fue adoptado por el Padre y adquirió la cualidad divina. El adopcionismo tenía raíces en el arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, y en el paganismo grecorromano, donde existían algunos ejemplos de héroes como Hércules que después de su muerte alcanzaron la apoteosis. No han de descartarse asimismo influencias musulmanas en el surgimiento del adopcionismo, pues Elipando fue impuesto en su cargo por las autoridades musulmanas, cuya religión negaba la divinidad de Jesús, al que se consideraba profeta pero no Hijo de Dios.[70] Sin embargo, la herejía adopcionista fue combatida por Beato desde su monasterio de Santo Toribio de Liébana, al par que defendió la independencia de la iglesia asturiana frente a la toledana y estrechó lazos con Roma y el Imperio Carolingio:[71][72][73] En este sentido, Beato fue apoyado en su lucha contra la iglesia toledana por el Papa así como por Alcuino de York, estudioso anglosajón afincado en Aquisgrán con el cual cultivó una gran amistad.

La obra de mayor trascendencia creada por Beato fueron sus Comentarios al Apocalipsis,[74] que fueron copiados en manuscritos en los siglos posteriores (denominados usualmente Beatos) y de los que el escritor italiano Umberto Eco ha llegado a decir: «Sus fastuosas imágenes han dado lugar al mayor acontecimiento iconográfico de la historia de la humanidad».[k] Beato expone en ellos una interpretación personal del relato apocalíptico, a la que añade citas procedentes del Antiguo Testamento y de los Padres de la Iglesia, y todo ello acompañado por magistrales ilustraciones.




En los Comentarios se da una nueva interpretación a los símbolos del Apocalipsis: Babilonia ya no representa a la ciudad de Roma, sino a Córdoba, sede de los emires de Al Ándalus; la Bestia, antiguo símbolo del Imperio Romano, encarna ahora al invasor islámico que amenazaba con destruir la cristiandad occidental y que en esa época atribulaba con sus frecuentes razzias a los territorios del Reino de Asturias.
En el prólogo al segundo libro de esta obra se encuentra uno de los Mapa Mundi más conocidos de la cultura altomedieval europea. El objetivo de este mapa no es la representación geográfica del mundo sino el de servir como ilustración de la diáspora evangelizadora de los Apóstoles durante las primeras décadas del cristianismo. Beato se basó para confeccionarlo en los datos proporcionados por San Isidoro de Sevilla, Ptolomeo y las Sagradas Escrituras. El mundo se representa como un disco de tierra rodeado por el Océano y que se divide en tres partes: Asia (semicírculo superior), Europa (cuadrante inferior izquierdo) y África (cuadrante inferior derecho). El Mar Mediterráneo (Europa–África), el Río Nilo (África–Asia) y el Mar Egeo y el Bósforo (Europa–Asia) separaban a las masas continentales. El Mapa Mundi de Beato de Liébana es la primera obra cartográfica que muestra la existencia de la Terra Australis. A pesar de que esta tierra hipotética ya había aparecido citada en las obras de Claudio Ptolomeo o San Agustín de Hipona, lo cierto es que el mapa contenido en los Comentarios al Apocalipsis, es el primero que refleja la existencia de este continente austral, que a partir de este momento aparecerá repetidamente multitud de mapas y originará innumerables expediciones en su búsqueda, como las de Fernández de Quirós y Abel Tasman, que culminarán en el descubrimiento de Australia. Beato estaba convencido de la llegada inminente llegada del Fin de los Tiempos, que vendrían precedidos por el reinado del Anticristo, cuyo imperio duraría 1290 años. Basándose en el esquema expuesto por San Agustín en su obra la Ciudad de Dios, el creador de los Comentarios consideraba que la historia del mundo se estructuraba en seis edades: Las cinco primeras se extendían entre la creación de Adán y la crucifixión Jesucristo, mientras que la sexta, posterior a Cristo y contemporánea a nosotros, debía culminar con el desencadenamiento de los sucesos profetizados por el Apocalipsis.
Los movimientos de carácter milenarista eran comunes en la Europa de entonces[70]: En el periodo 760–780 se producen en las Galias toda una serie de fenómenos astrales que provocan pánico entre la población; un monje visionario, Juan, predice la llegada del Fin del Mundo en el reinado de Carlomagno. Aparece en estas mismas fechas el Apocalipsis de Daniel, un texto escrito en lengua siríaca durante el reinado de la emperatriz Irene en Bizancio en el que se profetizaban toda una serie de guerras entre árabes, bizantinos y pueblos del Norte que finalizarían con la llegada del Anticristo.
Para Beato, los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Hispania (el dominio islámico, la herejía adopcionista, la progresiva asimilación de los mozárabes...) eran señales que indicaban la proximidad del eón apocalíptico[73]. Según cuenta Elipando en su Carta de los obispos de Spania a sus hermanos de la Galia, el abad de Santo Toribio llegó a anunciar a sus paisanos de la Liébana la llegada del Fin del Mundo para la Pascua del año 800: la víspera de ese día, cientos de aldeanos se agruparon en torno al Monasterio de Santo Toribio, esperando —aterrados— el prodigio. Durante casi día y medio permanecieron en aquel lugar sin probar bocado hasta que uno de ellos, de nombre Ordoño, exclamó: «¡Comamos y bebamos, de manera que si llega el fin del mundo estemos hartos!».[73]
Las visiones proféticas y milenaristas de Beato de Liébana tuvieron una huella perdurable en el desarrollo del Reino de Asturias: La Crónica Profética, que fue redactada en torno al año 880, predice la caída final del Emirato de Córdoba y la conquista y redención de toda España por el rey Alfonso III. Asimismo, el icono de la Cruz de la Victoria, que terminó convirtiéndose el emblema del Reino de Asturias, tiene su origen en un pasaje del Apocalipsis en el que San Juan tiene la siguiente visión de la Parusía: Ve a Jesucristo sentado en majestad compañado de nubes y afirmando «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el que Fue, el que Es y el que Será. El Todopoderoso».[l] El uso del lábaro se remonta a tiempos de Constantino el Grande, que lo empleó durante la célebre batalla del Puente Milvio. Pero en Asturias, el uso de la Cruz de la Victoria adquirió tintes de veneración. En casi todas las iglesias prerrománicas aparece grabado dicho icono,[m][n] a menudo acompañado de la expresión «Hoc signo tuetur pius, in hoc signo vincitur inimicus»,[o] que se convirtió en el lema de los monarcas asturianos.
Otro de los legados espirituales del Reino de Asturias lo constituye el surgimiento de una de las vías de transmisión cultural más fascinante de Europa: El Camino de Santiago.[75] El primer texto que hace referencia a la predicación de Santiago el Mayor es el Breviario de los Apóstoles, texto del siglo VI que cita a un lugar denominado Aca Marmárica como su lugar de descanso definitivo. San Isidoro de Sevilla insistió en esta idea en su tratado De ortu et obitu patrium. Siglo y medio después, en tiempos del rey Mauregato fue compuesto el himno O Dei Verbum en el que se califica al apóstol de «áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional»,[p] y se hace referencia a su predicación en la Península durante las primeras décadas del cristianismo. Algunos atribuyen dicho himno a Beato, aunque esto es discutido por los historiadores.[69]
Pero no fue hasta el reinado de Alfonso II cuando desde Galicia llegaron noticias de un acontecimiento prodigioso: En la diócesis de Iria Flavia un ermitaño llamado Pelayo había observado durante varias noches sucesivas resplandores misteriosos sobre el bosque de Libredón.[76] Canciones de ángeles acompañaban el baile de luminarias. Impresionado por este fenómeno, Pelayo se presentó ante el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que acudió al lugar con su séquito. En la espesura del bosque se halló un sepulcro de piedra con tres cuerpos, que fueron identificados con los del apóstol Santiago el Mayor y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio. Según la leyenda, el rey Alfonso fue el primer peregrino en acudir a ver al Apóstol: Durante las noches que duró el trayecto fue guiado por el curso de la Vía Láctea, que a partir de ese momento tomaría el nombre popular de Camino de Santiago.[77]
El hallazgo de la tumba de Santiago supuso un éxito político de primer orden para el Reino de Asturias: Hispania podía reclamar para sí el honor de albergar los restos de uno de los apóstoles de Jesucristo, un galardón solo compartido con Asia (concretamente Éfeso) donde reposaba el cuerpo de San Juan, y con Roma, donde fueron enterrados los restos de San Pedro y San Pablo. A partir de este momento, Santiago de Compostela se convertiría junto con Roma y Jerusalén en una de las tres ciudades santas de la Cristiandad. Al abrigo del Camino de Santiago penetraron en la península ibérica multitud de influencias procedentes de Centroeuropa durante los siglos siguientes, desde los estilos gótico y románico hasta la trova provenzal.
Sin embargo, la historia del descubrimiento de los restos del Apóstol presenta ciertos trazos enigmáticos. La tumba fue encontrada en un lugar que venía siendo usado como necrópolis desde el Bajo Imperio, por lo que es posible que se tratara de los restos de un notable de la zona: El historiador británico Henry Chadwick lanzó la hipótesis que identificaba el sarcófago hallado en Compostela con las reliquias de Prisciliano[76].[78] Otros autores, como Constantino Cabal, ponen de relieve que muchos lugares de Galicia como el Pico Sacro, la Pedra da Barca (Mugía) o San Andrés de Teixido eran objetivo de peregrinaciones de fieles paganos, que consideraban que aquellos lugares, identificados con el Fin del Mundo, eran puertas de entrada al Otro Mundo. Con el descubrimiento de la tumba de Santiago se inició la progresiva cristianización de estas rutas de peregrinación.
Mitos y leyendas
Puesto que las Crónicas del Reino de Asturias fueron redactadas siglo y medio después de la batalla de Covadonga, son muchas las facetas de los primeros reyes de Asturias que han quedado en la penumbra, abandonadas al nebuloso territorio del mito y de la leyenda.
Si bien la historicidad de Pelayo queda fuera de toda duda, en torno a su figura se han tejido multitud de tradiciones y relatos. Uno de ellos afirma que antes de la invasión islámica de España acudió de peregrino a Jerusalén, la ciudad santa de la Cristiandad.
Se afirma así mismo, que la Cruz de la Victoria fue formada por un rayo que al golpear un roble talló dicha figura en su tronco.[79] Se entrelazan en este mito dos elementos de importancia fundamental en la tradición asturiana: Por un lado, el rayo, que era el símbolo del antiguo dios astur Taranis y que en la mitología asturiana es forjado por el Ñuberu, señor de las nubes, de la lluvia y de los vientos. Por otro lado, el roble es el símbolo de la realeza asturiana, tal y como testimonian grabados en piedra como los de la Iglesia de Abamia, en los que se reproducen hojas de dicha especie arbórea.
Además, la zona de Covadonga ha sido pródiga en relatos asombrosos, como el que afirma que sobre el lugar que hoy ocupan los lagos de Enol y de la Ercina se alzaba un poblado de pastores que fue visitado en su día por la Virgen, la cual disfrazada de peregrina pidió comida y habitación por las casas del poblado. En todas ellas fue rechazada bruscamente, y solo encontró acogida en el humilde refugio de un pastor, que cariñosamente compartió con ella todo lo que poseía. Como castigo ante la inhospitalidad de los moradores del lugar, el día siguiente un diluvio de origen divino arrasó con la población, que quedó anegada para siempre, con excepción de la choza del pastor. Ante él, la misteriosa huésped comenzó a llorar, y sus lágrimas al caer al suelo se convirtieron en deliciosas florecillas. Entonces el pastor se dio cuenta de que la divina peregrina era la Virgen.
Es este un mito pancéltico que se encuentra representado en numerosas historias de otros países del Arco Atlántico, como aquella que afirma que bajo la laguna de Antela (Galicia) se hallan los rastros de la antigua ciudad de Antioquía, borrada en su día del mapa por un diluvio nocturno en castigo por la vida pecaminosa de sus habitantes. Todavía hoy es posible oír durante la Noche de San Juan los tañidos de la iglesia de la ciudad así como el cantar de los gallos. Al otro lado del golfo de Vizcaya, en Bretaña, circulan tradiciones relativas a la ciudad de Ker-Ys, que se situaba en territorios de la bahía de Douarnenez ganados al mar y protegidos por un poderoso dique. La hija del rey de la ciudad, Dahud, entregó las llaves del dique a un demonio que se había disfrazado de un apuesto príncipe, acción que resultó en el anegamiento de la ciudad.

También existen mitos en torno a la Monarquía Asturiana que enlazan con la más pura tradición judía y cristiana: la Crónica Sebastianense narra que cuando falleció el rey Alfonso I tuvo lugar en Cangas de Onís un suceso extraordinario. Mientras los notables velaban su cadáver en la corte, se oyeron cánticos celestiales de ángeles. Entonaban el siguiente texto de Isaías que por lo demás era el empleado por la liturgia hispánica durante la Vigilia del Sábado de Gloria:
Yo dije: En el medio de mis días iré á las puertas del sepulcro: Privado soy del resto de mis años.
Dije: No veré al señor en la tierra de los que viven: Ya no veré más hombre con los moradores del mundo.
Mi morada ha sido movida y traspasada de mí, como tienda de pastor. Como el tejedor corté mi vida; cortaráme con la enfermedad; Me consumirás entre el día y la noche.
Contaba yo hasta la mañana. Como un león molió todos mis huesos: De la mañana á la noche me acabarás.
Como la grulla y como la golondrina me quejaba; Gemía como la paloma: alzaba en lo alto mis ojos: Jehová, violencia padezco; confórtame.Is. 38,10–14
Se trata del cántico que entonó el rey de Judá Ezequías tras su curación de una enfermedad mortal por Yahvé, gracias a la intercesión de Isaías: En dicho cántico, el rey, viéndose ante las puertas de la muerte, lamenta angustiado su partida hacia el sheol, el inframundo judío, un lugar oscuro y tenebroso donde no verá ya más a ni a Dios ni los hombres.
En Asturias se encuentran asimismo exponentes del mito del Rey Durmiente: Según la leyenda, es posible aún hoy en día ver vagar al rey Fruela por el Jardín de los Reyes Caudillos de la Catedral de Oviedo[q] y se dice que su nieto, el renombrado caballero Bernardo del Carpio, duerme también en una cueva de los montes asturianos. La tradición relata que en una ocasión un campesino perdió una de sus vacas, y cuando se internó en una cueva para buscarla oyó una voz que afirmaba ser Bernardo del Carpio, vencedor sobre los francos en Roncesvalles.[r] Tras contarle que había vivido solitariamente durante siglos en aquella cueva le dijo al campesino: «Dame tu mano, que quiero saber cómo son los hombres de ahora». El pastor, asustado, le alcanzó el cuerno de una vaca, que al ser agarrado por el gigante se deshizo al instante. El pastor se marchó despavorido, no sin antes oír a Bernardo decir: «Los hombres de ahora no son como los que me ayudaron a matar franceses en Roncesvalles».
Son evidentes los paralelismos entre estas leyendas y las que rodean las figuras de otros héroes medievales europeos como Barbarroja o el Rey Arturo. Del primero se afirma que no murió,[s] sino que se retiró al interior del monte Kyffhäuser, desde donde retornará para restablecer la antigua gloria de Alemania cuando los cuervos dejen de volar. Del segundo se afirma que vive junto con sus caballeros en multitud de grutas y colinas de la isla de Gran Bretaña. Su morada más famosa es aquella que le atribuyó Sir Walter Scott: las colinas de Eildon, en Escocia, donde se refugió Arturo tras su última batalla, y donde dormirá hasta que el destino le otorgue de nuevo el gobierno de Britania.
Crónicas del Reino de Asturias
Crónicas cristianas
Crónicas redactadas en territorio andalusí:
- Crónica bizantina-arábiga de 741
- Crónica mozárabe (754) (también llamada Continuatio Hispana)
Crónicas redactadas durante el reinado de Alfonso III:
Crónicas del siglo XI:
Crónicas del siglo XII:
- Crónica Silense o del monje anónimo de Santo Domingo de Silos
- Crónica de Pelayo, obispo de Oviedo
- Crónica del Emperador Alfonso VII
- Crónica najerense
Crónicas redactadas durante el reinado de Fernando III del Santo:
- Chronicon mundi, de Lucas, obispo de Tuy
- Crónica latina de los reyes de Castilla, de Juan, obispo de Osma
- De rebus Hispaniae, de Rodrigo Jiménez de Rada
Crónicas redactadas durante el reinado de Alfonso X el Sabio:
- Estoria de España, también llamada Crónica General de España, la primera escrita en castellano.
Crónicas musulmanas
- Crónica de Al-Maqqari
Legado
Al pie de esta gigantesca fortaleza natural de los Picos de Europa, que se alza a pocos kilómetros del Cantábrico, pelearon astures y cántabros contra Roma, ya señora del mundo. En una de las entradas de tal fortaleza, resistió Pelayo (718–722) a los muslimes que dominaban ya desde la India hasta el Atlántico. A su amparo nació por tanto España.C. Sánchez Albornoz
Sant Yagüe (Santiago) será entronizado anti-Mahoma y su santuario compostelano se convertirá en la anti-Caaba. Dicha mutación confiere a la leyenda su carácter definitivo. Compostela pasa a ser el punto de convergencia de la cristiandad militante en oposición a La Meca, y la popular romería del Camino de Santiago, la réplica franca y galaico-leonesa al haÿÿ (la santa peregrinación musulmana). La Providencia concederá en adelante la victoria al jinete en «níveo e impetuoso» caballo no sólo sobre los moros de la Península, sino también, en un extraordinario vuelo transoceánico, sobre los aztecas, inclinando el fiel de la balanza, en plena batalla, en favor de Hernán Cortés y los suyos.Juan Goytisolo
El Reino de Asturias se contempla tradicionalmente como el origen de la Reconquista. Si bien en los primeros momentos fue solo una lucha indígena contra pueblos extranjeros[80][81] (como ástures y cántabros ya habían hecho contra romanos y visigodos), la espectacular expansión posterior y el hecho de haber contenido el germen de la conocida como Corona de Castilla (unión de los reinos de Castilla y León) supusieron una relevancia histórica que en la época no cabía vislumbrar.


Desde el reino de Asturias se crearon los condados de Castilla y de Portugal, que en tiempos del Reino de León cobrarían su independencia y se convertirían en reinos: tras el traslado de la corte a León por Fruela II, el centro de gravedad del Reino se desplazó hacia el Sur, y a partir de ese momento es cuando comienza a hablarse del Reino de León, cuyos monarcas se consideran herederos de la Monarquía asturiana,[83][84] no así los gallegos. Si bien en sus primeras décadas de existencia, la autoridad de los reyes asturleoneses era bastante fuerte, a partir de mediados del siglo X, surgieron tendencias disgregadoras, particularmente en Castilla y en Portugal.[85]Desaparecía a partir del siglo X el concepto de Gallaecia tradicional y, desde entonces, se aplicará únicamente para designar a Galicia en contextos cultos.[86]
Los condados castellanos se aglutinaron a mediados del siglo IX en torno a la dinastía condal fundada por Fernán González. Si bien en sus comienzos el condado de Castilla no llegó a independizarse formalmente nunca del Reino de León, pronto entró en la órbita del rey Sancho Garcés III de Pamplona, el Mayor , que acabó definitivamente con la dependencia jurídica respecto de los reyes leoneses. Su hijo, Fernando I, heredó el condado de Castilla y tras derrotara Bermudo III de León anexionó su reino. Tras la muerte de Alfonso VII, los reinos de León y Castilla volvieron a separarse durante setenta años, hasta que fueron unificados definitivamente por Fernando el Santo. El recuerdo de la monarquía asturiana pervivió en las cortes de los reyes de Castilla y de España. Alfonso X el Sabio, en su Estoria de España, consideraba al Reino de Asturias como el lugar donde comenzó la reconquista y recristianización de España.[87] Siglos después, el primer parque nacional de España, el de la Montaña de Covadonga (hoy en día, Parque nacional de los Picos de Europa), fue fundado por Alfonso XIII en 1918 para conmemorar el 1200 aniversario de la coronación Pelayo, y de la batalla de Covadonga. En Ultramar, la leyenda pía afirma que Santiago Matamoros, el protector del reino asturiano, se apareció en la batalla de Otumba, desequilibrando el combate a favor de los españoles. Muchas ciudades americanas, como Santiago de Cuba o Santiago de Chile, llevan el nombre de aquel apóstol cuyo cadáver se encontró en tiempos de Alfonso II, en un lugar situado en los confines de la monarquía asturiana.
Por lo que se refiere a Portugal, fue Alfonso III de Asturias el que ordenó en 868 a uno de sus vasallos, el conde gallego Vimara Pérez, tomar y repoblar la ciudad de Oporto y los territorios portucalenses entre el Miño y el Duero (fue el fundador de la ciudad de Guimarães). De este modo, al mismo tiempo que nacía en el centro hispánico el Condado de Castilla vasallo de los reyes asturleoneses y navarros,[88] surgió en la frontera suroccidental asturiana el Condado Portucalense[55], que también se mantuvo vasallo de los reyes de Asturias y León durante los siglos IX a XII. Simultáneamente nacía en la punta suroriental peninsular el condado de Aragón, inicialmente vasallo de los reyes francos. Durante el siglo XI los condados de Castilla y de Aragón fueron elevados a reinos, lo mismo pasó en el siglo XII con el condado de Portugal. Desde su fundación por el noble Vimara Pérez y su repoblación por gallegos en el siglo IX, el condado de Portocale había sido un territorio autónomo dentro del Reino de Galicia. En 1071 el conde de Portucale Nuño Méndez (quien se había rebelado) fue derrotado en la batalla de Pedroso por el rey García de Galicia, que tomó el título de rey de Galícia y Portugal, uniendo efímeramente a todos los galáico-portugueses. Pero unos meses más tarde García I de Galicia y Portugal, hijo de Fernando I de León, quedó prisionero hasta el fin de sus días después de haber sido derrotado por sus dos hermanos, Sancho II de Castilla y Alfonso VI de León. Aunque a la muerte de Sancho de Castilla García recuperó su trono en 1072, siendo llamado a conversaciones por Alfonso de León (ya rey de Castilla también por la muerte de Sancho en 1073), fue traicionado por este y hecho prisionero definitivamente, en el castillo de Luna, hasta su muerte en 1090.
Alfonso VI de León, Castilla y ahora también Galicia y Portugal, reunidas las cuatro coronas de sus cuatro abuelos, apartados sus dos hermanos del poder, se intitula entonces Imperator totius Hispaniae[83], al ser el mayor poder político cristiano en Hispania. Poco después separó de nuevo Galícia y Portugal al entregar el gobierno de ellos a sus dos yernos, Raimundo de Borgoña, y Enrique de Borgoña. Este último gobernó como regente de Portugal hasta su muerte, por minoría de edad de la condesa propietaria de Portugal, Teresa de León, que empezó a gobernar por sí misma solamente cuando quedó viuda. Teresa era descendiente por vía paterna de los antiguos condes portucalenses, ya que su bisabuela Elvira Menéndez era condesa de Portugal y mujer de Alfonso V de León. Tanto el conde Enrique como después la reina Teresa encaminarán el condado de Portugal a un nuevo proceso de independencia gradual que culminaría con la autoproclamación de su hijo el infante Alfonso I de Portugal como rey tras la batalla de Ourique en 1139, en la que legendariamente—por cierto—le apareció en el cielo la cruz, la sangre, y el rostro de Jesús Cristo, acompañadas de las palabras en oro «in hoc signo vinces». Esta leyenda está documentada solo desde el siglo XIV, época de la fundación de la Orden de Cristo, que tomó para sí misma estas palabras alrededor de su escudo rojo y cruciforme.
En el plano estrictamente asturiano, el Reino de Asturias es el lugar del nacimiento del asturiano, bable o asturleonés,[89] lengua también hablada en el Reino de León. Ya en textos tan tempranos como la Pizarra de Carrio pueden distinguirse rasgos que van pergeñando un dialecto protorromance asturleonés[89],[90] como por ejemplo la diptongación de la e breve latina (vostras -> vuestras) o la palatalización del grupo c'l (ovecula -> oveya) y el texto en lengua romance peninsular más antiguo, La Nodicia de Kesos, está escrito en una lengua que muestra ya signos claros de asturleonés.[91] Si bien los documentos de la época del Reino de Asturias están redactados en casi su totalidad en lengua latina, no cabe la menor duda de que en la corte se empleaba como idioma habitual una forma primigenia del asturiano.[92][93] En este sentido, los primeros documentos oficiales escritos en asturleonés comienzan a aparecer en el siglo XI [93] y entre ellos destacan el Forum Iudicium (Fueru Xulgu) y diferentes derechos municipales como el Fuero de León o el Fuero de Avilés. En el primer parlamento de la historia de Europa,[t] las Cortes de León de 1188, la lengua empleada tanto por el rey como por los procuradores fue la asturleonesa[91]. Este idioma gozaba entonces de un enorme prestigio [91]que venía derivado de su uso por los reyes de León, sucesores de Pelayo. Es de destacar el hecho de que en Portugal para designar a sus propios monarcas se empleaba usualmente el título El-Rei, que como puede apreciarse no es galaicoportugués (en cuyo caso correspondería una forma tipo O-Rei) sino asturleonés.

Siglos después del reinado de los últimos monarcas asturianos, en 1388, se creó el Principado de Asturias y el título de Príncipe de Asturias que desde entonces ostentaría el heredero de los reinos de la Corona de Castilla y, posteriormente, de la de España.

El territorio del Principado quedó constituido por las Asturias de Oviedo. Las Asturias de Santillana, que mantenían ese nombre desde el siglo XII, pasaron a formar la merindad denominada a partir del siglo XV Montaña de Burgos y desde 1778 Provincia de Cantabria. Tras el paso de Ribadedeva, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja en 1833 a la nueva provincia de Oviedo, a ésta se la denominó provincia de Santander y desde 1982 constituye la comunidad autónoma de Cantabria.
Tras mantenerse el principado como ente territorial durante todo el Antiguo Régimen, la división territorial de 1833 formó la Provincia de Oviedo, que incluía los concejos de las antiguas Asturias de Oviedo a los que se añadieron Ribadedeva, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja de las antiguas Asturias de Santillana. En 1983, la provincia de Oviedo cambió su nombre a provincia de Asturias, siendo la única provincia de la comunidad autónoma del Principado de Asturias.
La bandera y el escudo del actual Principado de Asturias incluyen la imagen de la Cruz de la Victoria.
Discusiones actuales
Yilliqiyya/ Galisiyya. Gallaecia/Gallecia. Galleci/Gallaeci. Yalaliqa/Al-Galisi
A principios del siglo XXI se planteaba por primera vez una revisión de la historia según la cual el Reino de Asturias jamás habría existido (no al menos con ese nombre), siendo en realidad una suerte de restauración del olvidado Reino de Galicia de los suevos. Esta teoría cuenta con un corpus teórico no muy extenso, y todo él reciente, puesto que sus principales obras son las mismas primeras que fueron publicadas sobre este asunto: por un lado Carlos Baliñas Pérez, en O reino de Galicia na Idade Media (1999);[94] y por otro lado Anselmo López Carreira, en O reino medieval de Galicia (2005)[95] y A Galicia antiga (2005).[96]
Cabe señalar que las obras de estos dos historiadores simplemente plantean cómo la nobleza gallega habría jugado un papel más activo en la Alta Edad Media, y no llegan nunca a declarar que «jamás existiera un Reino de Asturias». Esta afirmación, que no es apoyada por ningún académico, se habría difundido solamente en algunos círculos sin representación académica. Sin embargo son estas obras de estos dos autores, principalmente, las que son esgrimidas por aquellos que defienden el «error histórico» de hablar de un Reino de Asturias; y por tanto, pueden ser consideradas las que dieron pie a la nueva interpretación.
Quienes defienden esta teoría argumentan:
1. Supuesta ausencia de menciones explícitas a un Reino de Asturias en las Fuentes, frente a la repetición continua del término Gallaecia/ Yilliqiyya (esta última en las fuentes árabes)
La primera afirmación resulta simplemente falsa, pues sí que tenemos referencias explícitas a un Reino de Asturias en fuentes tanto cristianas (Asturorum Regnum en las más tempranas, Regnum Asturiensis en las más tardías)[97][98][99] como en las musulmanas (Bilād al-Asṭūrīyīn, Ḏī al-Asṭūr).
Además de las ya mencionadas, entre las crónicas cristianas donde encontraremos referencias explícitas al Reino de Asturias tendríamos:
- Crónica Albeldense (Chronicon Albeldense), ca. 881. Monasterio de Albelda.[100]
- Crónica Rotense (Chronicon Rotense), siglo IX. También conocida como la Primera Crónica General de Alfonso III.[101]
- Crónica Profética (Chronicon Prophetica), ca. 883.[102]
- Crónica de Alfonso III (Chronicon Adefonsi Tertii), finales del siglo IX. Existen dos versiones: la versión Rotense y la versión Ad Sebastianum.[103]
- Crónica Najerense (Chronicon Naierense), siglo XII.[104]
- Historia Silense (Historia Silensis), ca. 1118-1132.[105]
Entre las crónicas musulmanas donde encontraremos referencias explícitas al Reino de Asturias tendríamos:
- Al-Nuwayri, "Al-Nihaya fi al-Fusul", siglo XIV.[106]
- Ibn al-Qūṭīyah, "Al-Muqtabis", siglo X.[107]
- Al-Maqqari, "Nafh al-Tib min Ghusn al-Andalus al-Ratib", 1610.[108]
- Ibn Hazm, "al-Fisal fi al-Milal wa al-Ahwa", siglo X.[109]
- Al-Idrisi, "Nuzhat al-Mushtaq fi Ikhtiraq al-Afaq", 1154.[110]
A todo esto debemos sumar la extensa documentación no cronística, sino administrativa, testamental, eclesiástica, entre otros, alejada de la intención propagandística de la que podría tildarse a ciertas crónicas, pues no eran documentos creados para su difusión; algunos ejemplos podrían ser:
- Divisio Theodemiri (c. 781)[111]
- Diplomas del Cartulario de San Pedro de Cardeña (siglo IX)[112]
- Donación de Alfonso II al Monasterio de Ablaña (812)[113]
- Diplomas del Cartulario de Santa María de Wamba (siglo IX)[114]
- Inscripción Fundacional de la Iglesia de San Salvador de Valdediós (siglo IX)[115]
- Testamento de Alfonso II (c. 812)[116]
- Liber Testamentorum (812-870)[117]
- Diploma de Alfonso III al Monasterio de Santiago de Samos (874)[118]
- Códice de los Diplomata regum Asturorum[119]
- Fundación del Monasterio de Santa María de Tuñón (c. 891)[120]
- Donación de Fruela II a la Catedral de Oviedo (910)[121]
En resumen, existe un amplio corpus documental en múltiples formatos (no todos ellos sujetos a propaganda regia), donde se denomina a la organización política "Reino de Asturias"/ "Reino de los Astures."
Es verdad que también se emplea el término Gallaecia (en el caso de las fuentes cristianas) y Yilliqiyya (en el caso arábigo) para referirse al territorio del Reino de Asturias, así como a los reyes asturianos "Rex Gallaecia".

Las formas Gallaecia/ Yilliqiyya se corresponden con la Gallaecia, un territorio sin nombre romance al haber desaparecido como realidad político-administrativa ya en la Alta Edad Media,[86],[122][123][124] pero cuyas fronteras coincidían, aproximadamente, con aquellas del ámbito expansionista del Reino Astur.[125][124] Así encontramos un "Reino de los Astures en el territorio de Gallaecia". [124]

Estos términos en ninguna circunstancia pueden ser entendidos como Galicia[126][127] (en ese contexto altomedieval, a partir del siglo X, con la desintegración del Reino de Asturias en múltiples organizaciones político-administrativas muy diferenciadas incluso en rasgos culturales: el Reino de León, el Reino de Galicia y el Condado y posterior Reino de Castilla). Gallaecia pasará a denominar en contextos cultos la Gallecia latina,[126][127] pese a que la distinción árabe Yilliqiyya/ Galisiyya perdurará en las crónicas del al-Ándalus. Durante siglos, ante la ausencia de término romance para la traducción de Gallaecia/ Yilliqiyya, y su gentilicio Gallaeci/ yalaliqa fueron traducidos por Galicia/ gallegos, aún cuando en las mismas crónicas traducidas Galicia es denominada Gallecia/ Galisiyya y los gallegos Galleci/ Al-galisi.[126][128][129] Por ello, el "bilād al-Jalāliqa" de las crónicas musulmanas no hace referencia a Galicia, sino a Gallaecia, término carente de traducción romance.[130] Por ello, en las últimas décadas el consenso medievalista consiste en evitar dichas traducciones simplistas, y explicar la terminología de la manera más exacta posible.[126][131][129]
Tenemos, por tanto, una Gallaecia latina en crónicas cristianas, territorio que incluye las tradicionales Gallecia, Asturia y Legio.[132][129] En el caso musulmán encontraríamos los homólogos Yilliqiyya, compuesta de Galisiyya, Asturiya y Lyawun.[129] No solo el empleo de la toponimia idéntica tanto en las cristianas como en las musulmanas nos demuestran el conocimiento de las distintas realidades territoriales por parte de cristianos y musulmanes[133][126][134][135][129](así como romanos y visigodos ya diferenciaban los territorios siglos antes), sino que podemos verlo en las detalladas obras geográficas como aquellas de "Cosmographia" del Anónimo de Rávena (siglo VII), "Historia de los Godos, Vándalos y Suevos" de Isidoro de Sevilla (c. 624-625), "Crónica Albeldense" (siglo IX) y "Parrochiale Suevorum" o "Divisio Theodemiri" (siglo VIII) del lado cristiano, y "Kitab al-Masalik wa-l-Mamalik" (siglo XII), Obra de al-Rāzī (siglo X), "Ajbar Maymu'a" (siglo IX-X), "Kitab Hurush al-Andalus" (siglo IX), "Kitab al-Buldan" (siglo IX) del lado arábigo.
En general, observaremos un patrón a la hora de analizar las referencias geográficas:
- Cristianos: Enfocados en la organización eclesiástica y las divisiones herederas de la administración romana/visigoda. Usan nombres tradicionales latinos (e.g., Gallaecia, Tarraconensis).
- Musulmanes: Detallan la administración territorial de al-Ándalus (coras y marcas), describiendo rutas, ciudades y características geográficas importantes. Incorporan nombres árabes, traducciones de los tradicionales latinos (Ŷilliqiyya, Ṭulayṭula).
2. Aceptando la documentación cronística existente, se alude a su carácter tardío o posible sesgo ideológico
La documentación altomedieval no es abundante en Europa,[136][137] y sería pretencioso achacar este hecho como algo asociado únicamente al Reino de Asturias. De hecho, la documentación histórica de al-Ándalus es, pese a haber llegado a ser uno de los centros culturales de la Europa Occidental, particularmente escaso en comparación con el mundo arábigo.[138][139] Si bien es cierto que, pese a ser tardías, la costumbre documental árabe tendía a ceñirse únicamente al texto de referencia, sin inclusiones del autor.
Es simplemente el periodo histórico, creer que en ese momento existía una tradición de registro, donde constantemente existían escribas y cronistas que relataban fiel y detalladamente cada suceso como en momentos posteriores de la historia, es un error de contextualización histórica. Así, las crónicas del mundo cristiano suelen tener un carácter novelesco e incluso bíblico, pues lo importante era el mensaje transmitido y no los hechos detallados en sí.
3. Aceptar que el término Gallaecia hace referencia a Galicia, y que por tanto estaríamos hablando de un Reino de Galicia, traería varios conflictos
- En las fuentes primarias, entender Yilliqiyya/ Gallaecia y Yalaliqa/ Gallaeci por Galicia/ Gallegos, nos dejaría Galisiyya/ Gallecia y Al-Galisi/ Galleci carentes de sentido, pues se estaría hablando de "una Galicia en Galicia". Que históricamente ocurriera se debe a la falta de terminología romance (no latina) para Gallaecia/ Gallaeci.[129][127]
- Explicar las periódicas rebeliones de la nobleza gallega contra los monarcas Astures, solamente sofocadas cuando en el 910, y tras la fragmentación del reino, surge el Reino de Galicia.
- Silencio histórico en la documentación gallega. Hasta el siglo XXI, nunca se había planteado que el Reino de Asturias fuera "una construcción para arrebatar a Galicia su propia historia". Eso nos deja nueve siglos donde no hay crónica, poema, testamento, diploma o discurso político de ningún tipo donde se haga referencia a los sucesos acaecidos entre el 722-910 como "protagonizados por gallegos", ningún reclamo por parte de la monarquía galaica del protagonismo de los hechos del 722-910, sobre "aquella vez que Galicia alcanzó su máxima extensión", etc. Nueve siglos sin ninguna mención, ni literaria durante el romanticismo, ni ensayística durante la ilustración, ni propagandística durante los años de monarquía galaica, autogobiernos dentro de Castilla o en el discurso histórico nacionalista. Recordemos todo ello mientras sí ocurría ya desde la Alta Edad Media en Asturias.
- La aparición de un Reino de Galicia, tras la desintegración del que sería, supuestamente, un también reino de Galicia. Una situación que cambiaría el planteamiento: el Reino de Galicia y el Reino de León no habrían nacido simultáneamente de la desintegración del Reino Astur, sino que el Reino de León se habría independizado de un supuesto "Reino de Galicia original", hecho para el cual tampoco hay ninguna documentación que sugiera mínimamente esta lectura del suceso.
- El hecho de la especificación de la conquista musulmana (en crónicas tanto musulmanas como cristianas) y de la repoblación (o reorganización como algunos lo traducen) y conquista del territorio de Galicia (Gallecia/ Galisiyya)[45][140][141]
Es decir, no existe argumentación más allá de la traducción (inexacta y desaconsejada) de las fuentes primarias. Por lo demás, tenemos un reino fundado en Asturia, cuyas capitales (Cangas de Onís, Pravia, San Martín del Rey Aurelio y Oviedo) estuvieron en la Asturia tardoantigua / Visigótica "Inter Ovem et Devam",[54] cuya élite (reyes y nobles) eran de origen astur, empezando por Pelayo, "Un bárbaro llamado Pelayo, natural de Asturia",[142] que debieron enfrentar periódicas rebeliones de la nobleza de otras regiones del Reino, como aquellas de los vascones o galaicos.
Hoy día, historiadores medievalistas rechazan y recomiendan evitar la traducción de Gallaecia por Galicia para aumentar la precisión y evitar malentendidos. Según los expertos, el término más adecuado para referirse a esta organización política (los Estados no nacerían hasta siglos después) sería Reino de los Astures, pues prima la etnia sobre el topónimo.
El Neogoticismo
Se refiere a "teoría neogoticista" a la percepción del Reino de Asturias como una estructura heredera y continuista del Reino Visigótico.[143] Esta fue la defendida por la historiografía tradicional española como verídica, pero en las últimas décadas (sobre todo a partir de los años ochenta, con la incorporación de los trabajos arqueológicos al estudio de las fuentes) ha venido viéndose difícil de sostener, hasta el punto de no ser ya la postura oficial defendida por el consenso de medievalistas.[144][145]
Las dificultades en defender la postura neogoticista son:
- La no integración de los pueblos Astures en las órbitas políticas germánicas.[146][147] Toda la presencia astur en los poderes germánicos (Suevo o Visigodo) se limita a la mención de la parroquia Pésicos en el Primer Concilio de Braga,[148][148] similar a la tribu Pésicos del que ya era, a ojos visigóticos y posiblemente tardoantiguos, asturiana ("Inter Devam et Ovem").[54] También un carrito litúrgico de estilo Visigótico[149] hallado en Oviedo. Mientras que, entre las pruebas que demuestren la presencia germánica en territorio astur, las crónicas nos relatan las guerras de los reyes visigodos Leovigildo y Wamba (hasta en dos ocasiones este último) contra, entre otros, los Astures. La evidencia arqueológica respalda la veracidad de estas campañas, como por ejemplo se ha visto en las excavaciones en las fortificaciones tardoantiguas de La Carisa y La Mesa.[149][25]
- Esto hace difícil pensar que el Reino de los Astures tuviera como referencia aquel que hubiera sido el de sus enemigos.[144][150] La motivación de resistencia astur no se cree ya estuviera basado en motivaciones religiosas sino en el rechazo al poder superior impuesto.[151][81][150] Para ellos, visigodos y musulmanes suponían una amenaza invasora, respondiendo de igual manera (y con las mismas tácticas descritas) frente a ambos.[151]
- Los conflictivos orígenes de Pelayo. Pelayo (Pelagius) no es, para empezar, un nombre germano (visigodo).[152] En cambio, a Pelayo se le presenta en las crónicas musulmanas como "Belai El-Rumi" [142](Pelayo el romano, una distinción peculiar, teniendo en cuenta que en los relatos del al-Ándalus los autores distinguen perfectamente entre individuos romanos (hispanorromanos, población autóctona) y Godos (Visigodos, población que no se llegó a mezclar con el sustrato nativo.[153]). Otras, hablan de "Belay, natural de Asturia en Gallaecia"[142] Así mismo, la presencia de Pelayo en Breces (Piloña), su aparente conocimiento del terreno y tácticas guerrilleras tan similares a las usadas por los astures contra romanos y visigodos,[154] sus propiedades en Siero y el apoyo local recibido (no sería lógico que los nativos astures escogieran a un noble visigodo, aquella elite con la que se habían visto enfrentados poco tiempo atrás, como caudillo o Princeps) son indicios de un origen Pelagiano más relacionado con la desarrollada aristocracia guerrera tardoantigua astur.[154][130]
- El único aspecto que parece fundamentar esta teoría se basa en las crónicas de tiempos de Alfonso III, que además de escasas frente al corpus documental astur, coinciden con la máxima expansión del Reino de Asturias, por lo que desde la corte se trataría de promover una justificación de legitimidad para continuar las expansiones hacia el sur, es decir, por lo tardío y contexto político parece coincidir más con una nueva percepción del Reino que tratarían de proyectar.[155][156]
La interpretación tradicional de un Reino de Asturias de raíz visigoda, surgido como continuidad del reino visigodo de Toledo y vinculado a la idea de restaurar el orden político de la Hispania anterior a la conquista musulmana, ha sido objeto de debate historiográfico desde hace décadas.[125][145][150][157]Frente a esta interpretación, buena parte de la historiografía contemporánea ha subrayado la importancia de las estructuras sociales, políticas locales y de la población hispanorromana de la región. Dentro de estas corrientes encontramos todo un espectro, desde posiciones hipercríticas que rechazan cualquier continuidad o influencia de la tradición hispano-goda, hasta posturas más integradoras que, sin excluir la importancia de las estructuras locales, reconocen la influencia de la tradición política y cultural hispano-goda y entienden la formación del reino como un proceso en el que confluyeron elementos locales y herencias procedentes del reino de Toledo en la creación del nuevo reino.[125][157][158]
Notas
- En latín: «eo tempore populantur Asturias, Primorias, Liuena, Transmera, Subporta, Carrantia, Bardulies qui nunc uocitatur Castella et pars maritimam [et] Gallecie».
- «La Maragatería es tierra nuestra, de la Asturias de otros tiempos, hermana de las tierras de vaqueiros y guardadora también del secreto de la raza». (Mitología asturiana: el sacerdocio del Diablo. Oviedo, 1925).
- En ocasión de una expedición de Muhammad en el año 939.
- Crónica del Biclarense: «Leoviguldus Rex Cantabriam ingressus, provinciae pervasores interficit, Amaiam occupat, opes eorum pervadit, et provincia in suam revocat dictionem».
- Detalle de la arqueta de San Millán (Monasterio de Yuso) En la imagen de arriba el santo advierte a los habitantes de la ciudad de Cantabria. En la imagen inferior se representa la conquista de la ciudad por tropas visigodas.
- Uno de sus personajes, Don Bildur, lleva un nombre euskérico, que equivaldría al castellano «miedo».
- A esta época se refiere el conocido romance que cantaba: «Era entonces Castiella un pequeño rincón, y tenía los Montes de Oca por mojón».
- La primera mención de este topónimo la encontramos en una donación hecha por el abad Vitulo y autorizada por el notario Lope en el año 800: «...et S. Martini, quem sub subbicionem Mene manibus nostris fundavimus ipsam basilicam in civitate de Area Patriniani in territorio Castelle...».
- «La región de Álava propiamente dicha, según parece deducirse de un documento de San Millán que enumera cada uno de los pueblos de esta región que pagaban hierro o ganado a dicho monasterio (Cartulario de San Millán, doc, núm. 91), no abarcaba la región alavesa más que el territorio correspondiente al actual partido judicial de Vitoria, más la zona norte de el de Laguardia, hasta la línea montañosa formada por la sierra de Toloñó y la cordillera de Cantabria, y la mitad oriental del condado de Treviño, aunque es de sospechar que se haya omitido la relación de los pueblos de la parte oriental del mismo. Por el contrario el territorio que constituye el actual partido judicial de Amurrio, correspondía entonces a Castilla. A pesar de esto, de las crónicas parece deducirse que el término de Álava se aplicaba de una forma amplia a una región mucho más extensa, en la que habría que incluir por lo menos a toda Vizcaya, y tendría su límite oriental aproximadamente hacia el río Deva; como comprobación podría tenerse en cuenta el hecho de que hasta aquel río en dirección este y hasta el mar dirigiéndose hacía el norte se extendía en el siglo XII el obispado de Álava».[58]
- Los soberanos andalusíes gustaban de integrar en sus harenes a mujeres de piel clara procedentes del Norte de España. Como consecuencia de ello, los emires y califas de Córdoba, cuyas madres y abuelas eran asturianas o vascas, eran genéticamente norhispanos. De hecho, el califa Abderramán III tenía la tez pálida y los ojos claros, y solía teñir de color moreno su larga cabellera rubia. Paradójicamente Mauregato (y tal vez también Silo), nació de madre musulmana (bereber).
- A estas obras dedicó Umberto Eco una de sus monografías, Beato di Liebana, del año 1976.
- Apocalipsis 1.8.
- La Cruz de la Victoria grabada en piedra Archivado el 27 de febrero de 2008 en Wayback Machine..
- Museo Prerrománico de San Martín (Salas) Archivado el 8 de febrero de 2012 en Wayback Machine..
- «Con este signo se protege al pío, con este signo es vencido el enemigo».
- «Oh, verdaderamente digno y más Santo Apóstol que refulge como áurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional, evitando la peste, se del cielo salvación, aleja toda enfermedad, calamidad y crimen. Muéstrate piadoso, protegiendo al rebaño a ti encomendado, se manso pastor para el rey, el clero y el pueblo, que con tu ayuda disfrutemos de los gozos de lo alto, que nos revistamos de la gloria del reino conquistado, que por ti nos libremos del infierno eterno».
- Éste y otros mitos relativos a la Monarquía Asturiana han sido recogidos por Arsenio F. Dacosta en su ensayo Relatos legendarios sobre los orígenes políticos de Asturias y Vizcaya en la Edad Media, compilado en el volumen II de las Actas del VII Congreso Internacional de la Asociación Española de Semiótica.
- En la Edad Media se pensaba que eran los asturianos, los castellanos y los moros los que derrotaron a las tropas de Roldán en dicha batalla.
- Cuentos de los hermanos Grimm.
- Entendiendo como parlamento una asamblea estamental donde están presentes los nobles, el clero y el tercer estado. Este modelo fue adoptado por el Parlamento inglés y también por los Estados Generales franceses, que estuvieron vigentes hasta 1789. Otros parlamentos no estamentales son anteriores, como el Alþingi islandés, que surgió en el siglo X.